En las altas horas de la mundialización, el regreso de la historia es tan inevitable como estruendoso. Desde Europa hasta los Estados Unidos, las voces nacionalistas y xenófobas se alzan en coro sin algún asomo de auto-crítica. La caída del muro de Berlín fue el umbral del siglo XXI. La nostalgia por esos muros migratorios, económicos y raciales hace que resurjan hoy como el pan de la demagogia diaria. El carnaval grotesco de Trump ha sabido agitar la más falsa “transgresión”: odio por las minorías, los migrantes, los mexicanos, los musulmanes, las mujeres, etc.

Imaginemos las reacciones violentas que podría desencadenar su gobierno más allá del resultado de las elecciones del 8 de noviembre. En días recientes, Greg Chang, joven profesor de historia de Nueva York, fue interrogado en comisaría por haber aludido en broma que iba a matar a Trump. Lo peor de todo es que el incidente ocurrió en un bar, último reducto de la libre expresión en la era del ventaneo de las redes sociales. ¿Cuantos trumpicidas reprimidos más habrá entre nosotros? El episodio de Chang solo muestra pasiones encendidas, preocupantes al punto de que las autoridades pasan por alto la Primera Enmienda. En otras épocas, la política estadounidense (que no americana) ya despertaba enconos en abonados terrenos del discurso, del arte o la literatura. La poesía hispanoamericana, en particular, tuvo fuertes vertientes yanquicidas, sustentadas por una cultura de la unidad panamericana. Ningún poeta fue interrogado por policías.

whitman

Walt Whitman en Camden sueña el continente, 1891. Bajo licencia de Creative Commons.

El “futuro invasor” en verso

Con la llegada del modernismo y la transición colonial de Cuba en 1898, las naciones hispanoamericanas desarrollaron como nunca una conciencia anti-imperialista. La publicación de la “Oda a Roosevelt” de Rubén Darío, en 1904, se concibe como el punto de partida de una nueva vertiente en las letras hispanoamericanas: la poesía “antiyanqui”. La oda es, en realidad, una “anti-oda” que, en un proceso análogo al Ariel de Rodó (1900), insiste en la eterna fractura de dos Américas irreconciliables:

Eres los Estados Unidos
eres el futuro invasor
[…]
Crees que la vida es incendio,
que el progreso es erupción;
en donde pones la bala
el porvenir pones.
No.

Darío versifica aquí su aversión a la doctrina Monroe y al filibustero William Walker, como bien lo apunta Ricardo Bada en su disección. La invasión “futura” refiere el pasado reciente y aparece como un augurio de otras tantas “intervenciones” —para usar el eufemismo favorito de la CIA— que no hace falta volver a enumerar. Sabemos gracias a las investigaciones de Héctor Orjuela que, antes de Darío, el poeta bogotano Rafael Pombo (1833-1912)1 prendió versos como antorchas contra los yanquis y su “destino manifiesto”. Aunque Pombo —secretario de la Legación Colombiana en Nueva York a partir de 1855— residió en ese país hasta 1872 y cantó la belleza del Niágara (a la Pérez Bonalde) y del pueblo estadounidense, muchos de sus poemas son incendiarios. La indignación se acumula en estos alejandrinos de “Los filibusteros”:

Venid, venid en nombre de Franklin y de Washington
bandidos que la horca con asco rechazó;
venid a buscar títulos de Hernanes y de Césares
descamisados prófugos sin leves y sin Dios.

O bien esta otra muestra burlona, en el poema “Pajas en ojo ajeno”, del supuesto hábito de los yankees de escupir en el suelo:

Sois el mayor tragaldabas,
el tragatierras mayor,
¡yanquis, y os falta el valor
de tragaros vuestras babas!

Estos últimos versos son extrañamente elocuentes después de tanto debate y declaraciones electorales. ¡Ojalá la señora Clinton los hubiese sabido de memoria para traer chispitas a sus discursos! Y reconocer así la baba hipócrita de varias eras intervencionistas (sigue el eufemismo). Pero la poesía ya no se mezcla, tanto tanto, en política y politiquerías de ese calibre.

Hoy yanquis ayer españolas

Después de la segunda guerra, el poema anti-yanqui sirvió para aderezar el sentimiento de una América latina unida contra el anti-comunismo exacerbado y la paranoia macartista. Desde los años 1940, Nicolás Guillén, perseguido por su militancia pro-soviética, había incluido estos sonoros octosílabos yanquicidas en el poema “Mi patria es dulce por fuera…” de El son entero (Buenos Aires, 1947):

Un marino americano,
bien,
en el restaurant del puerto,
bien,
un marino americano
me quiso dar con la mano,
me quiso dar con la mano,
pero allí se quedó muerto,
bien,
pero allí se quedó muerto
bien,
pero allí se quedó muerto
el marino americano
que en el restaurant del puerto
me quiso dar con la mano,
¡bien!

No hay que pensar por esto que Guillén amparó siempre su poesía en esta violenta venganza patriótica. En Motivos de son (1930), uno de sus poemarios más divertidos y vanguardistas —pues transcribe el acento mulato loca—,2 encontramos la dulce tragedia de un personaje que olvida su inglés y tiene que renunciar a un amor inaccesible por lengua:

“Tú no sabe inglé”

Con tanto inglé que tú sabía,
Bito Manué,
con tanto inglé, no sabe ahora
desí ye.

La mericana te buca,
y tú le tiene que huí:
tu inglé era de etrái guan,
de etrái guán y guan tu tri.

Bito Manué, tú no sabe inglé,
tú no sabe inglé,
tú no sabe inglé.

No te enamore má nunca,
Bito Manué,
si no sabe inglé,
si no sabe inglé.

Desde el desembarco en Puerto Rico (1898) y la imposición de un régimen militar en Santo Domingo (1916) apoyada por los E.U, la literatura caribeña es una fuente abundante de imágenes yanquifóbicas. El proceso de antítesis de Darío y Rodó sigue su curso: contrario al latino, el estadounidense es un conquistador, materialista a más no poder que, para colmo, no cree en Dios. El poeta puertorriqueño José de Diego,3 miembro del partido Unionista (independentista), viaja por las antillas buscando simpatizantes. Escribe versos pesimistas y de denuncia. La era de hegemonía de los E.U se perfila como un tiempo de oscuridad: “El sol latino morirá en América / vendrá la luz crepuscular del polo”; sin omitir la diferencia racial de dos mundos: “los ojos negros morirán de frío / y vendrán los azules melancólicos”. El siguiente cuarteto de su poema “Himno a América” (1916) tiene resonancias con la situación migratoria actual y podría leerse bajo una nueva luz:

México siente dos veces el furor de la zanca
de la Bestia maligna que aturde los cielos del Norte
       y el puñal y el corte
del pico feroz que a pedazos los miembros le arranca.

El águila del escudo yanqui es un animal de rapiña despiadado con las naciones-cordero del sur: el doble furor parece señalar, cien años después, la tragedia de la frontera sur de México donde un tren también llamado la Bestia despedaza vidas a diario. O acaso donde otra Bestia bocona despedaza la dignidad de millones de migrantes desde su púlpito republicano.

