En esta carta recomendamos un libro que abre la puerta a reflexiones y preguntas casi aterradoras: ¿sobreviviremos si nos mantenemos en el esquema del Estado-nación? ¿Hasta que punto la biotecnología dominará nuestras mentes? ¿Cómo es que la globalización nos ha hecho más desiguales y más destructivos?

Estimado lector que tuiteas con brío, pero miras con recelo a la tecnología:

Hace poco terminé el libro más reciente de Yuval Noah Harari. Sí, aquel historiador que hace unos años osó escribir una “biografía de la humanidad” causando furor en los suplementos literarios de fin de semana. Aquél que con la publicación del bestseller Sapiens en 2014 sorprendió por la frescura y lucidez con la que estudiaba tanto el pasado más remoto como el futuro más incierto. El mismo que es capaz de hilar en cuatrocientas páginas un relato coherente que vincula la extinción de los neandertales con la ciencia jurídica espacial. El mismo que ahora en noviembre podremos leer en una edición que integra la serie panorámica de tres libros que formulan uno de los diagnósticos más ambiciosos y completos sobre nuestra especie y nuestro lugar en la Tierra.

La tercera y más reciente entrega de esa serie, que ahora concluí, 21 lecciones para el siglo XXI, es un libro igualmente provocador e inteligente con el que aborda las problemáticas fundamentales de nuestro tiempo. En sintonía con el texto previo, Homo Deus: breve historia del mañana, Harari elabora un diagnóstico interesante de nuestro presente e identifica con claridad los desafíos actuales de la agenda humana.

Para el historiador israelí, los retos que enfrenta la humanidad ya no son el hambre, las enfermedades y la violencia, fenómenos cuyos efectos más dramáticos han sido controlados en la mayoría de los países a partir de marcos nacionales. Los verdaderos desafíos actuales están relacionados con la tecnología, el terrorismo nuclear y el calentamiento global, hechos de mayor magnitud que requieren un tratamiento mundial para diseñar soluciones capaces de atajarlos.

En opinión de Harari, la convergencia entre el procesamiento masivo de datos y la biotecnología no sólo impactará al mercado laboral —convirtiéndonos a la mayor parte de humanos en entes inútiles frente a máquinas cada vez más sofisticadas— sino que pondrá en predicamento dos de los pilares fundamentales de las democracias contemporáneas: la libertad y la igualdad. Y aquí, estimado lector que ya deberías empezar a preocuparte, está el meollo del libro.

Reflexionemos: al festejar la aparición de un robot, un gadget, una app o un software nuevo no solemos analizar las implicaciones políticas y sociales de dichos “avances”. El desarrollo vertiginoso de la tecnología rara vez se acompaña de una reflexión ética o social. ¿Qué sucede cuando alguien —pensemos, por ejemplo, en una corporación que gestiona una red social— dispone de la capacidad tecnológica para conocer nuestro cerebro y manipularlo? ¿Qué ocurre cuando el algoritmo de un buscador es capaz de detonar mecanismos bioquímicos en nuestra mente para determinar nuestras decisiones? ¿Es válido que una empresa pueda comprar/vender/subastar una lista detallada de nuestras preferencias, gustos y debilidades?  A la luz de la fusión entre el procesamiento intensivo de información y la manipulación de neurotransmisores en nuestra cabeza, la certeza de que nuestro pensamiento es auténticamente libre comenzó a desmoronarse en ¿mi? cerebro.

Curiosamente, a Harari no le preocupa el apogeo de la inteligencia artificial —está  convencido de que humanos y robots podemos cooperar y convivir en perfecta armonía— sino el control absoluto del conocimiento científico y tecnológico por parte de una pequeña élite. En su opinión, la concentración de riqueza, información y poder en un grupo privilegiado le permitirá dominar o “guiar” al resto de la población a través de la innovación científica.

En este sentido, las nuevas tecnologías, lejos de disminuir brechas entre sociedades, ahondarán las diferencias, al grado de dividir a los humanos en auténticas castas biológicas. No será extraño que hacia 2100 los más ricos, quienes tengan el control sobre la ciencia y los datos de los menos favorecidos, sean los mejor dotados, los más sanos y los más creativos, lo que a su vez reforzará su posición de privilegio. ¿Es entonces ilusa la noción de que la globalización nos hace cada vez más iguales?

Te anticipo: la mayor parte de los cuestionamientos que arroja Harari no tiene respuesta. Una de las peores funciones que realizamos los seres humanos es presagiar el futuro, por lo que las consecuencias puntuales del cambio climático o de una crisis nuclear son impredecibles. No obstante, podemos empezar por reconocer que el Estado-nación es el esquema equivocado para enfrentar los nuevos retos. Ninguna nación por sí sola puede resolver el efecto invernadero o el terrorismo cibernético. Para hacerles frente, requerimos asumir una identidad global, compartir reglas éticas generales, así como redoblar un compromiso individual, permanente y cotidiano con la verdad científica —como oposición al dogma y la ignorancia.

Los temas glosados por Harari son sumamente interesantes. No obstante, estimado lector digital, vistos a través del crisol de la realidad mexicana me parecieron un tanto lejanos. Cuando enfrentamos problemas elementales como la fragilidad del estado de derecho, la desprotección de los derechos humanos o el rezago en las políticas educativas básicas, los desafíos globales parecen remotos. Sin embargo, están ahí. Corrijo: están aquí. Una manera óptima de conocerlos es leyendo a Harari.

