El oficio de escribir es el tema que la editorial queretana Gris Tormenta abordó recientemente. Presentó, en el marco del Hay Festival 2017, el primer volumen de su colección Disertaciones, que publica textos de pensamiento grupal. Por qué escribo. Antología de pensamiento literario en la que veintitrés escritores reflexionan sobre la literatura como oficio es una compilación de autores —en su mayoría queretanos— que ahondan en las razones por las que decidieron escribir. Según su editor, Jacobo Zanella, Gris Tormenta cuestiona qué estimula a los escritores y cuál es la trascendencia de la literatura.

Zanella se pregunta si la visibilidad profesional depende del entorno, de estar en el lugar correcto en el momento correcto. No busca las coordenadas geográficas sino las intelectuales. Le interesa la función del escritor como pensador, generalista, como personaje idiosincrático. Así concibió la antología, porque “quería escuchar al pensador, quería ver el proceso del ensayo deconstruido, la voz interior”. Zanella afirma que la pregunta es simple, la respuesta no lo es; algunos autores sostienen que la pregunta es irrelevante; otros, que es más ineludible que nunca.

Los textos de la antología abarcan un amplio espectro de sentires y perspectivas, desde la pesquisa intelectual hasta el tropiezo con el fracaso. Un autor dice que a través de las palabras “se fuga de las cárceles de la realidad”, mientras que otro sugiere que “a través de la escritura los significados de la realidad se multiplican”.

Zanella hilvana una serie de preguntas que posiblemente no tengan respuesta:

¿Por qué escribían Cervantes y Lope de Vega? ¿Emily Dickinson y James Joyce? ¿Por qué Juan Rulfo escribió Pedro Páramo? ¿Existe una respuesta? ¿Por qué Margaret Atwood escribió un libro que nadie ha leído y que se publicará hasta 2114 en papel hecho de árboles que acaban de sembrarse especialmente para eso?

Los integrantes del abanico de escritores ensayan y dialogan sobre las razones por las que decidieron dedicarse a la escritura. Para muestra, unos botones:

Eduardo de la Garma (San Luis Potosí, 1985) revela el anhelo de transformación:

Una escritura es el pie de página de un cisma bestial: aturde, pero no se oye: deshabita. Y ahí, en ese estrecho territorio, ante la amenaza de una voluntad y un lenguaje que nomás no cuaja, el precario e insondable placer irrefrenable: el riesgo de la escritura, la apuesta por dejar de ser uno mismo.

Mariana Hartasánchez (Ciudad de México, 1976) se refiere a la intuición literaria:

La única manera de formar subjetividades plenas es a través de la transgresión, la duda y la reflexión que impone cualquier historia que no sea la propia. Escribo porque no creeré nunca que realidad y verdad sean lo mismo, ya que una es obvia y cotidiana y la otra es mágica e imprecisa: sólo se deja intuir, pero jamás aprehender.

En el caso de Anaclara Muro (Zamora, 1989) se trata de una especie de deuda:

Escribo porque mi tía Maricarmen me invitaba a su departamento de soltera donde podía acomodar y adornar todo como quisiera. Porque tiene un sillón verde junto a su librero en donde puede pasar el tiempo que le plazca hojeando libros hermosos. Porque fue traductora y escribió un cuento desde el punto de vista de unos zapatos. Porque me llevó al teatro y al cine y me regaló un libro en el que yo era la protagonista.

Y Horacio Warpola (Estado de México, 1982) apela al tiempo:

Escribir no sólo es hacer textos, no es sólo hacer literatura, es seguir armando el tiempo de la humanidad en pequeños trozos de Lego.

El volumen cierra con un simpático colofón:

Se intercambiaron casi mil mensajes de correo electrónico en el proceso, además de incontables frases en mensajerías instantáneas, una carta en papel y apenas una docena de reuniones editoriales (sin los autores).

