Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) ganó el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016. Celebramos su galardón con una entrevista exclusiva para Nexos en la que el autor conversa sobre las consecuencias del comportamiento humano, el cruce de fronteras, su proceso creativo y el desarrollo de la novela Canadá (Anagrama).

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Richard Ford ha sido un escritor extremadamente cuidadoso, incluso purista. No pertenece a esa clase de novelistas que han hecho un gran número de libros con poéticas y alcances diferentes, sino que cada una de sus novelas parece escrita con la clara idea de consolidar una obra. De dar, de alguna manera, un paso hacia adelante.

Su carrera comenzó en 1976 con su primera novela, Un trozo de juventud; ópera prima que pasó desapercibida por la crítica, lo cual no resulta del todo extraño pues Ford nunca ha buscado los grandes reflectores sino que se ha concentrado en escribir novelas que no siempre son fáciles de digerir. Obras que con paso discreto y firme lo han consolidado. Sus protagonistas van desde un “camello” que pasa droga entre México y Estados Unidos a un ya clásico periodista deportivo, Frank Bascombe,que con la segunda entrega de la trilogía, El día de la independencia, le valió el Pulitzer.

Ha escrito algunos libros de ficciones breves como Pecados sin cuento y De mujeres con hombres. Algunos textos autobiográficos como Mi madre y el singular Flores en la grietas. Recientemente recibió en Francia el Premio Femina de Novela Extranjera por Canadá.

Contemporáneo y amigo de Raymond Carver, Ford es una referencia dentro de la literatura norteamericana del siglo XX y la primera del XXI. Capaz de unir un sentido del humor frívolo y un sentido crítico del mundo moderno. Capaz de cazar patos y ser miembro de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras.

Richard Ford vivió en la ciudad de Oaxaca en los años setenta. En esos años se trataba de una ciudad oscura y violenta, una sórdida y misteriosa provincia donde en las noches se escuchaban tiroteos. También era, de alguna manera, virgen. Nos dijo: “Visitamos el campo majestuoso, y fuimos a los extraordinarios sitios de civilizaciones antiguas. Conocimos arqueólogos misteriosos. Nos sentimos como si estuviéramos viviendo en una novela de Graham Green —con bellezas y florituras esparcidas a través de lo que sería un coro de vida cacofónico, vivido en el borde. Nos encantaba”.

Sobre la escritura de su novela Canadá, la cual tardó veinte años en escribir, contó que atesoraba apuntes y apuntes hasta que un día tomó la decisión de escribirla. “Guardaba un sobre de cartón café en el congelador de cualquier refrigerador”. Sacó el manuscrito lleno de notas congeladas y se puso a trabajar en él. “No sabía realmente adónde iba con la historia. La vida simplemente intervino. Hay algunas cosas que, por bendición, simplemente no podemos explicar —como por qué las hacemos—. Todos hemos intentado dejarle esto claro a la persona con la que nos hemos casado”.

Una novela que comenzó a escribir en un mundo y terminó en otro. Pues no sólo la realidad norteamericana cambió, la literatura también se transformó.

Canadá emergió luego de veinte años. Una novela extraña pues la historia gira en torno a un niño abandonado porque sus padres, un buen día, deciden que la solución a sus problemas es asaltar un banco y van a dar a la cárcel. Es una historia que resuelve con maestría porque las cosas se dan con naturalidad.

Canadá quizá sea una de las mejores novelas de los últimos años. Sorprende la perfección del tono. El cuidado de nunca ensuciar la historia aunque se trate de una novela larga con robos y disparos. Une la reflexión sobre la vida con una historia llena de acción.

Oaxaca ha atraído a muchos escritores, desde el Barón de Humboldt, Ítalo Calvino hasta Graham Greene y Malcolm Lowry. Incluso en la terraza donde tuve la oportunidad de platicar con Ford, Oliver Sacks escribió parte de su Diario de Oaxaca.

También Saul Bellow situó aquí uno de sus relatos, Las memorias de Mosby. Así describe el lugar: “Mr. Willis Mosby, después de su siesta, miraba montaña abajo a la ciudad de Oaxaca, donde todos aún roncaban: bocas, culos, largo cabello indio, la antigua belleza fotográficamente celebrada por Eisenstein en Tormenta sobre México”.

