Pajareando el otro día en Youtube hallé una grabación del 2014 en la que el argentino Daniel Barenboim dirige a la West–Eastern Divan Orchestra, la cuál fundó con Edward Said en 1990. El video del hallazgo fue “Pavane pour une infante défunte” de Maurice Ravel, compuesta en 1899. Escrita originalmente para piano, es de las piezas más populares del compositor francés que hoy cumpliría 141años.

Escuchando, pensé: ¿qué sería de nosotros sin la música de Ravel? ¿para cuántas personas la “Pavana” ha sido puerta de entrada a la música clásica? Si en vez de haber sido compositor, Ravel hubiera sido panadero, ¿el mundo sería igual? Seguramente la vida sería la que es, pero para quienes la música es parte imprescindible de la existencia, tendríamos vacíos que hasta ahora sólo nos llenan ciertos movimientos que emergen de sus partituras. Pensaba también en la importancia de las relaciones humanas y creativas. Si Gabriel Fauré y Maurice Ravel no hubieran coincidido en el Conservatorio de París, ¿habría tenido éste último la chispa que detonara la composición de la “Pavana”?

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Ligado a esto, pensé en lo admirable de la fusión de Barenboim con Said al crear un taller para músicos israelíes, palestinos y árabes que ha derivado en la West–Eastern Divan Orchestra, que es hoy en día una de las más prestigiosas. Según cuenta el sitio west-eastern-divan.org, Barenboim y Said “reuniéndose en Weimar, Alemania –un lugar en donde los ideales humanistas de la ilustración son opacados por los del Holocausto– materializaron su esperanza de reemplazar la ignorancia con la educación, el conocimiento y la comprensión, de humanizar al otro, de imaginar un futuro mejor. En el taller, personas que sólo habían interactuado entre sí en un marco de guerra, se encontraron viviendo y trabajando juntos como seres iguales. Mientras se escuchaban el uno al otro durante los ensayos y discusiones, atravesaron profundas divisiones políticas e ideológicas. Aunque este experimento de convivencia fue inicialmente concebido como un evento de una sola vez, se convirtió rápidamente en una legendaria orquesta”.

Recuerdo aquí unas líneas de “Tocando em frente”, canción de Almir Sater (Brasil, 1956), cuya traducción es más o menos así: Cada uno de nosotros compone su historia / cada ser en sí mismo / lleva el don de ser capaz / de ser feliz. Cuán importante es la creación de un grupo cómo la West–Eastern Divan Orchestra. No solamente porque ofrece posibilidades a jóvenes músicos, sino por lo que representa políticamente. Imagino a los integrantes de la orquesta, cada uno con su historia, filias y fobias, uniendo su talento al de otra persona que su gobierno le ha señalado como enemigo por diferente. Cada uno con su procedencia, querencias y dolencias; árabes, palestinos e israelíes fusionándose para ser música, uniendo su destreza a la de alguien cuyo anhelo es recargar la barbilla en un violín. Ah… la bendita paz de hacer sonar un instrumento musical, ah… el privilegio humano de conmovernos al escuchar, ah… la capacidad que cada quien tiene de ejercer el don de ser feliz.

Que Maurice Ravel haya existido, ¿qué cambia del panorama actual? Lo que otros han hecho —y siguen haciendo— en el ámbito de la literatura, el arte y la cultura, ¿de qué manera impacta nuestra vida? ¿Qué diferencia hacen estas contribuciones pequeñas o grandes, anónimas o públicas, que son parte de cada día? Ciertamente Barenboim no evita la guerra cada vez que mueve la batuta, pero lo que sí hace es decirle al mundo que la música logra la conciliación que los poderes políticos y religiosos parecen no lograr. La música y el cine, el teatro y la literatura son el sueño compartido entre continentes y siglos, una suerte de memoria sublime y sentimental que nos libra de la inminente soledad.

Pavana para una infanta difunta

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Qué misterioso imán de vidas tiene el 23 de abril. ¿Qué enigma habrá tenido ese día en 1616 para que en fatal casualidad Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el Inca Garcilaso de la Vega dejarán el tintero para siempre? Qué imán de vida el 23 de abril, repito, porque también ese día en diferentes años murieron personalidades que tenían como vocación la palabra: el escritor ruso Vladimir Nabokov; Joseph Pla, el autor más importante de la literatura catalana; la periodista y novelista venezolana Teresa de la Parra; Pamela Lyndon Travers, famosa australiana creadora de la niñera entrañable Mary Poppins. Qué misterioso el 23 de abril en el que conmemoramos —y nos sobran los motivos— “El día del libro” y “El día del Idioma Español”.

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He aprendido a amar la herencia cultural de nuestra lengua a través de lo que descubro en los libros, en las canciones, en las conversaciones cotidianas y también en las que he tenido con amigos extranjeros. He aprendido a amar el español con el que mi madre me cantaba antes de dormir, el español que ha estado en cartas de amor, en un título académico, en un libro dedicado, en las canciones de Guadalupe Trigo y Consuelo Velázquez, en el apellido de mi padre, Góngora, señalándome un camino en la literatura. Góngora como don Luis, que así se llamaba también mi abuelo.

Es en los diccionarios y en mi desconocimiento de otras lenguas donde me doy cuenta que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo, como escribiera Ludwig Wittgenstein. Digo esto pensando estrictamente en las palabras que no conozco y en los idiomas que no hablo. ¡Cuántas palabras andan sueltas por el mundo dándole sentido a la existencia de otros y nosotros sin saber que existen! Cuando encuentro una palabra que me gusta soy un poco más feliz pues ya puedo nombrar lo que antes ignoraba; me seduce la idea de poder ver el mundo a través de las palabras, entender la cultura de otros países y, sobre todo, extender las fronteras de lo que voy conociendo en la vida. Louis Hjelmslev, el lingüista danés, bien decía que las lenguas son como grandes rejillas que se colocan sobre el mundo y que nos permiten verlo.

