Woody Allen encuentra en la nostalgia el motor necesario para poner al límite las convenciones de una época.

La rueda de la maravilla, 2017
Director: Woody Allen.
Guionista: Woody Allen.
Elenco: Kate Winslet, Jim Belushi, Juno Temple, Justin Timberlake.


Nos duele abandonar nuestros sueños. Posibles o no, convertirnos en una pieza insignificante del tablero nos transforma en muertos vivientes que día a día, inmutablemente, repetimos la vida que, se supone, nos fue dada. Ginny (Kate Winslet) es así: aspirante a actriz con la maldición de la edad y la piel marchita, debe conformarse con un trabajo de mesera y la compañía en la cama de Humpty (Jim Belushi).

La rueda de la maravilla (2017) es la más reciente película del afamado director neoyorquino Woody Allen que, con pocas variaciones en su estilo, consigue una estimulante narrativa sobre el desasosiego aderezado con su conocido humor negro. Como en otras ocasiones (Medianoche en París), Allen encuentra en la nostalgia el motor necesario para poner al límite las convenciones de una época.

En esta ocasión, Allen regresa al personaje femenino que, bajo el efecto de su contexto y su historia, se convierte en el eje de atracción para un destino incierto: es el final de la década de los 40. El incipiente nuevo siglo se vive a través de la alegría casi inocente de un Estados Unidos que celebra la recuperación de viejas cicatrices. Entre toda esa verbena, el atardecer de la playa y la adrenalina de los juegos mecánicos de Coney Island, Ginny se enamora, y lo hace con todo en su contra.

Toda la frustración contenida es liberada cuando, como un capricho del destino (llamado Woody Allen), Ginny conoce a Mickey (Justin Timberlake), un apuesto salvavidas que es lo contrario a todas sus carencias: juventud, sueños, ambiciones y una pasión desbordada por la vida que conduce a través de su amor por el teatro y la dramaturgia. Una combinación irresistible.

Así, a través del enamoramiento de Ginny, La rueda de la maravilla juega con los nervios del espectador pues acumula una avalancha de encuentros y desencuentros, pequeñas acciones que desembocarán en la tragedia teatral tan recurrida por Allen. Y no, no hay nada novedoso en su última película, y en esa fórmula tan familiar, volvemos a encontrar la genialidad que recae, sin duda, en el trabajo actoral de Winslet.

La mujer en Woody Allen vuelve a ser esa figura que se debate entre la emancipación y el miedo que ésta significa, claroscuros que vemos cuando Ginny decide ir contra marea y entregarse, más que a un hombre, a lo que éste representa: su libertad, su deseo, su rebeldía. Sin embargo, este potencial es disminuido cuando Allen regresa al personaje a un estado de fragilidad e indefensión con la llegada de Carolina (Juno Temple), la joven y bella hija de Humpty.

Y entonces toda la avalancha de eventos desafortunados cobra vida y la mujer confiada y decidida desaparece, Ginny es ahora un fantasma que erra entre la inseguridad y los celos: Carolina es lo que ella nunca pudo ser, una imagen que la hará tocar un amplio espectro de sentimientos. En ese sentido, una de las cosas destacadas es que esta aparente involución del personaje la hace, en realidad, levantarse como el ave fénix de toda la represión femenina.

Los personaje patéticos que también encontramos en Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams, son aquí una oportunidad de venganza y revancha. Ginny decide no ser la triste imagen de la mujer adúltera que es abandonada por su amante. Su empoderamiento es tímido pero decidido, su “locura” es saber perfectamente lo que le esperará después con una sociedad que camina en aparente línea recta. No hay respiro, no hay perdón para una mujer que decidió no ser mesera toda su vida.

Con una dosis de suspenso dosificado que recuerda a La provocación (2005), La rueda de la maravilla también pasa de los momentos cómicos a una lacerante crueldad (la mujer que es señalada como en El amor, de Rossellini) y entonces, como una hermana gemela de Jazmín Azul (2013) y su Jasmine (Cate Blanchett) tan triste y marchita, Ginny se convierte en ese funesto y solitario personaje que demuestra que su cordura no se compara con la de los demás: adelantada a su época, de todos los sueños frustrados surgen cuestionamientos incisivos y directos: ¿por qué la mujer debe llevar sobre sí etiquetas impuestas, obsoletas y despiadadas?

Alejada de lo que la rodea, el personaje de Ginny cumple una de las exigencias en el cine de Allen: un momento cumbre en donde la puesta en escena recuerda un escenario teatral. De esta manera, y gracias al impecable trabajo de fotografía del italiano Vittorio Storaro (Apocalipsis Ahora y Café Society), Winslet interpreta uno de los monólogos más poderosos del cine. Como un claro homenaje a Blanche DuBois, las últimas palabras de Ginny son avasalladoras: ella, como cualquier humano en este planeta, también desea, también se frustra y desde luego, también es merecedora de ternura y respeto.

La copa cae de su mano. Ginny deambula por la casa en bata para dormir. En sus ojos se reflejan todas las cosas que ya no serán. Ahora es invisible, y como un movimiento de la rueda de la fortuna, aquella que sube y baja, las maravillas y las desgracias llegan y se van de un momento a otro. Como su felicidad.

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.

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Este listado incluye las mejores películas que tuvieron su estreno comercial en México en 2017.

Siempre es difícil definir “lo mejor” del año. Basado totalmente en la subjetividad, este listado incluye, en su mayoría, películas que tuvieron su estreno comercial en México en 2017. Probablemente algunas ya aparecieron en listados del año pasado debido a su paso por festivales y muestras especializadas, sin embargo, es importante destacar que su estreno comercial permitió que más espectadores pudieran conocerlas. Al final, el único hilo conductor es su aportación al mundo cinematográfico desde diferentes trincheras: desde las formales hasta de contenido.


Jackie, de Pablo Larraín

Aficionado a las historias individuales que marcaron un momento en la historia, Larraín elige a uno de los personajes secundarios más importantes: Jackie Kennedy. Despojada de todo morbo, la mirada de Jackie se convierte en una sorprendente radiografía de la condición femenina.


Voraz, de Julia Ducournau

El interés de Ducourneau por combinar la adolescencia, el sexo y el canibalismo logra lo que parece imposible: alejarse de las dosis gratuitas de sangre y carne para construir una historia transgresora sobre el deber ser en una mujer que pelea contra un mundo cruel y despiadado.


Paterson, de Jim Jarmusch

La suavidad y la delicadeza del estilo de Jarmusch en su máxima expresión cuando hace de la aparente monotonía del día a día una declaración de principios de un soñador que sabe que los momentos más memorables suceden en los detalles, en una libreta y una pluma para escribir poemas.


