7 diciembre, 2019

Yo misma

En su más reciente libro, Yo misma (Seix Barral, 2019), Ángeles Mastretta presenta una antología de luminosas sentencias en las que caben la vida, la muerte, la memoria, los amores, la escritura y la felicidad. De ahí provienen los siguientes subrayados.


“La escritura y la felicidad me fueron enseñadas como una misma cosa. No tengo cómo pagar semejante herencia. Como una misma cosa aprendí las palabras y la fiesta, la conversación y la leyenda, el juego y la sintaxis, la voluntad y la fantasía. Como una misma cosa miro mi historia y la del mundo en que crecí y al que vuelvo sin tregua lo mismo que quien vuelve por agua”.

“No mueren quienes nos enseñaron a imaginar la eternidad”.

“Pienso que olvidar es un arte. Una de las artes más necesarias y mal practicadas que se conocen. Además, como tantas otras artes, olvidar es un arte que la humanidad toda practica muchas veces sin darse cuenta. Olvidamos. Para mal y para bien olvidamos. Tal vez quienes mejor olvidan mejor viven”.

“Decidir siempre es abandonar”.

“Nos pasamos la vida viendo vivir a los demás, mientras hacemos el intento de hallarle los modos a nuestra propia vida”.

“Cada memoria es responsable del buen vivir de sus muertos. Extraño también a mis otros amores que se han ido, me pregunto si alguna vez conseguiré que alguien invoque mi presencia y me reviva, como yo los revivo a ellos, cualquier tarde en que el polvo que fui alborote su imaginación”.

“Las cosas tienen voz aunque uno se resista a creerlo”.

“A mí me hubiera gustado ser poeta. Pero soy, como los músicos que cruzaron mi calle, una intérprete de casualidades”.

“La tontería no viene en gotero, sino en caudales”.

“‘Hemos pisado la luna, que era sólo para soñarla’, dijo mi abuelo mirando la noche”.

“Lo necesario sería que la gente creíble fuera aquella que no se siente dueña de la verdad absoluta, gente que puede cambiar de opinión, gente vulnerable, con defectos públicos, con debilidades, gente capaz de reconocer sus errores. Gente que no tiene respuestas para todo, que duda en las mañanas y tiembla algunas noches”.

“El pasado se recupera en atisbos. Y trastorna el presente con su aire desconocido a pesar de cuánto nos ha dicho la intuición que pudo ser”.

“Han de saber ustedes que yo gusto de perder el tiempo. De ahí que lo deje ir entre conversaciones, dichas y quebrantos, como si me sobrara. ¿Será porque hubo años en que viví de prisa que, ahora, aunque me queden menos estaciones, las despilfarro más? Tuve muchos lustros de andar carrereada. Me río de mí cuando recuerdo cómo me apretaban las horas entonces. A dónde vas tan corriendo, decían mis zapatos, si todo ha de llegar”.

“La felicidad suele ser argüendera, egocéntrica, escandalosa. Su hermana, la dúctil alegría, es menos imprevista pero más compañera, menos alborotada pero también menos excéntrica. Y está en nosotros buscarla y en nuestro ánimo el hallazgo y no sólo el afán”.

“No quiero temerles a los cambios, ni al elocuente futuro, ni al soberbio pasado. Quiero envejecer como quien se hace joven”.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos.

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“Leo en Cercas, no creo equivocarme, un continuo elogio de la compasión como un deber de quienes hemos perdido la fe en la otra vida y por eso nos asimos a ésta con la esperanza de encontrar la razón de ser en la cercanía con los otros”, escribe Mastretta sobre la novela del escritor español, ganadora del Premio Planeta 2019.


De la muerte, lo que más espanta es que la vida siga ahí, como si nada. Que se oiga el paso del aire, que llueva, que en la televisión aparezca el mismo noticiero en el mismo horario, con la misma noticia irresoluta, sin que nada se mueva.

Que el mar siga sonando, vaya y venga, como si nada. Que el silencio atronador de un pueblo chico, lastime aún más que un alarido. Que la ley y quienes la aplican puedan seguir su paso largo, sin pensar demasiado, sin conmoverse.

Contra esta indiferencia es que el personaje central de Terra Alta, batalla toda su vida. Y de esta pena habla el escritor, cuando de él habla, y cuando habla de todos y con todos los demás. Con sus muchos, extraordinarios, personajes.

Junto a Melchor Marín —como se llama el niño solitario, el joven incesante, el hombre obsesionado por la justicia— hay, uno tras otro, personajes que atrapan en la trama de sus emociones, inolvidables personajes, de alma sencilla y físico extravagante, índole sofisticada y ropa simple, de voz certera y frases lapidarias.

Todos descritos con maestría.

