Este recorrido por las miradas y lentes de 1968 reescribe los episodios clave de aquel año. El significado visual muestra, entre otras cosas, una importante disputa por los símbolos, a 50 años del levantamiento ciudadano de mayor importancia en las últimas décadas.

Gustavo Díaz Ordaz se murió en un momento muy oportuno: no alcanzó a ver cómo su verdad oficial se desmoronaba frente a la aparición de múltiples evidencias documentales orales, visuales y escritas que hicieron añicos su pretensión de controlar los hechos. En cambio, su secretario de Gobernación, Luis Echeverría Álvarez ha podido vivir lo suficiente para dimensionar la enorme responsabilidad histórica de haber preparado la matanza del 2 de octubre y visualizar sus repercusiones en la historia reciente de un país que no lo olvida.

En 50 años el movimiento estudiantil de 1968 se ha posicionado como uno de los episodios más relevantes de la historia reciente de México, con su insistencia en la reivindicación de un estado de derecho, en un momento en que el sistema político mexicano estaba atravesado por un régimen de partido de Estado, sin contrapesos democráticos. En este lapso el 68 ha transitado de la persecución oficial y el linchamiento mediático a su reconocimiento por parte del Estado y su encumbramiento en el territorio de lo políticamente correcto e incluso su incorporación al panteón oficial al ser inscrito en letras de oro en el Senado de la República. Tan extraordinario giro debe ser estudiado en profundidad por parte de los investigadores y estudiosos del tema, toda vez que este cambio de coordenadas ha influido en la retórica y los testimonios de los protagonistas y la percepción de las distintas generaciones en torno al tema. La reciente protesta estudiantil que encabezó la marcha del 2 de octubre de este año y su voluntad de dialogar en forma explícita con la marcha del silencio y otras aportaciones simbólicas del 68 es una muestra de ello.

En lo que toca a los usos y la circulación de las fotografías correspondientes al 68 puede señalarse que desde un inicio las imágenes desempeñaron un papel muy importante, tanto para legitimar el discurso del gobierno del presidente Díaz Ordaz y su poderoso secretario de Gobernación, como para cuestionar poco a poco el homogéneo relato oficial y construir a cuentagotas otras referencias y marcas diversas que fueron permitiendo ir conociendo los hechos, a la vez que ir elaborando distintas lecturas e interpretaciones de los acontecimientos.

A medio siglo de distancia, se pueden recorrer los caminos y las huellas del 68 a partir de la cobertura que realizaron algunos de los diarios en aquella coyuntura. Otras pistas visuales han ido abriendo también distintos espacios en la opinión pública. Ahí está, por ejemplo, la mirada de algunos fotógrafos independientes como Rodrigo Moya, Pedro Meyer, Héctor García y Enrique Bordes Mangel, así como algunos hallazgos de imágenes inéditas localizadas en los archivos de los periódicos, en particular los de El Heraldo de México, un periódico empresarial y anticomunista que apostó sin embargo por la modernidad gráfica y cuyo extraordinario acervo se ha dado a conocer este 2018, a través de la Universidad Iberoamericana. Hay también otros acercamientos recientes al oscuro universo de los servicios de inteligencia del Estado mexicano en aquellos años, representados por la Secretaría de Gobernación a cargo de Luis Echeverría y del Departamento del Distrito Federal, dirigido en aquella época por el Gral. Alfonso Corona del Rosal, los cuales pueden consultarse en los archivos del Instituto de Investigaciones Sobre La Universidad y la Educación de la UNAM y del Museo Archivo de la Fotografía del Gobierno de la Ciudad de México.

Son solo algunos ejemplos que revelan cómo nuestra comprensión del 68 se ha ido enriqueciendo a través del diálogo de la investigación histórica con distintos relatos visuales. Dichos relatos permiten hoy repensar los imaginarios construidos en torno a los sucesos y continúan interpelando nuestra percepción del movimiento en el espacio público, reconfigurándolo como uno de los levantamientos ciudadanos más influyentes y de mayor peso en nuestra historia reciente.