A Ghost Story, de David Lowery

La trágica historia de amor es desafiada por esta suave pieza audiovisual en donde un fantasma rechaza el descanso eterno para acompañar desde la penumbra a la mujer que ama; sin embargo, todo cambia cuando la soledad y la confusión invaden lo inmaterial y tratan de destruir la memoria e imponer el olvido.


Ella es un monstruo, de Nacho Vigalondo

El híbrido más extraño de este año: la combinación de una película de ciencia ficción con una chick flick noventera da como resultado un repaso certero, doloroso y divertido sobre lo que significa ser alguien en un mundo tan incomprensible. La mejor actuación de Anne Hathaway hasta la fecha.


Tempestad, de Tatiana Huezo

Con un considerable recorrido por México y el mundo, Tempestad aparece en esta lista porque día a día reafirma su relevancia casi como un documento histórico sobre el horror y la injusticia en una guerra sin fin en el país. Nominada al Goya como Mejor Película Iberoamericana, el trabajo de Huezo la coloca como una de las documentalistas más sensibles en el mundo.


Rostros y lugares, de Agnès Varda y JR

Aunque su estreno está programado para 2018, el regreso de Agnès Varda al frente y detrás de una cámara es, por sí mismo, un acontecimiento; sin embargo, este audiovisual, que a la vez es un documental, una declaración de principios y un jugueteo creativo, es uno de los más frescos y sinceros en mucho tiempo; un suave repaso por los miedos, las inquietudes y las aventuras de una de las cineastas que definió una época.


Did You Wonder Who Fired The Gun?, de Travis Wilkerson

Este año fue marcado por el fantasma de la intolerancia y, en este contexto, muchas voces recordaron la oscura historia de Estados Unidos en temas raciales y de injusticia. Travis Wilkerson encuentra en el documental una manera de combinar su estilo más cercano al cine experimental y repasar un capítulo familiar que marcó, con seguridad, sus intereses cinematográficas. Una imperdible en la era Trump.


Maquinaria Panamericana, de Joaquín del Paso

Los paisajes grises de la Ciudad de México son el escenario para la extraña supervivencia de un grupo de personas de la legendaria burocracia mexicana. A través de diferentes dinámicas de interacción, la vida en las oficinas tomará una atmósfera extraña digna del ojo de David Lynch. Una de las mejores representaciones de la decadencia en la sociedad laboral mexicana.  


La libertad del diablo, de Everardo González

De la mano de Tempestad, la última producción de González es un enfrentamiento crudo y directo con la crueldad y la violencia del país. A diferencia de su documental hermano, La libertad del diablo recuerda el alcance emocional de un audiovisual.


Sieranevada, de Cristi Puiu

Como una coreografía perfectamente armada, Sieranavada es un viaje por las interacciones familiares, sus dinámicas, sus demonios y sus aciertos. Con un guión sencillo pero muy puntual lo que vemos en la pantalla nos recuerda a la fuerza creadora agridulce que surge un domingo cualquiera cuando decidimos reunirnos en familia.


Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve

Esperada como pocas películas, la nueva entrega sobre una sociedad dominada por el consumo y el desecho de las maquinas, resultó ser una experiencia amarga. Su inclusión en este listado responde a la maestría como director de Villeneuve y a su aguda percepción sobre la ciencia ficción. Con sus errores y sus aciertos, Blade Runner 2049 marca (para bien, o al menos mejor que muchas otras películas) una época en la que la nostalgia por el pasado ha encontrado en el audiovisual una salida fácil para cubrir ambiciones mercadologicas.

 

Arantxa Luna
Crítica de cine.

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Suburbicon de George Clooney pierde el curso de su historia y pierde fuerza la inteligente metáfora que se construye a partir del destino de dos familias.


Suburbicon: Bienvenidos al paraíso
2017
Director: George Clooney
Guionistas: Joel Coen, Ethan Coen
Elenco: Matt Damon, Julianne Moore, Oscar Isaac

Es una bella imagen: la simetría de un suburbio con casas geométricas, esposas rubias y amas de casa, hombres de traje y portafolio, sonrisas rosadas con dientes perfectos y, sobre todo, el adorable resplandor de la piel blanca. Son los años 50, estamos en Estados Unidos y hemos llegado a Suburbicon: Bienvenidos al paraíso (2017), la nueva película de George Clooney.

Estrenada en el Festival de Cine de Venecia, Suburbicon: Bienvenidos al paraíso narra dos historias: la primera se centra en la muerte de Rose Lodge (Julianne Moore) que deja devastada a su familia: a su esposo Gardner Lodge (Matt Damon), a su hijo Nicky (Noah Jupe) y a la hermana gemela de Rose, Margaret. La segunda historia inicia días después de la muerte de Rose con la llegada al vecindario de una familia afroamericana, una sospechosa coincidencia que es la más sencilla declaración de intenciones de Clooney: ¿qué pasa cuando un asesinato ocurre en un contexto de racismo?

Y no, nunca hay una acusación directa a la familia afroamericana, pero su llegada supondrá la primera estrategia a nivel guión: instalados en una zona exclusiva de gente caucásica, la familia sufrirá el acoso y la violencia de sus vecinos que no reconocen la otredad que los rodea: en Suburbicon no hay espacio para lo que es diferente, nuevo, moreno.

Con una narrativa intercalada, las historias parecen que no tienen relación salvo compartir el mismo espacio-tiempo; sin embargo, conforme la agresión y la hostilidad aumente, comenzarán a relucir los turbios detalles en la muerte de Rose: la idílica imagen de la familia en duelo se disuelve cuando queda claro que Gardner y Margaret mantienen una relación extramarital.

De esta manera, Clooney y los hermanos Coen hacen de las dos historias una metáfora de la otra: dispuestos a juzgar a sus nuevos vecinos sólo por el color de piel, los habitantes de este suburbio ignoran que la verdadera maldad radica en personas que comparten la piel blanca y el mismo orgullo de ser norteamericanos. Aunque es una herramienta inteligente de criticar la hipocresía y la moral frágil y desteñida, el ritmo de la película pierde contundencia cuando, inexplicablemente, Clooney cree necesario añadir toda una odisea de irreverencias que pretenden maximizar las dimensiones del problema.

Desde la llegada del investigador del cobro de seguro Bud Cooper (Oscar Isaac), hasta el pequeño hijo que debe sobrevivir a la avaricia y la corrupción de su padre y su tía, el tío de buen corazón que se gana la confianza del sobrino huérfano de madre, la película comienza a dar rodeos para llegar a una culminación que es muy obvia. El cine desbordante de ironía que pretende Clooney se transforma en un frenético y fallido hilazón al estilo Wes Anderson.