 

Adán Ramírez Serret: Hace poco usted dijo: “Seamus Heaney, mi amigo que extrañamos tanto, escribió en su discurso del Premio Nobel que algunas veces tienes que ‘…caminar en el aire en contra del sentido común…’”.

Richard Ford: Sí, salvo tu mejor opinión.

ARS: Sorprenden estas palabras porque en general se habla de seguir al sentido común. Si no es así, entonces, ¿cuál es el camino? ¿Qué es lo que sigue un escritor?

RF: No hay distinción entre lo que dijo Seamus y lo que se sigue. Cuando estás escribiendo siempre tienes que seguir adelante, siempre estás caminando en la oscuridad. Siempre sigues tus instintos. Pero, lo que Seamus quiso decir fue: tus instintos no son infalibles. Y a veces tienes que hacer algo que sabes que tienes que hacer aunque sepas que no está bien. Sólo cuando te atreves a cometer esta clase de errores, me refiero a los errores que cometes en la página, no estamos hablando de los errores que cometas como humano. Entonces, cuando te atreves a tomar esta clase de riesgos, es cuando descubres algo que nunca pensaste que tocarías. Y estoy hablando de algo tan simple como escoger las palabras. O dónde romper, o dónde comenzar una escena. En realidad lo más importante en una novela es escoger las palabras. Haciendo que algo comience aquí o termine allá. Éste es en realidad el gran tema de la literatura.

ARS: Canadá fue recibida por la crítica como una obra maestra. El ejemplar en español está lleno de reseñas de escritores talentosos. Colm Tóibin, por ejemplo, dice: “Es fascinante cómo descubre la trama en la primera página y después vuelve hacia atrás, ofreciendo una versión más íntima de la misma historia”.

RF: Es mi naturaleza: pensar en las consecuencias del comportamiento humano. Sobre todo, estoy interesado en el comportamiento. Porque pienso que puedo prometer algo al lector. Si escribo sobre robar un banco, sobre asesinatos y otras cosas es porque por medio de esto estoy picando la curiosidad del lector o la lectora. Esto es lo que lleva la novela. A la vez que me da algún tiempo para que yo pueda investigar sobre mi obra. Porque en realidad estoy pensando en cuáles son las consecuencias de abandonar a un niño. En las consecuencias de robar un banco o cruzar la frontera. Estos son en verdad los sucesos en los que estoy interesado. Las emociones morales que traen las consecuencias de estos actos. Porque tus convicciones te dirán, por ejemplo: si tus padres roban un banco son padres terribles, personas terribles. Mi punto de vista era que no son padres terribles sino patéticos. Que ellos cometieron errores. Pero en el fondo son buenos padres. Pero si yo propongo que son asaltabancos, si yo le digo al lector esto, toco su curiosidad y me da tiempo para investigar otros aspectos sobre qué clase de personas son. Lo que puedo hacer por ti, lector, mientras salen las pistolas. Y esto es una especie de contrato automático cuando escribes novelas: tienes que darle al lector o a la lectora una historia por medio de la cual le vas a decir algo que necesita saber y que, mientras lees, estoy en camino de complacerte diciéndote aquello que no sabes.

ARS: Quizá sea por esto que John Banville dice que “esta es una de las primeras grandes novelas del siglo XXI”.

RF: Pero sólo en los primeros trece años. Sí, eso pensé cuando la escribía: es la primera gran novela en trece años. Banville es muy listo porque hasta ahora ha sido un siglo muy corto.

ARS: ¿Le parece buen novelista?

RF: Es el mejor novelista del mundo.

ARS: Dell Parson, quien narra la historia, es un personaje singular, una especie de artista.

RF: Eso está bien, nadie me lo había dicho. Es un artista porque sopesa estos hechos. Negocia con esto. Es interesante porque te dice qué hacen los artistas. Lidian, conviven con lo opuesto. Hay una frase de Ruskin que me importa: “La composición es la unión de cosas desiguales”. Fue porque su vida, y él lo dice al final de un libro, es un arreglo de cosas desiguales.