Hay una lengua, semejante al español, que he aprendido a amar a través de la música y de la poesía: el portugués. Tuve el hallazgo de una palabra en portugués que quiero compartir. La palabra es garimpeiro. Su significado es una reliquia, un metal precioso, un diamante, es oro: Garimpeiro quiere decir “cazador de tesoros”, una persona garimpeira es quien busca piedras preciosas. La lengua que heredamos me ha hecho ser una garimpeira de palabras: mi vocación por el vocabulario, por descubrir palabras y quererlas es una privada manía que ahora vuelvo pública, ¿cuántos de nosotros buscamos palabras nuevas para incorporar a nuestro vocabulario? ¿Qué pasaría sí, así como nos hacemos de un nuevo par de zapatos, un collar, una camisa, si así como incluimos una nueva canción a nuestro repertorio, incluyéramos palabras nuevas como resultado de esa misión garimpeira? ¿qué pasaría si en un cumpleaños envolviéramos una palabra como regalo, la palabra que mejor defina a quien se la damos? ¿a cuántos de ustedes les han regalado una palabra, una nada más, una palabra para atesorar, para repetir, para decirla como un conjuro antes de dormir? ¿por qué no echar a rodar las palabras, rodar y rodar, rodar y rodar, contagiando a los demás y fomentando el vocabulario en la cotidianeidad? ¿Por qué no formar entre familia, amigos y los grupos a los que pertenecemos un imperio de garimpeiros de palabras?

Guiada por mi vocación literaria, por esta forma de vida en la que se ha convertido el amor por mi profesión, un domingo de abril tomé en la estación de Atocha, en Madrid, el tren de cercanías que me llevó a Alcalá de Henares, el pueblo donde nació Miguel de Cervantes. Caminé calles por las que volaban en lo alto cigüeñas de cuento, calles de fábula ostentando en sus aceras árboles de cerezos. Caminé hasta quedar de pie frente a la casa de Cervantes que hoy es un museo. Ahí me encontré a dos hombres forjados en bronce sentados en una banca, uno de ellos pequeño y regordete, sonriente; el otro, serio, alto, delgado, con gesto solemne, con el brazo derecho extendido como si estuviera declamando o como si fuera a pararse para abrazar en bienvenida a quien se acerca. Me senté junto a él y casi que le dije: “Si tú supieras, caballero andante, cuánto te quiere la gente”.

El lenguaje, para quien sepa emplearlo, puede ser música, luz, colores, escenario, un fascinante espectáculo. La pasión creativa de la escritura ha vuelto prodigiosa a la humanidad: quienes saben usar el lenguaje entretejiendo su vocación con voces y vocabulario, han hecho de la palabra una fiesta de la que formamos parte por la lengua de Cervantes que todos nosotros hemos heredado.

 

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¿Por qué hay quien, en una pared descascarada, puede ver a un jinete montado en un caballo de rodeo, o en el  barandal de una escalera a una bailarina de ballet haciendo estiramientos? ¿Por qué unos ven algo que aparentemente es tan evidente y otros no vemos nada más que un muro desmoronándose y una barra de metal para apoyar la mano? Siempre pienso en lo anterior cuando veo alguna obra de Arte Urbano, la creatividad que conlleva y la forma en la que logra apropiarse de espacios muertos para embellecerlos.

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En México, el colectivo Lapiztola tiene su escenario en calles de Oaxaca. Una cosa es vandalismo y otra cosa es lo que hace éste grupo. Con graffiti y stencils han resignificado cualquier superficie posible de intervenirse artísticamente. Nos recuerdan que para la hermosura basta imaginar y saber combinar blanco y negro. En diferentes partes del mundo, quienes han enarbolado el #StreetArt como forma de expresión pública, son también poetas visuales: nos regalan metáforas. Pienso, por ejemplo, en el artista británico Banksy y su famoso stencil donde un globo —en forma de corazón— se le escapa a una niña. Ella estira la mano. No lo alcanza. Sólo observa como el globo se aleja. Yo también lo miro y pienso en el poema “Papalote” de la campechana Briceida Cuevas Cob: “El recuerdo / es un papalote./ Poco a poco lo sueltas,/ disfrutando su vuelo./ En lo más alto / se rompe el hilo de tu memoria / y te sientas a presenciar / cómo lo posee la distancia.” ¿Qué se le está yendo a esa niña cuando se le va el globo? ¿Qué se me va a mí y qué siento, a quién siento? ¿Qué se te va a ti, qué y a quién sientes? Cada quien tendrá una respuesta diferente y le atribuirá significado. Esa es la riqueza del arte y la delicia de volverlo urbano: vamos caminando o al volante cuando de pronto una imagen nos distrae y… nos hace pensar, reflexionar, recordar. Ahí, a media calle, en esquinas y rincones de ciudad, al aire libre, a nuestro alcance. Es cierto que no todos tenemos talento para ser artistas y crear en un tris tras una obra —como es el caso del Arte Urbano, que al ser ilegal debe realizarse rápido—, pero lo que sí es cierto es que todos tenemos emociones, somos susceptibles a las mareas del amor. Nos apasionamos y comprometemos, pero la vida con sus vueltas nos sorprende y descubrimos que nos han dejado de amar ¡ay! Digo esto porque es ¿gracias? al torbellino de la vida que no solamente “miramos” una obra: la sentimos. La vivimos. La adoptamos. “Dime cómo amas y te diré quién eres”, escribe Dominique Simonnett en el prólogo de su libro “La más bella historia del amor”. Uf. ¿Quién seré? ¿Quién serás? ¿Quiénes somos? Todo eso he pensado al ver a la niña observando el globo que se le ha ido de las manos.

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¿Qué hay que tener tras los párpados para soñar imágenes, por qué unos ven lo que ven? ¿Por qué a unos se les ocurre y a otros no? ¿Dónde se obtiene ese aderezo de creatividad que unos llevan mágicamente en la mirada, logrando ver belleza donde aparentemente no hay nada? ¿Cómo se aprende a mirar distinto? ¿Basta con prestar atención a los detalles mezclando creatividad y talento? ¿Qué tuvo que ocurrir para que Joshua Allen Harris, por ejemplo, viera un oso polar o un perro en una bolsa de basura? Éste chico logra esculturas efímeras con bolsas atadas a las rejillas del metro en Nueva York. Como la falda de Marilyn Monroe, éstas se elevan al paso del tren con los vientos que provoca, formando figuras.

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Paredes, papeles, objetos, todo está lleno de seres esperando surgir de la imaginación de alguien. Así como en las cuevas de Altamira los artistas del Paleolítico Superior usaron los relieves de las piedras para darle profundidad a los bisontes, así hoy, alrededor del mundo, hombres y mujeres aprovechan relieves sociales y políticos en fragmentos de ciudad para cambiar la perspectiva de una superficie pero, fundamentalmente, la perspectiva de nuestra humanidad.

