Las obras de Isaac Asimov y Ray Bradbury, cuyos centenarios se celebran en 2020, tienen mucho que decirnos en una actualidad en la que la preocupación por el futuro se agudiza. Ambas obras, versadas en la ciencia ficción, también muestran claros límites ideológicos que hoy serían poco tolerables.


Dejamos la segunda década del siglo XXI y dos centenarios importantes del año pueden reunirse: los de los escritores estadunidenses Isaac Asimov (1920-1992) y Ray Bradbury (1920-2012). Ambos son figuras, opuestas y complementarias, de la ciencia ficción, o narrativa especulativa —una literatura mucho más influyente de lo que parece en la cultura de nuestro tiempo— y leerlos hoy da también para pensar, de modo más general, en nuestras actitudes ante el futuro, tal como se manifiestan en esta época de incertidumbre.

El término “ciencia ficción” (traducción literal de science fiction, narrativa científica) se usa para hablar de obras de todas las épocas de la Historia, pero en realidad no llega a los cien años de edad: fue acuñado y popularizado en 1926 por Hugo Gernsbacher (1884-1967), editor y escritor luxemburgués emigrado a los Estados Unidos, en la revista Amazing Stories, fundada por él y todavía en activo hasta el presente. Amazing, y varias otras que siguieron su estela, volvieron famoso el nombre americanizado de Gernsbacher —Hugo Gernsback— y también su proyecto: actualizar, o al menos reetiquetar, las narraciones de imaginación fantástica basada en el conocimiento científico del siglo XIX. El scientific romance de H. G. Wells o Jules Verne siempre había sido visto como capaz de difundir temas de ciencia y tecnología entre lectores no especializados; Gernsback fue aún más lejos al promover la science fiction directamente como un vehículo de entretenimiento “con mensaje”. En vez de ser mero escapismo, como los relatos pulp de aventuras o policiacos que otras revistas de la época ofrecían en los puestos, los de ciencia ficción tendrían la virtud de fomentar en los jóvenes el deseo de estudiar materias “útiles” y tal vez obtener un diploma en física, química o ingeniería.

La idea tuvo éxito en los Estados Unidos del periodo de entreguerras. Lo prueba la historia del propio Isaac Asimov, nacido en el pueblo de Petróvichi, Rusia, el 2 de enero de 1920 y emigrado también a los Estados Unidos, con su familia, tres años más tarde. En Antes de la edad de oro (1974), un libro curioso que es al mismo tiempo autobiografía y selección de lecturas favoritas de su infancia, Asimov describe cómo usó el argumento de la utilidad para convencer a su padre —que mantenía a la familia precisamente con un puesto de revistas y golosinas en Brooklyn— de que le diera permiso de leer, prestados, ejemplares de las revistas de ciencia ficción que le fueran llegando. Más tarde, mientras se convertía en narrador él mismo y en una estrella dentro de su especialidad, Asimov obtuvo un doctorado en química. Luego fue profesor de la Universidad de Boston y, a partir de los años sesenta, un ilustre divulgador científico, en la línea que después siguieron Carl Sagan o Neil deGrasse Tyson.

Muchos científicos, ingenieros y empresarios han aprendido y se han inspirado en obras de ciencia ficción de Asimov, quien acuñó el término robótica, actualmente empleado para hablar de una disciplina real, en los cuentos de Yo, robot (1950). Este libro, y otros posteriores como El gran sol de Mercurio (1956), El sol desnudo (1957) o El hombre del bicentenario (1976), ayudaron a asentar la idea de que artefactos capaces de imitar el aspecto o la acción de seres vivientes, o bien inteligencias artificiales —que ya desde entonces se presentaban frecuentemente como amenazas—, podían también imaginarse de maneras menos sensacionalistas: como tecnología integral, y bien integrada, de una sociedad. El concepto asimoviano de la robótica marca el trayecto que va, en la imaginación occidental, de los androides que se rebelan contra la humanidad en el drama R.U.R. (1921) de Karel Čapek a Siri, la voz anodina y servicial de los productos de Apple. Que no percibamos ese trayecto es una medida del triunfo de Gernsback, Asimov y otros promotores del pensamiento científico, defensores al fin de racionalismo de la Ilustración.

Para dar un ejemplo más, otra invención clave de Asimov es el concepto de la psicohistoria: una rama hipotética de las matemáticas que estudiaría el comportamiento de grandes poblaciones, permitiría influir en ellas a lo largo de siglos, y que se usa para fines virtuosos, en vez de para “dominar a la humanidad”, en su serie de la Fundación (1951-1993), su ciclo novelesco más extenso.

Por otro lado, carreras como la de Ray Bradbury escapan al ideal optimista de Gernsback y marcan sus límites. Este escritor, al contrario de Asimov, proviene de la América profunda: nació el 22 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois, parte del Medio Oeste americano. Su contacto con la ciencia ficción vino también de lecturas hechas en la pobreza, sobre todo en bibliotecas públicas, y su entrada en la literatura se dio igualmente gracias a cuentos publicados en revistas pulp. Pero el interés de Bradbury siempre estuvo más en la ficción que en la ciencia: además de que hizo numerosas incursiones en el horror sobrenatural y la fantasy, y de que intentó que algunos de sus libros más famosos no fueran etiquetados ni vendidos como ciencia ficción, lo cierto es que nunca se interesó realmente en documentarse para “explicar” plausiblemente sus argumentos ni en proponer ideas que pudiesen tener aplicación práctica. Cohetes, astronautas, robots, extraterrestres y otros elementos icónicos del subgénero son empleados justamente como iconos: marcadores de una atmósfera particular y un ánimo de su tiempo. Más precisamente, se les trata como piezas de americana: elementos estereotípicos de la cultura de su país, como el pastel de manzana, el beisbol o el Jinete sin Cabeza, que aparecen y desaparecen según se necesite en narraciones acerca de temas “universales” como las relaciones familiares, el descubrimiento del mundo durante la adolescencia, el conflicto del individuo contra el poder, etcétera.