 

• Yuval Noah Harari, 21 lecciones para el siglo XXI, México, Debate, agosto 2018, 408 p.
• Yuval Noah Harari, Sapiens, Homo deus, 21 lecciones para el siglo XX. Obra completa, Barcelona, Debate, noviembre 2019, 1090 p.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

 

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Recién aterrizada en México, la editorial Caballo de Troya apuesta por los nuevos narradores mexicanos con cuatro novelas de altos vuelos. Las siguientes líneas revisan una de las más prometedoras: Mi abuelo y el dictador, de César Tejeda.

César Tejeda
Mi abuelo y el dictador
Caballo de Troya
México, 2017
408 páginas.


Caballo de Troya nació en España como una suerte de editorial independiente bajo el paraguas del gigante Penguin Random House. Desde 2004, el sello ha tenido como principal objetivo servir de plataforma a nuevas voces literarias, mismas que, sin su apoyo, difícilmente hubiesen encontrado espacio en el catálogo de un conglomerado internacional. Desde entonces, la editorial conjuga virtuosamente la intrepidez literaria de un sello independiente con la capacidad de distribución, difusión y promoción de un gran grupo.

Este 2017, Caballo de Troya hace su presentación en México con cuatro potentes y originales novelas: El emisario o la lección de los animales, de Alejandro Vázquez Ortiz; Matagatos, de Raúl Aníbal Sánchez; Mi abuelo y el dictador, de César Tejeda; y Algunas margaritas y sus fantasmas, de Paulette Jonguitud. En esta dirección, bajo la curaduría de un editor invitado cada año, el sello publicará las obras de noveles escritores convocados a renovar el panorama de las letras mexicanas. La selección de este año corrió a cargo de Rodrigo Castillo, quien otrora encabezara el Fondo Editorial de Tierra Adentro. Para 2018, el editor responsable será el escritor Emiliano Monge.

Caballo de Troya es ya un sello de referencia entre los autores más jóvenes y literariamente ambiciosos. Una editorial para nuevas voces, nuevas narrativas, nuevas literaturas. Desde su creación y difusión en Latinoamérica, ha impulsado las carreras de escritores como Mercedes Cebrián, Elvira Navarro, Fernando San Basilio, Lolita Bosch y Iosi Havilio.

La llegada a México de Caballo de Troya es una buena noticia. Es además doblemente celebrable cuando debuta con la publicación de un libro como Mi abuelo y el dictador. No es frecuente que un escritor tan joven (Tejeda nació en 1984) acuñe una voz distintiva desde su primera novela, Épica de bolsillo para un joven de clase media, y que esta ya esté plenamente consolidada en su segunda empresa literaria.

En Mi abuelo y el dictador, esta voz nos traslada de México a Guatemala en búsqueda de una verdad atávica. Por los caminos de Antigua, Tejeda persigue un mito familiar: ansía recuperar el rastro perdido de su abuelo, acusado de supuesta complicidad en el intento de asesinato del dictador guatemalteco Manuel Estrada Cabrera, pero se topa con los desatinos de la memoria y los caprichos del recuerdo.

A la famosa sentencia de Tolstoi “cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”, Tejeda agrega: cada familia, sea feliz o infeliz, es profundamente injusta con sus antepasados. Sea de manera propositiva o inconsciente, toda familia edita su historia y asigna arbitrariamente roles de héroes y villanos mediante de la construcción de leyendas y medias mentiras. En su ruta hacia “la verdad”, Tejeda se topa una y otra vez con anécdotas exageradas, eventos oscurecidos y acontecimientos inventados.

La alquimia fabricada a través de múltiples generaciones le impide desentrañar el misterioso suceso que lo perturba. Nos advierte: conforme más acudimos a un recuerdo más lo alteramos. Las trampas de la memoria agregan y omiten detalles a discreción. Aquello que nos relatan los abuelos, ¿verdaderamente sucedió? No hay forma de saberlo. ¿Por qué hay personajes idealizados en las familias? ¿Por qué otros son relegados a un segundo plano? ¿De qué depende ser promovido —o exiliado— del árbol genealógico?

Los testimonios y pistas que reúne terminan siendo insuficientes para recrear el episodio. En consecuencia, Tejeda es forzado a escapar de la “tiranía de la verosimilitud” y apuesta por la especulación para completar el rompecabezas. La imposibilidad de sostener cierto rigor histórico, empero, no hace menos valiosa su versión. La imaginación nutre armoniosamente esa voz que nos lleva de paseo por las vidas de bisabuelos y primos lejanos. Como menciona Javier Cercas en Anatomía de un instante, una novela debe derrotar a la realidad precisamente reinventándola. Tejeda coincide en que, frente a la ausencia de información, las licencias no son solo necesarias sino justas. Confirma Cercas, ahora en El monarca de las sombras, que es válido mezclar la realidad con la ficción para rellenar con esta los huecos dejados por aquella. Con este ejercicio creador, curiosamente, Tejeda incurre en el vicio que critica en sus ancestros: la invención, con la que nutre una inagotable y maleable epopeya familiar.

Poseedor de un ingenio perspicaz, Tejeda nos recuerda que en toda familia hay anécdotas prohibidas, personajes de los que es mejor no hablar, preguntas incómodas —incomodísimas—, tabúes. Sobre ellos se agrega, además, la adulteración que provoca la inviabilidad de atenerse a una realidad estricta al momento de transmitir historias de generación en generación. Mi abuelo y el dictador es, ante todo, una reflexión sobre la fragilidad de los sucesos a través del tiempo.

