Si hay un país que preserva una tradición literaria que disfruta de la reflexión en torno al propio pensamiento, es Italia. Gabriele D’Annunzio e Italo Svevo encabezan una lista considerable de escritores que han dedicado páginas a la reflexión en torno a la monotonía del mundo burgués, la hipocresía de las élites y los efectos del remordimiento, la traición y la sed de venganza en la mente humana. En esta dirección, actualmente Europa especula sobre la identidad de Elena Ferrante –seudónimo de un(a) escritor(a) cuya verdadero nombre se ignora–, quien ha trasladado el ejercicio reflexivo de las clases altas a un barrio pedestre del sur italiano.

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Las novelas napolitanas de Ferrante abandonan las reflexiones en torno a la frivolidad y el tedio para dirigirse a la extorsión, el derecho de piso, la pobreza y, de manera especial, la violencia cotidiana contra las mujeres. La historia central, reunida en cuatro libros, gira alrededor de la amistad de dos amigas quienes, a lo largo de varias décadas, deben enfrentar no lo sólo la incertidumbre económica y política de la segunda posguerra, sino el machismo y las jerarquías sexistas de su comunidad.

Las novelas evidencian cómo los poderes fácticos –crimen organizado, sindicatos, Iglesias– afectan de manera acentuada a las mujeres. Frente a un Estado ausente, la injusticia y la violencia suelen ser devastadoras con ellas. Asimismo, a través de la vida de las dos protagonistas, nos percatamos de que en sociedades tradicionales como esa, suele haber una mayor exigencia moral y ética a las mujeres. Dicho estándar valorativo –por supuesto, de lo más hipócrita– se incrementa incluso cuando escalan socialmente con base en sus propios méritos: la sociedad napolitana no perdona a la mujer exitosa, sea que triunfe en los negocios o en la academia. En el Nápoles de Ferrante, como en México, se presume que la mujer debe desempeñar una mera labor de testigo o cuantimás de cómplice, pues a la que muestra cierta independencia  o liderazgo se le exilia socialmente. Cuando una hija o una hermana no cumple con el rol tradicional que se le impone se le expulsa del imaginario familiar y se le convierte en un fantasma. Dentro del pequeño barrio, todos los perfiles y sentimientos humanos se retratan: la envidia, la soberbia, la magnanimidad. Aparecen también los personajes masculinos, quienes ilustran los enormes complejos que existen detrás de la infidelidad, los celos absurdos y la violencia doméstica.

Ferrante posee la habilidad para transformar pequeños eventos privados en temas de reflexión pública. De la habitación marital nos traslada al machismo que existe en el mundo académico. Del acoso sexual callejero al debate sobre la colonización que ejerce el pensamiento masculino. En la tetralogía aparecen los remanentes del fascismo, el asesinato de Aldo Moro, la amenaza del terrorismo y la Camorra. Una revisión de la segunda mitad del siglo XX italiano.

Las novelas son también una fina radiografía de las amistades duraderas. En un escenario como el antes descrito es indispensable encontrar una persona con quien compartir lo sufrido y frente a la cual desahogar la furia autocensurada. La amistad se transforma así en un refugio para solventar el machismo, la violencia y la inequidad.

La serie arranca tibiamente con el libro dedicado a la infancia de las protagonistas: la génesis de su amistad y el recuento de las primeras tragedias compartidas. Le sigue, a mi juicio, el mejor texto de la saga: “The Story of a New Name”,1 donde Ferrante da cuenta de la sumisión de la mujer a los ritos maritales y a los rituales domésticos en las sociedades tradicionales. Inquiere sobre el significado del abandono que hace la mujer al propio nombre y lo que supone la adopción de otro. ¿De qué prescinde real y simbólicamente  la mujer al dejar su apellido? ¿Qué desaparece? ¿Hay algo de ella que se disuelve con el nombre que deja? En los libros tercero y cuarto la autora escarba en la cuestión y se pregunta si una mujer puede calcular a priori y con certeza –y con justicia– los costos de decisiones como el matrimonio, la procreación y el desarrollo profesional.

