Ya era necesario en México un libro como El caníbal ilustrado (Dharma Books, 2019), al que pertenece el fragmento introductorio siguiente. Ortuño reúne por primera vez una selección de sus artículos de periodismo cultural que componen un retrato del acontecer literario mexicano, de sus círculos viciosos, sus calamidades editoriales, sus mecanismos cortesanos y todos los demás absurdos que obnubilan o avergüenzan a nuestra sociedad letrada. Con grandes sorbos de humor cáustico y auto-escarnio, el sentido de la observación afila los colmillos de este caníbal sin llenadera dispuesto a devorarse la idiosincrasia literaria, bajo la negra luz de San Ibargüengoitia alumbrando sus comidillas.


Soy periodista desde el año del señor de 1997. Mi primer texto fue el editorial de un diario que llegué a teclear directamente de la calle, a los diez minutos de franquear la puerta de la Redacción, porque no quedaba nadie más que lo hiciera (el equipo había huido en masa y decenas de espontáneos, más o menos ineptos, aparecimos en busca de empleo). Escribí unas líneas apresuradas sobre la reacción de los medios ante la muerte de Diana de Gales. Espero que cada copia haya desaparecido de la Tierra.

Calculo que, a lo largo de estos años, he publicado alrededor de tres mil quinientos artículos. La mitad de ellos han sido columnas de opinión y la otra, una mezcla de entrevistas, crónicas y reportajes. A la vez, edité más de quince mil notas periodísticas, tanto cables de agencia como materiales originales, investigados en la calle por colegas reporteros. Si es verdad que, como calcula el profesor Malcolm Gladwell, se necesitan diez mil horas de práctica para convertirse en un especialista en el terreno que sea, mi cuota hace tiempo que se cumplió. Pero no me postulo como experto: ser periodista es educarse en una materia diferente cada vez. Ser periodista es, fatalmente, ser aprendiz.

A lo largo de estos mismos años escribí también novelas y relatos. He publicado catorce libros de narrativa y participado en tantas mesas, charlas, presentaciones y entrevistas que no pienso ponerme a recontarlas. Palabra por palabra y página por página, he sido periodista al menos tantas horas y días como escritor, lo cual es mucho decir. Periodismo y literatura, sin embargo, son empeños diferentes. No comparten ni siquiera la visión del lenguaje. A la vez, poseen vasos comunicantes incontestables.

Este es un libro que reúne mis dos ocupaciones y presenta decenas de artículos sobre asuntos literarios redactados entre 1997 y 2019 para diarios, semanarios, revistas y portales web. No hay en él un solo inédito. Cada texto fue, en su momento, revisado por un editor antes de salir a la luz (y todos ellos han vuelto a serlo antes de ser incluidos en esta colección). Hay aquí ejemplares de las columnas que he sostenido cotidia- namente lo mismo que escritos singulares, destinados a la prensa de diferentes geografías. Publicaciones como El País, La Vanguardia, ABC, Etiqueta Negra, la Revista de la Universidad, Le Monde Diplomatique (edición alemana), Clarín, La Tercera, El Informador, Reforma, Proceso, Letras Libres, La Tempestad, Cuaderno Salmón, Más por Más, Luvina, Nueva Sociedad, Complot , SoHo, Don Juan, Milenio y algunas fenecidas como Itinerario, Letras Explícitas, Picnic, Cultura y Arte de México, Composta Amateur, Arcana, Público o Siglo 21 fueron los domicilios originales de los textos que hoy se mudan acá.