Nerudicidio o Whitmanicidio

El punto álgido del yanquicidio de la poesía hispanoamericana llegará, sin embargo, en una geografía más lejana y menos intervenida que el Caribe o México (consúltese también: Adolfo B. Posta, Pasión democrática: de Videla a Pinochet). En 1973, Neruda publica su último poemario, el más comprometido, políticamente enardecido y frontal: Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena. El bardo acusa a Nixon de entorpecer (más eufemismos) la “vía chilena al socialismo” y le reprocha los crímenes cometidos en Vietnam. Son tercetos encadenados que actualizan esa forma dantesca en una diatriba espectacular, crónica fiel de los años anteriores al primer 11-S:

Horademos a Nixon, el furioso,
a verso limpio y corazón certero.

Así pues, decidí que falleciera
Nixon, con un disparo justiciero:
puse tercetos en mi cartuchera.

Curiosamente, tanto Neruda como Darío recurren a su admirado Walt Whitman, verdadero punto de unión paradójico de su antiyanquismo poético. “¡Es con voz de la Biblia y verso de Walt Whitman / que habría que llegar hasta ti, cazador!”, son los alejandrinos inaugurales de la oda dariana. Por su parte, la Incitación del chileno empieza así:

Es por acción de amor a mí país
que te reclamo, hermano necesario,
viejo Walt Whitman de la mano gris,

para que con tu apoyo extraordinario
verso a verso matemos de raíz
a Nixon, presidente sanguinario […]

Como si fuera un sacrilegio empezar sus poemas sin citar a Whitman, ambos ignoran el supuesto racismo e imperialismo del poeta de Brooklyn. En un consenso histórico duradero, tanto Martí como Lugones, León Felipe, García Lorca e incluso los revolucionarios Fernández Retamar y Ernesto Cardenal, fueron incondicionales del autor de Leaves of grass. Sin embargo, en 1971 el libro de poquísima circulación de Mauricio González de la Garza, Walt Whitman: racista, imperialista, antimexicano, reveló la cara inaceptable de la historia o, como dice José Emilio Pacheco, el hecho inapelable de que “un texto jamás se queda inmóvil: emite significaciones cambiantes según las circunstancias históricas.”4 Ahí aparece un Whitman columnista, poeta oficial del Destino Manifiesto, que piensa ingenuamente en los beneficios humanistas de una intervención militar: llevar democracia, progreso y libertad al país salvaje y tiránico al sur del río Bravo. Para nuestra fortuna, el bocazas de Donald Trump no lee a Whitman y, si acaso, lo confunde con un clásico contemporáneo “La silla del águila de Enrique Krauze”.

Trumpicidio para hoy

En la situación actual, ¿alguno de nuestros bardos decidirá recomponer nuevos tercetos en una Incitación al trumpicidio? No hay duda de que los cañonazos de tinta suelen ser inofensivos y se diluyen a los pies de los millonarios. Como consuelo, siempre podremos reunirnos en la experiencia de la lectura de una literatura anti-yanqui más que nunca satírica, pacifista y conciliadora. El remedio al insulto directo y a la mezquindad es justamente no rebajarse al ojo por ojo o a devolver jarabe de la propia medicina. Y la poesía sirve como receta adecuada para evitar caer en esa bajeza de vituperio. Algún ejemplar de la vertiente en prosa de una literatura trumpicida apareció ya en “La cosa mexicana”, artículo de la columna “Agua de azar” de Jorge F. Hernández (que se deja versificar en una silva libre impar, siempre respetando su versión original). En ella emerge la imagen caricaturizada y reductora de México vista desde la estulticia y la encharcada vulgaridad del fanfarrón republicano y sus seguidores:

Para ellos México es esa cosa
como inmenso moco levitando
en el imaginario reino de los rubios baba necia.
Un poposillo intocable,
moquito de changuito chiapaneco,
de esa tierra tan lejana
donde se comen chapulines
y los indios andan sin reservación,
el país insólito de los millonarios
con corbatas anchas de nudos horribles
y divas de telenovela
como primeras damas de palacios
o ilusión de capo chafa;
plastilina de palacetes,
de licenciados sin licencia
y la cosa es que si le rascamos a la manada,
ni el garañón nos queda,
pero la cosa es que
no toda visión
sesgada
cumple el objetivo de la definición […]

Los últimos meses del 2016 serán recordados con asombro y pavor. Esperemos nada más que, si se nos llega a exacerbar el sentimiento anti-yanqui, volvamos la cara al pasado y revisemos cómo la historia de nuestras letras y nuestras ideas ya tuvo que lidiar con situaciones como esta.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Doctor en Letras Hispanoamericanas por la Universidad de Toulouse y la Universidad de Sevilla.


1 Héctor Orjuela, ‘Rafael Pombo Y La Poesía Antiyanqui de Hispanoamérica’, Hispania, 45.1 (1962), p. 27–31.⁠

2 La transcripción fonética del acento mulato, la búsqueda de una lengua y de una identidad africana-caribeña y la celebración alegre de esa tercera raíz dentro del mestizaje americano son algunos de sus grandes hallazgos desarrollados después en Sóngoro Cosongo, 1931, y en West Indies Ltd., 1934.

3 Klein, L.B., “Antiimperialismo y literatura en el Caribe (1898-1933)”, Anales de Literatura Hispanoamericana, No 2-3, 1973-1974, p. 209-222.

4 José Emilio Pacheco, “Inventario. Whitman contra Darío”, Proceso, num. 307, 20 de septiembre de 1982.

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Desde hace cinco años, Siria ha sido devastada por un conflicto que recuerda otros infiernos del siglo XX, entre el fuego cruzado de las tropas de Bashar al-Asad, las potencias, las tropas rebeldes y la barbarie del EI. Las verdaderas víctimas son los civiles que hemos visto, una y otra vez, errar por montañas de escombros o huir masivamente hacia las costas del Adriático.

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En estas circunstancias, la información noticiosa, fría y repetitiva, es más que insuficiente para aproximarse a la experiencia de la guerra. Los siguientes poemas quisieran mostrar el rostro más humano de una nación en ascuas. Acaso algunos de ellos constituyen un verdadero “informe sobre la ciudad sitiada”, a semejanza del poemario homónimo del polaco Zbigniew Herbert (1924-1988), cuyo pueblo natal, Lwów, fue ocupado por los nazis y luego cedido a la URSS que se encargó de expulsar a toda la población polaca. Recopilados y traducidos por la poeta árabe francófona Maram al-Masri (Latakia, costa mediterránea, 1962), se reúnen poetas laureados, jóvenes, desconocidos o aún nóveles en El amor en tiempos de la insurrección y de la guerra. Antología de la poesía siria de hoy (L’amour au temps de l’insurrection et de la guerre. Anthologie de la poésie syrienne d’ aujourd’hui, Le Temps des Cerises, 2016). La antóloga nos aclara esta intención: “quisiera crear, como un puente entre Oriente y Occidente, un poco como Nut la Egipcia a través de la cual viajan el día, la noche y las estrellas, un puente por el que puedan pasar las palabras de los poetas de mi país. La poesía puede transformar la vida cotidiana de la guerra y entresacar un cierto valor universal. […] El papel del poeta no es el de maquillar a la muerte. Sino el de decir la verdad. Al mismo tiempo, tiene que tener la inteligencia de inmiscuirse en el inconsciente del lector. […] En este siglo XXI, también esperamos de la poesía un elemento que influya en el mundo”.