Con ya seis largometrajes, aún es difícil identificar el sello de Clooney como director. En esta ocasión, la particularidad es obvia: la perversión y el humor negro sólo puede estar en manos de Joel y Ethan Coen, los guionistas, una estética que contrario a lo que se podría esperar, eclipsa por completo las ambiciones del también actor originario de Kentucky.

Suburbicon: Bienvenidos al paraíso parece un ejercicio de aprendiz en donde los Coen son los verdaderos cabecillas del proyecto, y hay que decirlo: un proyecto que tampoco logra comparación alguna con otras obras como El gran Lebowski (1998), No country for Old Men (2008) oFargo (1996), probablemente el largometraje que tiene más relación con la entrega de Clooney.

Si algo aprendimos con Fargo (versión cinematográfica y versión televisiva) es que el dicho “pueblo chico, infierno grande” es totalmente cierto y cuando el desastre se desencadene, los habitantes de Suburbicon estarán más interesados en ver arder el auto de sus vecinos que el macabro plan de los Lodge. Los Coen y Clooney no ambicionan alegorías complejas y elevadas: ésta es la sociedad, el momento atemporal que nos persigue, uno donde la gente se siente más atraída por saber cuál es el último desliz de Paris Hilton que mirar a su alrededor y darse cuenta que el mundo se desploma poco a poco.

Con influencias claras como la tensión y el misterio de Hitchcock (incluso la figura de las mujeres rubias), la impecable mezquindad de una sociedad artificial que Matthew Weiner se encargó de producir en Mad MenSuburbicon pierde el curso de su historia y pierde fuerza la inteligente metáfora que se construye a partir del destino de las dos familias.

Importante por el contexto de su estreno pero fallida en la potencia de su intenciones, Suburbicon: Bienvenidos al paraíso reafirma la vulnerabilidad de todos nosotros y cómo, 50 años después, seguimos siendo las familias perfectas donde la belleza de nuestro jardín es proporcional a nuestra maldad e ignorancia. Sí, bienvenidos al paraíso.

Arantxa Luna
Crítica de cine.

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¿Hubiera sido lo mismo que Oso polar fuera filmada con una cámara profesional? Por supuesto que no. El dolor de Heriberto y el resentimiento de Flor y Trujillo son efectivos porque quedan registrados en una forma de interacción cercana a nosotros.

Oso polar, 2017
Director: Marcelo Tobar.
Guionista: Marcelo Tobar.
Actores: Humberto Busto, Verónica Toussaint, Cristian Magaloni.

Dicen que los niños son más crueles que los adultos. Con una sonrisa serena, Heriberto (Humberto Busto) mira por el retrovisor de su auto viejo y observa a sus copilotos, Flor (Verónica Toussaint) y Trujillo (Cristian Magaloni), amigos de la infancia que a sus casi 40 años son las mismas personas, las mismas soledades, los mismos terribles bullies

Con el pretexto de un reencuentro generacional, Heriberto, Flor y Trujillo se embarcan en un viaje que atraviesa la Ciudad de México: desde la Narvarte hasta Tlalpan, pasando por Tecamachalco, una experiencia agridulce que Marcelo Tobar, el director, construye con frescura y determinación en su tercer largometraje, Oso polar.

Como la piel de una cebolla, el tercer largometraje de Tobar explora distintas temáticas. La primera y la más evidente es el acoso escolar que desde la anécdota infantil y las frustraciones adultas, la primera clave son ellos, la historia de los tres amigos que se fusiona en una horrenda comedia humana. Flor con su prepotencia y su racismo, Trujillo con su clasismo, Heriberto con sus miedos. Como una bomba de tiempo, las tensiones pasarán de la nostalgia a los insultos, de la calma a la pasivoagresividad. 

El dinamismo en Oso polar transita de los asientos del auto de Heriberto a las calles polvosas y destartaladas de la Ciudad de México. El paisaje y el humor de la película es uno mismo: al tiempo que los comentarios se vuelven más violentos, la ciudad comienza a atraerlos a parajes más oscuros. La fusión entre el espacio físico y la narrativa emocional adquieren mayor fuerza cuando el registro de la película es, al mismo tiempo, la forma en cómo quedan registradas estas tensiones. Oso polar es la primera película mexicana realizada con teléfonos móviles, y que obtiene el reconocimiento en un festival de cine y una distribución en salas del país. 

Sin afán de convertir a la película en un thriller, Tobar también sabe cómo usar estos recursos técnicos para “aligerar” la narrativa. En la dinámica de lo pasivoagresivo, las risas y las bromas pasan por el filtro de la familiaridad de la cámara, un objeto al que todos tenemos acceso y que es usado todos los días para captar la vorágine de imágenes que nos rodean.

¿Hubiera sido lo mismo que Oso polar fuera filmada con una cámara profesional? Por supuesto que no. El dolor de Heriberto y el resentimiento de Flor y Trujillo son efectivos porque quedan registrados en una forma de interacción cercana a nosotros. Los minutos de cada toma parecen que son un ejercicio de tiempo real que ahonda sobre el clasismo y el racismo que el México moderno alimenta y promueve día a día. 

Lo fundamental en Oso polar son las partes de su todo, elementos como la naturalidad de las actuaciones, el manejo de los diálogos, la cotidianeidad y su conexión con el espectador que posibilita apropiarse hasta de las bromas y los chistes más crueles. A través de esas formas de enunciar al otro, Tobar comprueba que la violencia está en todas partes: no importa la colonia, no importa la hora del día, y mucho menos su carácter ficcional. Al final del día, todos somos cómplices y todo nace desde la más tierna infancia. 

Tobar abarca un amplio espectro generacional del sufrimiento. Usa a estos tres protagonistas cuarentones y los recuerdos de la primaria con su incipiente crueldad por medio un juego, un lenguaje encriptado llamado “Cenit Polar” que denostaba la homosexualidad de Heriberto. Ya adultos, la ferocidad es por medio de la cámara, de los filtros, de YouTube. Si algo evoluciona con la tecnología es el espíritu más oscuro del ser humano (algo que ya se han encargado de demostrar otras producciones como Westworld y Black Mirror).

Propositiva, dinámica y atemporal, Oso polar le pregunta al espectador: ¿qué sucederá cuando el viaje de Heriberto, Flor y Trujillo termine? ¿Qué pasará cuando lleguen a su destino? Los viajes terminan, tienen un inicio y un final, un destino que Tobar prepara sutilmente con pequeños flashbacks de la vida de Heriberto: la violencia puede acabar cuando se decide hablar. El asunto es que hablar tampoco está exento de furia y venganza. Dicen que los humanos somos más crueles que cualquier otra existencia. Heriberto lo sabe.