A lo largo de los cuatro volúmenes cotejamos las personalidades disímbolas de las protagonistas. Sobre todas las cosas, somos testigos de la complejidad de las relaciones entre dos personas cuando se han compartido eventos sumamente intensos. La riqueza del retrato es que dista de la imagen idealizada que solemos atribuir a la amistad. Ferrante nos descubre que el amor y el cariño son compatibles con la envidia y la crueldad. Preguntémonos: ¿es humano hallar cierto placer en la desgracia del ser querido?

Cuando tenemos el privilegio de contar con un amigo excepcional advertimos en nuestro interior una suerte de deuda permanente.  En ese caso, lo mejor que podemos hacer es escribir sobre él, ya que, inevitablemente, más pronto que tarde se esfumará y solo quedará el testimonio que dejemos sobre sus virtudes, defectos y contradicciones. Quien esté detrás del nombre Elena Ferrante lo ha hecho de manera sobresaliente en estos cuatro libros.

La amiga estupenda, Lumen, 2012.

Un mal nombre, Lumen, 2013.

Las deudas del cuerpo, Lumen, 2014.

La niña perdida, Lumen, 2015.

 


1 En italiano, “Historia del nuevo apellido”, traducido al inglés como “The Story of a New Name” y al español como “Un mal nombre”.

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La literatura, como las personas, difícilmente puede ser la misma después de una guerra. Las implicaciones a nivel individual y colectivo son vastas y sobrevienen al paso del tiempo. Circunstancias como la desaparición de un hijo, las ejecuciones múltiples o la migración forzada impactan de tal forma la existencia de un ser humano que resulta imposible sustraerse a la angustia y al dolor que provocan en el contexto de un conflicto armado prolongado.

No obstante, aún en los escenarios más violentos, la reacción creativa es impredecible. En sus momentos más ásperos produce, por supuesto, crónicas lúgubres y descarnadas, pero no pocas veces genera relatos con cierta dosis de esperanza e inclusive puede despertar el humor mordaz frente a la desgracia propia o ajena.

A todos nos falta algo reúne cuentos que retratan el país en que se ha convertido Croacia a raíz del proceso bélico que la escindió de Yugoslavia. El editor Roman Simić Bodrožić nos presenta una interesante mezcla de autores, quienes, a partir del 2000, se han encargado de reinventar el relato corto croata a la luz de la posguerra y su incorporación plena al mundo occidental.

Frente a todo episodio traumático, la evocación de los horrores es inevitable. Las historias de Neven Ušumović y del propio Roman Simić Bodrožić —en mi opinión las más destacadas del compendio— dan cuenta de las desapariciones, las familias rotas, el éxodo para escapar de la guerra (“éramos reses descuartizadas que había que pasar de contrabando”), las atrocidades que padecen los refugiados en el país destino (“nos recibían como una especie de carroña sucia”), las torturas y las mutilaciones padecidas por miles de croatas durante su guerra de independencia (1991-1995).

Por su parte, Olja Savičević Ivančević y Damir Karakaš nos recuerdan que la guerra y la persecución obligan a la simulación permanente, a disfrazar los gustos, abandonar a los seres queridos y a sacrificar los proyectos propios en aras de la supervivencia. Sus relatos describen con detalle la crudeza de vivir en la guerra, pero, sobre todo, lo insoportable que es vivir después de la guerra, cuando ésta se ha llevado un padre, un plan de vida o la dignidad de una persona.

Otros autores, en cambio, sugieren que la realidad —como la ficción— es tan misteriosa que aún en los peores momentos suelen aparecer circunstancias y personajes extraordinarios. Zoran Pilić, en un cuento estupendo, nos revela que aún nuestros enemigos más odiados pueden tener destellos inusitados de bondad y empatía. La guerra atrofia pero también sorprende; a algunas personas las hace más fuertes, mientras que a otras los hace más sensibles y, en ocasiones, ambas cosas a la vez. El gran mérito de Roman Simić Bodrožić es haber reunido una variedad de cuentos que ejemplifican las diversas reacciones —pesimistas, alegres o indiferentes— que pueden tener viejos, jóvenes, ricos y pobres frente a la violencia que todos atestiguaron.