Entre los poetas de la antología, ninguno es portavoz de la dictadura ni del Estado Islámico. Representan más bien la diversidad cultural, étnica y confesional de la sociedad siria. La mayoría se publicaron en redes sociales,  a veces poniendo en riesgo la vida de sus autores, por lo que en algunos casos se omiten ciertos datos biográficos. La mayoría han nacido entre finales de los cincuenta y principios de los noventa; sus voces oscilan entre la esperanza, el amor, el desamparo del exilio, la crudeza de las imágenes de guerra y un erotismo que surge sorprendentemente de las cenizas. La siguiente selección es un intento de versión a partir de la traducción francesa de Maram al-Masri.

 

I. Dara Abdallah (Qamishli, nacido en 1990. Fue prisionero)

Frente al retén militar en la provincia de Damas
Un joven de cerca de veinte años
Está muy atareado en la limpieza de su Kalachnikov.
Toma tanto cuidado en la pulcritud de su arma
que descuida su persona.
Su rostro cansado está cubierto de polvo
pero su arma brilla.
Los humanos están cansados,
Las armas en muy buena condición.
¿Por qué los instrumentos de muerte
deben ser tan bellos?

 

II. Maha Becker (Qamishli, nacida en 1967)

1. La terraza está iluminada y un soldado le da de beber a un perro herido.

2. El intercambio de disparos es muy intenso y los árboles musitan algo incomprensible.

Roberto también, en la terraza.

Me aconseja leer un libro: la historia del movimiento intelectual en el islam… la revolución de los Negros… la revolución de los Qarmatíes… Y yo he fijado el ojo en su índice, esperando que me desabroche la camisa y toque el textil sirio.

3. En el espejo, un hombre que ladra. He hecho trampa en el examen de educación islámica. He matado a mis hermanos. Luego he escondido sus cuerpos en un libro de amor y me he casado con José.

4. Nada… se me ha caído un vaso de la mano… Hay un niño chico que dibuja un avión sin alas y una mujer que le lanza mis ideas al viento.

5. No hay nada que mencionar… Sólo han regresado de la guerra y me han traído mis brazaletes.

 

III. Nessrin Karam al-Khoury (nacida en 1983)

Danza

Ven
Ven
a rozar el canto de la danza
con nuestros pasos vagabundos
Ven
no te preocupes
No hay asesino aquí, ni ladrón
No hay dictador
Todos son alérgicos al polen del tango
Ven
deja caer tus pies donde sientas la ebriedad
No le temas a las minas
Pero ¿hay algo más deseable que fragmentarse en rimas?

 

IV. Widad Nabi (sin datos)

Veintiocho heridas

Era más pequeña que una muy pequeña
cuando supe que la vida era una herida
No miré mi documento de identidad
No contemplé mi rostro en los espejos
a lo largo del río
Cada herida me dijo la edad de mi vida
seis pequeñas llagas
archivadas en el camino de tierra
entre la casa de mi abuelo y la escuela
hecha de un cuarto y una ventana
lejos de mi familia en Alepo

Archivé veinte heridas
con mis lágrimas cayendo en la ruta de Alepo,
la ciudad lejana, la tumba de mi padre…
Veintiocho heridas
grabadas con una risa al aire
en la postal de Juan Miró, en tu frente y en ciudades lejanas…
Sólo hay una herida que no puedo archivar
y que escondo como un talismán para mi muerte que se acerca:
la herida inmortal de la poesía.

 

V. Raed Wahsh (nacido en 1981)

Te escribo desde la frontera de las masacres
El olor del aire es sangre
el sabor del silencio nocturno es ira deshidratada
y en este momento en que golpeteo las teclas de mi computadora
otros se dan golpes de pecho llorando
No paran de chocar su cabeza contra el muro
El muro es aire
y mientras los afligidos murmuran en los oídos de los muertos
te llamo, como un huérfano, como un viudo, una viuda,
te llamo con el calor de mi dolor reciente
te llamo, no para que me respondas o que vengas
sino solamente para asegurarme de que aún me queda algo de grito.
Así, llegará la oscuridad, la gran noche va a caer
entonces, ¿por qué el puñal de los asesinos, de todos los asesinos brilla
y sus balas iluminan?
¿Es acaso asesina la luz
y la oscuridad compasión?
La oscuridad vendrá
Qué importa que el ser humano esté en su casa
el único lugar donde puede andar sin temor.

 

VI. Khaled Soliman El Nassiry (nacido en 1979)

No era maga,
la que pulverizó el polvo del sueño sobre los niños para hacerlos dormir
Tal vez ni siquiera era polvo de sueño
y tal vez, incluso,
los niños ni estaban dormidos.
Tal vez estaban nada más haciendo trampa
para que les viniera el sueño.
*
Unos chiquillos salieron a jugar
Regresaron con las marcas
de sus juegos encima

agujeros en su ropa.
*
En otra calle un joven
en la flor de la juventud
quiso irse a la guerra
pero se peleó con su sombra
Y su sombra regresó sola a casa
*
En otra calle el hijo del vecino
le ha mandado desde la ventana de su cuarto
un beso a la hija del vecino
que espiaba desde la ventana de enfrente

el francotirador dio en el blanco.
*
Una casa sentada al hombro del río
Una familia reunida de noche
En el río, la sangre ha pasado
y aún no se convierte en agua.

La familia supo que esa sangre era la de su hijo
sangre de la música que emergía

*
Ahora hay alguien que grita
llega justo como un meteoro
cayendo sobre un hermano
que hubiera pedido un deseo
más fuerte que el destino

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Doctor en Letras Hispanoamericanas por la Universidad de Toulouse y la Universidad de Sevilla.

