El nuevo libro del gran historiador Antonio Saborit Saborit explora como nadie los intercambios intelectuales en la vida cultural novohispana en el marco de la Ilustración dieciochesca.

El historiador Antonio Saborit ofrece vistas hacia el pasado que resultan una herencia cultural: ha estudiado a las sociedades ilustradas en México desde el ocaso del siglo XVIII hasta las primeras décadas del XX. En esta ocasión se aproxima a la historia demográfica con El virrey y el capellán. Revilla Gigedo, Alzate y el censo de 1790 (Cal y arena, 2018), libro en el que aborda la polémica entre el escritor y eclesiástico José Antonio de Alzate (1737-1799) —editor de la Gazeta de Literatura, capellán y precursor de la divulgación científica en este territorio— y el segundo conde de Revilla Gigedo, Juan Vicente Güemes (1738- 1799) —virrey, gobernador y capitán general de los dominios de Nueva España del 16 de octubre de 1789 al 11 de julio de 1794.

El virrey y el capellán conformaron, cada uno desde su “informada intransigencia”, un gigantesco expediente en el que se sumergió el historiador. Alzate era un hombre de pasiones complejas y grandes ambiciones. El dilema rector es el siguiente: el eclesiástico cuestionó el resultado del padrón poblacional de la capital de la Nueva España de 1791 y el virrey externó sus diferencias. El censo virreinal pretendía “facilitar el mayor fondo del erario”, para lo cual consideró imprescindible una “administración más progresista y fácil de sus Rentas”. Saborit arroja luz al episodio y explora los intercambios intelectuales en la vida cultural novohispana en el marco de la Ilustración dieciochesca. Concluye:

Así Alzate es el vocero de las nuevas ideas y del remedio a la necesidad, el científico capellán y el cristiano obediente, paseante y satirista, el lector y el traductor. Lo que reconocían o criticaban sus contemporáneos era la naturaleza particular de los empeños de Alzate; en cambio, la novedad y la relevancia de lo que Alzate estaba haciendo entonces pasó en buena medida inadvertido.

Una de las investigaciones del divulgador científico se refirió a insectos y ciudades. Hombre de ideas, Alzate vio y experimentó con la conducta del comején, “habitante en las tinieblas”. Para Saborit, el eclesiástico tuvo en mente la idea de ciudad —aunque el propio Alzate excluyó la palabra de su texto— y la densidad poblacional y los movimientos en masa de los insectos. De eso versa el siguiente fragmento de El virrey y el capellán, que ya circula en librerías del país: una historia de élites cultas.

Festina lente, escribió Julio César en su Guerra gálica. Templar la diligencia con el sosiego fue como trasladó esa frase al español Antonio de Solís. Alzate, digamos, se hizo notar exactamente por esa combina ción: diligencia y sosiego. Otro se habría atorado en el trabajo de los textos o bien en el trabajo de la realidad, dos pasiones del capellán. La realidad material hizo llegar a Alzate con la esperanza a donde con el solo deseo no se llega. Pero en cambio sus escritos, es decir, el ámbito de las palabras unidas al conocimiento, instalaron a Alzate en la arena de la discusión intelectual.

Sosiego y diligencia.

La jurisdicción que establecieron sobre el caos de la realidad material las veinticuatro entregas de la segunda remesa de la Gazeta de Literatura se significaron por el argumento de la utilidad. También por los del aprovechamiento y la mejoría. “Mis diarias observaciones me tienen demostrado, el que muchas artes se hallan en Nueva España en un estado á que no han llegado a establecerlas los Artifices de Europa”, apuntó Alzate en las conclusiones a su memoria sobre el cultivo del añil, el 22 de septiembre de 1789. “Las artes del Ladrillero, del Calero, del Curtidor, del Texedor, del Carbonero, &c. &c. manifiestan esto, y puede ser que en ocasión mas oportuna lo demuestre á toda luz: lo mismo me hace palpable que los primeros Españoles que se establecieron aquí eran de mucha habilidad”.1 La mecánica y la historia natural, como escribió, se podían combinar para construir un péndulo inerme a las oscilaciones de un navío o un reloj sin el recurso de la cuerda, para despejar la incógnita sobre la pobreza mineral de los contornos de la Ciudad de México o reconocer el tamaño de la constancia de una veta.2

Tras leer el adelanto de una historia del comején escrita por el abate Pierre Bertholon —la cual se publicaría íntegra en su Journal des Sciences Utiles hasta 1790—, Alzate dio a conocer aquí, por medio de las prensas de Manuel Antonio Valdés, la memoria que sobre tan brillante minu cia ya tenía preparada y en espera de este momento. Tal vez el abate Bertholon no fuera muy distinto al capellán Alzate; salvo por la clara necesidad reactiva del mexicano, ambos tenían interés por el fenómeno eléctrico, la historia natural, la teoría de los incendios y ahora hasta so bre el comején. Pero al diferir sobre las observaciones del abate sobre el piojo de la madera, Alzate entregó uno de los ensayos más completos que dejó en los pliegos de su publicación.