 

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Incalculables horas de infancia las pasé felizmente en carreteras. La promesa de llegar de Mérida a Veracruz al final de un tramo —al mar, siempre al mar…— y abrazar a mis cuatro abuelos era una emoción que hoy sólo es posible a medias y me conmueve por improbable.

http://weandthecolor.com/on-the-road-photography-by-neil-krug/11579

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Trece horas dentro de un coche con mis dos hermanas y mis padres era el mismísimo paraíso: íbamos alegres, cantando, desmañanados, bebiendo refresco de manzanita y con paletas Tutsi Pop de vez en cuando. ¿Qué escuchábamos en ese encierro móvil que empezaba en la colonia Alemán —o en Brisas— y terminaba en una calle cercana al estadio de los Tiburones Rojos o del Parque Zaragoza en tierra jarocha? Oíamos las preferencias musicales de nuestros padres, esas que han marcado la educación sentimental de las tres Góngora Basterra y que integran nuestro repertorio básico que a más de tres desconcierta: “¿cómo se sabe alguien de tu edad esas cosas?”. Así que Celia Cruz, Javier Solís, Glenn Miller, Flans, Rubén Blades, Perales, Rocío Durcal, rock&roll en español, Agustín Lara, Lucho Gatica, salsas, cumbias, boleros y love is in the air se volvieron parte de nuestras vidas. Así como cantábamos, bailábamos ya fuera con la radio, con la marimba que contrataban para las fiestas —chachachá, que rico chachachá— o con el sonido de la licuadora. Nos zangolotéabamos, como igual nos dio por gusarapear el cuerpo imitando lo que veíamos en la tele: era el año 86 y México estaba enardecido por un balón… chiquitibum a la bim bom bao, a la bio, a la bao, a la bim bom bao, México, México, rra, rra, rra… y nos movíamos como si nos estuviéramos electrocutando. Tere tenía dos años. Lichi, tres. Yo, cuatro. Éramos niñas, éramos tres, éramos Flans.

Hace unos años, en la librería Ateneo Grand Splendid en Buenos Aires, uno de mis lugares favoritos en el mundo –es un antiguo teatro convertido en casa de libros: los palcos son ahora pequeñas áreas de lectura, lo que fue escenario es una cafetería con piano— se presentó la cantante María Volonté. Más que concierto fue una conversación musicalizada, ya que había una persona entrevistándola a la que, entre anécdota y relato, la Volonté dejaba para cantar. De pronto, María presentó a un hombre que estaba en el público, alguien por quien expresó admiración y al que le agradeció que compusiera, de entre varias, una canción en especial. ¿Quién era él? Mario Clavell. ¿La canción? “Somos”. Él llevaba un traje blanco y agradeció de pie los aplausos mientras ella se acomodaba cerca del piano para, más que cantar, decirnos: somos un sueño imposible que busca la noche.

Súbitamente, la voz de esa mujer me transportó al Dart Guayin azul cielito de mi papá, con los asientos de atrás reclinados hechos cama, como a mis hermanas y a mí nos gustaba viajar… para ocultarse en las sombras del mundo y de todo… ¿qué podía saber esa Addy chiquita del amor —¿qué sé ahora?— como para que me gustara tanto la canción y saberla de memoria? … somos en nuestra quimera doliente y querida dos hojas que el viento juntó en el otoño…  Algún día le agradeceré a María Volonté haberme devuelto instantes que había olvidado, como esos viajes por carretera con mi familia, cantando. Y qué feliz fui cuando Concha Buika incluyó ese tema en su disco “El último trago” con Chucho Valdés al piano: delicioso regalo.

Fue así, yendo de un lugar a otro, como aprendí a disfrutar los boleros rancheros y, de manera especial, a Javier Solís… de noche cuando me acuesto a Dios le pido olvidarte y al amanecer despierto tan sólo para adorarte… ¡Cuánto le agradezco a Spotify la mina de oro que aloja en mi teléfono celular! De ahí alimento mi nostalgia y le doy cuerda a mi alma musical, tropical y camaronera, qué influencia tienen tus labios que cuando me besan tiemblo, hacen que me sienta esclavo y amo del universo. Música, velocidad y personas que también se sepan las canciones son, como el Maculí en flor, gratuita alegría para saborear instantes de la vida.

Si la música fuera un tatuaje, no habría parte de nuestra piel sin cicatriz, formas ni colores, como tampoco nuestros cuerpos serían lienzo suficiente para todo lo que la música nos marca y abarca. Tal vez por eso es intangible y un asunto del alma, talismán inmarcesible. Así como escuchar, de verdad escuchar, es una poderosa virtud por la que hay que dar las gracias.

 

Addy Góngora Basterra. Es columnista del periódico “Diario de Yucatán” y profesora de “Historia del Arte” en la Universidad Autónoma de Yucatán. Autora del blog letranias.com

 

 

 

 

 

 

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Con asombro más infantil que adolescente, resguardado tras las columnas babilónicas de la cigarrería Bock frente al Palacio de Gobierno de La Habana, un joven que ronda los catorce años mira una manifestación estudiantil: es José Lezama Lima. Observa cómo una multitud inunda la calle ante el furor con el que Julio Antonio Mella encabeza el movimiento. El líder, aguerrido y febril, al llegar frente a la estatua que pretende derrocar de Alfredo Zayas, avienta con acertada puntería una soga que rodea el cuello de bronce de quien fuera el presidente que Gerardo Machado sustituiría. Años después aquel muchacho asombrado relataría, en su monumental obra Paradiso,estemotín estudiantil.

Efímero y valiente, revolucionario y mítico, caracterizado por su desafiante empeño en la lucha por el abatimiento del imperialismo norteamericano, Julio Antonio Mella (1903–1929) fue y sigue siendo uno de los personajes más emblemáticos de la historia de Cuba por sentar los ideales comunistas que se concretaron en 1959.

Tina Modotti, su último amor, pronunció el 10 de febrero de 1929 un discurso en un mitin de homenaje a Julio Antonio en el teatro Hidalgo de la ciudad de México, donde dijo: “Él era un símbolo de la lucha revolucionaria contra el imperialismo y sus agentes, una bandera en la lucha de los obreros y campesinos de todo el continente; en la conciencia y en los movimientos de masas de los trabajadores; entre los soldados de Sandino y los huelguistas de Colombia ametrallados por el capital imperialista”.