Por último, surgen las inquietudes propias de una separación política una vez que el trance violento ha sido superado (¿se supera alguna vez el trauma de una guerra?). Ante el nacimiento de un nuevo Estado se erigen las grandes incógnitas frente a las oportunidades que brinda el proceso de reconstrucción. ¿Qué país desean habitar los jóvenes después de padecer un régimen autoritario, intolerante y temeroso del exterior? En este contexto, varios relatos del volumen describen las vicisitudes que enfrentan los croatas al ingresar a un nuevo mundo: la aparición del libre mercado (Zoran Malkoč); la celebración de la diversidad sexual (Maja Hrgović); el escape del protocolo religioso tradicional (Zoran Ferić), y la libertad para elegir dónde y con quién se compartirá el lecho (Robert Perisić).

A través de sus historias, Croacia muestra ser una nación viva y pujante. Sin embargo, los estragos de la dura violencia que sufrió durante un lustro están todavía presentes, como es entendible, en algunos de sus prejuicios, aspiraciones y, de manera particular, en sus añoranzas. Finalmente, como escribe Zoran Pilić, a toda guerra se le recuerda más por los que no volvieron. Sea en Croacia o en México, la violencia arrebata vida y es menester buscarla. Qué mejor que en la buena literatura.

Después de leer esta antología del cuento croata es imposible no hacer un paralelismo con la realidad mexicana. La exacerbada violencia (y la melancolía y la indignación y la impunidad) mostrada en algunos relatos constituye un espejo nítido del contexto que atraviesa actualmente nuestro país. Cuando Roman Simić Bodrožić escribe: “A todos nos falta algo, a algunos un padre, a otros una ciudad…”; “¿Dónde queda el lugar en el que nacieron, el lugar en el que murieron, dónde están sus historias, el esfuerzo que dejaron atrás? ¿Dónde están sus hijos?”, no resta sino contemplarnos en dicho espejo y comenzar a buscar palabras para describir lo que México está viviendo en estos tiempos.

 

Roman Simić Bodrožić (compilador), A todos nos falta algo. Antología del cuento croata, Cal y arena, 2014.

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En el inicio, la página en blanco. La parálisis al escribir. El deseo, la urgencia de manifestarse por escrito pero la incapacidad para plasmar una idea en el papel. La angustia descrita y agotada por Josefina Vicens en El libro vacío. Más adelante: la luz. Las palabras. Las frases coordinadas. El alivio. Y, finalmente, superada la vacilación inicial, el encuentro con la propia creación.

La primera voz de A la intemperie —jamás sabremos si se trata de Aline Pettersson (ciudad de México, 1938) o de otra escritora— recorre a plena conciencia este camino. Trabaja con ahínco para colmar su obsesión por la escritura y, una vez satisfecha la ansiedad, se halla turbada por el mundo y los personajes que ha construido a través de su relato. La súbita confrontación con el protagonista, un novelista exitoso a las puertas de la vejez, sirve de marco para que Pettersson explore los enigmas de la creación literaria y rastree la compleja relación que subsiste entre todo autor y los personajes a los que va dando vida.

Escrita a tres voces paralelas, a la manera de Diario de un mal año de J. M. Coetzee, la novela de Pettersson sugiere que, lejos de ser dueño de sus personajes, un escritor es cautivo de ellos a partir del momento en que comienza a trazar sus rasgos básicos. Más que delinear la personalidad de sus poseedores, dichos rasgos marcan al autor y coartan su libertad para determinar el destino de los protagonistas de su historia. A partir de la primera descripción que hace de su personaje, al escritor ya no le es permitido visualizar el mundo desde el exterior, sino que está obligado a verlo a través de los ojos de su invención.