Se diría que el capellán compuso este escrito sobre el comején por proponer que la naturaleza no provee órganos inútiles. Obligado a per manecer por algunos meses en “temperamentos muy ardientes”, Alzate vio y experimentó en persona con la conducta de estos insectos, tomó sus notas; y al llevar esto al espacio al uso de una memoria, empleó su peculiar registro no sólo para narrar en ordenada síntesis cómo reco noció “el insecto, la fábrica de su nido, su modo de vivir, y todo quanto puede percibirse de un habitante en las tinieblas”, sino que describió el hábitat y la vida del insecto en las pequeñeces que sólo dejan de serlo para siempre cuando quedan por escrito. Los nidos y la transminación de espacios.3 Las galerías verticales y los laberintos subterráneos ho rizontales. La búsqueda y el consumo de los indispensables alimentos. La densidad poblacional, los movimientos en masa y la devastación y la muerte por la misma vida, la industria para el desastre. “¿Qué ojos, qué perspicacia podrán advertir lo que pasa en lo interior de los nidos?”, se preguntaba.4 Alzate encontró la respuesta en la sencillez que le dio a la factura de este escrito; en él registró la visibilidad de lo minúsculo y oculto, el caos del orden habitacional, el poder en lo pequeño, la sin gularidad de la multitud, la vida de la muerte. Se pensaría que Alzate describía una ciudad, distinta a su amadísima Ciudad de México, pero “ciudad” fue precisamente la palabra que quedó fuera del ensayo sobre este insecto. Así terminó:

Tengo expresado no haber registrado ojos al Comejen, y en otra parte asiento que luego que se les desbarata parte de sus habita ciones, procuran restablecerlas para que la luz no se comunique, lo que parece suponer tienen ojos; pero bien pueden sin tener este órgano experimentar los efectos de la luz, al modo que las plantas encerradas en una pieza obscura, en la que solo se dispone un pe queño agujero, se encaminan para él. Acaso otros les registrarán este órgano que a mí se ha ocultado. También puedo exponer un hecho de que trataré en otra ocasion con mas extensión: conozco á un Ciego, al que siendo niño se le vaciaron los globos de los ojos de resulta de unas viruelas; no obstante esto, advierte si la pieza en que se halla está obscura, y por ningún pretexto es capaz de hacerle atravesar por la noche pieza en que no se haya encendido vela: tambien reconoce si la Luna está sobre el Orizonte, observacion que tengo verificada en repetidas ocasiones.5

He aquí por qué Alzate reprochaba a Bertholon su viva y brillante imaginación: ésta no debía desplazar de ninguna manera a los relatos. Y la anécdota, en efecto, es algo que sucede a los cuerpos: hombres, mujeres, insectos.

Alzate dominaba el cielo que cubría su ciudad tan personal desde cualquier sitio. Salía de su gabinete para pasar visitas y andar calles y cuzquear cielo y tierra, es fácil imaginar que su inclín por la observación sistemática lo debió llevar a descubrir y atesorar sus miradores u obser vatorios predilectos, puntos y alturas estratégicos, puestos al servicio de su brava ciencia. El capellán sabía muy bien, según nos informa en uno de sus escritos, que aproximándose a los postes que resguardaban por el norte la fuente de la plazuela de Santo Domingo encontraría la estre lla polar, justo por encima de la cruz colocada en la torre de la iglesia.6 Por dar un ejemplo. Pero además Alzate tenía un “pequeño observato rio”7 en la parte superior de su casa —en donde lo asistía un mozo para todas sus actividades cotidianas, desde la compra de alimentos hasta la aparición de luces en el cielo.

 

Antonio Saborit
Historiador, ensayista, narrador, editor y traductor. Entre sus libros se encuentran Los doblados de Tomóchic, Diario de las cigarras y Febrero de Caín y de metralla. La Decena Trágica. Una antología.


1 “Memoria acerca del cultivo del añil”, Gazeta de Literatura, 2, México, 22 de septiem bre de 1789, p. 16.

2 S. t., Gazeta de Literatura, 3, México, 8 de octubre de 1789, p. 17.

3 “Historia natural del comején”, Gazeta de Literatura, 4, México, 24 de octubre de 1789, pp. 26 y 27.