El resultado es una manera de acentuar las diferencias de carácter y personalidad de los escritores convocados.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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La manera en que el escritor británico de origen pakistaní Hanif Kureishi cuenta su colaboración con el cineasta francés Patrice Chereau es muy elocuente. Se publicó como introducción a un libro editado en 2001 que incluye las cuatro piezas literarias en las que se basó el guion de Intimacy, de Patrice Chereau, que ganó premio a la mejor película y a la mejor actriz en el festival de cine de Berlín de ese año. A partir de una mezcla muy afortunada de detalles contenidos en la novela corta Intimacy y de los cuentos “Nightlight”, “Strangers When We Meet” y “In a Blue Time”, una guionista francesa contratada por Chereau (director, entre otras películas, de La reina Margot) creo las escenas y los diálogos de una historia completamente nueva para dar forma a la película. Como se ve, no se trata exactamente de una adaptación cinematográfica que transforma una obra literaria, sino de un proyecto creativo conjunto original. A la hora de sentarse a definir el proyecto, lo primero que hicieron Kureishi y Chereau fue hablar, hablar de todo, del clima, de los hijos, de las noticias del día, de los chismes del momento y, por supuesto de una película que no existía ni siquiera como una idea definida. Conforme se iba delineando lo que debía incluir, y lo que no, este film sobre una pareja que se encontraba un día a la semana para intercambiar fluidos lúbricos, pero no palabras, ambos artistas incluían en esa conversación trivial los temas profundos que se tocarían en la pantalla y que de alguna manera ya se incluían en las piezas literarias de Kureishi: hablaban, pues, de cuerpos desnudos, de su belleza, de su decadencia, de su muerte, de Lucian Freud, de Francis Bacon, de la fotografía hiperrealista de ese momento (que incluía todos los planos de la escena con una nitidez perfecta nunca antes vista); de cómo los artistas contemporáneos se interesan hoy en día por el cuerpo y sus necesidades fisiológicas, de la idea del cuerpo humano, de su realidad concreta, de su soledad, del modo en que su imagen ha definido la historia del arte. “Una película –escribió Kureishi–, un proyecto comienza en un cuarto con dos personas diciendo al azar ‘y por qué no probamos esto, o aquello’, involucra las pequeñas victorias y derrotas de dos personas, una suma  enorme de dinero y, mucho más importante, una gran cantidad de esperanza y fe”. Kureishi hace en ese pequeño ensayo un recuento de lo importante que es para un escritor enfrentarse consigo mismo y la manera en que esa soledad puede convertirse en un refugio personal que nada tiene que ver con el arte que se quiere crear. “Estar con otras personas –dice– podría ser un problema que la soledad puede resolver. Sin embargo, a la hora de escribir, se repiten constantemente las siguientes preguntas: ¿por qué hago esto?, ¿para quién?, ¿por qué decir esto en vez de esto otro? Estoy seguro que en otras profesiones no se tiene una crisis existencial todas las mañanas”. Ahora, ¿cómo se logra que esa crisis sea compatible con la de otro artista a la hora de hacer algo juntos? “El reto de una colaboración –explica Kureishi– es encontrar el proceso mediante el cual ambos pierdan el miedo a parecer tontos, y saber ver cómo de cualquier manera ese trabajo conjunto es la unión o la dilución de sus habilidades combinadas. Tú quieres que el otro te sorprenda, no que te limite. Tampoco quieres perder el tiempo dando forma a una idea que no es interesante. Un trabajo en colaboración es como la amistad o como la escritura: sólo puedes comenzar con una vaga idea de hacia dónde vas. Después de un tramo, si tienes suerte, comienzas a ver si existe o no un destino delante de ti que valga la pena […] Sería un error poner la pureza de la creatividad solitaria de un lado y la colaboración en otro. En esencia, cualquier proceso creativo implica una colaboración: el artista trabaja con su materia, su sujeto y la historia que esa forma elegida trae consigo […] Algo que va mal, aplicado en el camino correcto puede ser fructífero; otra persona puede ser la ‘contingencia’ que permita que esto ocurra”.

No se pierdan hoy a las 4:30 pm la mesa Literatura y cine, con Hanif Kureishi, Guillermo Arriaga y Lionel Shriver. Modera Ángeles González Sinde, en el Cineteatro Rosalío Solano.

 

Juan Manuel Gómez
Poeta y editor. Ha publicado Como un pez rojo y El libro de las ballenas, entre otros libros.

www.hayfestival.com/queretaro

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El manifiesto y su avidez por un futuro distinto es un “género trasnochado” y, por eso, quizás más importante hoy que nunca: una época que necesita de cambio pero que se prolonga en un presente contínuo e interminable. Con estas ideas, el libro, Inventar lo posible. Manifiestos mexicanos contemporáneos (Taurus, 2017), pide a más de cincuenta autores que reflexionen críticamente sobre el porvenir desde sus propios y variados horizontes. Los manifiestos que aquí quisimos reproducir tienen en común la reflexión sobre la escritura y el lenguaje, su estado actual y sus posibilidades ideales.
Este libro se presenta hoy en el Hay Festival de la mano de su compilador y editor, Luciano Concheiro, y los autores Emiliano Monge y Eduardo Rabasa y la chef Elena Reygadas. 


