En esta carta les recomendamos acercarse al encuentro anacrónico entre dos amantes de los relatos balleneros y de los viajes en tan repulsivos barcos.

E-Lector bendecido por los dioses del progreso, y por ellos liberado de tener que andar cargando mamotretos marineros y tractatae trotamundos dedicados al sesudo estudio de los cetáceos y a la veta psicosexual de la megalomanía más incurable:

Pueden llamarlo Ismael y pueden pensar que viajar y escribir son su manera de disipar la melancolía o que en su alma se posó un noviembre —julio, para los autóctonos de este alto valle metafísico— húmedo y lluvioso. Pueden creer que es un hombre de otro siglo, que vio los muelles infinitos que ceñían la isla de los manhattoes —al igual que los arrecifes rodean las islas indígenas—  donde todas las calles dan al mar.

Pero lo cierto es que el hombre es nuestro contemporáneo y se llama William T. Vollmann. En la primavera pasada decidió embarcarse tras la estela de Melville hacia las islas Marquesas en la Polinesia francesa, donde el padre de Bartleby vivió una temporada entre caníbales. Tal experiencia sirvió de inspiración para Taipi (1846)y Omú (1847), las novelas de los mares del sur que le valieron a Melville el beso efímero de la fama, y que son a la darketa persecución de la ballena blanca lo que Black Sabbath es a Metallica. Digamos que Vollmann quería, como de costumbre, ver la parte líquida del mundo y encontrarse con sus habitantes, descendientes acaso de aquellos que vieron llegar a un joven marinero rubio de 21 años que había decidido darse a la mar en el ballenero Acushnet. Vollmann también quería honrar a este “profeta de la empatía”, que en aquel primer viaje se vio cara a cara — digamos mejor, cuerpo a cuerpo — con la otredad, vocablo que, por cierto, no tenía forma de luz ni de paloma ni de aureola en la mente de los misioneros franceses de aquellas extrañas ínsulas.

En Taipi, Melville relata los detalles más sórdidos y vomitivos de la caza ballenera y la decisión de  Tom, el protagonista, de desertar y quedarse en la isla de Nuku Hiva en lugar de seguir al tiránico capitán. Y esto a sabiendas de los peligros que encarnan esos tatuados indígenas caníbales. Vollmann entró por la misma bahía que aparece en la novela y siguió el camino melvilliano cual sabueso literario hasta lugares donde ningún otro biógrafo había osado aventurarse.

Pues bien, este humilde traductor —al servicio de la digestión internaútica y sus oleadas informativas— ha tenido a bien de dejarte, lector post-textual, algunos pasajes cálidos, curiosos y tan amenos como la suave brisita que de vez en vez sopla bajo los cocoteros de ciertas playas mesoamericanas; todo con el afán caritativo de aliviar tu mente de pensamientos obsesivos sobre el infiernillo suicida del Tahití de Gauguin, y también, de paso, distraerte un rato de las dudas sobre el futuro financiero de tu hijo, el dizque editor de la revistucha aquella, que algo me dice te atormentan sin cuartel desde que tu sobrina regresó de trabajar dos meses en un crucero rumbo a Papeete cargando con una maleta llena de dólares y camisas hawaiianas, condenándote así a confrontarte al hecho atroz de que en el mismo periodo tú no ganaste ni para sustos inflacionarios y las otras comisiones que uno tiene que pagar por el pecado de haber nacido, Segis.

Y ahora que hable Vollman con su Melville.

§

Monumento al autor

“Mis esperanzas, después de salir de Taiohae [la bahía], eran de un gris perlado como el agua misma. Me puse en camino con Jean Pierre Piriotua, un hombre de origen taipi que me guió por Nuku Hiva y aceptó llevarme al valle de sus parientes. Pasando un cementerio, dejamos luego atrás el monumento de madera, sin inscripción alguna, dedicado a un vagabundo llamado Melville, erigido por un artista local a principios de los noventa. En Nuku Hiva, hay tanta inquietud en la luz, el color y la fragancia como en el mar mismo. Subimos por una carretera de cemento, que serpenteaba desde la bahía, junto a una plantación de plátanos, a la derecha un húmedo acantilado rojo y a la izquierda el cielo. Los lectores de Taipi podrían inferir plausiblemente que el paseo de Tom y Toby comienza con una ruta comparable.”