En esto se encuentra el rasgo más distintivo de la obra de Bradbury. Si, como él decía, solamente su novela distópica Fahrenheit 451 (1953) es realmente ciencia ficción en un sentido estricto, el resto de sus obras queda desprovisto de auténticos contemporáneos y debemos considerarlo visionario, profético, de otra manera. De hecho, Bradbury anticipa la tendencia al reciclado y la remezcla intertextuales que sólo sería realmente visible hasta finales del siglo XX, luego de que la cultura pop del primer mundo adoptara las estrategias discursivas de la posmodernidad. Dicho de otra manera, las ideas e imágenes que son cimiento de las obras de Asimov, que allí se desarrollan de manera totalmente seria, que se discuten en largos razonamientos como auténticas posibilidades futuras, en Bradbury son decorado: figuras de cartón pintado, atracciones de feria, metáforas trabajadas con gran esmero y tanta atención a la música de las palabras como a su sentido. De hecho, Bradbury es un autor de canon estadounidense y Asimov no, por esa diferencia de estilo, o más bien por esa presencia: los grandes libros del primero, como El hombre ilustrado (1951), El país de octubre (1955), Las doradas manzanas del sol (1953) o, especialmente, Crónicas marcianas (1950), no nos dan ningún conocimiento fiable de las ciencias, pero se reconocen de inmediato por el tono melancólico y por el afecto con el que retratan vidas pequeñas en entornos limitados. Esta es otra forma de americana: la existencia en el pequeño pueblo, en la fábrica o el plantío, como resumen del mundo.

Las posturas de Asimov y Bradbury vuelven a estar vigentes en un tiempo, el nuestro, con un gran interés en el futuro, o más precisamente con grandes dudas y miedos ante el futuro. El hecho parece sorprender a algunas personas que crecieron entre los años ochenta del siglo pasado y los comienzos de éste, y que aprendieron a creer en un mundo no nada más social y políticamente estático —porque la Historia había llegado a su fin, como decía Francis Fukuyama—, sino también vaciado de posibilidades imaginativas. “El futuro nos alcanzó”, se decía, como si la frase tuviera algún sentido, para sugerir que el año 2000 había sido una especie de línea de meta para la ficción de al menos un par de siglos previos, y pasada ésta no quedaba más que ver cuáles “profecías” se habían “cumplido” y cuáles no. Ya no habría autor ni texto con autoridad —o capacidad— para hacer conjeturas acerca del devenir de la especie humana.

Hoy, en cambio, el futuro ha vuelto como obsesión de la cultura occidental. Puede verse en los medios masivos: incluso en canales y obras consideradas mainstream, ajenas al “entretenimiento de nicho” y los “públicos especializados”, abundan las estrategias, argumentos y temas de lo que aún llamamos ciencia ficción. Y si las narraciones en cuestión se dedican a algo más que el entretenimiento más superficial, o la explotación de una propiedad intelectual con décadas de éxito previo, lo más probable es que haya en ellas al menos un poco de la aspiración especulativa de grandes textos de antaño: la intención de imaginar un porvenir, aunque sea de pesadilla, distinto del presente pero basado en tendencias presentes, en preocupaciones presentes.

Brabdury enseña todavía a emplear de formas nuevas los iconos en los que hemos vertido nuestras ideas acerca del futuro; Asimov, a considerar que efectivamente las culturas cambian, y que, aunque esos cambios son complejos y con frecuencia incontrolables, no son imposibles de comprender si se dispone de información veraz y capacidad de raciocinio. Las obras de uno y otro tienen sus límites, por supuesto: el más notorio en la actualidad es su escasez de perspectivas femeninas y ajenas a la mayoría blanca y angloparlante que fue el “público meta” de la primera ciencia ficción. Pero, como dije antes, los recursos narrativos de Gernsback y compañía están ahora en manos de más autores y autoras que nunca antes, y por todo el mundo. Diría incluso que los mejores herederos de Asimov y Bradbury deben estar lejos de los Estados Unidos, en otros lugares y otras culturas: aquellas que están reclamando —incluso con todo en contra— la posibilidad de imaginar por sí mismas el papel que podrían tener en nuestro porvenir incierto.

 

Alberto Chimal
Entre sus obras destacan la novela La torre y el jardín y los libros de cuentos Manos de lumbre, Los atacantes, Estos son los días y Gente del mundo.

Leer completo
Actualizar la lectura e incorporar críticamente los gestos del presente parece una necesidad, como lo defiende y pone en práctica el autor en este texto. Entre otras cosas, nos invita a leer de otra manera El Aleph de Borges, que este año cumplió sus primeros 70.

Hace pocos meses se cumplieron 70 años de la publicación de El Aleph (1949), probablemente el libro de cuentos más famoso de Jorge Luis Borges. La colección está compuesta por narraciones publicadas por separado a lo largo de más o menos una década, desde Sur —la revista emblemática de la alta cultura argentina en el siglo XX— hasta El Hogar —publicación “femenina” donde Borges escribió, además de un puñado de cuentos y minificciones, algo de su mejor trabajo como divulgador y reseñista literario.