La novela resalta, además, por la relectura de una obra y un autor fundamental de las letras hispanoamericanas, que hoy día están más bien olvidados: El Señor presidente, del Nobel guatemalteco Miguel Ángel Asturias. Mientras que la mayoría de novelistas jóvenes suelen aplicarse en otros ámbitos, Tejeda no solo relee su pasado familiar, sino que al hacerlo revisita la historia de nuestra literatura.

Recibimos con agrado la novela de Tejeda; no es fácil brindar luz y frescura a dos temas que algunos creían agotados en la literatura latinoamericana: las genealogías y la dictadura.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

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Ray Loriga
Rendición
Alfaguara
México, 2017
210 páginas.


Las distopías están en auge. Textos editoriales revisitan semanalmente a autores como Orwell, Bradbury y Huxley para ilustrar lo que ha significado la llegada de Donald Trump a la presidencia o especular sobre las implicaciones futuras de la biotecnología. Philip Roth ha sido evocado una y otra vez gracias a la relectura de su novela contrafactual La conjura contra América (2004), en la que concibe una presidencia conservadora en Estados Unidos que, en 1942, establece campos de concentración en territorio propio y concreta una alianza bélica con los nazis. La prensa nacional e internacional publica a diario vaticinios funestos en torno a nuevos fundamentalismos, desencuentros nucleares y los efectos del cambio climático.

Por su parte, las medios audiovisuales también han apostado por el futurismo y, haciendo gala de presagios lúgubres, han lanzado series de televisión como Black MirrorWestland y, de manera destacada, The Handmaid’s Tale, basada en la novela homónima de la canadiense Margaret Atwood (1985). En dichas series se exploran los límites (o la falta de límites) del mercado, la medicina, la religión, el liberalismo y otros conceptos como la ingeniería biológica, la inteligencia artificial y las tecnologías de la información.

Ray Loriga (Madrid, 1967) contribuye al tormento de la especulación y reflexiona sobre el porvenir de la humanidad en su entrega más reciente, Rendición. La novela —ganadora del Premio Alfaguara 2017— se sitúa en medio de un conflicto armado entre bandos difusos e imprecisos que a ratos parecen incluso intercambiar banderas. Orillados por el trance de la guerra, el protagonista y su familia enfrentan un éxodo al estilo de Cormac McCarthy en La carretera (2006) para buscar reubicarse en un albergue. El campo de acogida al que son conducidos se erige en realidad como una “ciudad transparente”, en la que deben adaptarse a las nuevas normas y empleos que les son arbitrariamente asignados.

Como sucede en la mayor parte de relatos futuristas, la construcción y legitimación del régimen naciente se fundamenta en un implacable control social. Loriga reflexiona aquí sobre el ejercicio del poder y lanza hipótesis sobre los métodos de sometimiento que serán utilizados en una realidad futura. Aquellos que se erijan como autoridad se enfrentarán a dilemas foucaultianos: ¿cómo moldear a los nuevos sujetos? ¿Qué instrumentos utilizar para vigilarlos? ¿Qué métodos emplear para coaccionarlos?

Conforme avanza el relato, Loriga deja de lado el ámbito político para concentrarse en el protagonista y su incapacidad para ajustarse a la nueva sociedad. Se adentra en sus reacciones ante la pérdida de la privacidad, las restricciones a su voluntad y, particularmente, el tedio.

Loriga devela el gran temor a ser simplemente “uno más”. Con ello coloca en el futuro un sentir contemporáneo que parece transformarse en obsesión: el ansia por diferenciarnos. Después de la consagración de la individualidad moderna y las conquistas del liberalismo, lo peor que puede sucederle a un ser humano es perder de su singularidad.

Los individuos admiten la pérdida del patrimonio, la separación de la familia, incluso la restricción parcial de la libertad; pero lo que les parece inadmisible es la uniformidad. Pudiera señalarse que se trata de una uniformidad más bien imaginada, pues los esfuerzos por distinguirse van encaminados a copiar lo mismo que, a su vez, sus congéneres quieren emular. Tramposo narcisismo que orilla a adoptar gustos y peculiaridades que, lejos de diferenciar, homogeneizan.

En el futuro ideado por Loriga es difícil no reconocer una sencilla paradoja: mientras más nos aterra la uniformidad, más nos rendimos ante ella.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

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Algunos han querido ver (y otros se han rehusado) a Colombia como un espejo de lo que acontece en México en términos de inseguridad y violencia. Lo cierto es que, con independencia de que hayan experimentado realidades y fenómenos distintos (por fortuna la guerrilla es marginal y el terrorismo —en su acepción más rígida— no ha aparecido aún en México), las poblaciones de ambos países han padecido una violencia atroz en las últimas décadas. Los mexicanos somos hoy testigos de aquello que, para algunos, podía anticiparse si uno se hubiese asomado al escenario colombiano: los “ajustes de cuentas” entre bandas se transformaron en ejecuciones extrajudiciales y afectaciones a la población civil; el secuestro dirigido a empresarios, en desapariciones forzadas; los homicidios aislados, en masacres; la práctica del chayote, en asesinato de periodistas.

Estos cambios han sido descritos ampliamente en los dos países. Crónica y ficción han dado cuenta de la constante escalada de crueldad en los enfrentamientos entre cuerpos armados, la penetración del narcotráfico en los más altos niveles de gobierno, así como las agresiones a grupos ajenos a las dinámicas criminales, incluidos periodistas y defensores de derechos humanos. No obstante, inmersos en esta vorágine (todo indica que el 2017 será el año más violento de los últimos veinte en México), está aún pendiente visibilizar los efectos sociales de la catástrofe una vez que esta termine. Hasta el momento, el estupor de la violencia ha impedido concebir el desconsuelo que seguirá a este proceso de erosión comunitaria.