De las connotaciones siniestras

“Habiendo exprimido apropiadamente el shock de su decisión, Melville comienza con rapidez —y esto es lo que le da a Taipi gran parte de su riqueza— a socavar sus siniestras connotaciones. Primero los taipis los alimentan, una excelente forma de terminar con cinco días de hambre. ¡Y las bendiciones continúan! Se acuestan a dormir sin ser molestados. Por la mañana, miembros núbiles del ‘sexo adorable’ llevan a cabo una ‘larga y minuciosa investigación’ de sus personas.”

La ninfa come hombres

“Lo que reorienta con mayor fuerza el imán de Tom es ‘la bella ninfa Fayaway, que fue mi favorita’, una de las ‘varias damiselas encantadoras’ que forman parte de los co-residentes de la morada de Tom en el valle de Taipi, una heroína caníbal icónica de todos los tiempos. Melville la describe con mucho cariño. Fayaway fue ‘la perfección misma de la gracia y la belleza femenina’, dice. Verás, ‘cada rasgo’ estaba ‘tan perfectamente formado como el corazón o la imaginación del hombre pudiera desear’. […] En este retrato, no puedo evitar ver a alguien real, alguien que fue amado.”

Del personaje en carne y hueso

“Muchas de las personas que conocí en Nuku Hiva creían que ‘Fayaway’ realmente había existido. Dijeron que se llamaba Peue. Jean Pierre me enseñó a decir ese nombre: Pah-oo-ay. Dijo que significaba ‘hermosa’ o ‘mujer’.

Otro guía de Nuku Hiva […] me dijo que ‘Peue significa alfombra tejida con hojas de plátano’. […] Dijo: ‘Peue era la hija de un jefe de allá, y se la regalaron a Herman Melville para tratar de que se quedara entre ellos, para usarlo como jefe blanco y como traductor, y para que trajera alguna técnica nueva de guerra y tecnología para combatir a los forasteros’, es decir, a los europeos.

—¿Entonces crees que no se lo hubieran comido?, le pregunté.

—No, nunca.

(Pero Jean Pierre piensa que sí podrían haberlo hecho.)

Le pregunté a Jean Pierre:

—¿Qué opinas de Melville, es bueno o malo?

—A la gente local le gusta Melville. Un hombre hermoso, de piel blanca y ojos azules, ¡denle una esposa! Peue es esposa de gente importante. […]

Aunque [Jean Pierra] poseía la credibilidad romántica de un informante nativo, mis certezas habían sido envenenadas por amargas contiendas académicas sobre la veracidad de Melville, y sobre la topografía misma. Pensé para mis adentros: ¿cómo podría alguien saberlo?”
 
El descendiente

“Ahora bajamos al valle de Taipi, que se extendía tal y como Melville lo describió, largo y angosto entre dos altas crestas [….] Por todo el valle corría el río llamado Vai-i-nui, la gran agua. El nombre ‘Taipi’ significa ‘marea alta’ o ‘donde el río se encuentra con el mar’. Así que aquí estábamos, en Taipi.

Había pedido encontrarme con cualquier taipi que pudiera haber tenido a Melville entre sus antepasados, así que Jean Pierre me llevó a encontrarme con su tío, Monsieur Jean Vainiaanui, "llamado Pukiki", como él añadió en mi cuaderno. ‘El color blanco de su piel, de la piel de su familia, es el mismo que tú’, dijo mi guía. C’est le descendant.

La habitación delantera de la casa estaba mal iluminada y apenas fresca. El tío y la tía se alegraron un poco de mi intrusión. Ya habían estado antes con periodistas.

[…]

—¿Por cuántas generaciones ha estado aquí su familia?, le pregunté a Monsieur Vainiaanui.

Se quedó en silencio, y luego dijo:

—Muchas. Vivimos aquí. Mi tatarabuelo llegó aquí.

—¿Cuánta gente hay ahora en Taipivai?

—Cuatrocientos.

—Y la gente de aquí, ¿todavía tiene recuerdos de Melville?

—No, dijo con calma.

[…]

Odiándome a mí mismo por haberlo molestado, le agradecí la entrevista y salí.

—¿Así que él es el descendiente de Melville?, pregunté una vez más.

C’est possible, dijo Jean Pierre.”

Melville y Peue

“[En otra parte del viaje] Jean Pierre me dijo que este tohua, es decir un área central despejada para las festividades del clan —que podía haber albergado en una esquina un lugar para el sacrificio humano— había sido abandonado hacía generaciones debido a la malaria, antes de que llegara la fiebre del dengue.