Ilustración: Alma Rosa Pacheco Marcos

Al menos en este año de conmemoraciones, el libro se ha recordado sobre todo por el cuento que le da título: una sátira de la alta sociedad de su tiempo, del arribismo social y del “hombre mediocre”, incapaz de cumplir con las exigencias sociales y sexuales impuestas sobre él y que se retrae y se vuelve patético, como el Borges-personaje que protagoniza el cuento, o se convierte en un charlatán narcisista, como Carlos Argentino Daneri, modelo perdurable del escritor pésimo que triunfa solamente a fuerza de hacer más ruido y engañar con más desvergüenza.

Nada de lo anterior se resalta en los resúmenes porque, en general, parece más llamativo el objeto mágico —llamado Aleph— que une las historias de Borges y Daneri: un punto sin presencia material aparente, una ventana infinitamente pequeña desde la cual pueden observarse, simultáneamente, todos los puntos del universo entero, tal como son en el momento en que se observan. Contemplar el Aleph es un viaje alucinatorio por el espacio de la naturaleza y la vida humana: puede enloquecer a quien se atreve a realizarlo, y siempre mueve a “infinita veneración, infinita lástima”, pues reduce o aniquila cualquier pretensión, cualquier orgullo por nuestra mera estatura humana.

La más usual lectura presentista de “El Aleph” —ignorando su propio contexto e influencias y privilegiando únicamente los intereses y referencias de lectores actuales— compara al objeto con la red internet. Es una comparación inexacta porque la red sólo da la apariencia de infinitud: no es, como ya deberíamos saber, el mundo entero, y menos todavía el mundo entero sin mediación, sin sesgo. Por otro lado, nuestra época —ensimismada, individualista, narcisista— es de lecturas presentistas, que para bien o para mal, a sabiendas o no, reclaman la primacía de nuestros puntos de vista sobre cualesquiera otros. A partir de ellas podemos cuando menos examinar esas perspectivas y preguntarnos, de otra manera, acerca del tema de la posteridad: la permanencia de las obras. ¿Puede tal o cual texto ser acogido en una época como la nuestra? ¿Pueden serlo el resto de los cuentos de El Aleph?

Lo que sigue es una pequeña lista —otro hábito del presente— que examina brevemente cada uno de los 15 textos que acompañan a “El Aleph” de manera individual. Como en los párrafos iniciales de esta nota, quiero proponer una lectura inusual de esos cuentos, que los considere desde preocupaciones actuales, pero no intente solamente reducirlos a la repetición de algún tema de moda. Un último gesto actual: si no han leído el libro, vayan y léanlo antes de continuar, porque lo que sigue contiene spoilers.

“El inmortal”

Este cuento tiene en su centro una imagen perturbadora: la Ciudad de los Inmortales, que no es sino una serie de cavernas habitadas por trogloditas, hombres y mujeres a los que al aburrimiento de la vida eterna ha llevado a una especie de salvajismo pasivo. Sería fácil tratar de comparar a esos seres embrutecidos con las tribus de nuestra actualidad polarizada (fifís, chairos, zombis de toda orientación política) pero esa lectura sería engañosa. Este es de los cuentos de Borges con preocupaciones más trascendentes; es decir, que menos puede ajustarse a los intereses de nuestro tiempo, que están en lo momentáneo y lo banal. En las sociedades occidentales seremos brutos, pero no inmortales, sino al contrario: efímeros, desechables.

“El muerto”

“El muerto”, por el contrario, es —como cuento realista, criminal y con un ambiente de bajos fondos— la narración que más fácilmente podría compararse con textos actuales. Hay cierto reconocimiento en la narrativa negra de la labor editorial de Borges, que con Adolfo Bioy Casares fue responsable de “El Séptimo Círculo”, una colección señera de novela policiaca. Aparte de ella, cuentos como éste (y dos más de El Aleph) también podrían entenderse como parte de la evolución que va de las historias bien encuadradas en el subgénero detectivesco o en el noir a las historias de violencia y corrupción más generales, más literarias a su propia manera, que son hoy la columna vertebral de narrativas como la mexicana. La ruta que va de María Elvira Bermúdez, digamos, a Fernanda Melchor.

“Los teólogos”

“Los teólogos” está, como buena parte de las narraciones del libro (pero de modo más inesperado y sorpresivo), centrado en el tema del doble, uno de los más importantes en toda la obra de Borges. Por lo mismo, costaría trabajo “traer al presente” su historia de persecución religiosa y vanidad o estupidez intelectual: decir que el bueno y el malo de la historia son uno a los ojos de la divinidad no es exactamente relativismo, pero tampoco encajaría en una lectura que quisiera repartir culpas y hacer juicios de valor de manera tajante. No sería un elogio tratar de equipararla con textos posteriores sobre personajes encumbrados y detestables al estilo de Amsterdam de Ian McEwan.

“Historia del guerrero y la cautiva”

“Historia del guerrero y la cautiva” es un cuento de estructura experimental, hecho en dos mitades y dos historias complementarias que dialogan entre sí. Su tema común es el influjo de la civilización occidental, sea lo que ésta sea: cómo sus costumbres y reglas se debilitan hasta desaparecer en la conciencia de un personaje, y cómo su belleza y sofisticación se fortalecen en la percepción de otro. En ambos casos la identidad de los personajes (dobles, o complementarios el uno de la otra) cambia hasta la raíz. Sospecho que no se le ha llevado a los debates sobre conflictos entre culturas —como el que se da en torno a diferentes pueblos y naciones originarias en América Latina, o como el que finge entablar el racismo antiinmigrante— simplemente porque no se cree que Borges tenga nada que decir sobre el tema. Pero habría que observar la manera en que el cuento subvierte más de un estereotipo al negarse a juzgar las transformaciones de sus protagonistas.