ARS: Dell Parson es muy reflexivo. Al final de cada capítulo da un punto de vista de lo que ha contado, de lo que ha vivido.

RF: Sí, creo que se debe a mi propia naturaleza. Cuando termino algo lo necesito decir así: “¡Bang! ¡Bang!”.

ARS: Un tema importante en la novela es la frontera. Los límites entre Canadá y Estados Unidos. Le dieron el premio Nobel a Alice Munro.

RF: Sí, me hizo muy feliz.

ARS: En una entrevista anterior dijo usted que sus editores no querían que el nombre de la novela fuera Canadá, expresaron que no le diría nada al público estadounidense.

RF: Cuando me dijeron esto los vendedores de Estados Unidos, que nadie estaría interesado en este título, pensé que estaba bien. Me dieron algo que conseguir. Que pudiera hacer que sucediera, que interesara.

ARS: En Canadá hay muchas fronteras imaginarias, ya sea entre países o entre ser un adolescente o un adulto.

RF: Sí, también entre ser culpable o inocente. O entre ser un criminal o que éste sea tu padre.

ARS: Quizá sean fronteras invisibles pero definen las vidas de los seres humanos.

RF: Sí y no. Sí, si yo lo digo. Sí, si yo impulso las vidas de estos personajes. Estas piezas conceptuales hechas de artificios. Que estas líneas se deben cruzar. Pero no cuando cierras el libro. Porque cuando cierras el libro no existen estas líneas. Es solamente que estas líneas no definen nada y en el libro tienen una especie de función provisional, intemporal. Quizá sea interesante pensar en nuestras vidas como un cruce de fronteras. Quizá sea interesante pensar en nuestras vidas en términos que refrescar: el pasado y el final. Entonces cuando cierras el libro hay emociones que se quedan contigo de esta forma o probablemente de aquella otra. Y quizá otras se vayan. Hay una frase interesante de un filósofo norteamericano, Daniel Bell. Dice: “Las nociones conceptuales necesitan más la verdad que los pensamientos. Ellas son útiles o inútiles”.

ARS: Acerca del género de Canadá, me parece una novela difícil de definir. Quizá como son todas las grandes novelas.

RF: Quizá sea poner un poco de todo en un libro. Estaba completamente consciente, cuando escribí este libro, que sería literario por naturaleza, y que sería también de alguna forma una historia sobre crímenes. Quería unir los diferentes géneros. Que no fuera sólo uno u otro. Mi idea de una gran novela, y te diré el nombre de un escritor que quizá nunca hayas escuchado, Robert Stone, es un libro llamado Dog soldiers escrito en los setenta. Es verdaderamente intelectual y sofisticado pero también emocionante y suceden cosas. La gente hace el amor y la gente es asesinada. Esa es mi idea de una novela perfecta. Una novela como The end of the affaire de Graham Greene o Brighton Rock. Esa es mi idea de grandes novelas. Literatura seria sobre ideas, sobre el espíritu. Pero que también sucedan cosas.

ARS: Cierto, suceden cosas, miles de cosas en la vida de un ser humano. Pero en la literatura, el mundo, la historia personal, cobra algún sentido. Recordar para conseguir algo. La historia de Canadá es muy triste pero sucede como en otras grandes novelas que al recordar hay gran belleza.

RF: Eso es lo que se espera, que sea filosófica. Pero creo que también sucede porque soy optimista: porque soy yo dándote a ti un libro diciéndote que hay algo en la vida que este libro te mostrará y de lo que te protegerá y esto te seguirá en tu propio futuro. Lo que es finalmente optimista.

 

Adán Ramírez Serret
Crítico literario.

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Nir Baram (Jerusalén, 1976) irrumpe en la escena literaria con novelas densas, escritas de alguna forma para lectores perspicaces, pues sus obras entablan un diálogo con la narrativa de principios y mediados del siglo XX a la vez que exigen una reflexión sobre el presente y el futuro. Dos de ellas, Las buenas personas y La sombra del mundo, han cautivado al mundo de las letras. La primera, ambientada durante la Segunda Guerra Mundial en Berlín, Leningrado, Varsovia, Brest y Lublin, es una novela histórica que devela los engranajes éticos de quienes habitaron esa gesta. La otra, La sombra del mundo, es una novela que mezcla el hiperrealismo del capitalismo actual con una visión futurista algo apocalíptica.