—¿Cómo sabes que este era el sitio donde estuvo Melville?

—Porque mi abuelo me lo contó, dijo Jean Pierre.

La mayoría de las veces el tohua era un amasijo de rocas, con el suelo cubierto hasta la altura del tobillo por una hiedra que había sido importada de Nueva Zelanda para alimentar a las vacas. Aquí, en donde Melville y Peue solían ‘pasear’, ‘a veces de la mano’, sintiendo una ‘caridad perfecta’ con todos ‘y especialmente con buena voluntad mutua’, yo di mi propio paseo marítimo, hasta que Jean Pierre me advirtió que caían cocos. En 2007 a una turista y a su guía los mataron estos cocos en una pintoresca cascada cercana.”

Hay de menús a menús

“Una de las características más ofensiva de Taipi para los americanos del siglo XIX fue su erotismo desvergonzado […]: ‘Bañarme en compañía de tropas de chicas fue una de mis principales diversiones.’ ‘Había una ternura en sus maneras, que era imposible de entender o resistir.’ ‘Todas las noches las chicas de la casa ungían todo mi cuerpo’ —tu cuerpo entero, Herman— ‘con un aceite aromático, exprimido de una raíz amarilla’.

Nuestro héroe aparentemente vivía con mucha calma. ¿Pero luego qué? Así como la guirnalda de flores rojas, blancas, amarillas y verdes que mi femme de ménage taiohae Isabelle colgaba de mi cuello olía tan bien al principio, luego se marchitaba y empezaba a apestar, ¡sucedió lo mismo, amigos míos, con el pobre Tom! Verán, se preocupaba de que sus anfitriones taipi se lo comieran.

Y si esos malos pensamientos eran meros adornos, y la simple verdad era que la alegría se había esfumado en su estadía en Taipivai… Lo más probable es que, ignorando la lengua y la cultura marquesas, simplemente no podía saber si estaba o no en el menú.”

§

No podemos más que dejar que el lector se entere por sí mismo del desenlace y de la secuela que Melville escribió al respecto en Omú.El reportaje de Vollmann, publicado en Smithsonian Magazine en su número de julio 2019, es un paciente homenaje al viejo Herman, también a las posibilidades del buen periodismo narrativo, de largo recorrido y ojo presente. Antes de que nos acometa el gran leviatán del final, olvidemos que hay más libros que vida, y leamos a Melville y a Vollmann, en cualquier momento, y en cualquier formato.

 

Andrés Díaz de Rubempré
Poeta. Autor del ensayo: Si el modernismo volviera. La vida trágica de un antepasado suyo, Lucien de Rubempré, ha marcado siempre su temperamento literario.

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A partir de esta entrega inauguramos la “Carta de recomendación”, abierta al público lector que guste enviarnos las razones de su entusiasmo ante la pulcritud de un poema de la próxima Emily Dickinson, la experiencia de leer sobre apaches y comanches, el perfil de una nube una tarde tóxica en la Escandón, el sabor del taco anhelado de suaperro o la próxima exposición de su museo predilecto. Un espacio para todo tipo de amores, paladares y vocaciones.

Sagrado lector de clásicos que te refinas el “es-ocio-pero-me-cultiva” al fulgor de la pantalla:

Cada día se renuevan razones para recordar que ¡hay golpes que da la vida! ¡Yo no sé! Golpes como los que recibe la pobre Cosette, criatura inocente y diáfana, a la que además esclavizan dos ruines posaderos. Golpes como los que le propinan a Jean Valjean en las galeras de Toulon. Serán los grilletes de bárbaros forajidos. O las nubes negras del Dios de Job que no entiende de karmas. Yo no sé. ¿Y con qué razón ocurren estas desdichas, con qué idea de la justicia punitiva? Pues bien, por haber robado una hogaza de pan, Jean Valjean. Y luego le robaste una moneda a un niño en un camino. Y luego te hiciste pasar por un rico empresario textil que dio trabajo a todo el pueblo y además se volvió alcalde. ¡La naturaleza torcida del delincuente no se endereza ni en el yunque de las mazmorras!