4 Ibíd., p. 30.

5 Ibíd., p. 31.

6 “Carta del Autor de la Gazeta de Literatura al Anónimo que imprimió en las de México NN. 44 y 45 un Discurso sobre la Aurora Boreal”, Gazeta de Literatura, 13, México, 8 de marzo de 1790, p. 97.

7 “Noticia del Meteoro observado en esta Ciudad en la noche del día 14 del corrien te”, Gazeta de Literatura, 6, México, 19 de noviembre de 1789, p. 41.

Leer completo
Autor de obras clásicas, voraz coleccionista de libros y maestro ejemplar, José Luis Martínez fue también y ante todo un hombre generoso. Ofrecemos a continuación el recuerdo de cuatro escritores, para quienes “el hombre de todos los libros” constituye una de las figuras  imprescindibles de nuestra historia.

Creador de lectores

Héctor Aguilar Camín

José Luis Martínez, hombre de todos los libros, fue un lector.

Le dio su tiempo al mundo como diplomático, a la literatura como amante y a los libros como coleccionista. No hubo en su mirada de lector furias ni penas. Recogía con rigor lo bueno de los libros y dejaba pasar lo demás, con equilibrio clásico.

Coincidí con él unos días en Madrid, como jurados del premio Cervantes de 1987. Comimos y caminamos por el sinuoso y entonces maloliente barrio madrileño de Lope y de Cervantes, atrás del Hotel Palace.

Lo acompañé a comprar tomos que le faltaban de colecciones de literatura hispánica en librerías de viejo. Hablamos mientras caminábamos. Con suave dirección me llevó a buenos restaurantes y a buenas librerías. En cada lugar, fingiendo suerte de primerizo, escogía el plato bueno , el mejor vino, la edición superior.

No era elocuente, en el sentido de que no hablaba de corrido, pero era exacto en sus palabras, luego de titubear para encontrarlas. Ocupaba lo mejor de su turno en la charla para oír. Ya era el autor de una obra magna y el portador de una historia emblemática. Había sido legendariamente guapo y un amante diverso, discreto y decidido.

Cuando nos vimos en Madrid, investigaba lo que después fue su libro necesario, que el tiempo hará imprescindible, sobre nuestra historia profunda: el libro sobre Hernán Cortés y los documentos cortesianos que le siguieron, un asalto minucioso y razonable , minuciosamente razonable, a uno de los más difíciles personajes de la historia de México y uno de los más ignorados de la de España.

De las páginas maestras del Hernán Cortés de José Luis Martínez, hechas con el cuidado de quien tiene la verdad, Cortés sale lavado de sus mitos, natural, admirable, terrible, comprensible, incomparablemente humano.

José Luis Martínez fue un lector creador de lectores. Dedicó la mejor parte de su vida a editar y antologar lo mejor que había leído. Pasó por el mundo literario sin envenenarse con los cenáculos. Tuvo puestos públicos sin contaminarse de la política. Y no postergó nunca lo que le parecía, humilde y decididamente, lo esencial: el mundo de los libros que llenaban su vida y los anaqueles de su casa.

Sus últimas palabras pedagógicas llegaron a mí hace mucho tiempo. El autor de un libro sobre el 2 de julio se acercó para entregárselo.

“¿De qué se trata tu libro?”, preguntó José Luis Martínez.

“Del 2 de julio”, contestó el autor.

“¿Qué es el 2 de julio?”, preguntó José Luis.

 

Héctor Aguilar Camín
Escritor, historiador y periodista. Es autor, entre otros libros, de La modernidad fugitiva. México 1988-2012 y coautor, con Jorge G. Castañeda, de Un futuro para México y Regreso al futuro. Su novela más reciente: Toda la vida.

José Luis Martínez, fotografía de la Academia Mexicana de la Lengua


Réquiem por José Luis Martínez

Margo Glantz

Mi queridísimo José Luis Martínez, a quien conocía desde mis épocas de estudiante en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México: joven apuesto, guapísimo, todas suspirábamos al mirarlo. Amigo de mi padre, solía decirme con cariño que era una de las hijas del capitán Grant.

Un director como José Luis en Bellas Artes, fue y es un lujo casi irrepetible.

José Luis era a veces púdico, lo demostró cuando les puso brasier a las bailarinas africanas que bailaron en Bellas Artes y cuando un libro mío le pareció un poco inconveniente por haberlo escrito una mujer: Apariciones.

A veces iba a visitarlo a su muy ordenada y acogedora casa, donde albergaba su enorme biblioteca de más de 50 mil volúmenes, uno de los tesoros bibliográficos más importantes que México posee en relación con la historia y la literatura mexicanas.