Contraensayo
Vivian Abenshushan

1/ La literatura y la industria son dos ambiciones que, como bien dijo Baudelaire, se odian con un odio instintivo y, cuando se encuentran en el mismo camino, es mejor que ninguna se ponga al servicio de la otra o, de lo contrario, se producen todo tipo de abominaciones. Nadie duda a estas alturas quién se ha puesto al servicio de quién. Y no sólo en la literatura. Artistas que practican una coreografía social cada vez más ajena a las preocupaciones de su arte; laboriosos negros literarios (o afroamericanos literarios) que maquilan por la noche los folletones que otros firmarán por la mañana; filósofos de cubículo que profesan a pie de página una filosofía que nunca practican; editores que no son editores, sino gerentes de marketing sin sensibilidad ni cultura. Ésa es la situación confusa en la que estamos desde que el mercado se convirtió en el único horizonte, infranqueable, de nuestra época.

2/ ¿Y qué vamos a hacer con el mercado? ¿Nos lo vamos a tragar de a poco hasta la indigestión? Imaginemos que la era de la cultura escalafonaria ha llegado para quedarse, que la domesticación es general, que el imperio de lo mismo ha conquistado una prolongada, sórdida e impenetrable recesión estética y vital. Imaginemos que los filósofos se han convertido ya para siempre en burócratas del pensamiento, los escritores en jóvenes promesas adocenadas y correctas, las revistas en réplicas de sí mismas, siempre hablando de los mismos temas, con el mismo estilo, los mismos gestos, el mismo colaborador desfondándose en el maratón de las publicaciones al vapor, las mismas secciones, las mismas formas ensayísticas, los mismos gustos, los mismos homenajes y la misma jerarquía de lo que importa y lo que es insignificante. Imaginemos que nadie se siente incómodo en medio de este paisaje de convenciones monótonas, sin asperezas ideológicas ni sobresaltos del lenguaje. Éste sería el momento de lanzar una bomba.

3/ La confusión que ha promovido el mercado en el arte y la literatura ha terminado por depreciar, también, al ensayo. Se repite esta falacia: “El ensayo es el género más comercial”; la he leído en el blog del ensayista mexicano Carlos Oliva;1 la leo ahora en el “¡Yo acuso! (al ensayo) (y lo hago)” de Heriberto Yépez,2 un escritor de mi generación al que sigo desde hace años con interés creciente (y a veces discrepante). El primero atiza contra el ensayo por no tratarse siquiera de un género (es decir, por no ceder un ápice de su indefinición radical, de su plasticidad, ante los tentáculos de la clasificación), y ser “apenas un borrador, una forma de la escritura desordenada o en crisis”. (Pecado fundamental del ensayo: ser un género insubordinado, es decir, asistemático y contrario a las formas cerradas —autoritarias— que buscan constreñir en una armonía trucada la prosa inconexa del mundo.) El ensayo, banal y pasajero, dice Oliva, “no puede reflejar mitologías, ni siquiera crear imagologías de larga duración”. Por el contrario, el ensayo produce objetos de consumo: “De forma abyecta y rápida, pone al autor y al lector en un circuito de consumo, donde la escritura, en este caso la escritura como ensayo, se vuelve una mercancía y, como lo vemos en la mayoría de publicaciones donde se aloja este seudogénero, crea un fetiche social”. Pero, ¿de qué ensayos habla Oliva? De los mismos que Heriberto Yépez: los papeles hinchados de la prensa, los maquinazos de las revistas culturales, los papers de Yale, las tesis enmohecidas de la universidad, los artículos coyunturales, la roña reseñil, la verborrea de los congresos, las disquisiciones deportivas, los índices de las revistas certificadas, las memorias políticas, los consejos de jardinería… He aquí el totum revolutum que ellos alegan: “En esta esfera de circulación fetichista y mercantil —insiste Oliva—, no hay diferencias sustanciales entre un ensayo publicado en Caras, en la revista de vuelo de Aeroméxico, en la revista de la unam o, incluso, en revistas de culto, pienso por ejemplo en Granta o en Sur”. ¡El ensayo le gusta a la farándula! Definitivamente, remata Yépez, el ensayo “es un género popular, un género en auge. Y como todos sabemos, lo que está en auge es lo peor, lo más denigrante”.