Todos conocemos aquella historia de apasionada persecución, de dádivas y conventos, de culpas afiladas en dos piezas de candelabros, de tesoros vitalicios, de largos conciliábulos en tabernas de mala fama, de revueltas populares y barricadas donde el pícaro de Gavroche revolotea sin temor a la balacera. Y cómo olvidar al rígido inspector de la policía que hurga en el fondo de sus entrañas el camino a la sociedad más justa, la que llene mejor sus cárceles, la que separe bien a los productivos de los incorregibles maleantes. Esto por no mencionar a los pobres, cuántos pobres cubiertos de hollín, desharrapados y excluidos que sufren sin tregua y ruedan cuesta abajo, círculo tras círculo infernal, oprimidos por la sociedad decimonónica y su triunfante revolución industrial. ¡Oh, hermosa fábula proto-marxista!

Les miserables, BBC

Lectores que ahora se precian en horas continuas de Netflix, no se pierdan esta última adaptación de la cúspide de la literatura francesa. Y me atrevo a decir, a sabiendas de represalias, de la literatura policiaca. Aunque la hicieran en lengua inglesa y perdiéramos a cabalidad, sin un ápice de su fragancia, la prosa de Victor Hugo en aquella obra maestra publicada en 1862. Aunque no quedaran en absoluto los detalles que atiborran la sensibilidad en sus mil quinientas páginas. Aunque escogieran tan sólo una temporada —¡una corta y cardiaca temporada para nuestros tiempos de largo recorrido!— para pasar por el embudo angosto de sus 8 capítulos todos los flamables discursos contra Napoleón y contra el Rey del cenáculo de Grantaire y compañía, todos los amores epistolares, níveos, entre Cosette y Marius, todas las genealogías casi homéricas, todos los cañonazos, sablazos, heridos y ondulaciones topográficas del campo épico de Waterloo. Todas las fugas frustradas y cumplidas, una y otra vez, con la justa dosis de redención perdida y ganada, una y otra vez.

Es raro que en tiempos de los binge-watchers (disculpen ustedes, yo también prefiero las palabras en francés, pero el término “espectadores compulsivos” me comería más caracteres y no es traducción exacta de la voz binge, “atracón”, “atasque” o “maratón”) una serie con tantos afluentes narrativos haya querido cerrarse a lo breve. Serán asuntos presupuestales (palabra ésta que, como Thenardier, nunca debió nacer). Será tal vez que alguno de esos escritores de ensueño —de ensueño salarial— llamados guionistas tuvo la astucia de desnudar la trama al máximo, despojarla de cualquier sobrante —cosa no muy fácil en una novela de 48 capítulos— hasta dejarla en el hueso. El hueso de la acción, el suspenso y la ideología.

Pero lo cierto es que la adaptación de Los miserables por parte de la BBC y PBS’ Masterpiece debe ser celebrada; para empezar porque nadie nos condenó, una vez más, a un berrinchudo musical, ni a una pifia melodramática de Russel Crowe, sino a un drama de esos que dejan llagas hasta al más precavido. La actuación de David Oyelowo (Javert), Dominc West (Valjean) y Lily Collins (Fantine) es impecable. No por nada van en trayectoria ascendente: Oyelowo es candidato, nada menos, que a un airoso James Bond; y Lily Collins será la segunda a bordo de la ansiada nueva película sobre Tolkien. La recreación histórica también es digna de aplauso, aunque no nos hagamos, los pueblos de la geografía francesa son, por sí mismos, un set perfecto y ni mandado a hacer.

Sólo faltaría preguntarle a Andrew Davis el guionista: ¿qué demonios pasó con los diálogos? ¿Le parecieron inflados, muy cargados, acaso poéticos? Al querer llevar hasta el hueso de la eficacia los episodios colmados de acción y suspenso, los diálogos también quedaron como una pálida llamita que apenas es espectro de aquellas intervenciones huguescas y divinas. Aun con esta aridez, debemos de agradecer el regreso de la ficción en Los miserables, el entierro del miserable musical, y la exquisita verdad recobrada de que las alas de la clemencia pueden brotar rutilantes en las espaldas del más cruel y vengativo.

Les misérables, dirigida por Tom Shankland, guión de Andrew Davis, BBC, 2018-2019.
Reparto: Dominic West (Jean Valjean), David Oyelowo (Javert), Lily Collins (Fantine), Josh O’Connor (Marius), Ellie Bamber (Cosette), Adeel Akhtar (Thénardier), Olivia Colman (Mme. Thénardier).

 

Andrés Díaz de Rubempré
Poeta. Autor del ensayo: Si el modernismo volviera. La vida trágica de un antepasado suyo, Lucien de Rubempré, ha marcado siempre su temperamento literario.

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