En efecto, la descomposición del tejido social será uno de los grandes costos que tendrá la etapa que atravesamos. Los daños a las localidades que han enfrentado un sinfín de crímenes atroces son inconmensurables. El grado de devastación en términos de identidad, confianza y solidaridad comunitarias es algo que comienza a divisarse pero no se ha dimensionado enteramente. Quizá la cercanía con lo sanguinario ha impedido el surgimiento de una sensibilidad que perciba el desgaste de los núcleos sociales más básicos.

Una lectura de la obra del colombiano Evelio Rosero (Bogotá, 1958) nos lleva precisamente a esta desazón latente y permite entrever un futuro que parece no muy lejano para algunas zonas de nuestro país.

En la novela Los ejércitos (Tusquets, 2007) damos un paseo tétrico por un pueblo desolado por la violencia. Rosero describe un sitio que durante lustros permaneció en estado de indefensión y en completo abandono por parte de las autoridades centrales. No sabemos quién acabó con él y sus habitantes: los narcos, la policía comprada, las pandillas, las fuerzas armadas… todos pasaron por allí sin darle tregua. El recorrido nos evoca aquellos lugares que en México han sido sitiados por estos ejércitos, algunos visibles, otros invisibles, y expone los estragos de abandonar una población a su suerte.

Por otra parte, Rosero retrata en En el lejero (Tusquets, 2013) un sitio ultraterreno. Un lugar de habitantes conmocionados por las búsquedas infructuosas de familiares desaparecidos. Un pueblo de miradas muertas, carente de jóvenes. Las ausencias evocadas por la novela sugieren que no hay Estado más perverso que aquel que permite que sus habitantes, literalmente, desaparezcan.

El colombiano descubre en sus extraordinarios relatos ciudades convertidas en conventos, habitantes reducidos a sombras, niños —tempranamente huérfanos— empujados a la vejez, infantes secuestrados antes de nacer. Descripción de regiones que alguna vez fueron prósperas y hoy son parajes inhóspitos. Pero más allá del deterioro físico de los lugares, la prosa de Rosero representa la transmisión del duelo de padres a hijos.

Es difícil predecir el número de generaciones que padecerán las secuelas de vivir entre ruinas. Rosero pregunta: “¿Qué hacer con toda esta muerte que se hereda?”. Es lastimoso visitar lo que vive Colombia pero es más doloroso vislumbrar que México llegará a ese estadio de desesperanza. Perturba pensar que llegaremos al momento en que aquellos que, hastiados de la crueldad y la inoperancia del Estado, increpen a la madre que busca a su hijo:

Y si no va a encontrar a nadie, ¿para qué afanarse? Terminará encadenada como todos, será otro cuerpo más, otro grito gritando nada más, y nadie vendrá a buscarla porque nadie la encontrará, mejor lárguese de aquí, si puede…

¿A dónde?

Evelio Rosero, Los ejércitos, Tusquets, México, 2007.
______, En el lejero, Tusquets, México, 2013.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

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proximamente

Jorge A. Abascal Andrade (compilador)
Próximamente en esta sala. Antología de cuentos de cine
Cal y arena, 2016
Ciudad de México
160 pp.


Para Andrea

Al escribir sobre la génesis visual de Farabeuf Salvador Elizondo refirió: “el libro está constituido por pequeñas imágenes aparentemente inconexas, inclusive imágenes que chocan unas con otras”, a lo que Mariana Elizondo agregó: “[crea] una estructura que rastrea el instante en la memoria y pretende especificarlo hasta su más mínimo detalle”.

La aparente desconexión entre intervalos que pretenden conformar una unidad y la meticulosa obsesión por examinarlos individualmente se antojan ociosas al construir un texto literario —salvo que se trate de un experimento genial como La crónica de un instante de Elizondo—. Sin embargo, parecen condiciones idóneas para amalgamar una compilación de cuentos sobre cine. Qué mejor que un mosaico de textos para mostrar la diversidad en torno a lo que el cine produce y evoca. Recalcar, a través de él, el potencial creativo de los cineastas y, simultáneamente, ahondar en la infinidad de emociones que un filme puede sembrar en el espectador.

La selección de relatos elegidos por Jorge A. Abascal Andrade en Próximamente en esta sala recrea las distintas áreas de confluencia en las que realizadores y espectadores intercambian imágenes y sentimientos alrededor de la experiencia cinematográfica.

El cine ofrece un escape momentáneo al abandono, la soledad y la locura. Las escenas en pantalla brindan recurrentemente consuelo al doliente y refugio al incomprendido. Los cuentos “Non grata” de Mónica Lavín y “Santo niño nalgón” de Eduardo Sabugal revelan que los filmes, en sus distintos planos, representan una oportunidad para visualizarnos en escenarios alternos al mundo, creando utopías para unos e infiernos para otros.

Por su parte, los personajes del cine procuran siempre espacio para una interacción imaginaria: se suele hallar en ellos un acompañante, unalter ego, cuando no un contrincante soso que se asemeja a nosotros mismos. Los personajes cinematográficos se erigen así como una proyección que sobrepasa lo visual. Una lectura de “Compañía” del propio Abascal Andrade o “Contradanza” de Agustín Monreal da muestra de ello.