4/ Decir que el ensayo es el género más comercial es una falacia que sólo ayuda a perpetuar la gran confusión, del mismo modo que llamar filosofía a las prácticas esotéricas de Conny Méndez sólo auxilia al gerente de ventas a lucrar mejor con la desesperación de la gente, alejándola cada vez más de cualquier práctica filosófica verdadera. Dicho de otro modo: nunca la redactriz de Notitas musicales ha llamado ensayo a sus efusiones chismográficas a la hora de cobrar su cheque; en las redacciones, a los artículos se les llama artículos y a quienes los escriben articulistas; en los pasillos de las revistas culturales, los ensayos son mejor conocidos como colaboraciones, y recuerdo que a los maestros de filología hispánica en lugar de ensayos les entregábamos odiosos trabajos para aprobar la materia. Oliva y Yépez confunden la escritura con el yugo laboral, y no es extraño que en México haya cada vez menos ensayistas y más profesionales sometidos a su empleador. Written essay jobs. En internet las páginas proliferan: “¡Sigue estos diez pasos para hacer un buen trabajo!”. Prosa mecanizada, prosa de maquila, productos verbales de la era post industrial. Nada que indique la presencia auténtica de un ensayo, es decir, de una escritura asociada al pensamiento autónomo y la práctica de un lenguaje sin servidumbres.

5/ No es que el ensayo se haya democratizado, masificado o envilecido; es simplemente que el ensayo se esfumó. Eso que mis amigos ven por todas partes, esa blablatura contingente y a destajo, esos papeles destinados a la basura del próximo día, son las formas en que hoy se evita, cada vez con mayor eficacia, al ensayo. Bajo el dogma contemporáneo: to publish or perish, salido del sistema académico y adoptado de inmediato por la voracidad editorial, el ensayo ha languidecido por la extenuación y el manoseo, vaciándose cada vez más, hasta que deforme y atrofiado (vuelto una criatura inofensiva) lo han invitado a pasearse por todos los congresos del mundo en primera clase. En “A resurgence of essay”, Phillip Lopate advierte sobre una de las mayores fintas de la inflación ensayística: hacer pasar por ensayos toda esa laboriosa mecanografía por encargo —un producto de la era liberal— que hoy infesta las librerías. Al menos en eso el pragmatismo gringo es claro: lo que Oliva y Yépez insisten en llamar ensayo, por la fuerza de la costumbre o por espíritu de provocación, en el mundo de las grandes editoriales estadounidenses pertenece a la categoría desengrasada, estándar y si se quiere absurda de la prosa sin ficción (non fiction prose), donde proliferan los temas del momento. Los gerentes de ventas no se hacen bolas; ellos saben que si sólo publicaran ensayos, su industria estaría muerta hace tiempo.

6/ La diferencia entre el productor de artículos y el ensayista es radical; es una diferencia estética, económica, muchas veces ética y si se quiere hasta vital. El primero produce una escritura oportunista (coyuntural o alimentaria), fundada en la renuncia de sí mismo, pues siempre rinde cuentas a alguien más (la burocracia académica, el editor de periódico o la industria); el segundo cree en la posibilidad, practicada por Montaigne, Nietzsche, Thoreau, de convertirse finalmente en sí mismo. Uno se denigra en cuanto olvida sus propias ideas (vive en la separación consumada); el otro crece por el simple hecho de asumir el riesgo de su formación interior. Ambición socrática del ensayo (tantas veces olvidada): conocerse a sí mismo. No se trata de una magnificación del yo neurótico, sino de una excursión peligrosa hacia los dilemas personales (incluso si se escribe sobre cualquier otra cosa), un viaje que no excluye la posibilidad de una transformación. ¡Qué peligro un hombre nuevo! Nada de eso es posible en el horizonte de los artículos de consumo masivo, situados estratégicamente en los lobbies de los hoteles, las mesitas de centro y los portales de café: botana para aliviar el aburrimiento de las horas muertas.

7/ El olvido de sí: he aquí el dogma de nuestro tiempo. Ninguna cosa que avive nuestra conciencia sobre las miserias del mundo tal como está, ya no digamos sobre nuestras propias inercias. La no ficción y sus temas de actualidad son un formato útil para reproducir el sistema que hoy se resquebraja para volverse a edificar. Ideas recicladas, de fácil consumo, escritas en un estilo neutro y legible, fáciles de citar. Toda esa abyección que Oliva critica sin concesiones. Sin embargo, al hacerlo, actúa como esos francotiradores que a pesar de su sofisticación, o quizá precisamente debido a ella, equivocan el blanco y en su lugar terminan por derribar a los civiles. Ya hemos visto cómo el ensayo ha sido oficialmente condenado a desaparecer bajo la tiranía de la información, la polémica y el entretenimiento, las tres formas predilectas de la falsa democracia de la cultura de masas. ¿Para qué fustigarlo más? El mercado y la academia, las tecnocracias del conocimiento, lo han puesto hace tiempo de rodillas. Es a esas instancias a las que hay que prenderles fuego. ¿Cómo? ¡Con las armas corrosivas del ensayo!