Mellalogró entrelazar su papel como líder del movimiento de estudiantes y obreros con el rol de intelectual y creador —como lo demuestran sus discursos y ensayos— aún cuando no era el mejor orador, señala Lezama Lima: “no piense usted en Martí ni piense usted en los grandes profetas que ha tenido la elocuencia cubana, pero era un buen orador, muy exaltado, y silabeaba un poco, era un poco ceceante, las palabras las dividía y subdividía, pero con un gran fuego comunicante”. Mella era un hombre de pensamiento y acción, en ello radicaba su poder y su peligro. Por eso se exilió en México, porque de haber permanecido en La Habana su vida habría sido aún más breve de lo que fue tras morir asesinado por órdenes de Gerardo Machado.

Julio Antonio era una personalidad revolucionaria, que además de prestigio popular tenía también mérito como intelectual; no por nada sus textos recogidos en el libro Ensayos revolucionariosson una referencia obligatoria cuando de antecedes a los hechos de 1959 se trata. Fue un comunista comprometido con la defensa de los ideales más puros del pueblo cubano, fundador de la Federación de Estudiantes Universitarios, de la Universidad Popular José Martí, de la Liga Antimperialista de las Américas —cuyo objetivo era combatir el imperialismo yanqui en Cuba— y del primer Partido Comunista Cubano. Como individuo, Mella era un ícono, en él convergía una identidad colectiva, era la representación carnal de lo que la tradición filosófica alemana llamaba Volksgeit, término que Unamuno tradujera como “espíritu colectivo de un pueblo”.

Comprometido en la lucha por la libertad, inició su vida política en la universidad de La Habana; su primer campo de batalla en un plano intelectual fueron las aulas, mientras que por el lado popular el vínculo esencial fue con la clase obrera al establecer lazos fraternales con Carlos Baliño —fundador del Partido Revolucionario Cubano con José Martí, defendía y divulgaba el ideal independentista e introducía la preocupación por el problema nacional, además de haber ejercido gran influencia en la formación marxista de Mella— quien estaba al frente del movimiento obrero, y Alfredo López, máximo dirigente de la Federación Obrera de La Habana. Con esta alianza, Mella logró la unión imprescindible entre obreros y estudiantes para la lucha revolucionaria.

Con veintiséis años representaba una amenaza contra el gobierno cubano. Su postura opuesta al régimen de Gerardo Machado lo condujo a prisión en septiembre de 1925 bajo el pretexto de haber sido detenido por sus ideas comunistas, acusado por el delito de sedición para la rebelión, alcanzando la libertad mediante el pago de una fianza. Hecho que en un principio no ocurriría la noche del 27 de noviembre del mismo año cuando, al llegar al Centro Obrero de La Habana, fue detenido al igual que varios trabajadores, siendo trasladados el día siguiente a la cárcel de La Habana. Por órdenes inmediatas de Machado —quien en un primer intento lo quiso envenenar por medio de un pescado contaminado y en uno segundo mediante una inyección letal— esta vez ni Mella ni sus compañeros podrían salir bajo fianza. Mostrando su inconformidad, el líder revolucionario decidió embarcarse en una huelga de hambre hasta que él y sus compañeros fueran puestos en libertad:

Narró José Luis Fernández que esa decisión les produjo a todos un gran impacto. Fueron inútiles los razonamientos para que revocara su propósito. Todos estaban atentos para acudir en su ayuda, se encontraba tendido en un camastro y, cuando le llevó agua, le pidió que comiera. Le respondió con firmeza que podía aguantar y que el gobierno tendría que libertarlos a todos, que no había otra alternativa que libertad o muerte. Con la huelga de hambre los planes de Machado, de que transcurriera el tiempo hasta que fueran olvidados, sufrieron un duro golpe porque rápidamente el suceso salió en los titulares de los periódicos y se difundió por todo el continente por medio de las agencias de noticias. (Cupull & González, 2006)

El cuadro de Mella era crítico, por lo que el Comité Central del Partido Comunista de Cuba le planteó que abandonara su postura porque Machado lo dejaría morir. Así, la huelga de hambre —que se extendió durante dieciocho días en los que perdió 15 kilos— provocó un impresionante impacto a nivel internacional, acaparando no sólo la atención local en periódicos con la publicación en el Heraldo de Cuba del texto “Exposición al honorable Presidente de la República”, en la que un grupo de cuarenta y dos intelectuales —encabezado por Fernando Ortiz y Enrique José Varona— exigían su libertad, mientras que otros medios masivos le dedicaban un espacio al tema; ejemplo de ello fue La Nación de Buenos Aires, quien publicaba cada día los informes médicos que emitía el doctor Gustavo Aldereguía.

El impacto de la carta de los intelectuales cubanos y otros movimientos desplegados por figuras prominentes de México, Uruguay, Chile, Argentina y Francia es muestra de la autoridad, poder y presión ejercida por los intelectuales, tal como ocurriera en 1898 con el caso Dreyfus cuando Emile Zolá publicara la carta abierta al presidente de la república francesa en el periódico L ́Aurore, titulada por el jefe de redacción Georges Clemenceau J ́accuse, obteniendo como respuesta un petitorio de escritores y estudiantes que afianzaban la defensa de Zolá ante Alfred Dreyfus, capitán del ejército francés, quien había sido injustamente acusado de traición por una supuesta entrega de información confidencial al agregado militar alemán en París, condenándolo a cumplir cadena perpetua en la Isla del Diablo.