Todos consiguiendo con su estampa y su historia volverse cercanos, a veces a pesar de sí mismos y del escritor que trama su destino.

Hay en este libro seres humanos que consiguen encantar al lector con sus ocurrencias y su generosidad, a las que el escritor les da una vuelta más. Los contradice o los enaltece según le viene en gana. Y de un modo irreprochable. De pronto parece como si la mano del destino, y no sólo la del escritor, entrara haciendo que sus personajes opten por lo que deben o por lo que no deben, estén siempre teniendo que decidir aun cuando ellos no lo sepan, cuando ni el lector lo sepa a tiempo.

Hay quien cree que esta novela de Cercas, por estar dedicada en parte a que un policía busque, de manera obsesiva, a unos asesinos, puede considerarse policíaca y por lo mismo ser una excepción entre sus otros libros. No es así.

Cada libro es distinto, sin duda, pero las obsesiones, los enigmas de un escritor están en todos sus libros. Sin duda en esta novela —cuya historia camina rápida y engañosamente sencilla— hay la misma fiel devoción por lo incierto y por la verdad, por esa mirada con la que este escritor encuentra siempre que todo se puede ver y vivir al menos desde dos lados. Así lo enseña mientras escribe y así lo explican sus personajes.

Extraña manera de mirar el mundo —dirían algunos— única manera de intentar la lucidez, de aceptar el cuento de la existencia como un camino por el que andamos eligiendo entre algo tan inasible como el bien y el mal. Pero eligiendo siempre con el cuidado de quien anda por un alambre al borde de un abismo.

Narrada en tercera persona, la novela va del presente al pasado y al revés, un capítulo tras otro, hasta el final que se nos entrega como una premonición del futuro. Escrita en tiempo presente, pero teniendo siempre como centro la mirada y las emociones del personaje Melchor Marín, un policía lector y romántico a quien encontramos, en la primera página, frente a un crimen atroz, cometido en un pueblo en el que lo único que puede salvarlo del tedio y la memoria, que puede ser atroz, es su condición de lector insaciable, compartida, para bien, con su mujer.

Cercas construye su trama sin tropiezo. Y, al menos, frente al lector, con una facilidad generosa. Yo fui por el libro llevada de su mano y muerta de envidia.

Para algunos escritores, lo más difícil de todo es el orden en el que debe contarse la fábula. Yo estoy entre ellos. Cercas, no. Cercas entrega con nitidez y acierto.

Puede pensarse que tal cosa es el deber de todo buen escritor de policíacas, pero ya dije que esta no es sólo una novela policíaca. Es también una constante reflexión, a veces un ensayo sobre el buen hacer, el buen querer, el ir dilucidando —mientras pasan las cosas más terribles, pero también las más sencillas— de qué va la vida, ardua y trémula, de un hombre que poco a poco se nos mete a la imaginación y toma por su cuenta la realidad sin darnos tregua. Frente a nosotros reflexiona, interpreta, se maldice y para sus adentros vive en un incansable litigio con la realidad. La suya y la de quienes lo rodean, lo aman o lo afrentan.

Es difícil presentar un libro sin contarlo. Y de eso dan ganas con éste. Habla muy bien de la historia, el que quien la ha leído la cuente con inaudita facilidad y a la menor provocación. De principio a fin y destanteando a los escuchas que de repente creen que ya no puede pasar nada más y sin embargo sigue y sigue pasando. Yo he contando esta historia al menos cinco veces a quienes han querido oírla en una sobremesa, en un viaje, en un conversación informal. Todo a propósito de que iba a venir a presentarla y no sabía cómo hacer para no contar la forma que le dio Cercas, esta vez, a la deriva de su constante deliberación en torno el deseo, la honradez y la norma.

Escribir siempre es arriesgar, ponerse en manos de los otros. Sin duda, quien hace ficción habla de sí, aunque hable de seres imaginarios. Es el caso de Cercas, cuando habla de la pasión de su personaje por Los miserables, la inmensa y omnipresente  novela de Víctor Hugo. Tener que “elegir entre dos verdades discordantes, entre dos razones igualmente válidas” es lo que le pasa a Javert, el policía, uno de los dos personajes clave de Los miserables. Elegir es lo que aflige y enaltece a los personajes de Cercas y sin duda también a él.

Melchor Marín vive en un pueblo aislado porque ahí lo han llevado su destino y su vocación. Rara vocación la de un policía. Ahí empieza el libro y cuando va hacia atrás va hacia su infancia y su madre, su inalcanzable padre, su adolescencia imaginativa y triste. Su vida construida contra la adversidad como la de Jean Valjean, el otro personaje crucial de Los miserables y perseguida por el afán de perseguir que aprende de Javert.