Arantxa Luna
Crítica de cine y televisión.

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Marcelo Tobar acapara la atención de la cinematografía nacional gracias a Oso polar, filmada en su totalidad con dispositivos móviles.

Con tres largometrajes en su filmografía, Marcelo Tobar acapara la atención de la cinematografía nacional gracias a Oso polar, su más reciente producción. Filmada en su totalidad con dispositivos móviles, fue galardonada con el premio Largometraje Mexicano en el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM). Fenómeno o no, este reconocimiento es sin duda el síntoma de una producción nacional que día a día debe pelear con los contados apoyos de producción.

Arantxa Luna: ¿Cuál es la anécdota detrás de Oso polar?

Marcelo Tobar: Fui a una reunión de generación de la primaria y me di cuenta de que todo el mundo llevaba la fachada “adultos” pero poco a poco, ya en la noche, la gente comenzó a regresar a lo que era la escuela. La dinámica del grupo se transformó como si tuviéramos ocho años y todos ya estábamos en los 40. Después, la reunión se comenzó a degenerar en los grupitos de “los populares”, “los bulleados” y me pareció impactante cómo bloqueas lo que viviste en el pasado, y creemos que ese niño que fuimos ya no lo somos, que lo hemos superado, pero realmente no, y cuando te encuentras con estos festejos y compartes con las personas con las que forjaste tu identidad pues no tienes escapatoria.

AL: Después de esta experiencia, ¿cuánto tiempo tardaste en darle forma como una ficción?

MT: Como escritor tengo muchas ideas en la cabeza, pero luego me llegó la idea de hacer una película con celulares que surgió a raíz de un accidente en el que grabé unas imágenes que luego fueron exhibidas en un cine (sin saberlo). Cuando vi la reacción de las personas ante esas imágenes de inmediato le dije a mi productora “aquí hay algo”: si logramos que unas imágenes grabadas con un celular emocionen a la gente esto podría cambiar el paradigma de la producción de cine en cuanto a costos, a libertad en el set. En el momento en que sí decidimos hacer la película con celular pensé que ésta (la anécdota) era la mejor historia para traducirse en ese formato. La película tiene que ver mucho con la nostalgia y, para mí, los teléfonos, los contenidos de los teléfonos, son como bitácoras personales. Si analizamos los videos que guardamos desde hace dos años encontramos cosas que en ese momento no vimos. Todo esto quería incorporar en la narrativa emocional de Oso polar.

AL: ¿Cómo consideras que una filmación con dispositivos móviles influya en la cinematografía nacional?  ¿Crees que haya un cambio si consideramos que un festival con tradición como el FICM galardone a una película que se sale de los cánones clásicos de lo que significa “hacer cine”?

MT: Creo que es al contrario. Morelia es un festival muy vanguardista, su primer premio se lo dieron a Nicolás Pereda, un director bastante sui generis que incorpora docuficción en sus obras. Más bien que creo que es el festival más prestigioso de México y que hayan escogido a Oso polar para estar entre las siete participantes, y luego que fuéramos premiados por un jurado presidido por Bela Tarr y por los programadores de Berlín y Cannes es un statement. El FICM nos abrió la puerta para que sucediera todo lo que la película aporta por su contenido, no por su forma. Creo que los jurados dijeron “aquí hay algo nuevo”. Béla Tarr me lo dijo: “Esta película no podrías haberla hecho con otra cámara porque hay un ímpetu en la película que refleja mucho la manera que implica hacer algo con el arrojo de agarrar los celulares, contar una historia, salir a las calles e interactuar con la realidad, repasar México”. También creo que Oso polar es sobre las zonas que no vemos de la ciudad, incluso toda esta estética de lo feo como la calzada de Tlalpan. Quería un poco rendirle un homenaje a la Ciudad de México para bien y para mal.

AL: ¿Hay un antes y un después para la cinematografía nacional con Oso polar?

MT: Yo espero que sí. No sé si lo será. Mi responsabilidad ahora mismo es inspirar a nuevas voces en el cine mexicano, que son las voces que vienen desde abajo: hablo específicamente de la gente que no tiene dinero, que piensa que el cine es una élite, que el cine es caro, que el cine es imposible de hacer. Siempre se ha segmentado a los creadores de cine, si te das cuenta la mayoría de los cineastas latinoamericanos provienen de un estrato social y que no es precisamente ni clase media y baja. Para mí es fundamental que exista el punto de vista de otros puntos de vista. Contar la historia de Neza desde Neza, y no solamente desde arriba hacia abajo. Mi responsabilidad es que se sepa cómo se hizo la película, por eso no tengo reparo en dar cifras de dinero, de rodaje. La idea es que estas voces digan “claro, esto lo puedo hacer yo también”. Si me esfuerzo, si tengo una voz, si tengo rigor, si tengo algo potente que decir la película se va a sostener, independientemente de que si se hizo con tu teléfono.

AL: Oso polar nació desde un fondeo, una red de apoyo alejado de los apoyos gubernamentales. Estas características, ¿en dónde colocan a la película?

MT: Yo tengo tres películas y las tres han sido independientes. Tengo 12 años haciendo cine independiente con las cámaras que he podido tener. Esto es cine de resistencia, y lo digo así tal cual: entrar a Morelia tiene un significado especial porque vieron a una película de resistencia, a un cineasta que nunca ha sido apoyado por el IMCINE, que tiene una manera de hacer cine poco ortodoxo pero rodeado de profesionales, de actores que están ahí por amor al cine, que quieren tener catarsis con el público. El tiempo dirá en dónde colocar a Oso polar, pero creo que es importante que este cine de resistencia tengo un momento en la luminaria. Más que un premio para mí es un reconocimiento al cine independiente al que nadie hace caso. Se abrió una puerta, no sé si toda, pero al menos un poco.

AL: ¿Crees en la democratización del cine?

MT: Sí, por supuesto. Creo que en la democratización del cine a través de las nuevas tecnologías porque ahora una persona puede hacer una película con su teléfono, editarla en su casa, en su computadora, hacer la mezcla de audio y mandarla a un festival por Internet —sin tener que hacer una copia física— y comenzar a abrir las puertas. A mí no me gusta ser el cineasta independiente que se queja, que no le dan oportunidades, víctima de la opresión. Todo está ahí, sólo hay que saber entrar. Cuando no tienes un apoyo institucional tienes que ser más riguroso, tienes que hacer las cosas mejor para que te tomen en cuenta. Quizá no te va bien en el año de estreno, pero ¿quién puede saberlo en dos o tres años más? Al final lo importante es hacer obras poderosas y que comuniquen algo.