Un caso similar ocurrió con Julio Antonio Mella, cuyo injusto arresto provocó un fenómeno pocas veces visto. Dentro y fuera de Cuba hubo muestras de solidaridad y denuncia. En México, estudiantes y organizaciones obreras solicitaron que se transmitiera al gobierno cubano el deseo de que respetaran su vida; otros sectores del país se sumaron y exigían al presidente Plutarco Elías Calles que se dirigiera personalmente a su equivalente en Cuba pidiendo libertad. En Nueva York hubo una marcha donde se registraron dos mil personas desfilando frente a quienes representaban a Machado en la “Gran Manzana”; la Cámara de Senadores de Argentina, así como distintas organizaciones internacionales, enviaban telegramas al Dictador al tiempo que embajadas y consulados de Cuba eran sitiados por manifestantes. La presión popular nacional y las protestas internacionales obligaron a Machado a retroceder, viéndose forzado a obedecer la carta abierta firmada por los intelectuales, sin más opción que dejar salir a Mella bajo fianza el 23 de diciembre, dos días después a que sufriera un colapso que casi lo lleva a la muerte. Al ser liberado:

La noticia produjo una gran alegría popular y fue considerada como una gran victoria del pueblo contra el régimen de terror a Machado. Un profundo odio hacia Mella cubrió al dictador y a su ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Guillermo Fernández Mascaró, quienes manifestaron no descansar hasta eliminarlo completamente. (Cupull & González, 2006)

Ante el peligro inminente que resultaba para Mella permanecer en Cuba, viajó a México donde tuvo asilo político. A su llegada, el país que encontró hervía en importantes movimientos sociales y políticos, la Revolución Mexicana aún inquietaba las aguas y en el muralismo la historia se retrataba en color. Participó en el Grupo Comunista Mexicano, donde sus ideales políticos y revolucionarios hallaron eco. Fue entonces, en 1927, cuando conoció a Tina Modotti en la redacción del periódico del Partido Comunista Mexicano El Machete, para el cual Julio Antonio colaboró con una interesante producción bajo los seudónimos Cuauhtémoc Zapata y Kim, textos que Raquel Tibol encontrara accidentalmente cuando en octubre de 1966 comenzó a ordenar el archivo del pintor David Alfaro Siqueiros:

Al tener en mis manos la colección, a mi propósito concreto de llenar los huecos del archivo siqueriano se impuso una realidad inesperada, pero tan apasionante, que no puede eludir: la presencia en El Machete del líder antiimperialista cubano, Julio Antonio Mella, la cual expresaba uno de los momentos culminantes de la solidaridad revolucionaria latinoamericana, solidaridad que emergía ahora con los valores de un símbolo vivo y necesario, porque tan solo treinta y tres años después del inicio del exilio a que lo obligara la criminal dictadura de Gerardo Machado, había triunfado en Cuba una revolución que renovó, amplió y profundizó los horizontes de esa solidaridad continental por la que Mella trabajó con pasión crítica y vigilante, sin perder de vista la razón primera y última de la lucha común: el abatimiento del imperialismo norteamericano. (Tibol, 2008)

En El Machete, además del libro Ensayos revolucionarios, se agruparía una importante producción intelectual y ensayística revolucionaria del cubano. Mediante la palabra, Mella perseguía la justicia social de América ante el dominio yanqui, quienes pretendían una absoluta dominación económica mediante sociedades gobernadas por el dólar. Así como Simón Bolívar y José Martí seguían la idea de liberar a sus pueblos del yugo español, lo mismo pretendía Mella en relación a los Estados Unidos. Además de la lectura y admiración de mentes inigualables como Rodó, Ingenieros y Ugarte, su ideología se vio influida por la del argentino Deodoro Roca, líder del movimiento de la Reforma Universitaria y autor del “Manifiesto Liminar”dirigido a los “Hombres libres de Sudamérica” —texto indudablemente fundacional que envuelto en ideal latinoamericanista y antiimperialista caló en el pensamiento de intelectuales como José Carlos Mariátegui en Perú, José Vasconcelos en México, además de Cuba en Julio Antonio Mella, por supuesto— que enarbolaba la consigna “Obreros y Estudiantes: juntos adelante” (Kohan, 1998).

En Argentina, la figura de Mella encontró eco y raíces especialmente en 1963 cuando Gregorio Bermann, participante del movimiento de la Reforma Universitaria que como vimos Roca inició en Córdoba en 1918, realizó un seminario para estudiar y divulgar el pensamiento del líder, proponiendo la creación del Instituto Julio Antonio Mella con el objetivo de reunir documentación sobre su vida y lucha para darla a conocer dentro y fuera de Cuba, enfatizando en los antecedentes de la Revolución Cubana. Finalmente, el instituto se fundó en marzo de ese mismo año teniendo como sede la Universidad de La Habana.

Al respecto, Ezequiel Martínez Estrada:

Envió una carta que en algunos de sus párrafos dice que la noticia de la fundación del Instituto Julio Antonio Mella, le parecía magnífica, que él conocía poco de ese excelente muchacho, pero ese poco era de gran calidad, de juicio certero, de sana doctrina, que era de los pocos hombres de ahora que podíamos llamar ejemplares y admirables y que si había sitio para un vocal, que lo pusieran porque eso lo honraría. Ezequiel solicitó que le hicieran las copias de unas páginas extraordinarias de Mella sobre las ideas políticas de Martí. Afirmó que aunque pareciera mentira, era el único de los exegetas del Maestro que había entendido cabalmente el pensamiento socialista revolucionario y su situación en el destierro. (Cupull & González, 2006)

En relación a las “páginas extraordinarias” que señala Martínez Estrada, podemos encontrarlas en el texto “Glosas al pensamiento de José Martí”. En el texto, Julio Antonio plantea la necesidad de escribir sobre el valor de la obra revolucionaria de José Martí: “Lo hará esta pluma en una prisión, sobre el puente de un barco, en el vagón de tercera de un ferrocarril, o en la cama de un hospital, convaleciente de cualquier enfermedad (…) U otro hará el libro, cualquiera de mis compañeros, hermanos en ideales, más hecho para el estudio que para la acción”. Dictaminaba que una voz libre de prejuicios de la nueva generación y fundida con la clase revolucionaria lo escribiera. El líder estudiantil proponía elaborar un análisis de los principios generales revolucionarios de Martí, a la luz de los hechos que para entonces se vivían. Se pregunta en el texto qué hubiera el Apóstol dicho y hecho ante el avance, control de la vida política y económica del imperialismo entre los nacionales, y se responde a sí mismo con una frase del mismo Martí que resalta en mayúsculas: “No hay democracia política donde no hay justicia social”.