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A pesar de tener poco menos de cuarenta años y haber escrito cinco novelas, dos de ellas de más de quinientas páginas, Baram no se considera ni un autor joven ni prolífico. Y quizás tenga razón, pues Clarín escribió La Regenta a los treinta y tres años y Tolstói Guerra y Paz a los treinta y seis. Según Somerset Maugham, esa década, los treintas, es la ideal para escribir novelas.

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Hablo de grandes novelistas porque Nir Baram retoma el género con la seriedad y exhaustividad de los novelistas del siglo XIX y de principios del XX, donde el impulso narrativo crea una prosa caudalosa, densa; que lleva sin prisas al lector a través de largas descripciones que detallan sobre todo el interior de los personajes. Mientras las leía pensaba en Los demonios de Dostoievski, pues recuerdo que avanzaba páginas y páginas sin saber de qué iba la novela, cuál era su asunto. Sin embargo, al terminarla, descubrí con sorpresa que no hay nada más fascinante que reflexionar sobre el tema de Los demonios. Algo similar me sucede con Nir Baram. Sé que la comparación es arriesgada pero no en balde ha sido reseñado por Amos Oz, que escribió: “Las buenas personas está escrita con gran talento, ímpetu e ingenio. En su núcleo late  una curiosidad inmensa, que es, ante todo, una curiosidad moral. Este libro amplía las fronteras de la literatura joven y abre nuevos horizontes”. Abre nuevos horizontes dentro de la rica tradición israelita contemporánea, pensando, claro, en Oz y David Grossman, pero también en Lavid Tidhar o el árabe israelí Sayed Kashua.


Adán Ramírez Serret: ¿Cómo escribes tus novelas?

Nir Baram: Cuando estoy haciendo una novela escribo mucho y sin parar. Escribo sin ninguna estructura…

ARS: Como Dostoievski…

NR: Sí, pero él lo hacía porque tenía que entregarlo al periódico. Cuando escribo no sé a dónde voy, nada; ni siquiera sobre qué trata el libro. Por eso, mientras lo hago, tengo miedo de que no tenga sentido lo que escribo, tengo miedo de no lograr nada.

ARS: En Las buenas personas uno de los personajes cita a Hegel, dice que la historia avanza y que hasta los sucesos más espantosos le sirven a ella misma y a la inteligencia para guiarlas hacia adelante.

NB: Nunca escribo para probar alguna teoría filosófica, más bien para contar una historia.

ARS: Lo pregunto porque de alguna forma es como leemos la ficción: para encontrar un sentido.

NB: Muchas veces he escrito para entender lo que no entiendo, pero casi siempre resulta que termino mucho más confundido de lo que estaba antes.

ARS: Hay una especie de ironía  sobre quiénes son los buenos y los malos en Las buenas personas.

NB: No creo que la cuestión de ser bueno o malo sea lo esencial en esta novela. Yo creo que los dos personajes principales tienen aspiraciones, motivaciones, el poder para manipular pero también creencias honestas. Por ejemplo, Thomas Heiselberg es un joven que cree pero el problema es que sólo confía en sus planes y en nada más. Así que la ironía está en que todas estas personas no pensaban durante la Segunda Guerra en qué era bueno o malo; más bien están llenos de miedo. No creo que haya gente completamente buena o mala, sino que creo que hay personas que pueden tener una conciencia más amplia de la complejidad de las circunstancias. No creo haya gente que vaya por el mundo considerándose pecadora; por lo tanto, lo que debe suceder en la literatura es la construcción de personajes complejos con múltiples motivaciones.

ARS: ¿Estos personajes complejos habitan dentro de ti? Algo así como lo que dice Mijail Bajtin en su obra sobre Dostoievski: que el autor es todas las máscaras de sus personajes.