AL: Pensando en el acoso como un fenómeno universal y como el tema más evidente en la película, ¿crees que de alguna manera el personaje de Humberto somos todos como nación?

MT: Totalmente. La historia que cuento sí tiene que ver con sus personajes, la infancia de cada uno de ellos. Por eso me interesaba que no sólo llegaran a la fiesta, pude haber hecho una película sólo sobre ese momento y listo. Para mí era importante el trayecto por la ciudad, que se encuentren con todos los estratos sociales, con todas las interacciones que tenemos día a día. La idea de Oso polar es ver cómo la violencia está todo el tiempo en todos lados y todos somos partícipes: somos cómplices pasivos o somos los generadores de esto. Durante la película están en diferentes lugares y en todos hay violencia: “divide y vencerás”. Y la gran tristeza de este país es esa separación con el racismo, el clasismo, y que a pesar de todo es tabú hablar de ello. Me parece que éste es un debate que a la gente le da miedo tener porque somos conscientes de que todos participamos en esa dinámica. Oso polar está ahí, se cuenta la historia de estos tres personajes, pero el contexto es poderoso.

AL: La película tiene un eco muy interesante sobre las imágenes y el uso que les damos.

MT: La idea era integrar los diferentes formatos de celular como un motor emocional. Quería explorar la manera en cómo nos relacionamos con la realidad a través de las imágenes. Hay mucho talento en potencia: de repente te sorprendes con lo que graba tu mamá en el celular.

AL: ¿Cómo fue a nivel actoral? ¿Cómo se creó esta atmosfera tan natural de una road movie por la ciudad?

MT: Con los actores nada cambia. Trabajo con una técnica que es no tener casting porque creo que es la peor manera de elegir a una persona. Prefiero conocerlos en persona, hablar. Lo que busco es que el actor tenga una energía básica que no tiene que ver con caracterizarse. Eso hace que ellos se sientan más libres para experimentar con los diálogos y llegar a este tema donde los actores no actúan, sólo tratan de ser.

AL: ¿En tu siguiente proyecto seguirás interesado en los dispositivos móviles?

MT: Ha sido muy curioso porque dos días de Morelia nos otorgaron por primera vez un apoyo para hacer una película con presupuesto. Todo es muy irónico. Siento que se cerró un ciclo, hice tres películas independientes que probablemente juntas tengan un sentido. Con el apoyo quiero hacer una comedia y entregarme un poco a la risa. A pesar de todo esto me gusta decir que cineasta independiente nací y cineasta independiente moriré. Seguiré haciendo cosas desde esta trinchera porque creo que es el caldo de cultivo para la experimentación.

Arantxa Luna
Crítica de cine y televisión.

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Doce largometrajes internacionales y seis de los trabajos ganadores del Festival Internacional de Cine de Morelia se proyectarán en la Ciudad de México del 3 al 12 de noviembre de 2017.

Doce largometrajes internacionales y seis de los trabajos ganadores del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) se proyectarán en la Ciudad de México del 3 al 12 de noviembre de 2017.

Habrá un total de 168 funciones en distintos complejos: Cinépolis Diana, Perisur, VIP Miyana, Plaza Carso y Universidad; además de funciones en la Cineteca Nacional, con presencia de talento; en el Cinematógrafo del Chopo, donde también se mostrarán programas de cortometrajes ganadores de varias ediciones del festival, y en la Filmoteca de la UNAM; además de una función al aire libre en el Parque Pushkin (en la colonia Roma Norte) y otra al aire libre en el Jardín Centenario (en Coyoacán).

Las películas que se presentarán son: Professor Marston and the Wonder Women (2017. dir. Angela Robinson), Loveless (2017, dir. Andrey Zvyagintsev), Call Me de Your Name (2017, dir. Luca Guadagnino), The Killing of a Sacred Deer (2017, dir. Yórgos Lánthimos), Mark Felt: The Man Who Brought Down the White House (2017, dir. Peter Landesman), Suburbicon (2017, dir. George Clooney), Breathe (2017, dir. Andy Serkis), An Inconvenient Sequel: Truth to Power (2017, dir. Bonni Cohen, Jon Shenk), Wonderstruck (2017, dir. Todd Haynes), Jeannette, l’enfance de Jeanne d’Arc (2017, dir. Bruno Dumont), Human Flow (2017, dir. Ai Weiwei) y Rodin (2017, dir. Jacques Doillon).

La programación de Lo Mejor del 15º FICM en la Ciudad de México se podrá consultar en www.moreliafilmfest.com y en la página de Cinépolis. Aquí dejamos nuestras recomendaciones con lo mejor de esta gira:

Los adioses

Basada en una extensa investigación de campo con entrevistas a personas que conocieron de cerca a Rosario Castellanos (Elena Poniatowska, Juan Villoro y Samuel Gordon, etc.) Natalia Beristáin refleja en esta cinta las complicaciones de la vida en pareja además del continuo conflicto que tuvo la escritora mexicana para lograr un balance entre su vida personal y profesional.

Las actuaciones de Karina Gidi como Castellanos y de Daniel Giménez Cacho como Ricardo Guerra (esposo de Rosario) son muy destacables y logran mostrarnos la realidad de las relaciones: un subibaja de emociones. Como Rosario joven está Tessa Ia, quien encarna perfectamente la determinación, sensibilidad y pasión que caracterizaban a la escritora.

La cinta obtuvo el recomiendo del Premio del Público a Largometraje de Ficción Mexicano y sin duda fue uno de los mejores trabajos mexicanos presentados en el FICM.

Loveless

En un tono muy distinto al de otros trabajos del FICM, Andrey Zvyagintsev, director ruso responsable de Leviathan, muestra la realidad de Zhenya (Maryana Spivak) y Boris (Aleksey Rozin), quienes una vez creyeron amarse, pero ya no se soportan. A pesar de ello, y luego de la desaparición de su hijo, se ven obligados a coexistir para encontrarlo.

La crudeza de esta película, ganadora del premio del Jurado en Cannes y nominada a la Palma de Oro, está en las pequeñas confrontaciones, en los diálogos hirientes de esos dos seres que ya no sólo no se consideran, sino que están dispuestos a herirse a muerte.

La película está filmada casi como un thriller; sin muchos sonidos, música y llena de misterio, pero en el centro: esa pareja en la que el amor ha sido desplazado por el rencor, la ira y el odio. Una mirada dura y confrontativa de una familia desestructurada, rota.

Professor Marston and the Wonder Women

Es difícil saber lo que hubo detrás de la creación de La Mujer Maravilla —que ahora tiene rostro de Gal Gadot—, pero esta cinta muestra justo ese proceso: cómo el doctor William Moulton Marston (Luke Evans) se involucró con dos mujeres en una feliz relación polígama que lo inspiró para crear La Mujer Maravilla, al tiempo que enfrentaron el juicio de la sociedad.