Como recuerda Mella, Martí expresó en más de una ocasión sus ideas sobre la desigualdad social y sobre el peligro del imperialismo. Tanto uno como otro plantearon en sus textos la situación de América ante el dominio extranjero —como en su momento también lo hiciera Manuel Ugarte refiriéndose a Estados Unidos como “la amenaza de un mar ganando terreno”— por lo que buscaban establecer una justicia social, ante lo cual Julio Antonio planteaba “no una revolución más como las que se ven todos los días en los países de América (…) hay que hacer, en fin, la Revolución Social en los países de la América”. Desde 1889 Martí se refería a “la amenaza del águila norteamericana”, preocupado por el poder que los yanquis podrían ejercer en las repúblicas de Latinoamérica y Cuba. Como Bolívar, buscaba la unión de América, la unión como defensa ante la opresión. Y es que la herencia bolivariana del amor a la patria y la unidad latinoamericana aunados a la recepción de las ideas martianas, fueron los pilares que consolidaron el pensamiento de Mella:

Si Bolívar fue el paradigma de Martí y este último de Mella, cabría preguntarse hasta qué punto existió una influencia no únicamente teórica (cuya evidencia es evidente) sino en la conformación misma de una forma de vida conscientemente elegida para un fin igualmente identificado. Este es el punto de la confluencia: no hay actor sin un contexto que lo posibilite y la historia social es el conjunto de actores y posibilidades históricas. (Cuevas & Olivier, 2006)

El ideario patriótico y revolucionario heredado de estos dos grandes pensadores no solo latinoamericanistas sino universalistas, cimentaron en Mella —a la par de Marx, Engels y Lenin—una postura ideológica que se oponía, como lo hemos expuesto, radicalmente al régimen de Gerardo Machado. Y por eso fue su muerte. Copiosos ensayos, artículos periodísticos, crónicas e incluso novelas como “Tiníssima”de Elena Poniatowska, inician su desarrollo relatando el asesinato de Julio Antonio, ha de ser por lo que la historiadora cubana Olga Cabrera señala en uno de sus textos titulado: “Un crimen político que cobra actualidad…” o por decirlo de otro modo, un crimen político que no pierde vigencia aún cuando han pasado décadas del episodio.

Porque de muerte fueron los balazos que recibió cuando caminaba del brazo de Tina Modotti el 10 de enero de 1929. Caía el día y con él Julio Antonio Mella sobre la calle Abraham González en la ciudad de México cuando dos hombres cumplían la orden que Machado había dictado desde La Habana: asesinar al nacionalista revolucionario que con sus ideales fue el comunista más comprometido de su tiempo, convirtiéndolo en una figura mítica de la lucha contra la desigualdad social y el antiimperialismo.

Diego Rivera —quien toma la figura de Mella para el mural En el arsenalde la serie “Del corrido a la revolución”, donde lo coloca entre Tina Modotti (quien sostiene una cartuchera de balas) y Vittorio Vidali (que años después se casaría con Tina)— declaró después del asesinato en un discurso pronunciado frente el Palacio Nacional de México:

La culpa de este horrendo asesinato es del gobierno y la Embajada de Cuba, los que urdieron sus maquinaciones para darle muerte a Mella, con la particularidad de que a espaldas del gobierno cubano se encuentra Estados Unidos que, en su afán de imponer su política al mundo entero, está acallando las pocas voces de protesta que se elevan, como la de Mella. (Publicado en El Dictamen, periódico del puerto de Veracruz, México., el 12 de enero de 1929)

Así como Diego Rivera, muchos otros responsabilizaron públicamente a Machado por el crimen político, entre ellos, claro está, Tina Modotti, quien afirmó “que había muertos que hacían temblar a sus asesinos porque la muerte representa para ellos, el mismo peligro que su vida de combatiente”

Es un enigma el alcance que habría tenido Julio Antonio Mella de haber logrado más de veintiséis años de vida, pues como bien lo señala la fotógrafa italiana, si aún muerto su lucha continuó, con vida ¿cuáles habrían sido sus limitaciones? Esa incógnita es para la historia cubana, y mas aún, latinoamericana, lo que dijera Lezama Lima de José Martí, “un misterio que nos acompaña”.

 

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El mural, finalizado en febrero de 1929, está ubicado en el último piso de la Secretaría de Educación Pública de México. A la derecha puede verse a Tina Modotti junto a Julio Antonio Mella. Detrás de él, con sombrero negro, Vittorio Vidali. Al centro está Frida Kahlo entregando armas a los obreros, función que igualmente cumplían Mella y Modotti. El personaje de la izquierda es David Alfaro Siqueiros. Puede verse que mientras los obreros se preparan, al fondo toma acción la Liga Nacional Campesina.

 

 

 Addy Góngora Basterra. Vive en Mérida, Yucatán. Es columnista semanal del periódico “Diario de Yucatán” y profesora de “Historia del Arte” en la Universidad Autónoma de Yucatán. Desde el 2007 lleva el timón del blog www.letranias.com

BIBLIOGRAFÍA

Altamirano, C. (2006). Intelectuales. Bogotá: Norma.

Cuevas, Y., & Olivier, G. (2006). Julio Antonio Mella: de líder universitario a activista social. En R. (. Marsiske, Movimientos estudiantiles en la historia de América Latina III. (págs. 105-140). México: Plaza y Valdes.

Cupull, A., & González, F. (2006). Julio Antonio Mella en medio del fuego: un asesinato en México. Ciudad de La Habana: Casa Editorial Abril.

Kohan, N. (21 de 06 de 1998). Los estudiantes del año 18. Recuperado el 02 de 11 de 2008, de Clarín: http://www.clarin.com/suplementos/zona/1998/06/21/i-01601d.htm

Lezama Lima, J. (Septiembre de 1970). Cercanía de Lezama Lima. (R. I. Boudet, Entrevistador)

Mella, J. A. (1960). Ensayos Revolucionarios. La Habana: Editora Popular de Cuba y del Caribe.

Tibol, R. (11 de 2 de 2008). Wayra al día. Recuperado el 23 de 10 de 2008, de Los escritos de Julio Antonio Mella en “El Machete”: http://wayrabloggs.blogspot.com/2008/02/los-escritos-de-julio-antonio- mella.html

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Sinónimo de subirme al mundo en un día de oficina es encender la computadora, abrir Outlook, Google Chrome, iTunes —no necesariamente en ese orden—y se declara inaugurada la jornada laboral. Así que como cada mañana, siguiendo el ritual, la página principal que tengo en el Chrome me da los buenos días con el nombre de un escritor francés del que nada he leído y a quien desconocía.