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Desde hace años, muchos antes de la trágica muerte de José Emilio Pacheco (el 27 de enero del 2014), se rumorea, se cavila, se comenta el secreto a voces: la publicación íntegra de la columna “Inventario” (1973-2014) es justa y necesaria y está en camino. Pero ¿quién se atrevería a recopilar las centenares de artículos? ¿Qué ocioso recorrería hemerotecas y archivos en busca del diamante en bruto? El desaliento a la vuelta de la esquina. “Fulanito ya los tiene todos empolvados y olvidados”. “Sultanito los lleva coleccionando desde los años setenta y nadie los quiere”. O aun, como escribía Monsiváis emulando al mismo JEP: “Debo reescribirlo/ Así como está es imposible/ Se ha descubierto muchísimo desde que escribí aquel artículo/ ¿A quién le puede interesar?”. Tan poco interesante como una de las mejores páginas del periodismo cultural mexicano; despliegue de creación y erudición, actualidad lúdica y formativa, vaivén del poema a la noticia, del cuento a la traducción, de la biografía literaria a la más concentrada narración histórica, de la crónica al ensayo. Al igual que sus famosas “Aproximaciones” (también, tan bien, llamadas versiones, traiducciones o adaptraiciones) publicadas en una sola edición extinta de 1984 (editorial Penélope) y aún no compiladas, el clamor popular exige la aparición (ya de ya) de los “inventarios” en libro, accesibles de un tirón, reunidos a como dé lugar.

pacheco

Pues ¡eureka! (o si prefieren: ¡extra, extra!) el “Inventario” ya está publicado. Sí, me refiero a editado, revisado, corregido y empastado como un libro. Bueno, varios librotes. Desde finales del 2015 (según fuentes secretas), el acervo de la biblioteca “Daniel Cosío Villegas” de su Colegio de México ha ganado una perla que brilla en los subterráneos estantes de la “Colección Especial”: ocho volúmenes, en tapa dura azul marino bien oscuro, papel ahuesado fino, con los artículos en orden cronológico. La edición no venal que consta de un solo ejemplar pertenece a la institución. Cada tomo, de unas  setecientas cincuenta páginas, reúne entre dos a tres años de “inventarios” –para los periodos más constantes– y hasta doce años – para la última etapa (2002-2014).

No es labor menor de sus compiladores, correctores y coordinadores el haber reagrupado las 153 entregas que hizo Pacheco, sin firmarlas, al Diorama (suplemento del mítico Excélsior de Scherer) y las 772 que hizo para Proceso, a partir de 1976, con el sello “JEP”, perdiendo sin quererlo su carácter anónimo. A primeras vistas, dirán con toda razón, son volúmenes inaccesibles, resguardados celosamente por el más oscuro secreto (cuántos ignorábamos la presencia del tesoro en la bóveda). Y así lo cuenta su presentación: “Estamos seguros que esta edición no venal será un material invaluable para la comunidad del COLMEX y para  todo aquel que esté interesado en adentrarse en este filón de la obra de Pacheco con fines de investigación, como tema de tesis o por el simple placer de leerla”. El “Inventario” siempre fue un servicio al lector común y cotidiano respetando, claro está, el rigor académico, la investigación que respeta sus fuentes al igual que el poeta respeta los versos de su propia memoria y a los autores que lo observan escribir, consciente de esa reciprocidad fundadora:

Al doctor Harold Bloom lamento decirle
que repudio lo que él llamó « la ansiedad de influencias ».
Yo no quiero matar a López Velarde ni a Gorostiza ni a Paz ni a Sabines.
Por el contrario,
no podría escribir ni sabría qué hacer
en el caso imposible de que no existieran

Zozobra, Muerte sin fin, Piedra de sol, Recuento de poemas.

Por más absurda que parezca, la edición escondida de la Cosío Villegas –sólo pueden acceder a ella investigadores, profesores, estudiantes de la casa o lectores externos con buena carta de presentación–, es una señal esperanzadora. No podría existir una edición no venal tan cuidada si la versión comercial no estuviera ya en el horno. Es de lamentar, si acaso, que la publicación actual no tenga un índice paginado ni un índice onomástico para recalcar el carácter de asombrosa enciclopedia del Inventario. A su vez, el orden cronológico puede desorientar al lector en un mar de géneros.

De cualquier manera ahí está, recopilado y empastado el Inventario; así, en cursivas como una obra abierta (no en el sentido de Eco), horizontal como un rizoma y un verso, democrática y concienzuda como un poeta-periodista en busca del anonimato y del registro conversacional diario de la belleza fugitiva, de la utopía, tan tangible a veces, donde la literatura es la más solitaria y la más colectiva de todas las artes, simple y sencillo lugar de encuentro con la experiencia ajena.

José Emilio Pacheco, Inventario (1973-2014), ocho volúmenes, Colegio de México, 2015.
• Coordinación general: Ulises Martínez Flores y María del Rayo González Vázquez.
• Trabajo hemerográfico: Sandra Lorena Ramírez, Illari Aldrete, Israel Urióstegui, Sandra Luna, Olivia García Zepeda y Georgina González Vázquez.

 

Álvaro Ruiz Rodilla
Doctor en Letras Hispanoamericanas por la Universidad de Toulouse y la Universidad de Sevilla.

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Carlos A. Dana, maestro de escuela un día, y comunista práctico otro, y ahijado luego del gran Greeley, y viajero después por toda Europa sin más pesos que unos cuantos seiscientos en la bolsa y ahora amigo de jóvenes, justiciero hasta parecer vengativo, candidato probable y meritorio a la presidencia de la República, y hombre sabio de letras y pinturas y floretista maravilloso de lengua inglesa.
—José Martí, Cartas de Estados Unidos de América.

 

Ante la llegada de “San” Obama a la isla de Cuba la semana pasada bajo un diluvio tropical, los periódicos y medios se inflamaron de aleluyas al celebrar el “deshielo” histórico con bombos y platillos. Algunos opinan que Washington demandará hasta el final una mejora en los derechos humanos de su isla vecina y ésta le exigirá otro tanto de la misma medicina al antiguo “imperialista”, y a ver quién avienta más fuerte la pelotita de ping-pong retórico para romper el hielo. Los más oscuros y pesimistas, los que vaticinan que ya no queda nadie para recoger los pedacitos rotos del cristal del mundo, pensarán que acaso Cuba se convierta otra vez en el burdel, casino y paraíso artificial de los gringos –retratado por Cabrera Infante en retazos de magnífico cubanglish– que construyeron las épocas de Battista.

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Tormenta de nieve en Nueva York, 1888.

Cualquier parque de fuegos artificiales noticiosos es bueno en nuestro mundo hyper-conectado y también hyper-veloz, a imagen de las conexiones prometidas para subir de una vez a Cuba al hyper-espacio al cual llega siempre tarde (de no ser por el empujoncito del visionario Chávez que brindó amplia conexión de internet a la isla con un cable submarino desde su República Bolivariana). Pero en otro mundo más lento y menos conectado, menos hyper-lo que sea, el creciente imperio de la doctrina Monroe había ayudado a su vecino tropical a deshacerse de otro imperio incómodo, hoy deshecho, oxidado y en vías de extinción (de no ser por los tentáculos de Anagrama, El País o Movistar y las flores de buenavida que va dejando la cultura de tapas y cañas itinerantes por el mundo). En aquel mundo –ése que desde ahora parece la prehistoria de los tiempos modernos– fue Nueva York y no La Habana uno de los puntos de encuentro y confluencia que marcarían el rumbo de buena parte de la historia del siglo del pasado. La ciudad era ya un hervidero cosmopolita que sólo podía competir con París, la “capital del siglo XIX” y, si nos dejan decirlo, aún del XX.