Evans, Hall y Heathcote logran una química única en pantalla, y aunque cada uno tiene un rango diferente, se complementan a la perfección.

La película tiene una buena dosis de escenas sensuales: Marston, Elizabeth (Rebecca Hall) y Olive (Bella Heathcote) practican los tríos y el sadomasoquismo: un sutil recordatorio de que una relación diferente, como cualquier otra, debería respetarse. Lo que cada quien haga a puerta cerrada es asunto personal.

Professor Marston… funciona muy bien para conocer el contexto de este cómic, pero sobre todo por enaltecer el poder atemporal de las mujeres fuera de la ficción.

Call me by your name (Llámame por tu nombre)

Si hay un consenso general sobre una película entrañable es ésta. El largometraje dirigido por Luca Guadagnino sigue la historia de Elio Perlman (Timothée Chalamet) y Oliver (Armie Hammer), dos estudiantes que viven un romance durante el verano en la Riviera italiana.

Aunque la premisa sea básica: chico se enamora de chico, lo valioso de Call me by your name se encuentra en el cómo: desde las actuaciones de Chalamet y Hammer que seducen con su simpatía y su dolor, hasta el seguimiento día a día que arma un puzzle discreto y convierte a este amor en una expresión suave y única.

Instalada en unas numerosas películas que parten de la diversidad sexual, el trabajo de Guadagnino es una producción universal, nostálgica y amable que recuerda al primer amor, sus trances agridulces que, al final, terminan por definir quiénes somos y quiénes seremos cuando descubrimos que el amor va más allá de un lindo capitulo veraniego.

The Killing of a Sacred Deer (El sacrificio del ciervo sagrado)

Después de una incursión internacional con The Lobster, Yorgos Lanthimos abandona el lado más amable de las complicadas relaciones humanas y regresa con The Killing of a Sacred Deer, un retrato familiar que mezcla la neurosis y la ambigüedad de lo sobrenatural.

Con actuaciones de Colin Farrel y Nicole Kidman, acompañados por la tensión del personaje de Barry Keoghan, la película de Lanthimos es un puente de depuración a un estilo que se encuentra entre el agrado de los grandes y pequeños públicos: cuando Steven (Farrel), un exitoso cirujano, y su esposa Anna (Kidman), sean testigos de una enfermedad degenerativa que acecha a sus hijos, ambos tendrán que seguir las instrucciones dictadas por el siniestro Martin (Keoghan).

Con una atmósfera de extrañeza, el último largometraje del director griego confirma que la presión y la angustia del espectador es el mayor impulso creativo para su obra.

Suburbicon: bienvenidos al paraíso

No es la mejor película que se proyectó en el FICM, sin embargo, la ineficiente dirección de Clooney, a pesar de todo, sirve de trampolín para apreciar el estilo de los hermanos Coen: la violencia del hombre expresada a través de una serie de eventos desafortunados.

Con claras reminiscencias de Fargo (1996) película y Fargo (2014) serie de televisión, Clooney regresa a los pueblos pequeños para armar un infierno grande cuando una nueva familia de afroamericanos llegue a Suburbicon, el vecindario pulcro y limpio de raza blanca, un evento que irá a la par con la muerte de Margaret Lodge (Julianne More) y las redes de traición protagonizadas por su familia.

La metáfora que usa Clooney, creada desde el guión de los Coen, es interesante y vuelve a revelar el fanatismo, la doble moral y la intolerancia de un Estados Unidos que a más de 50 años de distancia, padece del mismo cáncer. Pertinente en el contexto de su estreno, Suburbicon es un pequeño ensayo que nos recuerda otra vez que todo avanza, todo continua, menos los miedos irracionales y estúpidos del hombre.

Arantxa Luna y Mariana Mijares
Críticas de cine.

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Sueño en otro idioma
(México, 2017)
Director: Ernesto Contreras.
Guionista: Carlos Contreras.
Actores: Fernando Álvarez Rebeil,  José Manuel Poncelis,  Eligio Meléndez.

¿Qué es lo que lleva el hombre a cuestas? Sobre sus hombros hay algo que le recuerda que existen cosas sin resolver de su pasado. Evaristo (Eligio Meléndez) es uno de ellos. Con cara adusta, grosera y antipática se niega a dialogar con las demás personas. Su cerrazón comenzó hace 50 años cuando habló por última vez con Isauro (José Manuel Poncelis), su mejor amigo.

Esta falta de comunicación se transforma en algo más grave porque ellos dos son las únicas personas que hablan zikril, una lengua ancestral. Decidido a rescatar los últimos vestigios de esta ésta, Martín (Fernando Álvarez Rebeil), un destacado lingüista, visita a los dos enemigos para tratar de reconstruir la comunicación entre ellos.

La brecha comunicacional es impenetrable. Ambos guardan una fuerza de voluntad indomable que evita su contacto. El odio, inexplicable y doloroso, será el impulso para que Martín les demuestre a las personas que el lenguaje es la única manera de sanar las heridas: “El que no habla ni Dios lo escucha”, dice el refrán.

Un reencuentro. Algo tan simple es la antesala a un peculiar planteamiento que construye una película con abundantes capas de lectura: temas que se entretejen con una sutil habilidad que evita que la narración se convierta en una producción barroca, cargada o densa.

La película de Contreras es novedosa no por el tono, que por momentos se acerca al melodrama, sino por presentar temas como las preferencias sexuales, la vejez, el desamor, la muerte, la identidad, la discriminación y la migración. En su conjunto, la riqueza de Sueño en otro idioma es su atrevimiento —la decisión de hacer algo pocas veces visto en el cine mexicano—, donde las situaciones más dolorosas como el que casi todo un poblado quiera irse a Estados Unidos por la falta de oportunidades se integran de manera orgánica.

Al hacer esto, pone en jaque varias cosas: la figura masculina, viril y segura de sí que “tienen” los pobladores indígenas de algunas regiones del país. El imaginario de cómo debe ser el hombre en México, una concepción que Evaristo tiene tan arraigada a sí que desencadena una enorme nube de culpa y resentimiento.

A diferencia de sus largometrajes anteriores, la última película de Contreras tiene un dejo esperanzador, un tratamiento que, a pesar de la oscuridad, añade momentos humorísticos, de alivio y redención. Involuntario o no, las actuaciones de varios personajes secundarios prolongan la conexión con el espectador, una puesta en escena familiar y sencilla que tienen un poco de nuestras actitudes y de nuestro lenguaje ante situaciones como la muerte y la traición.