NB: Bajtin fue una influencia para La sombra del mundo, la idea del carnaval. Pero también estoy de acuerdo con lo que dices. Creo que un autor necesita cambiar de máscaras. Por ejemplo, en La sombra del mundo los personajes principales son completamente opuestos. Los impulsan diferentes fuerzas. Están el capitalista americano y, del otro lado, los jóvenes londinenses que hacen la revolución; así que como escritor uno necesita evocar sus creencias, su visión de la vida y transmitir la verdadera pasión vital de todos los personajes. Así que debo escribir sobre la vida de cada personaje con la misma pasión tal como lo hago con mis propios ideales. Eso es lo que debe hacer un escritor: penetrar por completo en el alma de un personaje para construir con pasión todas las perspectivas, toda la ideología incluso cuando sabe que está equivocado. Por eso creo que cuando escribes siempre debes cambiar de máscaras.

ARS: ¿Entonces debes tener alguna sintonía con los personajes?

NB: Hay algo muy sabido: vivimos en una época del post individualismo, en una época post heroica. Estamos en un tiempo donde ya no se crean más los propios pensamientos, o ya nadie se cree original. Todos somos una combinación de muchas cosas. Cuando dices algo sabes que no puede ser original porque ya lo dijo alguien más. Por eso creo que en nuestro tiempo el tema de la máscara es muy interesante. En La sombra del mundo es muy evidente: tenemos una cara de verdad pero utilizamos diferentes máscaras en la televisión, en Alfaguara, en la sociedad, etcétera. O quizá lo opuesto, nuestra verdadera cara es la combinación de todas estas. Creo que esta es la pregunta esencial en esta novela. ¿Podemos reconocer nuestra cara? ¿Existe? ¿O es la combinación de quinientas caras nuestro verdadero rostro? Para nuestra generación es esencial entender esto, porque hay muchas voces, muchas fuerzas y empresas a las que responder. Y el problema es que entre ellas hay fuertes contradicciones políticas e ideológicas.

ARS: Tus novelas son en cierto sentido históricas, una sucede durante la Segunda Guerra Mundial y la otra durante la Guerra Fría, pero plantean reflexiones fundamentales para el siglo XXI.

NB: La sombra del mundo me parece que es una novela muy contemporánea, ilustra más de cuarenta años de capitalismo. Ilustra la historia después de la Segunda Guerra Mundial. Pero también la trama principal sucede en el futuro, los jóvenes en Londres declaran una guerra el once del once, no nos dicen el año pero tal vez sea el dos mil diecinueve. Así que la combinación que es interesante en La sombra del mundo, es que por un lado es hiperrealista en cuanto a la Guerra Fría y que retrata el mundo como es ahora, pero también da un salto al futuro y se concentra en los jóvenes de Londres para entender un problema esencial: la violencia.

ARS: Ahora que estás en México, y hablando de la violencia, ¿has encontrado alguna relación con Israel?

NB: México aparece en la novela, se habla de una crisis del tequila y otros eventos políticos. Escribí sobre este país puesto que comencé a venir; amo al país y a la gente pues es muy similar a Israel. Hablando con los jóvenes mexicanos, con los jóvenes escritores y con intelectuales me doy cuenta de que sienten la misma desilusión, la misma decepción, la misma falta de creencia en los procesos políticos que en Israel, incluso algo más: me parece que en México la seguridad individual es más frágil que en Israel; en mi país hay guerras pero uno se siente más seguro. Esta es la causa de que la gente sienta una frustración hacia la democracia, pues si participa en las votaciones, en manifestaciones y nada cambia, ¿qué puede hacer?

ARS: Finalmente, ¿estás escribiendo algo ahora?

NB: No, no estoy escribiendo nada, pienso que parte de ser escritor es también no escribir siempre.

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Las obras literarias están insertas en un mundo específico. Los movimientos y tradiciones donde se crea la literatura se alimentan de contextos culturales, ya sea una lengua, una ciudad, una estética o la suma de las tres. Está claro que lo más importante es la obra misma, su creación y escritura. Sin embargo, para toda obra es fundamental el contexto, lo que se entiende como “el mundo literario” o “el cuarto de máquinas”. Un lugar de fracasos y éxitos; de celos y amistades. Se trata de la esfera donde los artistas muestras las vísceras y la sangre.