Para volver al héroe-monotema

Antes de la afluencia masiva de emigrantes en Florida, antes de la fundación misma de la base de Guantánamo (1903) y de la “verdadera” independencia de Cuba (un año antes), José Martí se instala en Nueva York hacia 1880, proveniente de otros exilios. Allí contribuye, a través de sus crónicas periodísticas, a la fundación del modernismo y le da el aliento necesario a todo lo que escribieron después los hispano-americanos, desde Darío hasta García Márquez. Allí también organiza su agenda revolucionaria y reúne fuerzas políticas y fondos para el movimiento independentista en el que perdería la vida en 1895. Lo aprendido por Martí en los periódicos de México junto a Gutiérrez Nájera, el otro verdadero iniciador del modernismo, es uno de los detonantes creativos de su prosa. El lector recordará el guiño de Diego Rivera a este encuentro más que fortuito entre los dos poetas-periodistas que, en reconocimiento mutuo, levantan sus sombreros de bombín en mitad del “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”.

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José Martí junto a su hijo José Francisco en Nueva York, 1880.

En esa Nueva York que años más tarde conocería también el muralista mexicano, Martí halla un asidero vital y una tribuna continental para difundir sus ideas de libertad y su producción literaria. Con él se inaugura la figura del corresponsal extranjero en el ámbito del periodismo hispánico. Raro fue el país latinoamericano al que no llegaran, entre 1880 y 1891, las crónicas martianas que envió desde los Estados Unidos a periódicos de gran tiraje como La Opinión Nacional de Caracas o, el más conocido, La Nación de Buenos Aires –también albergue y surtidor de Rubén Darío años después. En la “Sección constante” y en las “Cartas desde Nueva York”, el escritor condensa la actualidad, el reportaje, la reseña y la crítica con un aluvión de imágenes poéticas. Crea un estilo personal, oratorio y sentencioso en el mejor sentido, que toma préstamos a las artes plásticas y a la música. La “imaginación colonizada” parece haberse liberado entonces del yugo y la apatía metropolitanas al punto de que Sarmiento, lleno de orgullo panamericano, escribe en una carta a Paul Groussac de 1887: “En español nada hay que se parezca a la salida de bramidos de Martí, y después de Víctor Hugo nada presenta la Francia de esta resonancia de metal.” Para dar un ejemplo de este brillo mineral bastarían estas líneas del “apóstol” cubano, publicadas el mismo año, sobre su impresión de Walt Whitman tras asistir a una tertulia literaria: “Todo lo culto de Nueva York asistió en silencio religioso a aquella plática resplandeciente, que por sus súbitos quiebros, tonos vibrantes, hímnica fuga, olímpica familiaridad, parecía a veces como un cuchicheo de astros. Los criados a leche latina, académica o francesa, no podrían, acaso, entender aquella gracia heroica. La vida libre y decorosa en un continente nuevo ha creado una filosofía sana y robusta que está saliendo al mundo en epodos atléticos. A la mayor suma de hombres libres y trabajadores que vio jamás la Tierra, corresponde una poesía de conjunto y de fe, tranquilizadora y solemne, que se levanta, como el Sol del mar, incendiando las nubes; bordeando de fuego las crestas de las olas; despertando en las selvas fecundas de la orilla las flores fatigadas y los nidos”. La rareza de nuestras modas es súbdita de los caprichos de la historia (y del mercado). Ningún periodista se atrevería hoy a practicar semejante estilo. Sin embargo, éste ensanchó las fronteras de nuestra lengua y después se decantó en versos que siguen a la orden del día. Nadie ignora que Martí es más conocido fuera de su tierra natal por los Versos sencillos inmortalizados en “Guantanamera” (y de paso absorbidos y anonimizados por la tradición popular) que por su periodismo continental decimonónico. Nadie ignora tampoco que habrá más turistas buscando en Cuba las huellas del héroe de la independencia que en su casa de Brooklyn donde en verdad empezaron a girar las manecillas de la rebelión.

Diálogo entre dos orillas

Las crónicas de Martí se desbordaron, además, fuera del cauce de su propia lengua. Bilingüe obligado, todo un “alien, legal alien” (seguro más alienado que el “Englishman in New York” de Sting y un poco menos que el “Africain à Paris” de Tiken Jah Fakoly), escribe crónicas en inglés para la revista The Hour y para el periódico The Sun (luego llamado The New York Sun) al que es invitado por su director, otro defensor del periodismo y editor infatigable: Charles A. Dana (1819–1897). En la vida y la obra del que fuera “secretario asistente de Guerra” durante dos años en plena Guerra de Secesión, confluyen algunas de las biografías centrales del siglo XIX. Maldición de los grandes autores y los cánones que nos llevan a pensar que “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar de la Historia” y fuera de ella parece no haber más que desagües al aire libre. Aún así, la vida de Dana sigue casi en la sombra a pesar de ser un vaso comunicante esencial.

tribuna

Equipo editorial del Tribune. Charles A. Dana al centro, circa 1850.

Proveniente de una familia de comerciantes venidos a menos, pasa su infancia y adolescencia entre estudios y trabajando como dependiente en la tienda de su tío en Buffalo. Según su biógrafo y amigo James Wilson, aprende griego y latín y llega a manejar con fluidez la lengua de los indios Seneca con los que de joven estuvo en contacto cerca del lago Erie. Su curiosidad y sus lecturas omnívoras lo llevan a dejar un manuscrito adolescente sobre la “Early English Poetry” y a lograr un ingreso a Harvard que abandona después por una lesión ocular debido a las lámparas de aceite. Impedido a estudiar más, se adhiere a la Brook Farm Association cerca de Boston, de la que también es miembro Nathaniel Hawthorne. Una suerte de granja-escuela idealista y cooperativista donde se promulga la liberación y la auto-suficiencia individual contra el puritanismo imperante. Ahí Dana enseña y se enseña alemán y español, se familiariza con Kant, Emerson, Swedenborg y Alcott. También a partir de ahí empieza su gran carrera como periodista y editor. En un inicio publica poemas de influencia romántica y reseñas en los periódicos de la asociación. En 1847, se convierte en segundo de a bordo de Horace Greeley, director del Tribune (luego rebautizado The New York Tribune), del que pronto será gerente editorial. Liberal reformador, anti-esclavista, cada vez más pragmático, Greeley quiere expandir su periódico y recluir plumas que cubran el debate político y económico nacional e internacional.