“Biografía de Tadeo Isidoro Cruz (1829-1874)”

Este cuento es un precursor de lo que hoy llamamos precuela, tan abundante y hasta cansino en series y películas: la historia de un personaje menor del clásico argentino, Martín Fierro (1872) de José Hernández. Es preciso conocer al menos lo esencial acerca de la historia que se cuenta en él para entender el sentido del relato y la forma en que Borges humaniza a su protagonista. El cuento acaba cuando empiezan los sucesos contados en el poema narrativo de Hernández.

“Emma Zunz”

“Emma Zunz” es el segundo relato noir de este libro. El plan de Emma, su protagonista, para cometer un crimen “perfecto” —o al menos impune— no es menos extraño y difícil de sostener como coartada que algunos argumentos de Dorothy Sayers o Ellery Queen, pero se salva, como en los grandes cuentos de argumento enérgico, por la claridad de la(s) ofensa(s) cometidas contra Emma y la simpatía que puede inspirar su deseo de justicia. Suele llamar más la atención que Emma es el personaje femenino más conseguido de toda la obra de Borges, quien no se distinguió en ese aspecto y que ha sido acusado de “no saber qué hacer” con las mujeres —argumento de doble sentido más bien sórdido, y por lo tanto popular en muchas discusiones actuales. Pero Emma, en el fondo, es de la estirpe curiosa de Lisbeth Salander: otra heroína policial y strong female protagonist creada por un hombre que no inventó a ninguna otra.

“La casa de Asterión”

“La casa de Asterión” podría leerse también como una especie de precuela —de los relatos mitológicos acerca de Ariadna y Teseo, por supuesto— pero en este caso la lectura más clásica cuadra perfectamente con nuestros apetitos del siglo XXI. Al centrar el punto de vista en el monstruo, el cuento lo humaniza, aunque no como a Tadeo Isidoro por darle más antecedentes y profundidad psicológica, sino simplemente por permitirnos la identificación con él, por quitarle su carácter de “otro” indescifrable y amenazante. Buena parte de la obra de Guillermo del Toro, por mencionar a un artista cercano y mundialmente famoso, recurre a la misma estrategia; otra parecida —más vulgar y sensiblera— es la de la subcultura de las versiones cute de personajes populares de todo tipo, desde los juguetes de la empresa Funko hasta la artesanía japonesa de los amigurumi.

“La otra muerte”

No es el texto más famoso de Borges, pero lo sería si Borges hubiera sido inglés o estadunidense y encuadrado como autor de ciencia ficción. El tema del viaje en el tiempo, o más precisamente del “cambio” en el pasado, que mágicamente altera el presente, es uno de los más trillados de la narrativa especulativa, y un lector desprevenido podría creer que Borges está en esa tradición: episodios precisos como el cambio de los recuerdos de un personaje, o el contacto con el pasado por medio de la mente (por la voluntad o el deseo) se han visto miles de veces en otras ficciones.

“Deutsches Requiem”

Parecería el cuento con más evidentes “lecturas actuales” de toda la colección, pues su personaje central es un nazi: Otto Dietrich zur Linde, oficial encargado de un campo de concentración ficticio que sugiere el nombre de Auschwitz. La diferencia del personaje con los estereotipos actuales del nazi es que Dietrich no es un burócrata que se limita a obedecer órdenes inhumanas —el icono de la “banalidad del mal” según Hannah Arendt— y sus motivaciones son muy diferentes: es un devoto, en términos casi religiosos, de la fuerza como justificación del poder. Pero justamente por eso su discurso se parece al que pasa por la intelectualidad dentro de los movimientos neonazis y ultraderechistas actuales: desde “clásicos” del conservadurismo estadunidense como la rusoamericana Ayn Rand hasta autores vivos como el francés Renaud Camus o terroristas “con manifiesto” como Anders Breivik, todos comparten su misma admiración por una idea infantil del poder. Dietrich, eso sí, escribe mucho mejor que cualquiera de ellos.

“La busca de Averroes”
Es el otro texto experimental de esta colección: el impulso de la invención, proveniente de investigaciones superficiales acerca de su protagonista, “se le acaba” al narrador antes de terminar de contar y su personaje simplemente desaparece, junto con su mundo narrado y sus circunstancias, para dar paso al “yo” del escritor. A principios de este siglo, Heriberto Yépez contaba, palabras más o menos, que lecturas como la de Kathy Acker lo habrían “curado” de gustos convencionales como el de Borges; sería interesante leer esta narración partiendo de que es la más ackeriana de su autor y la estrategia de Acker de cortar y pegar textos ajenos tiene, desde luego, muchos puntos de contacto con más de un truco intertextual borgesiano.

“El Zahir”

Es la historia de un personaje llamado Borges —éste es otro de los cuentos en que el escritor crea una máscara que imita su rostro— que se obsesiona y enloquece con el recuerdo de un solo objeto. Poco a poco, éste se apodera de la totalidad de su conciencia y la aniquila. Aunque Paulo Coelho tiene un libro con el mismo título, aún falta el cuento o la novela que “actualice” el de Borges para referirse no a un objeto arbitrario —máscara de la divinidad o de lo inefable— sino a un teléfono móvil con sus aplicaciones de control de la atención y adicciones para el ego. Un cuento así, por supuesto, sería meramente paródico, como el anagrama con el que Rodolfo Fogwill tituló su novela Help a él.