Cuando la voz ha decidido crear un personaje de 73 años sabe que se ha atado las manos.  No puede evitar confrontarlo con la desazón que provocan los estragos de la vejez: la pérdida paulatina de la memoria, los achaques, las fallas corporales. La narradora siente compasión por su creatura, duda en torno al futuro que debe darle, pero, por más que lo compadezca, no puede evadir el deterioro mental y físico que experimenta una persona de esa edad. De tal suerte que Pettersson, ya rehén de su personaje, se advierte enfrentada a un relato en el que es imposible obviar el transcurso del tiempo y sus secuelas.

El otrora novelista celebrado y omnipotente, es ahora vulnerable y dubitativo. Los éxitos de antaño se desvanecen poco a poco y sólo perdura la nostalgia por el pasado, los experimentos de juventud, la fecundidad literaria, la diversión irresponsable. Al percatarse de que todo cuanto apreciaba —riqueza, fama, belleza— es transitorio, no tarda en ser presa del hastío, la desazón y una profunda crisis existencial.

Desde la fragilidad que añora la plenitud perdida, una segunda voz acalla la primera y lanza preguntas que nos son tan cercanas como incontestables: ¿qué nos da a cambio el transcurso del tiempo? ¿Satisfacción o tedio? Al perder paulatinamente la memoria, ¿extraviaremos también la aptitud de amar y la capacidad de disfrutar la vida? En las vísperas de una senectud enferma, ¿miraremos nuestras glorias pasadas con placidez o con amargura? Llegado el momento, ¿optaremos porque la gente querida sea testigo de nuestra decadencia o la mantendremos a distancia?

Una vez registrada la primera frase, escritor y personaje quedan a la intemperie. Ambos se tornan desguarnecidos ante los designios arbitrarios de los primeros tecleos. Frente a las teorías ortodoxas del autor todopoderoso, Aline Pettersson nos recuerda, con Borges, que, al igual que la pieza, el jugador es prisionero del tablero.

 

Aline Pettersson, A la intemperie, Alfaguara, México, D. F, 2014.

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En el otoño de 1784, Immanuel Kant advertía en su célebre ensayo sobre la Ilustración que una persona que no ejercía plenamente su libertad y su razón estaba condenada a la minoría de edad. Dicha condición significaba la incapacidad  para servirse del propio entendimiento y estar siempre sujeto a lo que pensaban los demás. Al respecto, Kant identificaba a la pereza y a la cobardía como las causas por las que hombres y mujeres continuaban cómodamente en dicho estado, en abandono de su vocación crítica.

Nutriendo esta línea de pensamiento, Cristóbal Pera —reconocido médico y humanista— ha reunido en La persona culta una serie de textos que, en conjunto, conforman una cuidadosa anatomía de aquel individuo que, dotado de ciertas dosis de curiosidad, lectura y erudición, sostiene una inquebrantable actitud crítica frente a todo lo que lo rodea.

Para llevar a cabo este ejercicio quirúrgico, el doctor Pera parte de una metodología dual, tomando como referencia el cuerpo humano (desde fuera y desde dentro), con el fin de elaborar una cuidadosa disección del perfil de la persona culta y examinar, con igual cuidado, cada una de las condiciones que amenazan su existencia y autenticidad.

Pera inquiere e investiga qué implica hoy día ser una persona culta. Disgrega cada una de sus características esenciales con la meticulosidad de un cirujano y se pregunta cómo mantener vivo el espíritu crítico ante la seducción de lo frívolo y lo efímero que nos ofrece el mundo actual.