Con temas tan delicados como esos, el director mexicano conserva la esencia de la cosmogonía mexicana. La ambientación no es plástica ni forzada, y no tiene los grandes clichés que inundan al mundo cinematográfico de cómo es lo que no está en la ciudad y se instala en el campo. Por momentos parece que estamos ante obras como Macario, de Roberto Gavaldón, que representó a la muerte como el ser místico, inescrutable y casi filosófico. Aquí, el pueblo y la lengua que agonizan saben que deben enfrentarse a este destino próximo e inevitable y Sueño en otro idioma la representa de manera bella e hipnótica.

Aquí la muerte es una forma de libertad, el espacio ideal en donde no importa quién fuiste en vida, ahora lo fundamental es ser. Para llegar a esta conclusión, Martín y los demás serán una especie de guía, los observadores que también resolverán sus asuntos pendientes con su vida, ¿aprender inglés en lugar de nuestra lengua natal?

Los temas en Sueño en otro idioma son tan atemporales que recuerdan otros filmes como Un hombre solitario, de Tom Ford, por su delicadeza, o El secreto en la montaña, de Ang Lee, por el peso y el dolor que tanto aqueja a los protagonistas.

El rechazo entre Evaristo e Isauro, el silencio que se construye entre miradas tensas es una forma de decir que su negación de hablar su idioma es, al mismo tiempo, la negación de su amor. Así, el lenguaje no sólo son las palabras, el sonido, los movimientos de nuestros labios; el lenguaje es un todo, un campo semántico que reúne nuestra identidad. Al final, ellos entenderán que tal vez en otro idioma nos podamos amar, sin presiones, sin odio, sin rencor.

 

Arantxa Luna
Twitter: @_loquefuimos.

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Dos de la tarde: ya no hay boletos para ninguna función en Cinépolis Morelia Centro. Por la mañana, antes de las 7:30, la fila para adquirir boletos era considerable. Los visitantes y habitantes de Morelia ya conocen los alcances de este monstruo y saben que es mejor tener su planificación antes de las 12 del día.

La primera en agotarse: Loveless, de Andrey Zvyagintsev, uno de los highliners del festival al ser una de las grandes favoritas a la Palma de Oro en Cannes de este año. En su lugar, Rostros y lugares, la más reciente película de Agnes Varda, reclamó un buen número de espectadores. El FICM iniciaba sus actividades con la presentación del primer largometraje de ficción en competencia: Casa Caracol de Jean-Marc Rousseau, que dejó un agridulce sabor de boca.

“Ya no hay boletos, ¿a qué vienen?”, un comentario común entre las personas, curiosos y espectadores, que rodeaban la alfombra roja montada frente al complejo de cine. Adentro, alejados de todo el glamur, Ernesto Contreras presentaba su película Sueño en otro idioma, ganadora del Premio del Público en el Festival de Cine de Sundance y que presenta con nostalgia la imposibilidad del amor en una sociedad opresiva.

Al salir de la función especial, el glamur ya había invadido la sala y, atrapados entre el gentío, Ernesto ofreció algunas entrevistas mientras evitaba el sonido de los radios del equipo de seguridad que, nervioso, impedía el paso de la gente: “No pueden pasar, son ordenes, nadie puede invadir la alfombra roja…”. Las medidas eran lógicas: en unos minutos llegaría Al Gore, el exvicepresidente de Estados Unidos a presentar An inconvenient sequel: truth the power, secuela del documental ganador del Oscar en 2007.

Discreta, la seguridad alrededor de Gore pareció intimidar el espíritu festivo de las personas reunidas que, en una atmósfera solemne poco común en estos eventos, miraba y tomaban fotos a lo lejos de la llegada de Al Gore. “¿Quién es ése? ¿En dónde sale?” Las preguntas eran casi un murmullo mientras la comitiva llegaba a la sala para la presentación y enloquecía a la prensa cuando, entre los invitados de esa noche, sonó el nombre de otro expresidente y su esposa: Felipe Calderón y Margarita Zavala.

Por unos instantes, Al Gore dejó de ser el centro de atención y, con cámara en mano, nadie dejaba pasar la oportunidad de tomar una imagen del momento en que los expresidentes estrechaban sus manos. Rostros conocidos en lugares inesperados.

La prensa salió, se apagaron las luces y comenzó la función: “¿de qué hablarán esos dos?”. Y el FICM cerraba con sus actividades de gala su primer día.

 

Arantxa Luna
Twitter: @_loquefuimos.

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Para la cultura audiovisual, el papel de los festivales de cine es fundamental. Como una conexión entre los realizadores y el público, en estos espacios se definen estilos, ritmos de trabajos y escaparates para las producciones que se verán en pantallas.

En México, uno de los países en el mundo con más festivales de cine, su protagonismo es indiscutible, y este año uno de ellos cumple 15 años: el Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM) abre sus puertas del 20 al 29 de octubre para un buen porcentaje de cinéfilos mexicanos y extranjeros.

Además de las presentaciones de libros, conferencias magistrales y encuentros cinematográficos de cualquier tipo, la médula espinal del FICM radica en la presentación de producciones mexicanas que se dividen en sección de cortometrajes y largometrajes distribuidos entre la ficción y el documental. Este año, en su selección oficial figuran nombres conocidos como Lorenzo Vigas (León de Oro en Venecia 2015); Trisha Ziff, que en la edición 14 presentó El hombre que vio demasiado, un homenaje al fotógrafo Enrique Metinides; Natalia Beristáin y Paula Markovitch. Sin embargo, el gusto de Morelia es que su jurado siempre de sorpresas y ahora, encabezado por el húngaro Béla Tarr, seguro habrá ganadores muy particulares.

El complemento de las presentaciones mexicanas, y uno de los platos fuertes del festival, es que es el primero en presentar películas traídas directamente de su estreno en Cannes, la Berlinale, Venecia y Locarno. Para la quinceañera del FICM, una vez más se proyectará la ganadora de la Palma de Oro en Cannes: The Square, de Ruben Östlund; el Premio del Jurado: Loveless, de Andre Zvyagintsev, y más estrenos internacionales como Happy End, de Michael Hanake, The Killing of a Sacred Deer, de Yorgos Lanthimos y Call me by your name, de Luca Guadagnino.

Para la cultura mexicana, cumplir 15 años tiene un significado muy importante: es un rito de madurez, y en este festejo, el FICM se cuestiona a sí mismo si ha cumplido sus objetivos a través de una mirada retrospectiva que, como adelantó Rodrigo Toledo, el diseñador de la imagen del festival (una pomposa quinceañera envuelta en su vestido rosado), este año será el principio de una fiesta, de una gran celebración que incluirá a los invitados de casa como Gael García y Diego Luna, y dos presentaciones con evidentes motivos mexicanos: el estreno de Coco, la más reciente película de Pixar que recupera una de las tradiciones más importantes de México, y en especial de Michoacán, sede del festival, y The Shape of Water, de Guillermo del Toro, consentido del festival y que hace unos meses ganó el premio a Mejor Película en Venecia.