“La escritura del dios”

Este relato podría leerse como un intento fallido de apropiación cultural: el protagonista “maya” tiene un nombre náhuatl y el escenario está a medio camino entre Bernal Díaz del Castillo y “El pozo y el péndulo” de Poe. Siguiendo ese impulso, sería posible denunciar todos los pastiches de inspiración arabesca de Borges —incluyendo los dos relatos que siguen en el libro— y de una vez toda la tradición del exotismo en el occidente europeo. Probablemente ya se haya hecho en más de una ocasión, sin atender a otra noción, modernísima, del cuento: la de los seres vivientes como asiento de texto, que prefigura la idea del ADN mismo como sustrato posible de escritura y codificación.

“Abenjacán el Bojarí, muerto en su laberinto”

El tercer cuento policiaco de la colección es menospreciado por el mismo Borges en el epílogo. Es cierto que, de los tres, es el cuento más convencional, más “de género”, pero por otra parte es un ejemplo brillante de la adaptación y reinvención que hicieron de Borges un autor emblemático de la posmodernidad literaria, antes de que sus propuestas fueran asimiladas y trivializadas por la cultura popular. Igual que “La otra muerte”, es un texto que parece haber sido devorado por sus sucesores y resulta mucho menos sorprendente ahora que cuando fue publicado, pero en ese desgaste está cifrada parte de la evolución de la ficción occidental, cuya costumbre es devorarse a sí misma en busca de repetir sus efectos (o incrementar sus ganancias).

“Los dos reyes y los dos laberintos”

Aquí encontramos una historia un poco más intrincada que en otros cuentos del libro, en el sentido de que es un doble simulacro. Apareció por primera vez en El Hogar atribuido al explorador y literato inglés Richard Francis Burton —como parte de su traducción de Las mil y una noches— y ya en El Aleph se le relaciona con “Abenjacán el Bojarí” pues este cuento lo atribuye a uno de sus personajes secundarios. En cualquier caso, su estructura y argumento simétricos concentran, como un fractal, mucho de lo que se desarrolla en el resto del libro y podrían ser precursores de los de muchos textos actuales escritos en línea a partir de procedimientos y esquemas abstractos.

“La espera” y “El hombre en el umbral”

Finalmente, ambos son los cuentos menos memorables de la colección, pero también constituyen variaciones, más arriesgadas, de argumentos policiales: en uno se relata desde la interioridad de un personaje que no puede o no quiere distinguir el sueño de la vigilia, y el otro es otra variación del crimen impune, cometido “por nadie”, con la colaboración “de todos”, en un entorno exótico. Ambos coinciden en representar percepciones claramente alteradas, algo que Borges intentó poco —aunque la imprecisión o la corrupción de la memoria aparecen en otro de sus cuentos clásicos, “Funes el memorioso”, y en una de sus grandes obras tardías, “La memoria de Shakespeare”.

§

Ediciones del siglo pasado de El Aleph cerraban el libro —tras el cuento de Carlos Argentino Daneri y el Borges-personaje— con “La intrusa”, que las ediciones póstumas de Borges han quitado del libro. También dejo fuera de aquí ese cuento, para que lo recobren los lectores de otros libros o los buscadores de rarezas en línea.

 

Alberto Chimal
Entre sus obras destacan la novela La torre y el jardín y los libros de cuentos Manos de lumbre, Los atacantes, Estos son los días y Gente del mundo.

Leer completo
Tanto en sus cuentos como en su obra periodística José de la Colina, fallecido este 4 de noviembre, tejió conexiones insólitas, juntando tramas, épocas y referencias, con una atención incansable a su tiempo y a su entorno.

Ha muerto José de la Colina. Nacido en 1934 en Santander, hijo de una familia republicana, fue parte del exilio español que huía de la dictadura de Francisco Franco; pasó por República Dominicana y Cuba y luego llegó a México. Hizo su vida y su carrera en este país y siguió escribiendo, como se dice, hasta el final: el 2 de noviembre pasado publicó su último artículo, sobre Henri Michaux, en el suplemento Laberinto. Fue uno de los escritores más presentes de la literatura mexicana: de los más atentos a su tiempo y su entorno, más dispuestos a pensar en ellos y sondearlos mediante el lenguaje, durante más de sesenta años.

José de la Colina el 17 de marzo de 2018.
Fotografía de: Maritza Ríos / Secretaría de Cultura CDMX, con licencia de Creative Commons CC BY 2.0

Esta cualidad no era frecuente en el siglo XX y no es frecuente ahora, por mucho que vivamos sumergidos en un flujo incesante de información y podamos “saberlo todo” —supuestamente— luego de una vuelta por Wikipedia y los dos o tres primeros resultados de una búsqueda en línea. Lo que tenemos hoy no es conocimiento sino empacho de datos, que no aprendemos a retener ni a relacionar. De la Colina, por el contrario, era no solamente un hombre memorioso, erudito, sino un genio para evocar detalles y establecer conexiones. Discutir a Michaux le permitió recordar a grandes poetas franceses y hablar borgesianamente sobre los espejos; en otro de sus artículos recientes, un gesto del Che Guevara en los años sesenta se enlaza con una película de Howard Hawks y una investigación muy curiosa de Georg Christoph Lichtenberg, y en otro más una breve historia de la cursilería pasa por tres idiomas, dos estampas urbanas, una frase de Gérard de Nerval y la música del Buenavista Social Club.