Como sugiere “Figurantes” de Isa González Bretón, el cine también hace las veces de cómplice. Reproduce el crimen que nos hubiera gustado perpetrar y los excesos que tememos cometer. Encuadra la insensatez que jamás consumaremos. En definitiva, todo el que goza el cine resguarda un secreto en torno él. Alguna película prohibida. Aquella escena bochornosa que nos conmueve inexplicablemente. La pésima actriz que nos seduce. Un roce sugerente en la oscuridad.

La selección de cuentos nos aproxima también al cine como experiencia del espectador. Rememora los antiguos teatros de proyección, el autocinema, los olores —confitados, inconfundibles—, los silencios y murmullos que cohabitan en las salas de exhibición. Los cines son un recurrente espacio familiar y no pocas veces juegan el papel de celestina. La colección da cuenta de ello y más, pues la vivencia cinematográfica no concluye finalizada la película. La experiencia se renueva constantemente. Deviene. Tener presente una película no implica únicamente el recuerdo de la película. Es también el recuerdo propio viendo la película y la constante revisita a lo que experimentamos la primera (y la segunda y la tercera) ocasión que vimos aquel filme al que siempre regresamos. Sobre esos y otros ejes rotan los relatos de Ethel Krauze, Edmée Pardo y “Permanencia voluntaria” de Ave Barrera.

La composición de Abascal Andrade no termina allí. Con una serie de minificciones José Luis Zárate describe el drama que viven algunas estrellas de cine: el actor convertido en personaje aun cuando esté fuera de cuadro. La trágica obligación de representar un papel perpetuo como modus vivendi. Por su parte, el siempre versátil y provocador Alberto Chimal abona un notable texto tríptico para la reflexión.

Como en un texto de Pavić o Cortázar, no importa la secuencia en que se lean los fragmentos de la antología. Tampoco es relevante el número de veces que se visiten. La buena literatura, como el buen cine, trasciende los conceptos de orden y repetición.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

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tus-dos-muertos

Jorge Alberto Gudiño Hernández
Tus dos muertos
Alfaguara, 2016
136 páginas


Las novelas policiacas suelen estar plagadas de muertos. Los cuerpos inertes, desde su pasividad, determinan el curso de los acontecimientos. El inicio de la investigación. Los interrogatorios. La ruta de escape del homicida. El juego sucesorio tras la muerte del capo.

En esta ocasión, sin embargo, el crimen que investiga Cipriano Zuzunaga ha pasado a segundo plano. El policía se encuentra distraído, desvaría. Su mente se ocupa en realidad de las cuentas que debe. Admite finalmente que hay muertos que valen más que otros. Cierto: al convertirse en homicida alcanzó un sosiego que desconocía. Algunas ejecuciones, lejos de atormentar, alivian. No obstante, el suceso ha nublado su juicio. Los muertos son como los amantes: sólo importan unos cuantos, pero cuando importan, ofuscan.

Jorge Alberto Gudiño Hernández incursiona en el crimen urbano de la Ciudad de México y firma Tus dos muertos. Escrita en segunda persona, la novela describe el proceso investigativo que conduce un policía para esclarecer el secuestro del hijo de un diputado. Las jornadas del agente Zuzunaga dan cuenta de la delincuencia común en la periferia de la ciudad: las pequeñas extorsiones, las fechorías de los vagos, la impunidad sin reflectores alejada de los grandes cárteles y el poder del narcotráfico.

De pronto, advertimos que las pesquisas que se desarrollan en la mente de Zuzunaga se dirigen a su conciencia y no al ámbito de su investigación. Cuando se tienen cadáveres a cuestas puedes desaparecer cuerpos y borrar huellas, pero ¿cómo te deshaces del espectro de tu víctima? ¿Cómo olvidar las palabras que dedicaste antes de jalar el gatillo?

Lo mejor del relato es la forma pulida por Gudiño. La prosa ágil y fragmentada del texto recuerda el estilo telegráfico del consagrado James Ellroy. Las frases son balazos. Los párrafos, cápsulas. Lenguaje y estructura recrean con éxito la mente ordenada de un buen investigador. El código ideado por Gudiño es notable.

No hay algo memorable en Cipriano Zuzunaga, policía judicial. Poco se puede innovar en torno al personaje central de una novela negra: solitario, incomprendido, venido a menos y poseedor de una postura siempre ambivalente con la legalidad. Quizá por ello Gudiño sugiere que los protagonistas no son los detectives sino los muertos.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.

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Si hay un país que preserva una tradición literaria que disfruta de la reflexión en torno al propio pensamiento, es Italia. Gabriele D’Annunzio e Italo Svevo encabezan una lista considerable de escritores que han dedicado páginas a la reflexión en torno a la monotonía del mundo burgués, la hipocresía de las élites y los efectos del remordimiento, la traición y la sed de venganza en la mente humana. En esta dirección, actualmente Europa especula sobre la identidad de Elena Ferrante –seudónimo de un(a) escritor(a) cuya verdadero nombre se ignora–, quien ha trasladado el ejercicio reflexivo de las clases altas a un barrio pedestre del sur italiano.

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Las novelas napolitanas de Ferrante abandonan las reflexiones en torno a la frivolidad y el tedio para dirigirse a la extorsión, el derecho de piso, la pobreza y, de manera especial, la violencia cotidiana contra las mujeres. La historia central, reunida en cuatro libros, gira alrededor de la amistad de dos amigas quienes, a lo largo de varias décadas, deben enfrentar no lo sólo la incertidumbre económica y política de la segunda posguerra, sino el machismo y las jerarquías sexistas de su comunidad.