Este “mundo literario” no está solamente conformado por escritores; hay editores, agentes de prensa, agentes literarios, diseñadores, accionistas… Estos ambientes literarios no son nada nuevos ni mucho menos sus pugnas; podemos encontrar sus vestigios desde las confrontaciones entre los Cínicos (perros en griego) contra los Estoicos, las diatribas entre Góngora y Quevedo, y sin duda entre García Márquez y Vargas Llosa.

Xavi Ayén (Barcelona 1969), periodista, redactor de la sección de Cultura de La Vanguardia, inspirado en la obra de José Donoso, Historia personal del “boom”, publica una especie de segunda parte: Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo. Se trata de una obra que por un lado desmitifica y confronta autores y anécdotas a la vez que revive uno de los momentos más importantes de la literatura latinoamericana.

Adán Ramírez Serret: Hace unos años leí La sombra de Naipaul, que escribe Paul Theroux sobre su amistad-enemistad con V.S. Naipaul. Ahora que leo tu libro Aquellos años del boom lo recordé porque pensé que tanto las anécdotas personales, como los momentos íntimos de los escritores, son parte de las grandes obras.

Xavi Ayén: Es la primera vez que me lo citan para hablar de mi libro, pero me siento muy halagado porque realmente hay esta aproximación al personaje desde un punto de vista muy humano y muy crudo a la vez. Naipaul es un personaje que se presta mucho a lo crudo y humano. Por mi parte yo he intentado humanizar a los protagonistas del “boom”. Normalmente en los libros que se escriben sobre Vargas Llosa o García Márquez aparecen como semidioses, pareciera que hubiera bajado un Dios del Olimpo, se haya mezclado con un humano y así haya nacido uno de ellos. Pero yo creo que no, son genios escribiendo pero también son seres humanos. Entonces no resulta creíble, incluso yo creo que la admiración no es posible, si no los contemplas desde su humanidad. Porque eran gente como todo mundo y tenían problemas de dinero, tenían celos. Contar sólo cosas maravillosas no está bien; también hay que contar cosas que no lo fueron tanto. Me gusta el libro de Theroux pero creo que a mí me ha salido un libro más latino. En primera, porque ellos no tienen ni el carácter ni la biografía que tiene V.S. Naipaul. No creo que se pueda hacer tanta sangre con Gabriel García Márquez ni ninguno de ellos. Aunque sí que hay cosas; por ejemplo, cuando Vargas Llosa le arrebata los derechos de autor a Julia Urquidi. Cuando se separaron Vargas Llosa le cedió los derechos de La ciudad y los perros en concepto de pensión pero con los años se distancian cada vez más. Cuando él publica La tía Julia y el escribidor ya están en “guerra civil” y entonces él decide recuperar esos derechos. He tenido acceso a los documentos hasta notariales que explican cómo fue eso. En fin, lo que yo quería hacer era una biografía de grupo y mostrar no tanto las biografías de cada uno de ellos sino las interrelaciones entre estos amigos. Incluso mostrar no sólo estas relaciones sino también los que estaban en la sala de máquinas. En especial su agente, Carmen Balcells, y otros editores como Carlos Barral y Paco Porrúa.

ARS: Una parte importante de tu libro es la escritura de Cien años de soledad en la ciudad de México.

Ayén: Sí, hay un capítulo dedicado a México porque es el caldo de cultivo del “boom” que como estallido comercial arranca con Cien años de soledad que se publica en el 67. En México están los antecedentes de estos autores que hicieron muchos trabajos alimenticios, sobre todo en el sector de la publicidad y en el del cine. Sobre la escritura de Cien años de soledad se ha escrito tanto que hay poca cosa que pueda aportar. Lo que sí que puedo es poner a prueba la verosimilitud de algunas leyendas que se cuentan. Por ejemplo, la historia mítica de que envió el manuscrito en dos partes a Argentina porque no le alcanzaban los pesos para el correo. Pero yo he hablado con Paco Porrúa y me dijo que recibió el paquete completo. A García Márquez nada le estropea una buena historia, ni siquiera la realidad. De todos los autores del “boom”él es el más problemático para cualquier biógrafo porque tienes que comprobarlo todo. Hasta engañó a la Academia Sueca en su fecha de nacimiento. Por lo tanto es un trabajo de chinos ir viendo todo lo que es verdad o mentira de lo que ha contado. Incluso de lo que aparece en sus biografías.