Mi punto de vista ha sido ante todo, incluso por encima del enfoque periodístico, el de un espectador interesado pero escéptico. Los libros, la escritura y la lectura, el mundo literario y sus mezquindades, el embate del pop y la transformación de la vida literaria tradicional en materia de blog, primero, y de redes sociales, después, son algunos de los asuntos que me han seducido y a los que he dedicado largas horas de reflexión (y aporreo de teclados). En resumen, estos son artículos sobre la gente de letras y sus modos. Los he escrito desde la postura de alguien que se acomoda en el balcón, mira el desfile por las calles y se sabe, al menos de modo metafórico, un caníbal: ojos y boca repletos de carne humana, que se engulle feliz. Algunos textos son serios porque la literatura debe pensarse siempre desde un cierto rigor. Otros son burlescos porque demasiadas parcelas del mundo literario pueden (y suelen) ser muy ridículas.

El libro está organizado en cuatro secciones. Sus nombres fueron tomados de las columnas que he publicado, aunque sus contenidos provengan de diversos espacios. La primera, “La feria de las vanidades”, se entromete en las aventuras y malaventuras de la vida literaria. Le sigue “El libro negro”, donde se visitan obras y personajes que me fascinan, por veneración o irritación malsana… De allí se pasa a “Negocios raros”, que concentra algunas perplejidades sobre la lectura y sus obstáculos. Y, hacia el final, el volumen cierra con “El mundo alucinante” (loados sean Sor Juana y Reynaldo Arenas), una sección que se asoma a la escritura misma, sus alcances y terquedades. En ocasiones, he yuxtapuesto dos artículos consecutivos sobre el mismo asunto y, en otras, textos que bordan lo ya comentado, pero con años de distancia. Me parece que en ambos casos hay un cierto placer en esa convivencia, que suele redondear una mirada.

Me resisto a llamar “ensayos” a mis artículos. El ensayo, al menos en este país y en mi generación, ya sea académico o “creativo”, se interesa por enfoques y lenguajes que, lo confieso, me atraen poco. Supongo que, en la medida en la que buscan reflexionar, habrá algo de ensayístico en estos textos. Pero su tradición no es la del “centauro” sino la (añejísima) de la prensa literaria, que lee la realidad con avidez y, muy a menudo, lo hace en clave de humor negro.

Tampoco pretende, esta colección de ideas varias, hacerse pasar por una preceptiva ni, menos aún, por un volumen de teoría literaria. Ni loco quiero postularme como el cartógrafo del reino. El academicismo que muchos entienden como único camino posible para hablar de literatura no cabe, por suerte o desgracia, en periódicos ni revistas de interés general. Pero eso no significa que la prensa esté condenada a publicar naderías, como ya supieron Twain, Bierce, Mencken, Chesterton, Kraus, Anita Loos, integrantes todos de la logia a la que este libro quiere pertenecer.

Tengo una deuda particular, por sobre todas, con Jorge Ibargüengoitia. Debo haber leído al menos veinte veces cada una de sus colecciones de artículos y sigo haciéndolo. Son algunos de mis libros favoritos en todo el mundo.

El asado está servido, pues.

La carne quedó en su punto.

Éntrenle.

• Antonio Ortuño, El caníbal ilustrado, México, Dharma Books, 310 p.

 

Antonio Ortuño
Periodista y escritor. Es autor de novelas y cuentos, como El jardín japonés, La vaga ambición, Recursos humanos y, recientemente, Olinka. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

 

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Para estas fechas patrias, ofrecemos el siguiente adelanto de Nuevas instrucciones para vivir en México (2019), la sexta antología de la editorial Gris Tormenta. En ella, veinte autores mexicanos y extranjeros —que viven o vivieron en México— reflexionan sobre los rasgos de nuestra sociedad actual. La interrogante y el título se inspiran de las columnas satíricas que publicaba Jorge Ibargüengoitia en Excélsior entre 1969 y 1976, en las que criticó y perfiló al mexicano de entonces.

En el siguiente texto Antonio Ortuño —otro de los invitados a la antología— medita sobre unos versos indescifrables de Jorge Negrete y recuerda un festival escolar de su infancia. Al igual que Ibargüengoitia, Ortuño observa con asombro y recelo la idiosincrasia mexicana que, al parecer, poco ha cambiado en estas cinco décadas.