Las novelas evidencian cómo los poderes fácticos –crimen organizado, sindicatos, Iglesias– afectan de manera acentuada a las mujeres. Frente a un Estado ausente, la injusticia y la violencia suelen ser devastadoras con ellas. Asimismo, a través de la vida de las dos protagonistas, nos percatamos de que en sociedades tradicionales como esa, suele haber una mayor exigencia moral y ética a las mujeres. Dicho estándar valorativo –por supuesto, de lo más hipócrita– se incrementa incluso cuando escalan socialmente con base en sus propios méritos: la sociedad napolitana no perdona a la mujer exitosa, sea que triunfe en los negocios o en la academia. En el Nápoles de Ferrante, como en México, se presume que la mujer debe desempeñar una mera labor de testigo o cuantimás de cómplice, pues a la que muestra cierta independencia  o liderazgo se le exilia socialmente. Cuando una hija o una hermana no cumple con el rol tradicional que se le impone se le expulsa del imaginario familiar y se le convierte en un fantasma. Dentro del pequeño barrio, todos los perfiles y sentimientos humanos se retratan: la envidia, la soberbia, la magnanimidad. Aparecen también los personajes masculinos, quienes ilustran los enormes complejos que existen detrás de la infidelidad, los celos absurdos y la violencia doméstica.

Ferrante posee la habilidad para transformar pequeños eventos privados en temas de reflexión pública. De la habitación marital nos traslada al machismo que existe en el mundo académico. Del acoso sexual callejero al debate sobre la colonización que ejerce el pensamiento masculino. En la tetralogía aparecen los remanentes del fascismo, el asesinato de Aldo Moro, la amenaza del terrorismo y la Camorra. Una revisión de la segunda mitad del siglo XX italiano.

Las novelas son también una fina radiografía de las amistades duraderas. En un escenario como el antes descrito es indispensable encontrar una persona con quien compartir lo sufrido y frente a la cual desahogar la furia autocensurada. La amistad se transforma así en un refugio para solventar el machismo, la violencia y la inequidad.

La serie arranca tibiamente con el libro dedicado a la infancia de las protagonistas: la génesis de su amistad y el recuento de las primeras tragedias compartidas. Le sigue, a mi juicio, el mejor texto de la saga: “The Story of a New Name”,1 donde Ferrante da cuenta de la sumisión de la mujer a los ritos maritales y a los rituales domésticos en las sociedades tradicionales. Inquiere sobre el significado del abandono que hace la mujer al propio nombre y lo que supone la adopción de otro. ¿De qué prescinde real y simbólicamente  la mujer al dejar su apellido? ¿Qué desaparece? ¿Hay algo de ella que se disuelve con el nombre que deja? En los libros tercero y cuarto la autora escarba en la cuestión y se pregunta si una mujer puede calcular a priori y con certeza –y con justicia– los costos de decisiones como el matrimonio, la procreación y el desarrollo profesional.

A lo largo de los cuatro volúmenes cotejamos las personalidades disímbolas de las protagonistas. Sobre todas las cosas, somos testigos de la complejidad de las relaciones entre dos personas cuando se han compartido eventos sumamente intensos. La riqueza del retrato es que dista de la imagen idealizada que solemos atribuir a la amistad. Ferrante nos descubre que el amor y el cariño son compatibles con la envidia y la crueldad. Preguntémonos: ¿es humano hallar cierto placer en la desgracia del ser querido?

Cuando tenemos el privilegio de contar con un amigo excepcional advertimos en nuestro interior una suerte de deuda permanente.  En ese caso, lo mejor que podemos hacer es escribir sobre él, ya que, inevitablemente, más pronto que tarde se esfumará y solo quedará el testimonio que dejemos sobre sus virtudes, defectos y contradicciones. Quien esté detrás del nombre Elena Ferrante lo ha hecho de manera sobresaliente en estos cuatro libros.

La amiga estupenda, Lumen, 2012.

Un mal nombre, Lumen, 2013.

Las deudas del cuerpo, Lumen, 2014.

La niña perdida, Lumen, 2015.

 


1 En italiano, “Historia del nuevo apellido”, traducido al inglés como “The Story of a New Name” y al español como “Un mal nombre”.

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a-todos-nos-falta-algo

La literatura, como las personas, difícilmente puede ser la misma después de una guerra. Las implicaciones a nivel individual y colectivo son vastas y sobrevienen al paso del tiempo. Circunstancias como la desaparición de un hijo, las ejecuciones múltiples o la migración forzada impactan de tal forma la existencia de un ser humano que resulta imposible sustraerse a la angustia y al dolor que provocan en el contexto de un conflicto armado prolongado.

No obstante, aún en los escenarios más violentos, la reacción creativa es impredecible. En sus momentos más ásperos produce, por supuesto, crónicas lúgubres y descarnadas, pero no pocas veces genera relatos con cierta dosis de esperanza e inclusive puede despertar el humor mordaz frente a la desgracia propia o ajena.

A todos nos falta algo reúne cuentos que retratan el país en que se ha convertido Croacia a raíz del proceso bélico que la escindió de Yugoslavia. El editor Roman Simić Bodrožić nos presenta una interesante mezcla de autores, quienes, a partir del 2000, se han encargado de reinventar el relato corto croata a la luz de la posguerra y su incorporación plena al mundo occidental.

Frente a todo episodio traumático, la evocación de los horrores es inevitable. Las historias de Neven Ušumović y del propio Roman Simić Bodrožić —en mi opinión las más destacadas del compendio— dan cuenta de las desapariciones, las familias rotas, el éxodo para escapar de la guerra (“éramos reses descuartizadas que había que pasar de contrabando”), las atrocidades que padecen los refugiados en el país destino (“nos recibían como una especie de carroña sucia”), las torturas y las mutilaciones padecidas por miles de croatas durante su guerra de independencia (1991-1995).