ARS: Hablando ahora de lo que tú llamas “el cuarto de máquinas”, me llamó la atención que dijeras que Carlos Barral no leía novelas, que no le interesaban.

Ayén: Sí, el gran editor de novelas latinoamericanas del siglo XX, casi podemos decir, no leía novelas. A él lo que le gustaba era la poesía. Leía mucha y era un gran crítico de poesía. Pero tuvo un acierto enorme que fue su equipo de asesores. Joan y Gabriel Ferrater, Joan Petit e incluso algún tiempo, Sergio Pitol. Carlos Barral se fiaba a ciegas de este comité de asesores. Me parece que hacía bien en fiarse porque nunca ha habido un comité parecido en otra editorial. Le pasaban en dos folios los informes de cada libro que él leía y defendía estas opiniones como propias. Entonces pasaba por ser un gran experto en novela cuando no leía ninguna. A él lo que le gustaba era beber y la poesía.

ARS: Gracias a Carmen Balcells Barcelona es un lugar fundamental para el “boom”.

Ayén: García Márquez sufre la metamorfosis más grande que pueda sufrir un escritor, pasó de vender unos pocos cientos de ejemplares a ser el escritor más famoso del mundo. Alcanzó el millón de ejemplares. En español esto sólo ha sucedido con el Quijote. Su metamorfosis sucede en dos meses y es cuando se muda a Barcelona. Es cuando Carmen Balcells va colocando a todos sus escritores en la misma ciudad. Les encuentra piso en un barrio tranquilo, residencial; donde no haya tiendas ni distracciones. Lo hace para que se profesionalicen y se dediquen a escribir intensamente. Pero ella me dijo en broma que los quería tener cerca y controlados porque en otras ciudades se los hubiera llevado otro agente. Carmen Balcells se ocupa de todo, no sólo de sus contratos. También se encarga de encontrarles colegio a sus niños, médico, suministrarles material. Barcelona es importante porque Carmen Balcells los arrastra a todos ahí. No es por casualidad que la capital cultural española pase en los años sesenta de Buenos Aires y México a Barcelona.

ARS: Me llama la atención que en tu libro sobre el “boom” no sólo incluyeras a los autores en que uno piensa automáticamente, sino también a Alfredo Bryce Echenique y a Sergio Pitol.

Ayén: Sergio Pitol estuvo con ellos, trabajando en las mismas editoriales Seix Barral, Tusquets, editando originales de los propios autores del “boom”. Incluso, García Márquez cuando venían amigos a Barcelona que quería impresionar, en vez de llevárselos por la parte alta que es donde vivía, llamaba a Pitol para que los llevara a los antros más oscuros y más turbios de la ciudad. Estaba completamente integrado en ese grupo. Fue un periodo corto de su vida porque enseguida se fue al centro de Europa pero eso no quita que en los años gloriosos del “boom” él estuviera allá. Escribió su primera novela, El tañido de una flauta en Barcelona y yo creo que indiscutiblemente formaba parte de este grupo entendido como hermandad. A Bryce Echenique lo incluyo porque como él mismo dice llego tarde al “boom”. Se instala en Barcelona con la ilusión de formar parte de este movimiento y resulta que ya todos se han ido. García Márquez se regresó a México, Vargas Llosa a Lima. Se entera que Donoso se fue a un pueblito de Aragón porque no podía pagar el alquiler en Barcelona. Bryce dice con su humor característico que se dedicó a escuchar las anécdotas que habían dejado en su paso por la ciudad.

Xavi Ayén, Aquellos años del boom. García Márquez, Vargas Llosa y el grupo de amigos que lo cambiaron todo, RBA, Barcelona, 2014, 876 pp.

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