Hace treinta años, cuando era estudiante de una primaria federal (la 129 de Zapopan, si queremos ser precisos), unos compañeritos míos bailaron una canción típica en el festival del 10 de mayo, es decir, el del Día de las Madres (eran tiempos más píos que estos y aún nadie había puesto en duda que las madres fueran seres felicísimos, y los mocosos, criaturas adorables). Iban vestidos como charritos, los unos, y chinas poblanas, las otras (tampoco habíamos llegado al punto de poner esto en cuestión: cosas de la inercia). La cosa salió bien: los chamacos cosecharon palmas de parte de los padres de familia y así se ganaron las envidias de nosotros, el resto de los niños, que no sabíamos bailar ni teníamos trajecitos regionales a mano. Creo que ese tipo de numeritos ya se extinguió en las escuelas (me parece que ahora se espera que el alumno promedio programe apps para salir del hoyo), pero recordar el que montaron mis amigos hace tres decenios me puso meditabundo.

La canción que acompañó aquel zapateo era famosa. La entonaba Jorge Negrete (quien llevaba ya muchos años muerto, desde luego, pero aún triunfaba en la radio y los acetatos) y llevaba por título Me he de comer esa tuna. ¿Qué tiene de especial la dichosa pieza? Pues que su letra es un galimatías digno de Alicia en el país de las maravillas. Es decir, puro delirio. Repasémosla. La copla comienza por afirmar una tragedia y profetiza sus consecuencias inmediatas: “Ya se cayó el arbolito donde dormía el pavorreal: ora dormirá en el suelo como cualquier animal”. Y no se conforma con eso, sino que se pone aún más rara: “La águila [sic], siendo animal, se retrató en el dinero”. Esta frase, que tiene un error de concordancia notable, en el fondo resulta bastante misteriosa, porque, enseguida y en aparente contradicción del triunfo consignado, coloca al ave en una perspectiva de sumisión desoladora: “Para subir al nopal pidió permiso primero”. Nunca he tenido la menor idea de qué quiere decir esto. ¿Significa que una bestia irracional puede aspirar a la gloria, pero solamente si la dejan? ¿Será que todo en la vida es cochupo y pudrición y no se salvan ni las águilas, pese a que tienen fama de imperiales?

Luego, como quien no quiere la cosa, la canción dictamina la única verdad de su contenido: “Guadalajara en un llano, México en una laguna”, que, sin embargo, repentinamente vira del naturalismo geográfico al voluntarismo schopenhaueriano para concluir la estrofa con un: “Me he de comer esa tuna, aunque me espine la mano”, que parece ser la frase con la que un charro cualquiera le informa a la dueña de sus quereres que, aunque se le ponga rejega, él se le impondrá (y nos lleva a reflexionar, naturalmente, que el carácter alardeante y acosador del mexicano tiene raíces muy profundas).

La cosa, como no podía ser más, empeora. Negrete (o, bueno, el compositor de la pieza, atribuida a don Luis Martínez Serrano) se nos pone confesional, aunque en realidad su confidencia no parece corresponder en absoluto al calificativo negro que se atribuye: “Dicen que soy hombre malo, malo y mal averiguado porque me comí un durazno de corazón colorao”. Luego, sin solución de continuidad, volvemos al águila que pidió permiso y fue exaltada a las monedas. El desconcierto, faltaba más, se vuelve irremediable. La gran filóloga Margit Frenk, en su discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, intitulado Charla de pájaros o las aves en la poesía folklórica mexicana, manifestó su asombro al respecto:

Si nos detenemos a analizar esta famosa copla, debemos confesar que no entendemos nada: ¿por qué, siendo animal, el águila fue y se tomó la foto? ¿Por qué “se subió” al nopal, si se supone que llegó a él volando? Y, sobre todo, ¿a quién o por qué tuvo que pedirle permiso? Si no tiene otro misterio —por ejemplo, que ya estuviera de por medio el congreso estadounidense—, detrás de esta copla adivinamos a un inventor burlón, que fabula a su arbitrio y nos lleva tras sí.