No es fácil hacer un único texto dando semejantes saltos y justificando cada referencia sorpresiva y relación inesperada; repetir la hazaña con regularidad durante varias décadas parecería imposible, pero de la Colina lo hizo, y además sin perder de vista los hechos del día, las películas en cartelera y fuera de ella —se debe recordar que también fue uno de nuestros críticos de cine más reconocibles— ni, para el caso, las horas de cierre de edición de las publicaciones con las que colaboraba, y en las que varias veces fue también consejero o director. Cuando se reúna al menos una selección de sus mejores artículos en un solo volumen —al modo en que se reunieron los del Inventario de José Emilio Pacheco, su contemporáneo—, podremos apreciar más fácilmente lo extraordinario de una obra así: lo indispensable de su autor como comentarista de varias épocas y su generosidad como constructor de puentes, de rutas entre saberes aparentemente remotos —adelantado a los teóricos de posmodernidad, de la Colina hacía, en realidad, mapas cognitivos, redes de referencias que no ordenan el caos pero sí permiten cruzarlo, encontrarle caminos y orientación.

Y también se podrán apreciar mejor las cualidades de su estilo: sintético, brillante en sus giros, afilado —como siempre dispuesto a hacer una broma feroz— y a la vez bonachón y hospitalario. El artículo y la reseña, géneros humildes de por sí, están tal vez en una etapa de decadencia: por creer que todo es “contenido”, y que basta “con que medio se entienda”, no nos molesta leer textos hechos por software que redacta como robot (obvio) o por humanos que no han aprendido el idioma en el que escriben. El modo en el que se emplea un idioma puede ser una marca precisa de identidad, un nivel distinto de sentido, una herramienta creativa, pero no siempre llegamos a los textos dispuestos a notarlo. En el caso de José de la Colina, su obra narrativa tendrá que ayudar a remediar la falta: concentrada en el cuento, y por lo tanto menos apreciada de lo que hubiera debido ser en vida del escritor, lo confirma de todas maneras como uno de los grandes narradores mexicanos.

En uno más de sus últimos artículos, de la Colina escribió sobre la escritura del cuento: “El cuento nos sorprende —dice— visitándonos cuando le da la gana, no cuando nos da la nuestra, y preferiblemente si nos hallamos en las situaciones menos adecuadas para tratar con él”. Es verdad, y sin duda a él mismo le sucedió muchas veces, pero no hay nada de inseguridad ni de torpeza en sus propias historias. Le ayudan su oficio, un conocimiento profundo de la literatura y sus formas y otro aún mayor: el de sus propios temas y obsesiones, que sabe manifestar de manera apasionada pero no caótica, gracias a la precisión de su escritura y no a pesar de ella. “La tumba india”, su cuento más famoso y más antologado, se tiene por perfecto pues combina tres hilos narrativos distintos y los junta en una serie de acontecimientos distantes pero que se corresponden de forma clara, y sin embargo su hazaña no es solamente formal, porque el cuento habla de la pérdida: de lo que se vuelve inalcanzable para siempre, y que él conoció, o aprendió a ver de lejos, desde que era un niño. La pérdida, la distancia insalvable, está en muchas otras de sus grandes historias, siempre como una experiencia real, devastadora por real, inevitable. Su marca es la marca de una humanidad que se queda con quienes lo leen.

Quiero terminar con otro de los muchos puentes que construyó José de la Colina: un puente sutil, de los cuales hay más de lo que parece en su obra precisamente porque es fácil pasarlos por alto. En su libro de cuentos Portarrelatos (2007), de la Colina incluye una serie de minificciones que parten del mismo juego literario: realizar versiones del comienzo de La metamorfosis de Kafka en diversos estilos, incluyendo los de varios autores famosos. Así, están Kafka según Cervantes, según Carroll, según Hamlet, según Shakespeare (se debe recordar que Hamlet es escritor y director teatral además de príncipe de Dinamarca), y también según Samuel Beckett:

puf puf puf no llegando puf arrastrándome puf quién soy agh puf tantas patas puf lo terrible es haber despertado oh yo no Gregorio agh yo escarabajo puf maldito Godot que me hizo puf mierda agh

El nombre de Godot puede despistar a algunas personas que conozcan las obras teatrales del escritor irlandés, pero la referencia es más profunda y más elusiva: el texto, sin puntuación y con ese ritmo tan extraño, es en realidad un pastiche de Cómo es (1961), una novela postapocalíptica y experimental de Beckett que —para volver a un personaje ya mencionado— José Emilio Pacheco tradujo al español para la editorial Joaquín Mortiz en 1966. Por supuesto que de la Colina la leyó; por supuesto que la recordó, en un siglo distinto, a la hora de hacer una carambola de varias bandas en unos pocos renglones, enlazando a Kafka con un texto narrativo que puede leerse igual como teatro y como poesía, y con el gran tiempo de la literatura y la historia de occidente que se abrió paso en México, en no escasa medida, gracias a él.

Gracias a don José, pues, de parte quienes lo leímos (lo leemos) y de quienes aún están por leerlo.

 

Alberto Chimal
Entre sus obras destacan la novela La torre y el jardín y los libros de cuentos Manos de lumbre, Los atacantes, Estos son los días y Gente del mundo.

Leer completo
Las redes sociales tienen sus zonas oscuras; una de ellas es lo que sucede con los moderadores de contenido de las distintas plataformas: jóvenes que trabajan casi en una maquila, y que se ven expuestos a videos y teorías que, como en una novela de ciencia ficción, deforman su universo. También el nuestro.