Como Martí en el periodismo hispánico, Dana fue de los primeros corresponsales extranjeros en enviar artículos directamente contratados por la prensa estadounidense. Testigo de las revoluciones europeas fallidas de 1848, escribe reportajes sobre las insurrecciones populares que presencia en Francia y Alemania. A su paso por Colonia, el poeta Freiligrath le presenta al joven Marx quien, tan sólo un año mayor que Dana, ya es el líder revolucionario co-autor del Manifiesto del Partido Comunista. La impresión del periodista es indeleble. A su regreso se escribe cartas con el brillante radical y lo contrata como su principal columnista londinense (y europeo) en el Tribune y de paso a Engels como ghostwriter sobre asuntos militares. Marx analiza en cientos de artículos las revoluciones de Europa, la política imperial y la opinión pública británicas, el comercio del opio con China, la monarquía prusiana, el auge de un mercado mundial, las guerras en México, Oriente próximo y Asia: “una rica y bien documentada imagen sobre su visión del desarrollo del capitalismo en el mundo”, según H. D Kurz. Los once años de entregas al periódico de Dana le dieron al “padre del socialismo moderno” no sólo una divulgación global a sus ideas sino una fuente muy necesitada aunque magra de ingresos (no más de una libra esterlina por artículo). Marx llega a quejarse amargamente con Engels de los Yankees que administraban el Tribune, “unos miserables tacaños” (“a true penny paper”), a lo cuál éste le contesta “te han exprimido hasta dejarte seco como a un limón”. Debemos a Morton Borden el haber exhumado casi cien años después la compleja relación entre el editor de Nueva York y el revolucionario alemán. Los años de Marx en el Tribune corresponden al auge de un público lector y el imperio del diario se mide en un tiraje de 190 mil ejemplares (para 1855). Al abandonar Charles Dana la gestión a principios de 1862, los dueños del periódico también pierden la pluma del que fuera, según el obituario que él mismo publicó en The Sun, “un enérgico y fructífero pensador – el más potente, mejor armado y completo intelecto que se haya acercado desde el punto de vista obrero al problema del trabajo…en ningún modo banal o auto-complaciente”.

Encrucijadas del tiempo

Sin saber que estaba en un cruce de caminos del tiempo, Dana fundó un diálogo trasatlántico con el autor de todas las grandes sacudidas revolucionarias del siglo siguiente. A su vez, encauzó y propició el periodismo de otro de estos co-autores tan telúricos y re-visitados que hoy exceden, como ha notado Foucault, su propia obra y son “fundadores de discursividad”, esto es, instauradores de una tradición y de una diferencia fundamental en la historia. El obituario de Charles Dana al enterarse de la muerte de Martí en mayo de 1895 recuerda extrañamente al de Marx. Recuerda también a ese “ser en estado radiante”, en palabras de Alfonso Reyes. “Nos hemos enterado con punzante tristeza de la muerte en combate de José Martí, el reconocido líder de la revolución cubana. Lo conocíamos bien y hace tiempo y lo estimábamos profundamente. Por un periodo reducido, hace casi veinte años, fue colaborador en The Sun, escribiendo sobre temas de las bellas artes. En este aspecto, sus enseñanzas eran sólidas y extensas y sus ideas y conclusiones brillantes y originales. Fue hombre de genio y de valor, de imaginación y esperanza, uno de esos descendientes de la raza española cuyo nacimiento Americano y cuyos instintos parecen haberse sumado al tinte revolucionario de la herencia moderna de todos los españoles. Su corazón fue cálido y afectivo, sus opiniones ardientes y elevadas y murió como hubiera querido, luchando por la libertad y la democracia.”

Fallecido meses antes del hundimiento del Maine y del inicio de la guerra hispano-americana, naturalmente, Dana no podía imaginarse ni por asomo que, durante gran parte del siglo XX, su propio país opondría todo su poderío militar y evangelizador (“destino manifiesto” mediante) a ese “tinte revolucionario” de la “raza española” nacida en América. Tampoco hubiera podido ni siquiera intuir que las re-apropiaciones y llamaradas de la tradición ideológica de ese joven que conoció en Colonia sellarían un universo de utopías siempre latentes, el mundo bipolar y la Guerra fría más bien tibia que no termina de acabarse. Pero esa es otra historia y sus caminos, como de costumbre, también son inescrutables. Por lo pronto, nos queda imaginar qué hubiera pasado si, en otras encrucijadas de la historia (y de no haber enfermado de pleuresía), acaso Marx se encontraba con Martí en las oficinas de algún periódicode Dana en Nueva York, tal vez un apretón de manos y nada más. Y todo esto, claro, para romper el hielo de tantos otros relatos dignos de deseo.

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sixto en parís

La imagen difuminada del poeta maldito se ha esparcido hasta el lugar común. La historia ha elevado el anonimato a gloria, el fracaso a redención. El ostracismo de los artistas nos avergüenza y la vida eterna, la fama póstuma pretenden su expiación. Rimbaud endurecido en el exilio, Van Gogh en la pobreza y la locura, Wilde humillado y perseguido, son ejemplos conocidos entre tantos otros. Bolaño, al que se llevó la enfermedad a los 50 años en 2003, sería el caso más reciente del escritor maldito que fallece ignorando su éxito mundial venidero, sus incontables traducciones.

Sin embargo, son pocos aquellos que sobreviven a una muerte imaginaria. La aparición del documental Searching for Sugar Man (2012) señala esa brecha oscura que deja la historia en su discriminación, en su narrativa imposible. Ahora que Mandela se ha extinguido y los gobernantes se agolpan alrededor del festín mediático de sus funerales. Ahora que desapareció el último de los grandes luchadores del siglo XX – con su muerte acabó verdaderamente el siglo (dejando a Fidel aparte, acabaremos por creer que nos va a enterrar a todos) –, el documental de Malik Bendjelloul parece cobrar una importancia inusitada.

Dos sudafricanos entran a una tienda de discos en Cape Town. Rememoran las viejas canciones de su juventud y algunos de los himnos contra el apartheid. Con infinita lucidez descubren que aquellos himnos de rebeldía que censuró el gobierno en los años 70 los inspiró un misterioso cantautor estadounidense, de nombre Rodríguez. La música se pega al oído y es agria al paladar:

Sugar man, won’t you hurry?
’

cause I’m tired of these scenes

for a blue coin won’t your bring back

all those colours to my dreams

Silver magic ships you carry

Jumpers, coke, sweet mary jane

Empieza la búsqueda y el viaje hacia un pasado colmado por la corrupción de productores y disqueras, el olvido, la resignación y el suicidio, la leyenda del cantante. “Se había prendido fuego en el escenario y había muerto ante el público”, dicen los rumores, como emulando la trágica muerte de otro cantautor legendario del blues, Robert Johnson.

La narrativa del documental en este sentido no puede ser más acertada. Paso a paso, los periodistas, músicos y melómanos – entre ellos Stephen “Sugar” Segerman – van atando cabos para dar con el hombre muerto, cuyo álbum Cold Fact (1970) llegó a ser más escuchado que Abbey Road entre la juventud contestataria de Sudáfrica. En sus Vidas Imaginarias, Marcel Schwob nos recuerda que “la ciencia de la historia nos sume en la incertidumbre acerca de los individuos. No nos los muestra sino en los momentos que empalmaron con las acciones generales” [es decir, los acontecimientos].