Por su parte, Olja Savičević Ivančević y Damir Karakaš nos recuerdan que la guerra y la persecución obligan a la simulación permanente, a disfrazar los gustos, abandonar a los seres queridos y a sacrificar los proyectos propios en aras de la supervivencia. Sus relatos describen con detalle la crudeza de vivir en la guerra, pero, sobre todo, lo insoportable que es vivir después de la guerra, cuando ésta se ha llevado un padre, un plan de vida o la dignidad de una persona.

Otros autores, en cambio, sugieren que la realidad —como la ficción— es tan misteriosa que aún en los peores momentos suelen aparecer circunstancias y personajes extraordinarios. Zoran Pilić, en un cuento estupendo, nos revela que aún nuestros enemigos más odiados pueden tener destellos inusitados de bondad y empatía. La guerra atrofia pero también sorprende; a algunas personas las hace más fuertes, mientras que a otras los hace más sensibles y, en ocasiones, ambas cosas a la vez. El gran mérito de Roman Simić Bodrožić es haber reunido una variedad de cuentos que ejemplifican las diversas reacciones —pesimistas, alegres o indiferentes— que pueden tener viejos, jóvenes, ricos y pobres frente a la violencia que todos atestiguaron.

Por último, surgen las inquietudes propias de una separación política una vez que el trance violento ha sido superado (¿se supera alguna vez el trauma de una guerra?). Ante el nacimiento de un nuevo Estado se erigen las grandes incógnitas frente a las oportunidades que brinda el proceso de reconstrucción. ¿Qué país desean habitar los jóvenes después de padecer un régimen autoritario, intolerante y temeroso del exterior? En este contexto, varios relatos del volumen describen las vicisitudes que enfrentan los croatas al ingresar a un nuevo mundo: la aparición del libre mercado (Zoran Malkoč); la celebración de la diversidad sexual (Maja Hrgović); el escape del protocolo religioso tradicional (Zoran Ferić), y la libertad para elegir dónde y con quién se compartirá el lecho (Robert Perisić).

A través de sus historias, Croacia muestra ser una nación viva y pujante. Sin embargo, los estragos de la dura violencia que sufrió durante un lustro están todavía presentes, como es entendible, en algunos de sus prejuicios, aspiraciones y, de manera particular, en sus añoranzas. Finalmente, como escribe Zoran Pilić, a toda guerra se le recuerda más por los que no volvieron. Sea en Croacia o en México, la violencia arrebata vida y es menester buscarla. Qué mejor que en la buena literatura.

Después de leer esta antología del cuento croata es imposible no hacer un paralelismo con la realidad mexicana. La exacerbada violencia (y la melancolía y la indignación y la impunidad) mostrada en algunos relatos constituye un espejo nítido del contexto que atraviesa actualmente nuestro país. Cuando Roman Simić Bodrožić escribe: “A todos nos falta algo, a algunos un padre, a otros una ciudad…”; “¿Dónde queda el lugar en el que nacieron, el lugar en el que murieron, dónde están sus historias, el esfuerzo que dejaron atrás? ¿Dónde están sus hijos?”, no resta sino contemplarnos en dicho espejo y comenzar a buscar palabras para describir lo que México está viviendo en estos tiempos.

 

Roman Simić Bodrožić (compilador), A todos nos falta algo. Antología del cuento croata, Cal y arena, 2014.

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En el inicio, la página en blanco. La parálisis al escribir. El deseo, la urgencia de manifestarse por escrito pero la incapacidad para plasmar una idea en el papel. La angustia descrita y agotada por Josefina Vicens en El libro vacío. Más adelante: la luz. Las palabras. Las frases coordinadas. El alivio. Y, finalmente, superada la vacilación inicial, el encuentro con la propia creación.

La primera voz de A la intemperie —jamás sabremos si se trata de Aline Pettersson (ciudad de México, 1938) o de otra escritora— recorre a plena conciencia este camino. Trabaja con ahínco para colmar su obsesión por la escritura y, una vez satisfecha la ansiedad, se halla turbada por el mundo y los personajes que ha construido a través de su relato. La súbita confrontación con el protagonista, un novelista exitoso a las puertas de la vejez, sirve de marco para que Pettersson explore los enigmas de la creación literaria y rastree la compleja relación que subsiste entre todo autor y los personajes a los que va dando vida.

Escrita a tres voces paralelas, a la manera de Diario de un mal año de J. M. Coetzee, la novela de Pettersson sugiere que, lejos de ser dueño de sus personajes, un escritor es cautivo de ellos a partir del momento en que comienza a trazar sus rasgos básicos. Más que delinear la personalidad de sus poseedores, dichos rasgos marcan al autor y coartan su libertad para determinar el destino de los protagonistas de su historia. A partir de la primera descripción que hace de su personaje, al escritor ya no le es permitido visualizar el mundo desde el exterior, sino que está obligado a verlo a través de los ojos de su invención.

Cuando la voz ha decidido crear un personaje de 73 años sabe que se ha atado las manos.  No puede evitar confrontarlo con la desazón que provocan los estragos de la vejez: la pérdida paulatina de la memoria, los achaques, las fallas corporales. La narradora siente compasión por su creatura, duda en torno al futuro que debe darle, pero, por más que lo compadezca, no puede evadir el deterioro mental y físico que experimenta una persona de esa edad. De tal suerte que Pettersson, ya rehén de su personaje, se advierte enfrentada a un relato en el que es imposible obviar el transcurso del tiempo y sus secuelas.