El rector

La condena del rector Javier Barros Sierra a la violación a la autonomía universitaria por el terrible bazucazo del ejército contra la puerta barroca de la Preparatoria 1 a finales de julio de 1968 y su voluntad de organizar y encabezar una marcha de la dignidad el 1º de agosto de aquel año le dieron un rumbo original al movimiento estudiantil, muy distinto a las protestas juveniles en otros lugares del planeta. Se frenó durante varios días el linchamiento mediático contra universitarios y politécnicos orquestado desde el gobierno y se abrió el compás para que los estudiantes pudieran organizarse en un frente común, el Consejo Nacional de Huelga, un órgano centralizado que se consolidó como interlocutor único del gobierno en los meses siguientes.

Podemos sintetizar el momento con una fotografía de Rodrigo Moya, uno de los principales fotógrafos documentalistas del país, la cual no fue publicada en su momento y esperó poco más de 40 años para circular en la prensa, en otras condiciones de recepción. Si hace cuatro décadas la imagen estaba más cerca del registro cotidiano del episodio, posteriormente representó un punto de vista que subrayaba la importancia del liderazgo de la autoridad académica más importante del país y su enfrentamiento con el gobierno.

La foto constituye una toma con un acercamiento a ras de suelo a la vanguardia de la marcha, en un plano entero y con un ángulo normal, donde el rector y varios de sus acompañantes ven directamente a la cámara, por cuya lente escurren algunas gotas de lluvia. Este defecto “de origen” le imprime un sello muy particular a toda la imagen, distinguiéndola y personalizándola. El autor no colaboraba con ningún medio por lo que guardó la imagen y la dio a conocer después, en una exposición museográfica.

Imagen 1. El rector Barros Sierra encabeza la marcha de la dignidad, 1 de agosto de 1968, Archivo Fotográfico Rodrigo Moya.

La disputa por los símbolos

Una de las lecturas más importantes que pueden hacerse del 68 desde los usos y apropiaciones de la fotografía es la revisión del conflicto a partir de una disputa por los símbolos.

En tal orden de ideas hay que considerar que al horizonte político de fines de la década de 1960 lo dominaba la presencia omnipotente de la Revolución mexicana. Casi todos los personajes de los partidos políticos y agrupaciones sociales apelaban a la gesta épica del movimiento armado como el referente clave que había permitido la construcción de un México moderno.

Por ello, la mañana del 28 de agosto de aquel año, en vísperas de su cuarto informe de gobierno, el presidente Díaz Ordaz, después de mes y medio de conflicto, se animó a llamar por primera vez a los estudiantes “traidores a la patria”. Lo hizo en un acto del PRI en Bellas Artes, acompañado de su secretario de Gobernación y del presidente del partido y tomando como fondo escenográfico un mural con el rostro del Gral. Emiliano Zapata, basado a su vez en la foto más oficialista del caudillo del sur, atribuida en aquellos años a Agustín Víctor Casasola y en realidad obra de Antonio Garduño. El mensaje del mandatario parecía ordenar a los estudiantes que no se confundieran: el único crédito legítimo de los derechos de la Revolución mexicana le pertenecía de manera absoluta al gobierno y su partido, el Revolucionario Institucional, y de ninguna manera a la disidencia encarnada en la protesta estudiantil, que se había atrevido a postular otras lecturas e interpretaciones de la gesta armada y las luchas de próceres como Emiliano Zapata y Francisco Villa fuera del panteón oficial.

Extracto de la portada del diario Excélsior: el presidente Gustavo Díaz Ordaz en Bellas Artes, 28 de agosto de 1968, colección particular.

La disputa por los símbolos de los próceres de la Revolución se extendió a la apropiación del mismísimo lábaro patrio, que reivindicaron los estudiantes en varias manifestaciones: en la llamada “marcha del silencio”, que contrapunteó el valor digno del silencio frente a la retórica y la demagogia oficial; en la de las madres de los jóvenes presos en la escalinata del Congreso apelando a la necesidad de un Estado de derecho y una división de poderes negada por la verticalidad y el autoritarismo del Ejecutivo; incluso en las de otros grupos conservadores de ultraderecha contrarios a la huelga estudiantil, convocados por el Movimiento Universitario de Renovada Orientación (MURO) en la Plaza de toros “México”, que buscaban exaltar, en el contexto de la fiesta hispánica, los valores católicos tradicionales y resaltar la figura de Díaz Ordaz y la institución castrense como parte de un espectáculo visual cercano a los cánones de la llamada “Guerra Fría” y el anticomunismo vigente entre amplios sectores en aquellos años.