Porque sus canciones hilaron la lucha social de un país, se ha rescatado la música de Rodríguez. Cold fact fue uno de los himnos de rebeldía contra la atrocidad racial que significó el apartheid, sus interminables restricciones, su conservadurismo represor:

I wonder about the tears in children’eyes

And I wonder about the solider that dies

I wonder will this hatred ever end

I wonder and I worry my friend

No podemos saber cómo estas canciones llegaron a la patria de Mandela ni por qué azares se envolvieron en la conciencia social y política del momento. Aún cuando sus letras estaban a flor de boca en toda una generación progresista, Sixto Rodríguez permaneció en la sombra. Ignoraba su resonancia en otro continente, en otra contracultura. Pasaron más de cuarenta años, hasta que una serie de documentales – que culminan en Searching for Sugar Man – lo traen a la superficie.

Después del lanzamiento de Cold Fact, Rodríguez volvió a su trabajo, olvidó el camino glorioso de la vanidad, del éxito. Se involucró en la política local y se postuló incluso como alcalde de Detroit en 1989. Su padre, un migrante mexicano, había buscado suerte en la floreciente Detroit de los años 20 y 30. A principios del siglo XX, ya era una ciudad prometedora que crecía sin parar con el ritmo de su industria automotriz. Allí se habían instalado Henry Ford y Ransom E. Olds que lanzarían a su vez el famoso Ford T y el American Practical Car de Oldsmobile. La Motor City, o Motown, llegó a ser una metrópolis multicultural de cerca de 1,8 millones de habitantes en 1950. Paradójicamente, en ella nacieron o fueron propulsadas estrellas que llevaron la cultura estadounidense a la estratosfera del consumo y que romperían récords de veneración inimaginables. Tan sólo la famosa disquera Motown (fundada en Detroit por Berry Gordy Jr. en 1960) produjo a los Jackson 5, Stevie Wonder o Marvin Gaye. Fue en Detroit también donde Aretha Franklin comenzó a cantar. La misma Madonna nació en la periferia en 1958 donde se crió y comenzó sus estudios. Pero a partir de los años 70, Detroit se perfiló hacia la ruina. Cuando Sixto empezó a escribir en las calles ahogadas por la nieve o la bruma, la ciudad ya era un desierto. Sin dejar guitarra y pluma, tuvo que subsistir como sus padres y otros tantos miles de migrantes mexicanos, sometidos a la industria del estado de Michigan. Se dedicó a la albañilería, a la reparación de techos, a la demolición, a la excavación. Nunca acumuló riquezas ni entrevistas con periodistas. Vivió en la inner city, trabajando y escribiendo sus canciones ácidas, en el anonimato.

Su ciudad tiene hoy en día la tasa demográfica negativa más alta del país; ha perdido más de un millón de habitantes en 50 años. Su industria se ha venido abajo. La semana pasada se declaró en bancarrota. El abandono, el deterioro de centenares de viviendas vacías, escuelas arrasadas, parques corroídos, son el paisaje común de esta tierra baldía. Aquí parece que la suerte de Rodríguez corrió río abajo, a la par de la insostenible decrepitud de su ciudad natal. ¿Cual fue la razón del rotundo fracaso de su álbum, del rechazo a un talento así de claro? Es una de las preguntas fundamentales que preocupan al realizador, y no tanto al autor, de Sugar Man.

Tal vez su tiempo no había llegado todavía. El trono de la folk music estadounidense ya estaba ocupado por otro joven poeta talentoso, cuya voz aún resplandece, inolvidable, Bob Dylan. Tal vez sus letras y sus tonadas tenían un color demasiado crepuscular para entonces. Tal vez su actitud vital y su discreción no iban de la mano con la exhibición fiera del rock. O acaso le faltó el arrojo inventivo de ciertos instrumentos en su época, la electricidad punzante de Hendrix o el lirismo cálido de Santana.

En La Gaya Ciencia, Nietzsche narra el asombro enmudecido de la multitud ante los disparates de un loco que – linterna en mano – corre buscando a Dios y augura el vacío de su muerte, de su desaparición. Como parábola del eterno retorno y del futuro mundo mega-industrial donde gobiernan los dioses de la tecnología y la realidad aumentada, el loco se queda hablando solo: “Vine demasiado pronto, mi tiempo no ha llegado todavía.” En medio de las últimas calamidades del joven siglo XXI y el inconformismo demostrado en varios rincones indignados del planeta, la música de Sixto Rodríguez ha vuelto. ¿La podremos asimilar ahora? Algo nos puede recordar este “Establishment Blues”:

The mayor hides the crime rate

council woman hesitates

Public gets irate but forget the vote date

Weatherman complaining, predicted sun it’s raining

Everyone’s protesting, boyfriend keeps suggesting

you’re not like all of the rest.

 

Garbage ain’t collected, women ain’t protected

Politicians using people, they’ve been abusing

The mafia’s getting bigger, like pollution in the river

And you tell me that this is where it’s at.

Woke up this moming with an ache in my head

Splashed on my clothes as I spilled out of bed

Opened the window to listen to the news

But all I heard was the Establishment’s Blues.

A Rodríguez lo escuchamos en el sur de Francia el verano pasado. A sus 70 años de edad, nos tuvo en vilo durante más de dos horas. En el escenario la figura es irreal. Sostiene la guitarra muy baja, con dificultad, canta encorvado. De vez en cuando, el guitarrista y arreglista a su lado le guía la mano hacia el vaso. Sombrero negro de ala, gafas oscuras, su rostro apenas se ve. Es posible que esté quedando ciego. A cada sorbo una canción y la timidez del músico al que aclama un mundo que sólo existía en tinieblas. A Sixto le gritaron “I love you!” al unísono, varias fans. “Sé que es por el alcohol, pero yo también los amo”, responde. La ovación de la sala de conciertos todavía lo incomoda y busca su vaso. Después de cuarenta años de anonimato, al fin ha llegado la fama, las horas de gira, los autógrafos, los gritos y las increpaciones fanáticas, ¿la justicia poética? Es tarde para Rodríguez. Es tarde para el obrero de Detroit al que ahora quiere resarcir el destino.

 

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En el mes de julio, la editorial Era sacó a la venta la edición conmemorativa de una de las novelas mexicanas más brillantes de los últimos años: Las batallas en el desierto de José Emilio Pacheco, publicada por primera vez en 1981.

Para celebrar treinta años (y contando) del lanzamiento de esta gran crónica de la infancia en la ciudad y su posterior deterioro, el libro – inteligente colaboración entre Era y la Fonoteca del INAH – viene ilustrado con fotografías de Nacho López, posiblemente el mayor cronista gráfico del siglo XX mexicano. El fotógrafo que retrató, exactamente, la época de los cincuenta en la que transcurre la historia de un amor imposible y la conciencia de un mundo que va borrando, inexorable, el tiempo. Son los años en que empiezan dos vidas adolescentes: la de Carlos – el personaje principal – y la de José Emilio Pacheco, que recorrería este espejo años más tarde.