Patrick Modiano, leo. Modiano, vuelvo a leer. Premio Nobel de Literatura 2014. Qué bien, pienso. Algo nuevo el día de hoy por conocer. Ahora ya no se me va a olvidar ni será indiferente cuando lo encuentre en alguna vitrina o coronando pilas de libros. Entonces recuerdo ejemplares de Alice Munro —que no compré—paciente y estratégicamente ordenados al paso de la clientela en librerías. Pasó un año y no la leí, como muy probablemente tampoco leeré a Modiano. ¿Tampoco voy a leerlo? ¿Y quién eres tú para semejante censura? me dice una parte de mí que lucha contra la otra yo que todos los días se levanta temprano a dar clase, que luego corre a la oficina, que luego sale corriendo otra vez para dar clase, que llega a su departamento por la noche, que a veces tiene una cena, siempre un amor, últimamente una cancha de tenis, quién eres tú para decirte que no vas a leer, me reprocho. Y me consuelo con palabras de Daniel Pennac (Como una novela. Barcelona: Anagrama.1992)

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 El tiempo para leer siempre es tiempo robado. (Al igual que el tiempo para escribir, por otra parte, o el tiempo para amar.)

¿Robado a qué?

Digamos que al deber de vivir.

Ésta es, sin duda, la razón de que el metro símbolo arraigado de dicho deberresulte ser la mayor biblioteca del mundo.

El tiempo para leer, al igual que el tiempo para amar, dilata el tiempo de vivir.

Si tuviéramos que considerar el amor desde el punto de vista de nuestra distribución del tiempo, ¿quéarriesgaríamos? ¿quién tiene tiempo de estar enamorado? ¿se ha visto alguna vez, sin embargo, que un enamorado no encontrara tiempo para amar?

Yo jamás he tenido tiempo para leer, pero nada, jamás, ha podido impedirme que acabara una novela que amaba.

Consideraré lo anterior y sumaré a la lista de lecturas a Modiano que, dice la prensa, ha sido galardonado «por el arte de la memoria con el que ha evocado los destinos humanos más inasibles y descubierto el mundo de la ocupación». Ha empezado en redes sociales y sitios web la avalancha de extractos, fotografías, fragmentos, citas, entrevistas y todo lo que sirva para nutrir y difundir a la figura literaria que le ha dado chamba a los que, como yo, tampoco o poco lo conocen.

Mientras su obra llega a nuestras manos, la web nos permitirá un esbozo de este novelista cuyo leitmotiv es la ocupación alemana en Francia durante la II Guerra Mundial. Su fecha de nacimiento lo dice todo: 30 de julio de 1945. Europa recién salía de la pesadilla en la que se vio envuelta cuando Patrick Modiano lloró a la vida.

Miro el teclado. En él, mi dedo índice de la mano derecha juega al sube-y-baja por las teclas UJM MJU con leves roces, sin hundirlas, saltitos de yemas como quien juega rayuela, mientras pienso para qué sirve un Premio Nobel de Literatura y lo que ocurre en el común de los mortales cuando ese nombre se anuncia. ¿Nos nutre de alguna manera? ¿es posible que algo de lo que esa persona escribió nos cambie la vida? Cierto es que nos regala la oportunidad de encontrar una ventana al mundo. Cuando se anuncia que alguien ganó un premio nada deja de ser como era por un nombre…pero cuando se trata de un escritor, mucho de nosotros puede llenarse de riqueza con esas palabras nuevas, sus historias, su visión de la vida. Quizá para eso nos sirva el boom publicitario de un Premio Nobel de Literatura: para descubrir de nosotros lo que en otros autores no habíamos descubierto.

DE PILÓN

Además de libros, una de los legados de Modiano es su hija Marie, cantautora que en su último disco acompaña poesía con música del sueco Peter Van Poehl, que podemos escuchar en el programa “Rencontre avec Marie Modiano pour Franche connexion”: http://youtu.be/bjEQxSokyCI  y también en el video “La fille àla balafre”en http://www.youtube.com/watch?v=pVl3CGDO2ek

Para quien tenga avidez por mayor información, comparto el link a la entrevista “Las obsesiones de Modiano”de Antonio Jiménez Barca publicada en El País el 16 de mayo del 2009. Link: http://elpais.com/diario/2009/05/16/babelia/1242430752_850215.html

 

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Un día como hoy hace cinco años, murió Mercedes Sosa.

Lo recuerdo porque yo estaba viviendo en Buenos Aires y me resulta inolvidable el ambiente de aquel domingo tras la muerte de esta cantante que tanto adoró el pueblo argentino. La gente se volcó a las calles llevando flores, chacareras y canciones. No se podía ser indiferente al acontecimiento.

De manera similar recuerdo la emoción que sentí el domingo 20 de mayo del 2007 cuando Gal Costa, cantante brasileña, dio un concierto en el Teatro Gran Rex, ahí sobre la célebre avenida Corrientes que el tango “A media luz” ha vuelto leyenda. El público se acomodaba en sus lugares. Hacía algunos momentos que Rafael —mi amigo puertorriqueño, cómplice y compañero de cuanta aventura musical, cultural y gastronómica se nos antojara—y yo habíamos llegado al teatro… cuando inició de pronto una lluvia de aplausos. Miré el reloj y faltaban varios minutos para que Gal saliera a prodigar su voz. El telón aún estaba en su lugar. La gente se puso de pie sin dejar de lado esa ovación improvisada. Nos asomamos a ver qué ocurría —estábamos en el segundo piso del teatro—y entonces…ahí estaba…Mercedes Sosa…avanzando por el pasillo hacia su butaca agradeciendo con la mano en alto y con un “Gracias, gracias” que por la distancia no se escuchaba pero que no era difícil adivinar. “Te queremos Negra”, le gritó alguno.

De ese tamaño era Mercedes; del tamaño del amor y admiración que personas anónimas le arrojaban a gritos sin violencia. Era del tamaño de una ovación que no cabe en las manos; ovación de esas que hacen que acabes con las palmas ardidas, de esas en las que se vuelve eufórica una nación en agradecimiento a canciones que hicieron de este mundo un lugar mejor.

Pero esa no fue la primera vez que vi a la Negra. Dos años antes dio un concierto en un parque por el que atravesé Buenos Aires una tarde de sábado con la misión de escucharla. El evento fue al aire libre, sobre un pasto; había frío y mucha gente. Su voz nos dio calor, nos movió el cuerpo, cantamos con ella, nos apretujamos unos contra otros, conocidos y desconocidos, como un rebaño que encuentra consuelo y abrigo con la cercanía del otro. Aunque nunca nos habíamos visto, los que estábamos ahí éramos algo parecido a amigos recién descubiertos, todo por el simple hecho de estar ahí convocados por la mujer del escenario que cantaba sentada porque ya le costaba trabajo estar de pie y caminar. Algo similar debíamos tener en el alma para acudir en esa tarde de invierno a escucharla cantar, entre mate y mate. Haberla visto de lejos pero tan cerca de mí es una imagen/sensación que todavía me acompaña.