Los ecos de estas disputas fueron registrados y resignificados desde todos los lugares posibles y abarcaron tanto las miradas de poder de los servicios de inteligencia del Estado, como las imágenes inéditas de los reporteros de algunos diarios y por supuesto las primeras planas de los periódicos, en su esfuerzo sistemático por aplicar los lineamientos del gobierno y organizar y difundir un punto de vista hegemónico frente a la revuelta estudiantil. El punto original de esta controversia reside en el hecho de que mientras la prensa no le concedió gran peso al evento, quizás por considerar que un gobierno emanado de una revolución no se sentíría cómodo con este tipo de aliados católicos y reaccionarios, la mirada de poder del Gral. Corona del Rosal, por el contrario, le otorgó un peso prioritario y le dedicó un registro muy amplio a un acontecimiento que provocaba su interés y su preocupación.

Mitin convocado por el Movimiento Universitario de Renovada Orientación (MURO), Plaza de toros “México”,  9 de septiembre de 1968, Museo Archivo de la Fotografía, No. 47403.

La capital

Uno de los escenarios más relevantes de los episodios ocurridos en el 68 fue sin duda la ciudad de México, con atención particular en su Centro Histórico, el espacio semisagrado diseñado y reconfigurado por los distintos regímenes priistas a lo largo del siglo XX, aparentemente inmune a los levantamientos y las rebeliones de la oposición y sede de todo tipo de manifestaciones… a favor del régimen y del señor presidente en turno.

En 1968, miles de personas se apropiaron de manera pacífica de los espacios públicos. Las protestas permitieron crear otros marcos de lectura y resignificación de los símbolos más representativos de la urbe, todos ellos recreados por los reporteros de El Heraldo en las jornadas del 68. Entre ellos se encuentran la estatua de Cristóbal Colón, la de Carlos III, mejor conocida como “El caballito”, la del Hemiciclo a los Niños Héroes (todo un símbolo reivindicado tanto por el ejército como por los propios estudiantes), la modernísima Torre Latinoamericana y por supuesto el Ángel de la Independencia. Todos estos monumentos parecen observar el paso organizado de la multitud como parte de un relato visual compartido a través de su inserción en las páginas de los diarios y posteriormente resignificadas en libros y revistas lo mismo que en exposiciones fotográficas, cuando el 68 dejó de ser satanizado y su impronta comenzó a permear a sectores sociales más amplios.

El Ángel de la Independencia, 27 de agosto de 1968, AFHGV, No. 1489

De otro grupo de imágenes, esta vez correspondientes al poder, destaca la secuencia creada en torno a la Catedral Metropolitana, que luce iluminada y como telón de fondo la magnífica noche del 27 de agosto, cuando el movimiento alcanzó su clímax y reunió de manera festiva a cerca de 300 mil personas; y, sobre todo, al día siguiente, cuando los soldados apoyados por tanques y vehículos militares enfrentaron y reprimieron a la población civil en pleno zócalo capitalino. Como nadie sabe para quién trabaja, a 50 años de distancia podemos acercar la presencia de estas poderosas imágenes a la mirada de poder de la Secretaría de Gobernación, siempre atenta al registro de este tipo de episodios.

Catedral Metropolitana, 27 de agosto de 1968,  AHUNAM-IISUE, No. 2367.

Otro segmento relevante, registrado en esta ocasión por los reporteros de El Heraldo, aporta una cruda visión de la capital como una ciudad violenta en el mes de septiembre, tan distinta de la urbe idílica imaginada por los diseñadores para la gesta olímpica y recreada a partir de la definición estratégica represiva del gobierno y la presencia de los soldados en pleno combate, del 20 a 24 de aquel mes en Tlatelolco, disparando contra la población y luchando palmo a palmo por el control de ese territorio ciudadano enemigo, el cual fue finalmente aplastado el 2 de octubre.

Barrio de Tlatelolco, noche del 22 de septiembre de 1968, AFHGV, No. 782.