En la portada aparece el eterno organillero citadino mirando el flujo de la avenida Juárez, o tal vez el vacío de las horas de una repetitiva melodía. El Harmoni Pan – que aún vemos en esquinas y semáforos – se lee en esta foto como el símbolo del pasado mexicano luchando contra su propio olvido. Sobre una perspectiva que levanta la acera, algunos caminantes nos dan la espalda, y, al fondo, el hemiciclo coronando la luz moribunda de la avenida. La fotografía de portada, que es un preciso espejo de la novela, ya nos habla de tradición y modernidad, del fin del mundo rural a costa del urbano, pero sobre todo – y el blanco sobre negro como la tinta – de un ritual de la memoria para recobrar lo perdido.

¿Qué implica entonces haber decidido acoplar fotografías de época a un texto de ficción, a una escritura que se duele y que a la vez celebra la destrucción provocada por el tiempo? ¿De qué manera las fotografías ilustran al lector, modifican su mirada, la completan o la empobrecen? Solemos decir, por regla general (y si están de acuerdo), que las adaptaciones de cine son peores que sus originales. O bien, que las imágenes recibidas desde la pantalla nos impedirán recrear o imaginar nosotros mismos la narración. Por esto la consigna suele ser: “no veas tal o tal película antes de leer el libro”. En este sentido, fotografías e imágenes fijas serían, de alguna manera, una traba para la libertad imaginativa.

En las conferencias magistrales de sus Lecciones americanas (1985), Italo Calvino distinguía dos modos de funcionar de la imaginación del lector: “uno parte de la palabra y recae en la imagen visual, el segundo nace de la imagen para llegar a la expresión verbal”. Explicaba Calvino cómo, al leer, las palabras, según su eficacia, nos conducen a observar escenas con mayor o menor claridad. La imaginación, en este caso, se asemeja a un proceso cinematográfico, pantalla interior (acaso muro de la caverna) donde se proyectan sin cesar imágenes. El escritor italiano se preguntaba entonces por la primacía de la imaginación visual ante la articulación verbal, ordenada, del lenguaje, y por tanto de la literatura. Descubría así, en su propio proceso creador, que la imagen siempre llega primero. Aprovechando de la metáfora, que desde hace siglos, ha encarnado a la poesía, el autor de Las ciudades invisibles llega a la siguiente conclusión: la imaginación es un lugar donde se presiente lluvia, llueve a mares, y llueven imágenes. Vuelvo a notar el acierto de este libro: si escuchamos a Calvino, la combinación texto-imagen no solo amplía la lectura, es un modus operandi de la conciencia. En este caso, las fotografías de Nacho López no pueden más que enriquecer la narración de la vida temprana de Carlitos y de la sociedad que lo atormenta.

Sin embargo, no podemos detenernos en la cápsula de tiempo fijo de las fotos de aquella ciudad rodeada de vistosas montañas (ahora, sólo cuando la lluvia nos lava el cielo defeño las podemos avistar, al fondo, azuladas). Ante el lector de esta nueva edición, las fotos deben, no fijar, sino poner en movimiento su imaginación y recrear en el cine de la mente esos pasajes inolvidables, que inunden cada vez más los libros de texto: “Miré la avenida Álvaro Obregón y me dije: Voy a guardar intacto el recuerdo de este instante porque todo lo que existe ahora mismo nunca volverá a ser igual. Un día lo veré como la más remota prehistoria.” Además de ser un gran incentivo de lectura, la fotografía tiene la propiedad de la exactitud, de la certeza histórica. Para Roland Barthes, significa un mensaje sin código, una analogía perfecta, más aún, una total denotación de la realidad. Esto tiene sus virtudes y también su parte de angustia, de asfixia. Sabremos que las calles por donde pasea Carlos son exactamente aquellas que vio y retrató Nacho López tras su lente. Fríamente, tendremos esa certeza -acaso genial- de que las cosas fueron tal y como se ven. Sin embargo, un poema del mismo José Emilio Pacheco, nos recuerda la consecuencia terrible de tener entre manos estos objetos que archivan la realidad de la luz y de las sombras:

Cosa terrible es la fotografía.

Pensar que en estos objetos cuadrangulares

yace un instante de 1959.

Rostros que ya no son,

aire que ya no existe.

Porque el tiempo se venga

de quienes rompen el orden natural deteniéndolo

las fotos se resquebrajan, amarillean.

No son la música del pasado:

son el estruendo

de las ruinas internas que se desploman.

No son el verso sino el crujido

de nuestra irremediable cacofonía.

Esta denuncia “Contra la Kodak” plantea el problema de la memoria humana, sustituida por la implacable verdad que muestran las imágenes. Cuestión similar a la del hilo conductor de Las batallas: “Me acuerdo, no me acuerdo […]”. Ciertamente, el valor histórico -supuestamente objetivo- de la fotografía pierde importancia frente a la angustia existencial del paso del tiempo como fuerza destructora. Ese problema lo resolverá tal vez el lector con más o menos dosis de literatura y fotografía. Habrá que considerar también la advertencia que nos hace aquí la voz poética: la vida humana ahogada por la invasión de las imágenes. Marc Augé, antropólogo de la sobremodernidad (“surmodernité”) y escritor audaz, ha visto en la incesante circulación de la información y de las imágenes, un espectáculo alienante y aterrador. Según el francés, las tecnologías de la comunicación moderna buscan:

[…] abolir cualquier tipo de distancia, eludir los obstáculos del tiempo y del espacio, disolver el misterio de la palabra, las dificultades de la relación, las incertidumbres de la identidad o las dudas del pensamiento. Relegadas en varias pantallas, las evidencias de la imagen como el peso de la ley instauran la tiranía del presente perpetuo. (traducción personal)

En la era del internet y las telecomunicaciones enajenadas, el arma de doble filo de las tecnologías nos queda cada vez más y más presente. Los aportes del foto-reportaje al periodismo o la foto-novela a la literatura no me parecen estar en jaque, aún en los albores del siglo XXI.

Volviendo a la publicación, su antecedente más directo podría ser aquel impactante testimonio urbano que el lente de Pablo Ortiz Monasterio plasmó en La última ciudad, publicado en 1986. Comentado por Pacheco (en una suerte de epilogo), este libro fotográfico daba a ver, con toda la denotación, aquella ciudad sumergida en la crisis de un país entero, allanada por columnas de polvo y hierro, jóvenes armados, suburbios desolados, niños abandonados, y de aquí allá el salto de una juventud alarmada, preocupada por la situación de su ciudad y su identidad en vilo. Era la misma ciudad, la de principios de los ochenta, en la que el autor de Las batallas iba buscando las palabras para su novela y desempolvaba el pasado que quería recrear. En aquel prólogo, Pacheco observaba ya la cercanía de la escritura con la del cliché fotográfico: una escritura de luz y sombra. También celebraba el poder de la cámara de Monasterio para espejear la realidad y declaraba que ese arte fotográfico aseguraba “el triunfo de la luz en medio del corazón de las tinieblas”.

Ahora, treinta años después, otra vez podemos observar el triunfo de las  escrituras de luz que han juntado a José Emilio Pacheco y a Nacho López. Bastante luz también a los que le otorgaron al poeta mexicano el Premio Alfonso Reyes del Colmex que recibió este 13 de octubre.

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