La curiosidad de José Luis era enorme y gracias a ella tenemos libros fundamentales que nadie se había tomado el trabajo de elaborar: la biografía de Hernán Cortés, los viajeros de Indias, las correspondencias de mexicanos ilustres, Reyes y tantísimas cosas más.

Una vez en París, me dijo consternado: “¿Me compraré un impermeable que necesito o ese libro raro que acabo de encontrarme?”.

Con algunos sobresaltos, nuestra amistad fue constante —¿qué amistad no los tiene?— durante nuestra convivencia en la Academia Mexicana de la Lengua. José Luis murió como vivió, amando a los libros. Lo vi por última vez en el homenaje que nuestra Academia le dedicó; al verlo, comprendimos que estaba cerca de su muerte.

 

Margo Glantz
Escritora. Ha publicado El rastro e Historia de una mujer que caminó por la vida con zapatos de diseñador, entre otros libros. Es miembro de número de la Academia Mexicana de la Lengua.

“De izquierda a derecha: José Luis Martínez jr., José Luis Martínez y Antonio Malo”, Archivo fotográfico Novedades, cortesía de Milenio.


La obra como un medio de construcción

Vicente Quirarte

Quienes no tuvimos el privilegio de escuchar en el aula las legendarias lecciones de José Luis Martínez, nunca acabaremos de agradecer el magisterio proporcionado por sus letras: mapas para la conquista de rutas, monografías sólidas y claras, la recopilación bibliográfica como obra de arte y aventura apasionada. Bitácora para navegar a Afonso Reyes se titula uno de sus libros que mejor denotan la clase de crítico e historiador de nuestra cultura que José Luis Martínez decidió ser: cortés y agudo en sus descubrimientos, sensible y generoso en sus argumentaciones, honesto y exigente en la obra que ofrece siempre como un medio de construcción.

José Luis Martínez inició el estudio de la literatura mexicana cuando, paradójicamente, no era, entre los propios nacionales, un sujeto de moda. Actualmente, son numerosos los individuos, grupos e instituciones que la examinan desde diferentes perspectivas: el seminario de empresarios y editores del Instituto Mora, el Centro de Estudios Literatios en el Instituto de Investigaciones Filológicas, el de Bibliografía Mexicana del Siglo XIX en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM, la especialidad en Literatura Mexicana de la Universidad Metropolitana Azcapotzalco. Por diversas vías, todos concuerdan en reconocer a José Luis Martínez como el decano de los estudiosos de la manera en que nuestro país construyó su imagen en el tiempo y en el espacio.

 

Vicente Quirarte
Escritor, investigador del Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM y miembro de la Academia Mexicana de la Lengua y del Colegio Nacional.

“De izquierda a derecha: José Luis Martínez, Wolf Ruvinskis, Arthur Miller y Salvador Novo”, 1968, fotografía de Pérez Zahuita, Archivo fotográfico Novedades, cortesía de Milenio.


La presencia real de mi deuda con él

Antonio Saborit

El domingo 14 de junio de 2015 M. A. Campos publicó en La Jornada Semanal una nota a partir de cinco documentos relacionados con Ramón López Velarde, fechados entre diciembre de 1918 y enero de 1919, atados al deseo de dotar al novísimo Museo del Estado de Jalisco con obra del pintor Saturnino Herrán. Debió ser un domingo luminoso y húmedo de finales de primavera. Me pareció que estos documentos, cuya recuperación se debe a Luis Alberto Navarro, ampliaban el elenco vital de López Velarde al sumarle dos personajes. Uno de ellos inmenso: Ixca Farías, director del Museo del Estado de Jalisco; y el otro hasta ahora invisible: Joaquín Aguirre Berlanga, diputado por Jalisco. El despacho que gastaba López Velarde en Madero no solo lo compartía con Francisco Martín del Campo, sino también con el citado Joaquín, quien pudo haber sido albacea del malogrado Herrán, lo que lo convertía en el enlace natural para adquirir obra suya. Joaquín, por cierto, era hermano de Manuel Aguirre Berlanga, alto funcionario en el gobierno de Venustiano Carranza.

Al acabar de leer los documentos recuperados por Navarro y la nota de Campos lamenté la imposibilidad de comentar su publicación con José Luis Martínez, quien dedicó mucho de su tiempo y talento a estudiar la vida y obra de López Velarde. Y ahí mismo reviví, con ayuda de la pena que en ocasiones nos desprende el silencio de los nuestros, la presencia real de mi deuda con él y la incalculable dimensión de su ausencia.

 

Antonio Saborit
Historiador, traductor y ensayista. Es autor de Diario de las cigarras, entre muchos otros libros.

Leer completo