Finalmente caben destacar las instantáneas cotidianas en las que el palacio de Bellas Artes sirve como escenografía para que el soldado raso aproveche el democrático uso del teléfono público para reportarse a casa, o que un vehículo pletórico de militares cruce la tarde de la manifestación del rector la acera en Insurgentes, justo al lado del prestigiado “Terraza Casino” —que anunciaba la presentación estelar en aquel mes de agosto de personajes como “The Litlle Richard”  y los inolvidables Fernando Fernández y Maria Luisa Landín en su orgullosa cartelera—, o la marquesina del tradicional Cine “Variedades” , cuya fachada principal parece registrar el paso de la llamada “manifestación del silencio mientras anunciaba la película: “Al calor de la noche” con Sidney Poitier y Rod Steiger, un interesante filme que denunciaba la represión contra los derechos civiles… en los Estados Unidos.

Imagen 7.Vehículo con soldados en avenida Insurgentes, 1 de agosto de 1968, AFHGV, No. 1740.

La manifestación del silencio, 14 de septiembre de 1968, tomada del libro Ensayo sobre el movimiento estudiantil de 1968. La fotografía y la construcción de un imaginario, de Alberto del Castillo.

La quema del gorila

La noche del 13 de agosto los estudiantes quemaron a un lado del Palacio Nacional la figura de un gorila de papel maché que aplastaba con sus patas la Constitución mexicana, todo ello como parte de una representación fársica en el gran mitin multitudinario celebrado en el zócalo después de la marcha. El simio representaba al odiado jefe de la policía, el General Cueto y por extensión se refería también a la figura del presidente Díaz Ordaz, personaje que como hoy sabemos a través de los informes desclasificados de la CIA, leyó en este acto un terrible agravio del movimiento a su persona y a la investidura presidencial.

Se trata de un sugerente acto teatral con una fuerte carga política, que cuestionó de manera simbólica el orden político en el país y la legitimidad misma de las autoridades, de ahí su gran irreverencia, su enorme capacidad de transgresión y su sentido festivo y contestatario, que puede vincularse a nivel visual con la tradicional quema del “Judas” en semana santa o con las prácticas deportivas del futbol americano de la época, con sus tradicionales rituales de la quema de la figura emblemática del adversario, trátese del burrito o del puma en los clásicos del Poli contra la Universidad.

La escena fue minimizada por la prensa, y en todo caso registrada como un acto externo, visto desde afuera, lo cual contrasta con la visión de Moya que lo capta desde el interior mismo del ritual y proyecta a sí toda su carga política y teatral.

En efecto, la lente de Moya condensó un poderoso relato a través de una interesante secuencia —de la cual presentamos aquí por razones de espacio solo el momento culminante—. La primera imagen está tomada con un encuadre horizontal y las otras dos van enfocadas de manera vertical y en ángulo de contrapicada, lo que resaltó la densidad del episodio y proyectó de manera más profunda todo su significado político y estético. Esta secuencia permaneció guardada de manera inédita en el archivo del fotógrafo durante poco más de cuatro décadas. Llegó el tiempo de mostrarla como el relato que imaginó el fotógrafo y leerla a la distancia con un sentido y un significado mucho más amplios, que la convirtieron en el registro personal y único de una crítica desafiante del poder.

La quema del gorila, 13 de agosto de 1968, Archivo Fotográfico Rodrigo Moya.

Los usos del Che

Ernesto Guevara fue asesinado en Bolivia el 9 de octubre de 1967. En un proceso de canonización vertiginoso, en el que la difusión de la editorial Feltrinelli de la foto del cubano Korda desempeñó un papel principal, la figura del guerrillero se convirtió, unos cuantos meses despues, en uno de los símbolos preferidos por los estudiantes de todo el mundo para representar sus luchas y protestas, de Paris a Tokio, de Praga a Boston y de Sao Paulo a la Ciudad de México.

Presentamos aquí tres acercamientos a la figura del legendario comandante provenientes de lugares políticos y culturales muy distintos.

La foto de “El diario que piensa joven”, El Heraldo de México, corresponde a la manifestación del 13 de agosto y su manejo mediático anti-estudiantil: en el pie de foto de la imagen, publicada en la primera plana, se relaciona el ambiente un poco caótico y desordenado del contenido de la toma con la supuesta presencia de “doctrinas exóticas cercanas al gobierno de Cuba y el comunismo”.

Manifestación del 13 de agosto, AFHGV, No. 177.