En opinión de Pera, la persona culta es una especie en peligro de extinción, que vive hoy amenazada ya no sólo por su propia desidia, sino por un conjunto de condiciones derivadas de la posmodernidad que tienden a menoscabar su espíritu crítico. En este sentido, la persona culta es propositivamente una especie vulnerable, pues debe, con plena conciencia, rechazar cualquier tipo de “protección” derivada del poder. El individuo debe mantenerse alerta frente a todo producto cultural con fines políticos, religiosos o ideológicos que busque dogmatizarlo, así como frente a las identidades colectivas que pretenden subsumirlo y nublar su juicio. La persona culta debe guarecerse de la oferta cultural actual, “desbordante y agresiva”, que privilegia lo superficial sobre lo profundo, la velocidad sobre el sosiego y lo cuantitativo sobre lo cualitativo, características que, en palabras del autor, son más propicias al entretenimiento que a la perfección del individuo.

En suma, la persona culta está condenada a un permanente estado de crisis, pues debe conducirse como un ser “no protegido” frente a toda clase de presión o poder externo que pretenda intervenir su libertad de pensamiento o limitar su capacidad crítica. Paradójicamente, sugiere el doctor Pera, la supervivencia de la persona culta deviene de la preservación de su marginalidad y el rechazo a cualquier cuidado o patrocinio externo.

A través de sus ensayos, Cristóbal Pera lanza numerosas interrogantes y sugiere diversas rutas para ahondar en sus planteamientos relacionados con esta criatura en peligro de extinción. ¿Convertirse en una persona culta es necesario o es un lujo? ¿La persona educada debe privilegiar la cultura humanística o la científica? ¿Puede existir una erudición superficial?

Una virtud del libro es que cada capítulo ensayístico pude leerse de manera independiente. Cada texto tiene profundidad y sentido propios y se presenta acompañado de autores, citas y frases escrupulosamente seleccionadas. En esta dirección, La persona culta es también un recorrido por reflexiones memorables de Ortega y Gasset, Steiner, Russell, Coetzee, Zweig, entre muchos otros humanistas, filósofos, escritores y artistas.

Pese a las múltiples contrariedades que enfrenta el aspirante a culto en estos tiempos, el doctor Pera vislumbra cierta esperanza en la lectura, el diálogo franco, la buena conversación y, sobre todo, en la preservación de la solidaridad entre las personas como valor universal. Finalmente, como sostenía el propio Kant, el ser ilustrado no teme a las sombras.


Cristóbal Pera, La persona culta, Cal y arena, México, D. F., 2014, 212 pp.


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La casa de bambú

La casa de bambú. Una historia de agravios y rebeliones.

Saúl López de la Torre
Cal y Arena, 2011, 475 p.

 

A las víctimas de la guerra sucia no sólo se les ha negado el acceso a la justicia sino que durante mucho tiempo han carecido de un foro para exponer una visión propia de los acontecimientos que marque distancia tanto de la historia oficial como de la propaganda militante. Saúl López de la Torre rompe este mutismo y nos regala La casa de bambú, novela que sigue los pasos del movimiento guerrillero en México durante los años setenta.

De la mano de una prosa ágil, rica en olores, sonidos y sabores, el autor describe la situación precaria que calaba varias zonas del país hacia finales del siglo XX. Lugares remotos a donde los medios dignos para subsistir, los servicios públicos indispensables y el reparto agrario llegaron (si acaso) con décadas de retraso. Dicha marginación, en sintonía con la absoluta cerrazón política, la entronización de caciques, paramilitares y la complicidad del alto clero, precipitó el surgimiento de la guerrilla mexicana.

Entre las bases de apoyo y la dirigencia guerrillera encontramos a los protagonistas del relato: campesinos, profesores normalistas, párrocos rurales, estudiantes de agronomía. El recuento de sus vidas da luz sobre combates, afrentas y emboscadas en pueblos y rancherías. Nos devela las reglas en torno a la clandestinidad y el reclutamiento en la sierra, la estructura territorial del movimiento y las técnicas de la guerra irregular. A través de las páginas de La casa de bambú atestiguamos el encono entre los agentes estatales y los rebeldes, así como las venganzas in crescendo entre militares y guerrilleros, que en muchos casos rebasaron cualquier escala de violencia anteriormente concebida.