Leí Terra Alta como en un vuelo. La terminé como quien encuentra, por un rato, una absolución. No estoy sola en la pregunta sobre qué es lo debido, qué va primero, “¿las reglas propias por encima de las reglas comunes?, ¿el derecho natural por encima del derecho formal?” ¿Quién no se ha hecho estas preguntas? ¿Cuántos las resuelven a la mala y cuántos como de deber ser? Y ¿cómo debe ser? Se pregunta una noche muy larga, Marín, el personaje clave de Terra Alta, en mitad del mar frente a Barcelona.

He terminado el libro confirmando mi certeza de que Cercas es un escritor que no sólo vale el gusto leer, sino que es bueno leer para sentirnos acompañados en la diaria decisión de cómo vivir con dignidad y valentía.
Leo en Cercas, no creo equivocarme, un continuo elogio de la compasión como un deber de quienes hemos perdido la fe en la otra vida y por eso nos asimos a ésta con la esperanza de encontrar la razón de ser en la cercanía con los otros.

No somos ni mejores ni peores quienes pertenecemos al escaso grupo de humanos que han perdido, o han soltado, en aras del conocimiento o de la llana intuición, las creencias religiosas en que crecieron. Pero en algo necesitamos creer para despertar con fortaleza interior y al mismo tiempo lealtad al bien común. De esto se trata este libro. Esta reflexión nos regalo. Además, sin duda, la trepidante historia que la provoca y que he prometido no contarles.

Felicidades, Javier. Bienvenidos tu libro y este premio. Muchas felicidades. Mil gracias.

• Javier Cercas, Terra Alta, Barcelona, Planeta, 2019, 384 p.

Nota editorial: la autora leyó este texto en la presentación del libro en la FIL de Guadalajara, el 1º de diciembre de 2019.

 

Ángeles Mastretta
Escritora. Autora de El viento de las horas, La emoción de las cosas, Maridos, Mal de amores, Mujeres de ojos grandes y Arráncame la vida, entre otros títulos

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Nerbaska (E.U.A, 2013)
Director: Alexander Payne
Género: Drama
Guionista: Bob Nelson
Actores: Bruce Dern, Will Forte y June Squibb

Al director Alexander Payne le gusta contarnos a sus desolados personajes mientras viajan. ¿Se acuerdan de “Entre Copas”y de “About Schimidt”?  Pues en Nebraska un hijo lleva a su padre, confundido y engañado, en busca del millón de dólares que cree, con terquedad de sordo, haber obtenido cuando recibió la propaganda de suscripción a una revista. Todo el que lo rodea intenta desengañarlo, pero el hombre la emprende a caminar rumbo a Nebraska siempre que consigue escapar de su desesperada y desesperante mujer. La familia vive en un pueblo que da miedo mirar: triste y monótono, seco y abrupto. La gente expresa poco, no se toca, habla en frases cortas, a veces en monosílabos. Y es melancólica, desdichada o salvaje. La única que tiene ahí una larga voz llena de quejas es la madre del muchacho, (June Squibb), eterna esposa del viejo con chochez y desmemoria, consecuencias del alcoholismo y del alcohol en que sigue y que lo sigue con la misma necedad asidua de su hijo. Bruce Dern, hace un viejo jorobado e insoportable sitiado en su epidermis y  su necedad. Un viejo que de verlo conmueve y enoja. Tanto a su hijo, como al espectador. El sentimiento de este hijo (Will Forte), inerme y guapo, la mezcla de curiosidad y vergüenza que le provoca el padre, se contagia. Supongo que por eso quien para ese momento lleva veinte minutos en una película que amenaza con ser idéntica la siguiente hora y media, gris y desesperante, se queda frente a ella. Y emprende el viaje. Algo tendrá que pasar, algo que rompa con la vida en blanco y negro de este joven generoso y estupefacto.  Y va pasando el camino. La nada convirtiéndose en una lenta aventura caprichosa a la que, cuando el viejo tiene un accidente, acuden la madre y su otro hijo hasta el pueblo del que una vez emigró la familia. Aparece entonces una incansable variedad de viejos áridos como la vida toda en esos pueblos que lastiman la imaginación. Casi no hay jóvenes, en esos sitios. Y los poco que hay tienen alma de viejos.  Sin embargo, tramado en la precariedad de esa vida, prevalece un sentido del humor ácido que permea la tristeza y nos lleva de la mano a la esperanza. El final, de regreso al principio, nos regala la sonrisa agradecida y por un momento consciente del padre. La conmovida sensación de haber entendido lo inescrutable, del hijo. A mí me gustó.  

SensaCine: 4.5 de 5
IMDb: 7.9 de 10
Rotten Tomatoes: 92% de 100%

nebraska

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