Hay un segundo punto de vista, que representa la mirada de poder de la Secretaría de Gobernación, en una foto tomada con fines de registro político y policíaco durante la ocupación militar de CU. Cinco soldados custodian una pinta estudiantil con la efigie del guerrillero, que por lo visto era considerada lo suficientemente peligrosa como para ameritar la vigilancia castrense.

Ocupación de Ciudad Universitaria, 19 de septiembre de 1968, AFHGV, No. 1143.

Finalmente la foto del “Che” que apareció publicada en la portada de La Prensa, un día después de la ocupación de CU, tambien con una carga anti-estudiantil que defendía la postura del secretario Luis Echeverría y mostraba un conjunto de copias de la foto de Guevara decomisada por las autoridades con la leyenda: “En la última manifestación no llevamos retratos del Che, porque lo llevamos en el corazón”. Lo interesante de esta puesta en escena pro-gubernamental reside en el hecho de que la foto en cuestión fue publicada por el diario como una prueba documental de las actividades subversivas de los estudiantes y su manipulación a manos de países extranjeros. (Según la versión del gobierno de Díaz Ordaz la imagen había sido tomada por los servicios de inteligencia del gobierno comunista de Checoslovaquia.)

Portada del diario La Prensa, 20 de septiembre de 1968, colección particular.

En realidad, 50 años después podemos trazar otra vuelta de tuerca de esta febril y casi demencial historia característica de la Guerra Fría y señalar que la foto en cuestión fue tomada por Rodrigo Moya en la ciudad de La Habana en el año 1964 y donada de manera solidaria por el fotógrafo al Consejo Nacional de Huelga estudiantil para su utilización en las marchas en agosto del 68. La imagen subversiva se convirtió en prueba documental de la supuesta manipulación estudiantil y luego regresó a su condición contestataria. Todo en un lapso de 50 años.

Ocupación militar de CU y el Poli

La ocupación militar de Ciudad Universitaria la noche del 19 de septiembre  y del Casco de Santo Tomás la madrugada del 24 del mismo mes representa uno de los episodios más trágicos del 68 y evidencia la estrategia gubernamental de adoptar una salida represiva desde finales de agosto, la cual negó toda posibilidad a la demanda de diálogo público exigido por los estudiantes.

Las imágenes siguientes son una muestra del manejo mediático anti-estudiantil característico de la prensa, junto a la exposición por primera vez en público de varias extraordinarias imágenes inéditas de El Heraldo de México que muestran la entrada a sangre y fuego de civiles y soldados al Casco, y el absurdo deambular de los soldados por las aulas y los laboratorios de química de las instalaciones politécnicas, o las guardias posteriores de los soldados con sus familias en los alrededores del lugar, lo que humaniza el perfil de los represores a medio siglo de distancia.

Soldados en el laboratorio de Química durante la ocupación militar del Instituto Politécnico, 24 de septiembre de 1968, AFHGV, No. 964.

Soldados con sus familias un día después de la ocupación castrense del Casco de Santo Tomás, 25 de septiembre de 1968, AFHGV, No. 1022.

2 de octubre

Fecha clave asociada al movimiento estudiantil del 68, el 2 de octubre ha atraído todos estos años la mayor parte de los reflectores y ha desplazado la atención hacia los acontecimientos ocurridos en los meses anteriores, incluso al día previo a la matanza, en el que las madres de los estudiantes presos interpelaron al Congreso ante la sordera del ejecutivo y dieron con ello una magistral clase jurídica sobre la importancia del estado de derecho a las autoridades.

La impunidad que rodeó los hechos del 2 de octubre y que se ha mantenido durante cinco décadas la convierten en una cuenta pendiente que resuena con enorme densidad histórica en cada uno de los agravios posteriores del Estado mexicano, desde la matanza de Aguas Blancas hasta Tlatlaya y Ayotzinapa. Desde estas coordenadas hay que leer estas imágenes.

La masacre del 2 de octubre en Tlatelolco ocupa un lugar central en la memoria colectiva de la historia reciente de México y constituye un crimen de Estado que ha permanecido en la más absoluta impunidad. Con algunas excepciones, la mayor parte de la prensa se alineó con el discurso gubernamental y responsabilizó por la violencia a los propios estudiantes.