No acostumbramos pensar en la gente encargada de “moderar” las redes sociales y otros espacios colectivos de internet. Para muchas personas —sospecho—, quienes trabajan revisando denuncias de contenido en línea y otras tareas semejantes no existen siquiera, o solo se dedican a censurar fotos y videos en los que aparezcan pezones o genitales. Sin embargo, en años recientes las grandes plataformas en línea han sido criticadas por problemas mucho más graves que una imagen indecente: Facebook, Twitter, YouTube, WhatsApp y más recientemente Instagram han sido señalados por la cantidad de contenido tóxico cuya difusión permiten, desde mensajes de odio racial hasta desinformación de todo tipo, con consecuencias que han llegado a la violencia real, lejos de las pantallas. El genocidio en Myanmar, impulsado por incitaciones virales contra la minoría birmana rohingya, o el asesinato de 49 personas en dos mezquitas de Christchurch, Nueva Zelanda, que el propio asesino difundió mediante Facebook Live y “sustentaba” con memes y talking points de derecha racista extrema, son solo dos ejemplos.

La figura del moderador de plataformas sociales: ni policía represor ni guardián de la moral, pero con frecuencia destinado a parecer ambas cosas, es ya uno más de los personajes arquetípicos de nuestro presente digital. En cierto sentido, es una figura trágica, pues probablemente nunca será capaz de resolver todos los problemas implícitos en el hecho de que la comunicación cotidiana de miles de millones de personas dependa de un puñado de empresas estadounidenses, esencialmente sin supervisión, sin otros alicientes que la búsqueda de mayores beneficios económicos, y con modelos de negocio que explotan —monetizan— la atención y la información proporcionada por sus usuarios.

Ilustración: Víctor Solís

El dilema actual de estas empresas es que la mejor manera que han encontrado de impedir que las personas se aparten de sus productos, y de los anuncios que se muestran en ellos, es mantener su interés con información que provoque emociones negativas como la indignación o la ira, y que esté sesgada para reforzar creencias preexistentes y el rechazo de cualquier cuestionamiento o matiz. Peor todavía, ninguno de estos gigantes de Silicon Valley da la impresión de querer cambiar de verdad sus formas de operar. Sus esfuerzos para mejorar su imagen pública incluyen (precisamente) la contratación de más personal que revise sus contenidos y atienda quejas de sus usuarios, pero esos esfuerzos suelen verse como insuficientes y muy en desventaja ante las estratagemas y organización de una gran cantidad de personas y grupos, desde publicistas deshonestos hasta granjas de bots y organizaciones racistas. Otro caso muy reciente lo ilustra.

El pasado 9 de abril, la Cámara de Representantes del gobierno de los Estados Unidos llevó a cabo una audiencia pública sobre organizaciones blancas racistas de extrema derecha en aquel país; la audiencia fue transmitida por YouTube, que ha declarado en repetidas ocasiones que no permite la difusión de discursos extremistas…, y la sección de comentarios de la transmisión se llenó de mensajes de odio contra judíos, musulmanes y demás grupos discriminados abiertamente por extremistas, y de forma no muy encubierta por el presidente Donald Trump y su administración. Los moderadores de YouTube cerraron la recepción de comentarios, pero ya era tarde: a los defensores de las políticas del régimen les quedó únicamente negar que los mensajes “fueran para tanto” o dudar en voz alta que lo que acababa de ocurrir hubiese ocurrido (un ejercicio orwelliano que se volvió frecuente en internet desde principios de este siglo y posteriormente ha pasado a la vida pública, offline, de más de un país).

Las dificultades de los moderadores se ven con más claridad en investigaciones como la del periodista Casey Newton, publicada en el sitio The Verge hace un par de meses, acerca de un equipo de “ejecutivos de proceso” subcontratado por Facebook para revisar publicaciones “cuestionables” como videos de asesinatos y ejecuciones, teorías conspiratorias y memes racistas. El trabajo es, básicamente, una maquila: después de un breve periodo de capacitación, los hombres y mujeres de la empresa, todos jóvenes de edad universitaria, trabajan en espacios de oficina abiertos como los de un call center en los que deben atender cada día alrededor de 300 solicitudes de revisión, obligados a obedecer criterios editoriales inconsistentes y cambiantes, desconocedores del contexto (¡y hasta del idioma!) de muchas publicaciones, amenazados con penalizaciones por retrasos y resignados a recibir poca atención a su bienestar emocional ante los contenidos más perturbadores que se les asignan. Intentan protegerse de lo peor que aparece en sus pantallas fumando marihuana, contando chistes nihilistas o buscando fugaces relaciones sexuales. Sus pagas están algunos dólares por encima del salario mínimo, e incluyen pocos o ningún beneficio de los que gozan los empleados de Facebook (la subcontratación es una de las formas en que la empresa de Mark Zuckerberg ahorra dinero para mantener sus elevados márgenes de ganancia). La mayoría de los moderadores termina por “quemarse” luego de un tiempo y se marcha de la empresa, a veces con secuelas similares a las del síndrome de estrés postraumático.

La parte más inquietante del reportaje es la que se refiere a otro daño que produce el contacto reiterado con lo peor de la información engañosa, violenta, a veces enloquecida, que se publica en Facebook. Varios de los moderadores se contagian: según Casey, en la oficina visitada por él había un supervisor terraplanista —convencido de que la Tierra es plana— empeñado en predicar su nueva fe a sus subordinados; otro se había convertido a las teorías conspiratorias según las cuales los atentados del 11 de septiembre de 2001 fueron obra del propio gobierno estadounidense, y otro más era un negacionista del Holocausto. La exposición reiterada a lo que debían evaluar y “moderar” objetivamente los había afectado como a otros dos personajes arquetípicos: la presa ignorante de los engaños en línea y el recluta joven y fanático de un grupo radical, pero sin que ellos encajaran por completo en los perfiles de esos arquetipos, es decir, sin que fueran necesariamente personas de escasa educación, poca capacidad crítica o pobre conocimiento del manejo de internet y otras herramientas digitales. Lo único que todos tienen en común es que son víctimas, cada uno a su manera, de la anomia contemporánea, producida por las diferentes formas de explotación de los regímenes neoliberales.