Tampoco tiene explicación el hecho de que, cuando terminó aquel festival escolar que referí al principio, los celosos y cizañosos que habíamos quedado al margen le cayéramos a sapes entre todos al principal bailarín y le echáramos el sombrero de charro por encima de la barda (en la finca de al lado vendían pollos fritos). Ni que él, en respuesta, nos persiguiera por el patio de la escuela agitando un machete que resultó ser de verdad, y milagro que no nos cortara una mano. O la cabeza.

Nada: si Margit Frenk no pudo encontrar luz en este tema, pues quién es uno para pretenderlo.

 

• V.v. a. a., Nuevas instrucciones para vivir en México. Veinte autores ensayan alrededor de Jorge Ibargüengoitia y las peculiaridades de nuestra vida contemporánea, prólogo de Guillermo Núñez Jáuregui, Querétaro, Gris Tormenta, 2019, 160 p. Los autores aquí recopilados son Jazmina Barrera, Ana V. Clavel, Jorge Comensal, Yuri Herrera, Tedi López Mills y Daniela Tarazona, entre otros.

 

Antonio Ortuño
Periodista y escritor. Es autor de novelas y cuentos, como El jardín japonés, La vaga ambición, Recursos humanos y, recientemente, Olinka. Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte.

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Los seriales televisivos se han convertido en una forma privilegiada de la narrativa contemporánea. Paradojas de la industria fílmica anglosajona: ha resultado más sencillo para el —no siempre vergonzoso— aparato de guionistas, directores y actores relacionado con dicha industria levantar proyectos arriesgados, “orientados al público adulto”, en la televisión, ese viejo medio despreciado —o, al menos, cuestionado— por todos los estudiosos de la comunicación desde hace decenios, que en el cine, cada día más forzado a orientarse al consumo de “toda la familia”, cada día más baldado por una censura y autocensura invasivas y cretinas.

Al margen de las grandes series estadounidenses que han centrado la atención pública y crítica sobre sí (obras memorables que reformulan todos los géneros posibles, del noir y el drama histórico al western, y del costumbrismo enloquecido a la fantasía épica, como The Wire, Rome, Deadwood, Mad Men, Breaking Bad, Game of Thrones…), la BBC londinense se ha revelado como una productora astuta y muy capaz de atraer talentos notables a sus proyectos.

Correspondiendo a la tradición británica del relato policial, la BBC ha producido en tiempos recientes algunas joyas del género. Primero que nada, Sherlock, una actualización de la saga madre de todos los detectives privados, ambientada en el Londres actual (en el que, curiosidades del colonialismo, es posible mantener el perfil de Watson, compañero de andanzas de Holmes, como veterano de la cíclica guerra de Afganistán). Segundo, Zen, un agente policial italiano orillado, por un medio corrupto y acomodaticio, a cuidarse tanto o más de sus colegas y superiores que de los criminales. Y tercero, pero no menos importante, Luther, una de las más brillantes exploraciones en el campo del thriller policial que se han filmado.

Su protagonista, el detective John Luther (Idris Elba, el inolvidable Stringer Bell de The Wire), indaga casos crecientemente sórdidos en un Londres nada turístico, una ciudad en ruinas físicas y morales. Capaz lo mismo de arrojar a un pedófilo a un abismo que de sostener una amistad casi erótica con una parricida, Luther da una vuelta de tuerca con respecto a la recordada agente Starling de The Silence of the Lambs, y recuerda un poco en ese sentido de ambigüedad ética al forense multihomicida de Dexter. Pero, al contrario de lo que sucede con el serial estadounidense, obligado por el mercado a prodigarse en extenuantes temporadas repetitivas, Luther se concentra en unos pocos episodios de una intensidad y perfección dramática resaltables. Una historia afilada, sobria, singular. Es decir, lo que toda obra narrativa debería ser. –Antonio Ortuño

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