Aquí presentamos una pequeña muestra, con una parte de la cobertura periodística que se sumó al linchamiento mediático contra los estudiantes, pero también con las aportaciones de la mirada del poder de Manuel Gutierrez Paredes, el fotógrafo de Luis Echeverría, que da cuenta del lado oscuro de la represión y la infatigable labor de los reporteros de El Heraldo, que muestran las terribles imágenes no publicadas de los cadáveres y las largas filas de los familiares en la atroz labor de reconocer a las víctimas en las instalaciones gubernamentales. Las nuevas pistas y hallazgos matizan el oficialismo de la prensa y permiten a los lectores de estas imágenes la posibilidad de construir nuevas lecturas e interpretaciones de los hechos.

Represión el 2 de octubre,  AHUNAM, Fondo Manuel Gutierrez Paredes, No. 3076.

El día después, AFHGV, Nos. 1319 y 1905.

Del 68 a Ayotzinapa

Una de las características más importantes del 68 es su capacidad para convertirse en marca histórica y referente obligado de los agravios cometidos por el Estado contra la población en los 50 años posteriores.

No todos los acontecimientos poseen tal carga de densidad histórica. Tal es el caso del 68, por representar una crítica radical al sistema político mexicano y la posibilidad de volver a leerlo desde el horizonte de la transición política del último cuarto del siglo pasado y el desencanto político de los ciudadanos ante la partidocracia que han padecido en los últimos años.

El fotógrafo y activista de los derechos humanos Marcelo Brodsky intervino de su puño y letra una fotografía de Rodrigo Moya sobre la marcha del Rector Barros Sierra del 1º de agosto de 1968 para subrayar la vinculación del 2 de octubre con la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa en el 2014, en una imagen que ha dado la vuelta al mundo a través de las redes y de exposiciones en museos de Europa y América Latina.

Entre ambos acontecimientos han sido señalados como crímenes de Estado y en ambos ha privado la más absoluta impunidad. Así dialogan estas dos imágenes. La primera, que no fue conocida en su momento y la segunda, que se da a conocer casi 50 años después, como parte de un testimonio visual y un punto de vista sobre el autoritarismo del sistema político mexicano y la reivindicación en torno a un estado de derecho.

La marcha del Rector Barros Sierra, 1º de agosto de 1968, Archivo Fotográfico Rodrigo Moya.

Foto de Rodrigo Moya intervenida por Marcelo Brodsky en octubre del 2014,  colección particular.

La construcción de un imaginario

Hay muchas maneras de concluir un ejercicio como el que hemos hecho aquí. Podemos seleccionar una poderosa fotografía de Marco Antonio Cruz (ver Imagen 20), uno de los principales fotodocumentalistas del país en la actualidad, cuya obra se ha formado en las últimas décadas, como un resultado expansivo del 68, que ha dado lugar a nuevas y vigorosas expresiones del fotoperiodismo mexicano.

La imagen de Cruz muestra el rostro de una mujer que nos interpela a través de una ventana, una tarde lluviosa en la capital, desde el interior de un trolebús. Se trata de una de las imágenes emblemáticas de la fotografía documental mexicana del último cuarto de siglo. Una fotografía que combina como pocas una carga estética un poco sombría con un sentido documental que da cuenta de la realidad mexicana y latinoamericana.

Dos de octubre, 1978, Archivo Fotográfico de Marco Antonio Cruz.

Una lectura de contexto aporta la clave de lectura de esta imagen: lo que en realidad observa la mujer, como una especie de fantasma, es el paso de una marcha estudiantil realizada en las calles de la ciudad de México el año de 1978, que recuerda a la población y los ciudadanos el décimo aniversario de la masacre del 2 de octubre.

Este tipo de trabajos representan la enorme capacidad del 68 de renovarse a través de la construcción de imaginarios plurales que intervienen en circunstancias distintas y que han apelado a condiciones de recepción cambiantes a lo largo de estos 50 años. Con ella podemos concluir este recorrido por los itinerarios visuales del 68: la puesta en escena de diversas miradas aporta una idea de la riqueza y la heterogeneidad de un episodio que seguirá siendo objeto de distintas lecturas e interpretaciones a lo largo de las siguientes décadas.

 

Alberto del Castillo
Investigador del Instituto Mora. Es autor de: Ensayo sobre el movimiento estudiantil de 1968. La fotografía y la construcción de un imaginario, entre otros libros.

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