Años después el rostro de Mercedes Sosa con una sonrisa estuvo en varios puntos de la capital porteña en el afiche que le daba publicidad al disco doble “Cantora”, álbum en el que compartiósu voz y sus canciones con intérpretes tan diversos como Lila Downs y Shakira, Calle 13 y María Graña, la Sole, David Lebón, Joaquín Sabina, Spinnetta, Jorge Drexler, Teresa Parodi, Julieta Venegas y Gustavo Cerati, tan sólo por decir algunos.

Quizá el mejor de los encantos de la música y de sus intérpretes es que nos marcan la vida. Son otra forma de los recuerdos y de la nostalgia. Mercedes marcó mi adolescencia desde la primera vez que oí su voz en la cocina de la familia López Carrillo en Coatzacoalcos; en los viajes en carretera con la música a todo volumen; mis andanzas con audífonos; las noches de bohemia con guitarra, amigas y un sacerdote que exigía sus canciones como quien muere de sed y pide de beber.

¿De quétamaño era Mercedes Sosa? ¿Cómo se mide a alguien sin tiempo y sin fronteras? Ni básculas ni flexómetros ni termómetros ni la venta de boletos en taquilla. ¿Cómo se mide la vida de alguien, su talento, su legado? ¿Cómo se mide lo que una voz nos ha dejado a tantos?

Tal vez Mercedes Sosa es del tamaño de las personas que seguimos viendo, queriendo, escuchando.

 

Fotografía de Bernd Arnold

Fotografía de Bernd Arnold

@letranias

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Es inevitable: el olor de las almendras amargas me recuerda siempre el inicio de un libro de Gabriel García Márquez.

El primer libro suyo que leí no fue Cien años de soledad, sino El amor en los tiempos del cólera. Puedo evocar, con memoria fotográfica, los diferentes lugares en los que estuve sentada y tumbada leyéndolo, así como también sé exactamente en dónde estaba cuando leí la última página, llenándome de euforia la última frase y queriendo a los personajes como si fueran algo mío. También recuerdo, algunos años antes de esa lectura, una tarde en la librería Dante de Prolongación Montejo donde un novio lector me leyó en voz alta un fragmento: Florentino Ariza tocando el violín a favor del viento para que llegara mejor a los oídos de Fermina Daza.

Este jueves santo 17 de abril he revivido ese momento porque estando en un estacionamiento, poco antes de bajarme del auto, escuché por la radio la noticia de la muerte del Gabo. He pensado desde entonces… ¿Qué perdemos cuando muere alguien que escribe? ¿Qué se desvanece de nosotros cuando muere alguien a quien nos gusta leer? Todo y nada, porque los párrafos y párrafos por los que conocimos a esa persona siempre nos acompañarán, pero también perdemos todo, porque esa mente capaz de idear personajes y situaciones que en algún momento nos hicieron mejor la vida, ya no continuará dándonos ese regalo único de narrar lo cotidiano de una manera inigualable que de tanta hermosura se antoja memorizar.

Qué invento entrañable y fantástico es la literatura; libros y frases son extrañas y misteriosas cajas de papel donde guardamos recuerdos, momentos congelados en el tiempo, atrapados entre páginas y capítulos. Por eso, aunque nunca conocí al Gabo, aunque nunca estuve siquiera cerca de su presencia, aunque él no sabía de mi existencia ni de cuánto tiempo ahorré en la adolescencia para comprarme uno de sus libros, lo quise y lo querré como alguien cercano, porque a través de sus historias lo volví parte de mi vida.

En esta fecha, que también coincide con el aniversario de la muerte de Sor Juana, se me llena la tarde de realismo mágico, de palabras y frases que en gran parte provocaron mi amor por la literatura. Así que voy a la cocina y me sirvo un vaso con hielo, volviendo mío el recuerdo del Coronel Aureliano Buendía frente al pelotón de fusilamiento.

Addy Góngora Basterra
@letranias

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Lluvia de letras 3

Hubo mucho calor el día que la ciudad amaneció cobijada por neblina. Relatos vueltos leyenda han inmortalizado esa mañana en la que todo parecía un espejismo: las personas, el asfalto, las palabras. Palabras que se derretían. Palabras que tan pronto empezaban a gotear se evaporaban tras ser dichas.

Tanto, pero tanto era el calor, tan implacable el sol, que vocales y consonantes encharcaron calles y avenidas llenando de vapor gentil el aire a respirar. Inolvidablemente, las fosas nasales aspiraron voces, pasiones, nomenclaturas; entraron por la nariz piropos, reclamos, halagos; órdenes de jefes y de restaurant; mentiras, bienvenidas, cantos, rezos y vocablos; palabras que sólo cobraron significado y sentido al revelarse al olfato.De tanto respirar lo nunca antes respirado, los cuerpos se hincharon de lenguaje dando de qué hablar según el modo de caminar, delatándose en cada paso y cada abrazo.

Entonces ocurrió lo inesperado, lo imposible, lo soñado: del abecedario evaporado y del bochorno incontenible empezó una lluvia inolvidable e increíble, porque cada palabra fue cobrando forma al caer el agua. Por la ciudad se desplegó una cortina de letras como si la tarde fuera una película con subtítulos verticales, espectáculo de palabras que apenas duraban un instante.

La gente miró por las ventanas y salió a las calles a leer lo que pasaba; letra por gota, gota por letra, todos encontraron palabras que les faltaban, nombres amados que en rumor de agua la lluvia pronunciaba.

Todos recobraron algo querido. Esa lluvia devolviólo extrañado y perdido,como si el destino obsequiaracierta bonanza a todo aquel que la necesitara, a través de lo leído.

La voz corrió, escurrió y ocurrióque buenas palabras lavaron paredes, escalones y pupilas; tejas, espaldas y avenidas; terrazas, talones y mejillas. No hubo quien no leyera la lluvia de aquella tarde en la que tanto calor desbarató palabras frías; tarde en la que sólo pudieron decirse palabras cálidas, palabras en deshielo.

Por eso nadie olvida aquel aguacero.

Porque nunca hablar de amor fue tan sencillo ni sincero.

addy@letranias.com

www.letranias.blogspot.mx

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