No es muy alentador darse cuenta de que los propios guardianes de la mente colectiva de la red, que desde muchos puntos de vista podría juzgarse enloquecida, enloquecen también.

Esta vulnerabilidad, sin embargo, así como el impulso colectivo hacia la locura y (en ocasiones) hacia la destrucción, tiene precedentes en la historia y en la literatura. Para examinar situaciones como la descrita, y nuestras opciones ante un panorama en el que la codicia de las compañías tecnológicas probablemente seguirá como hasta ahora mientras diferentes poderes fácticos puedan seguir aprovechándola, haríamos bien en (re)leer novelas como Rascacielos (High-Rise, 1975) de J. G. Ballard, en la que los inquilinos de un “edificio inteligente”, enfrentados a los fallos de tecnología ineficaz y propietarios sin escrúpulos, descienden poco a poco hacia el salvajismo y terminan en una guerra literal, de todos contra todos, por ocupar los pisos más altos y obtener recursos cada vez más escasos. Ballard no tuvo que imaginar la llegada de internet para vislumbrar cómo el avance de la tecnología podría hacer retornar los impulsos más bestiales que el racionalismo había creído poder eliminar, como se ve en este pasaje revelador:

Mientras más árida y carente de afectos se volvía la vida en el rascacielos, mayores posibilidades ofrecía. Por su propia eficiencia, el rascacielos se apoderó de la tarea de mantener el orden social que soportaba a [sus habitantes]. Por primera vez, el edificio removía la necesidad de suprimir cualquier clase de comportamiento antisocial y los dejaba libres para explorar cualquier impulso desviado o descarriado. Era precisamente en estas áreas donde los aspectos más importantes e interesantes de sus vidas tendrían lugar. Seguros dentro de la coraza del rascacielos, como pasajeros a bordo de un avión automáticamente pilotado, eran libres de comportarse de cualquier modo que desearan, de explorar los rincones más oscuros que pudieran encontrar. De muchas maneras, el rascacielos era un modelo de todo lo que la tecnología había hecho para hacer posible la expresión de una psicopatología verdaderamente libre.

Otra obra, menos conocida, que también puede iluminar la cuestión, es una novela corta La solución contra el gusano barrenador (The Screwfly Solution, 1977) escrita por la narradora estadounidense Alice Sheldon. De las más notables autoras de ciencia ficción del siglo XX, Sheldon es recordada como James Tiptree Jr., su seudónimo habitual, y por su claro interés en el feminismo, pero La solución… apareció bajo otro nombre supuesto: Raccoona Sheldon, que ella empleó para narraciones más contestatarias que el resto de su producción.

El argumento de la novela de Sheldon fue, probablemente, estrambótico en el momento de su publicación; ahora parece profetizar el más delirante fanatismo misógino que se puede encontrar en internet. La humanidad se precipita a su propia extinción, nada menos, a causa de una epidemia global de feminicidios, racionalizada por los hombres que cometen los crímenes como una orden de Dios. La nueva iglesia masculina desata una guerra global; unos pocos investigadores descubren que todo ocurre a causa de una sustancia misteriosa que se dispersa por la atmósfera y afecta a los hombres transformando su impulso sexual en un impulso homicida, pero para entonces ya es tarde:

Muy cuidadosamente, [Alan] se permitió pensar en su vida con Anne, su sexualidad. Sí: mucho de su juego amoroso podía verse como salvajismo genitalizado, sexualmente suavizado. Juego/depredación… Apartó deprisa su pensamiento. Recordó una frase de un escritor: “El elemento del pánico es todo sexo” […] La violación de la distancia social, tal vez; otro elemento amenazador. Sea como fuere, ese es nuestro eslabón más débil, pensó. Nuestra vulnerabilidad… La horrible sensación de justicia que había experimentado al encontrarse con el cuchillo en la mano, fantaseando con violencia, regresó a él. Como si aquella fuera la forma correcta, la única. ¿Eso era lo que las orugas  [rociadas con un compuesto que alteraba su conducta] sentían al copular con sus hembras por el extremo equivocado?

Poco después se dio cuenta de que tenía necesidad y buscó un baño. El lugar estaba vacío, excepto por lo que le pareció una pila de ropas bloqueando la puerta del excusado del fondo. Entonces vio el charco rojo y pardo en el que estaba la pila, y los montes azulosos de dos nalgas desnudas, escasas. Se echó hacia atrás, sin respirar, y huyó hacia la multitud más cercana, sabiendo que no era el primero en hacerlo.

Por supuesto. Cualquier impulso sexual. También muchachos, y hombres.

La conclusión es irónica y cruel del mismo modo que buena parte de los memes contemporáneos: poco antes de que muera la última mujer, se descubre que una civilización extraterrestre es la responsable de dispersar el compuesto enloquecedor, para eliminar a la especie humana como los humanos eliminan al gusano barrenador y a otras plagas: alterando su comportamiento para evitar que se reproduzcan. Los hombres en el mundo de Raccoona Sheldon son incapaces de ver más allá de sus instintos e intentar sondear peligros que no comprenden. ¿Seremos mejores que ellos?

 

Alberto Chimal
Entre sus obras destacan la novela La torre y el jardín y los libros de cuentos Manos de lumbre, Los atacantes, Estos son los días y Gente del mundo.

Leer completo