El otrora novelista celebrado y omnipotente, es ahora vulnerable y dubitativo. Los éxitos de antaño se desvanecen poco a poco y sólo perdura la nostalgia por el pasado, los experimentos de juventud, la fecundidad literaria, la diversión irresponsable. Al percatarse de que todo cuanto apreciaba —riqueza, fama, belleza— es transitorio, no tarda en ser presa del hastío, la desazón y una profunda crisis existencial.

Desde la fragilidad que añora la plenitud perdida, una segunda voz acalla la primera y lanza preguntas que nos son tan cercanas como incontestables: ¿qué nos da a cambio el transcurso del tiempo? ¿Satisfacción o tedio? Al perder paulatinamente la memoria, ¿extraviaremos también la aptitud de amar y la capacidad de disfrutar la vida? En las vísperas de una senectud enferma, ¿miraremos nuestras glorias pasadas con placidez o con amargura? Llegado el momento, ¿optaremos porque la gente querida sea testigo de nuestra decadencia o la mantendremos a distancia?

Una vez registrada la primera frase, escritor y personaje quedan a la intemperie. Ambos se tornan desguarnecidos ante los designios arbitrarios de los primeros tecleos. Frente a las teorías ortodoxas del autor todopoderoso, Aline Pettersson nos recuerda, con Borges, que, al igual que la pieza, el jugador es prisionero del tablero.

 

Aline Pettersson, A la intemperie, Alfaguara, México, D. F, 2014.

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En el otoño de 1784, Immanuel Kant advertía en su célebre ensayo sobre la Ilustración que una persona que no ejercía plenamente su libertad y su razón estaba condenada a la minoría de edad. Dicha condición significaba la incapacidad  para servirse del propio entendimiento y estar siempre sujeto a lo que pensaban los demás. Al respecto, Kant identificaba a la pereza y a la cobardía como las causas por las que hombres y mujeres continuaban cómodamente en dicho estado, en abandono de su vocación crítica.

Nutriendo esta línea de pensamiento, Cristóbal Pera —reconocido médico y humanista— ha reunido en La persona culta una serie de textos que, en conjunto, conforman una cuidadosa anatomía de aquel individuo que, dotado de ciertas dosis de curiosidad, lectura y erudición, sostiene una inquebrantable actitud crítica frente a todo lo que lo rodea.

Para llevar a cabo este ejercicio quirúrgico, el doctor Pera parte de una metodología dual, tomando como referencia el cuerpo humano (desde fuera y desde dentro), con el fin de elaborar una cuidadosa disección del perfil de la persona culta y examinar, con igual cuidado, cada una de las condiciones que amenazan su existencia y autenticidad.

Pera inquiere e investiga qué implica hoy día ser una persona culta. Disgrega cada una de sus características esenciales con la meticulosidad de un cirujano y se pregunta cómo mantener vivo el espíritu crítico ante la seducción de lo frívolo y lo efímero que nos ofrece el mundo actual.

En opinión de Pera, la persona culta es una especie en peligro de extinción, que vive hoy amenazada ya no sólo por su propia desidia, sino por un conjunto de condiciones derivadas de la posmodernidad que tienden a menoscabar su espíritu crítico. En este sentido, la persona culta es propositivamente una especie vulnerable, pues debe, con plena conciencia, rechazar cualquier tipo de “protección” derivada del poder. El individuo debe mantenerse alerta frente a todo producto cultural con fines políticos, religiosos o ideológicos que busque dogmatizarlo, así como frente a las identidades colectivas que pretenden subsumirlo y nublar su juicio. La persona culta debe guarecerse de la oferta cultural actual, “desbordante y agresiva”, que privilegia lo superficial sobre lo profundo, la velocidad sobre el sosiego y lo cuantitativo sobre lo cualitativo, características que, en palabras del autor, son más propicias al entretenimiento que a la perfección del individuo.

En suma, la persona culta está condenada a un permanente estado de crisis, pues debe conducirse como un ser “no protegido” frente a toda clase de presión o poder externo que pretenda intervenir su libertad de pensamiento o limitar su capacidad crítica. Paradójicamente, sugiere el doctor Pera, la supervivencia de la persona culta deviene de la preservación de su marginalidad y el rechazo a cualquier cuidado o patrocinio externo.

A través de sus ensayos, Cristóbal Pera lanza numerosas interrogantes y sugiere diversas rutas para ahondar en sus planteamientos relacionados con esta criatura en peligro de extinción. ¿Convertirse en una persona culta es necesario o es un lujo? ¿La persona educada debe privilegiar la cultura humanística o la científica? ¿Puede existir una erudición superficial?

Una virtud del libro es que cada capítulo ensayístico pude leerse de manera independiente. Cada texto tiene profundidad y sentido propios y se presenta acompañado de autores, citas y frases escrupulosamente seleccionadas. En esta dirección, La persona culta es también un recorrido por reflexiones memorables de Ortega y Gasset, Steiner, Russell, Coetzee, Zweig, entre muchos otros humanistas, filósofos, escritores y artistas.

Pese a las múltiples contrariedades que enfrenta el aspirante a culto en estos tiempos, el doctor Pera vislumbra cierta esperanza en la lectura, el diálogo franco, la buena conversación y, sobre todo, en la preservación de la solidaridad entre las personas como valor universal. Finalmente, como sostenía el propio Kant, el ser ilustrado no teme a las sombras.


Cristóbal Pera, La persona culta, Cal y arena, México, D. F., 2014, 212 pp.


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