Parece poco pero en este país es un logro que un evento cultural cumpla tanto tiempo de vida con un ritmo y una calidad in crescendo. Estos XV años son un punto reflexivo. No perdamos de vista a festivales como éste que resguardan las propuestas de cine mexicano que, con seguridad, obtendrán proyección nacional e internacional, grandes esfuerzos que, de alguna u otra manera, conservan el respeto y el amor por la creación.

Arantxa Luna

Twitter: @_loquefuimos.

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Blade Runner 2049
(Estados Unidos, 2017)
Director: Dennis Villeneuve
Guionistas: Phillip K. Dick (basada en ciertos personajes de la novela Do Androids Dream of Electric Sheep?), Hampton Francher, Michael Green
Actores: Ryan Gosling, Dave Bautista, Robin Wright


Blade Runner 2049, de Denis Villeneuve, confirma lo que está presente en las producciones hermanas que se han embarcado en el tema: la ambición del hombre por saberse creador.

Es normal leer alguna noticia que da cuenta sobre un dispositivo electrónico que, simulando a un ser humano, desempeña actividades como atender un hotel, hacer la limpieza del hogar, preparar la comida o ser una pareja sentimental. Ante esta avalancha de posibilidades, tranquiliza saber que hay algo que (aún) nos separa: una delgada línea constituida por el raciocinio, las decisiones, el alma, la condición humana. ¿Pero qué pasaría si éstas se acabaran?

Es 2017. Nos seguimos haciendo las mismas preguntas que hace 30 años y a cambio hemos obtenido pocas variaciones tecnológicas entre lo vintage y lo actual, no importa si pasamos de los grandes monitores a una pantalla de milímetros de grosor. La esencia de la insatisfacción es la misma: la ambición, a pesar de su condición atemporal, nunca es suficiente para complacernos, pero sí para construir nuestra extinción. La delgada línea se rompe.

Uno de los principales motores creativos en la ciencia ficción es esa: la ambición. En Blade Runner de Scott, saberse creador de vida artificial convierte a los humanos en seres poco empáticos que ignoran que los cables y el metal están más vivos que ellos. 30 años después sucede la misma fantasía de ser dios en Blade Runner 2049. Ahora, bajo la guía de Denis Villeneuve, vivimos el resultado de esta ambición desmedida cuando la artificialidad, la hija del ser humano, procrea más allá del laboratorio. Cría cuervos que te sacarán los ojos.

Blade Runner 2049 cumple el primer requisito para escalar a su antecesora: la ilusión de avanzar en la trama, pero ¿qué sigue después? Villeneuve se extravía y camuflajea su fragilidad en un despliegue audiovisual exquisito. Y no se trata de pedir más de lo mismo, nadie exige las glorias de la primera producción, pero sí una película de Denis Villeneuve. En el cine se trata de renovar en su contexto y el proyecto del director canadiense, hay que aceptarlo, es menor a otras producciones contemporáneas que también están interesadas por el dilema de la creación tecnológica.

Ejemplos inmediatos pueden ser Humans o Westworld, dos producciones televisivas que parten del conflicto que ya todos conocemos: desdibujar la línea entre lo artificial y lo humano, la conciencia sesgada pero persistente de humanoides que son la clave para descifrar y abrir cuestionamientos sobre el ser. La fase de la duda y la reflexión es superada y se instalan en un mundo que ya es poblado por la seguridad de su identidad, de figuras que se saben superiores y ahora buscan sus propias reglas.

Aunque un poco de esto se vio en Blade Runner, los replicantes aún se debatían entre el dolor y la duda, un sentimiento que fue el escenario perfecto para la poesía y la intensidad reflexiva que vemos culminada en el monologo de Roy Batty. Blade Runner es lo que es hoy porque abrió cuestionamientos sobre temas que en los años ochenta y en la actualidad siguen palpitando en nuestra mente.

En Blade Runner 2049, el hilo conductor es el mismo. K (Ryan Gosling) comienza a preguntarse sobre su origen y la posibilidad de ser el elemento que elimine la distancia incomprensible entre humanos y androides. Sin ir más allá, este amplio y atractivo espectro de dudas se ve disminuido por la predecible odisea del héroe que, ayudado por su novia dispositivo (Ana de Armas en una clara referencia a Her, de Spike Jonze) se revela a su destino y de paso conoce al legendario Rick Deckard (Harrison Ford), una pieza importante en el puzzle.

Claro, hay que agradecer a Villeneuve y a Roger Deakins por su trabajo formal. Los escenarios distópicos que, a diferencia de su antecesora, cargan todo su sombrío poder en grandes paisajes, tomas abiertas con un ritmo pausado, a cuenta gotas, recuerdan la predilección creativa de muchos directores de la escuela europea. La tensión es inminente. La respiración y las acciones de los personajes se sienten a cada minuto como una suerte de taladro que insiste sin tregua en el espectador, sin embargo, esta carga de estilo carece de fondo, de la potencia que, por ejemplo, Ghost in the Shell (en su versión animada), lograba con largos intermedios que desmenuzaban corpórea y mentalmente a su protagonista sin un hilo narrativo concreto.

Es posible que Villeneuve arriesgara lo que conocemos de su filmografía. Si con Enemy (2013) mostró su interés por la mente, con La llegada (2016) encontró la suficiente confianza para darle un giro a la ciencia ficción y presentar otro rostro del género sin el cliché del alíen con grandes ojos negros. Ahora, con esta última película, la apuesta por la contemplación y los grandes escenarios dan una certeza: a pesar de todo, hay un interés por buscar y cuestionar el sci-fi.

Lo mejor y más optimista es pensar que Villeneuve y sus guionistas construyeron una película puente que presenta el campo de acción de lo que significará “el milagro” de la creación artificial, sin duda la siguiente fase evolutiva, sinónimo absoluto de rebelión. Además, lejos de las posibles pretensiones en la historia, la película tiene un final lo suficientemente ambiguo para creer en la posibilidad de una tercera parte. ¿Estamos dispuestos a eso?

Con sus fallas y sus virtudes, Blade Runner 2049 confirma lo que está presente en las producciones hermanas que se han embarcado en este tema: la ambición del hombre por saberse creador sobrepasa el presente y los 24 cuadros por segundo: somos una sociedad cruel que transforma, usa y desecha.

 

Arantxa Luna
Twitter: @_loquefuimos

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