López de la Torre relata las atrocidades perpetradas por el ejército: las torturas inimaginables y la devastación de comunidades. Los pormenores que hoy se olvidan cuando se habla de las fuerzas armadas. No obstante, a pesar de las contundentes denuncias, La casa de bambú no constituye una apología de la violencia subversiva.  Mucho menos se trata de una idealización de la guerrilla. Por el contrario, los personajes de López encarnan las contradicciones internas de las organizaciones guerrilleras, su férrea ideología, sus dogmas, su falta de madurez política y su intolerancia frente a cualquier desviación o lectura revisionista del “pensamiento revolucionario”.

En efecto, La casa de bambú tiene el doble valor de denunciar las brutalidades consumadas por el régimen (entonces provisto de un órgano de inteligencia ineficiente y una fuerza armada sin controles, ambos lesivos de los derechos humanos más elementales) y, simultáneamente, señalar las carencias de los cuerpos guerrilleros. Con esto último, sobre todo, López de la Torre rompe paradigmas, pues se atreve a cuestionar ciertos tabúes en torno a movimientos que tradicionalmente han sido idealizados. Refuta el aura de perfección y la superioridad moral que los rodea (sólo alguien con la historia personal del autor podría hacerlo con tal precisión y legitimidad). Devela la distancia entre demandas sociales legítimas y exigencias abstractas como “derrotar a la burguesía” o instaurar una dictadura sobre las “clases reaccionarias”. Acusa que la devoción de muchos de sus integrantes por “la Revolución” los llevara a justificar cualquier conducta, así superase en crueldad a ciertas infamias gubernamentales.

En este sentido, La casa de bambú se coloca en la línea de lo que han publicado recientemente –con diferentes tonos y argumentos- José Woldenberg y Luis González de Alba, entre otros, respecto de la izquierda mexicana. Una visión autocrítica –jamás legitimadora del régimen autoritario, por supuesto- que ha contribuido a generar un análisis más certero de los sucesos nacionales. Este tipo de acercamientos, lo sabemos, suelen ser cuestionados, e incluso satanizados, por quienes aún consideran que hay movimientos o corrientes intocables, sobre la cuales no debe discutirse, pero no hay duda que un tratamiento más abierto del tema que se trate enriquece el debate.

A la vez, empero, el autor se asegura que nunca perdamos de vista que se refiere a regiones que muestran cien años de atraso con relación al resto del país. De ahí que las aparentes insuficiencias palidezcan cuando nos topamos con la imperante marginación y la miseria. Entre las páginas de La casa de bambú advertimos la situación que apremió a los inconformes cuando las puertas estuvieron cerradas no solamente para la participación política sino inclusive para la mera subsistencia. De ahí la valía de la primera novela de López de la Torre. Nos hace pensar. Nos detona la deliciosa angustia intelectual de entrar en contradicción con nosotros mismos. ¿Cómo responde una comunidad al hambre, a la pobreza, a la represión de las guardias blancas? ¿Cómo poner fin al “orden disparejo de la naturaleza y de las cosas”? ¿Puede ser la violencia una respuesta justificada?

Con el tiempo, el desgaste del movimiento guerrillero desembocó en un repliegue casi total y determinó el brinco a la vida en sociedad de quienes sobrevivieron a la política represiva del gobierno. Para ellos y las víctimas fatales, parece decirnos López de la Torre, nuestro irrestricto respeto; jamás la veneración absoluta, la santificación o el altar.

Es ilusorio que si no subsistió la guerrilla fue porque las cosas mejoraron, pensaría Nicolás Reyes, el cronista de los sucesos de La casa de bambú, “no hay modo de saber cuál será el final específico de esta guerra”, se pregunta ya iniciada la década de los ochenta. Inclusive al día de hoy el proceso no ha concluido, máxime si la mayor parte de los crímenes no han sido reparados. Mientras subsistan los agravios –ignorancia, aislamiento, pobreza- el espectro de la rebelión estará presente.

Alejandro Orozco y Villa. Crítico literario.

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