8/ Pienso en algunas vías de salida. En primer lugar, hay que desescolarizar al ensayo, sacarlo al aire libre, como hacían Montaigne (que amaba pensar a caballo) o Thoreau (que practicaba un pensamiento a campo traviesa). Al entrar al claustro, el ensayo sufrió su primera domesticación. En lugar de la escritura nómada y libre, se fijó el texto formateado (intro-development-exit); en lugar de la digresión (ese paseo anarquizante castigado por los sinodales), la estructura y el orden; en lugar del pensamiento excéntrico, la repetición irreflexiva de teorías prestigiosas; en lugar de la imaginación, la objetividad y la racionalidad desapasionadas; en lugar de las propiedades subversivas del humor, la solemnidad y los ídolos del rigor; en lugar de la experiencia personal y autodidacta, el conocimiento de segunda mano; en lugar de la escritura, el lenguaje esotérico del especialista. Desde los reportes de lectura de la educación media hasta las tesis de posgrado, todo está hecho para reencaminar al vago de los géneros literarios, al ocioso y accidental, heterodoxo y subjetivo, el género experimental por definición: el ensayo.

9/ En segundo término: no mutilar. Si te piden un ensayo para una publicación periódica no concedas un ápice en el tema, la extensión, el lenguaje, la visión ni —que me perdonen los editores— el dead line. Es una idiotez pensar en que te volverás ensayista escribiendo reseñas de libros abominables o bajo el yugo del cronómetro. Lo único cierto es que no podrás escribir si no tienes tiempo para pensar (o simplemente para perder el tiempo).

10/ El blog (internet en general) podría ser una zona liberada para el ensayo, una zona apartada de la meritocracia académica y la rentabilidad comercial, es decir, ajena a los intereses de la industria o la nueva escolástica y por eso abierta a la experimentación más radical. En la prosa fragmentaria que internet propicia, el ensayista puede practicar la insolencia sin temor a los editores y, sobre todo, explorar pacientemente sus posturas más personales, arriesgadas o incómodas, calibrar la relación consigo mismo. Las tecnologías digitalescomo bitácoras de nuestros procesos mentales y estéticos. Ya no el libro acabado, inamovible y fijado para siempre, sino una forma abierta y en permanente reconfiguración, con reflexiones ulteriores, diálogos entre imagen y texto, referencias cruzadas, derivas. Y la participación del lector. Si disolvemos las viejas jerarquías que encumbraron al autor, ¿encontraremos tal vez el espacio de una nueva dialéctica? Sin embargo, la escritura en internet ha reproducido algunos de los peores vicios mediáticos: la polémica pedestre, la instantaneidad, el insulto, la pobreza en la argumentación, la proliferación de los frankensteins del ego, el facilismo y la autopromoción. Aun así, las posibilidades de ese universo son más vastas y diversas que las de las rutas ya conocidas. (Sería relevante estudiar los modos en que los procesos digitales modifican también la forma del ensayo analógico.) Además, la red parece una zona más propicia para la digresión que la página, y en su forma de saltos y links ha dotado al ensayo, a posteriori, de su residencia natural. Algunos ejemplos: el ensayo digital (o proyecto transmedia) del escritor inglés Will Self, Kafka’s Wound (http://thespace.lrb.co.uk/), que es simultáneamente un archivo, un documental, un viaje personal y una lectura incisiva de la obra de Kafka, todo eso reunido en una web rizomática, atravesada por hipiervínculos que conducen hacia grabaciones de música Klezmer, fotografías, lecturas en voz alta, videos. Ander Monson también ha explorado las posibilidades del ensayo como laboratorio de la escritura en su libro-web, Vanishing Point (http://otherelectricities.com/vp/). Están los proyectos mixtos de Belén Gache quien teoriza sobre su práctica experimental en ensayos o manifiestos que son también piezas de escritura robot (http://belengache.net/). Lo cierto es que en internet y en la nueva realidad digital del texto, crecen dimensiones aún no exploradas a fondo para la escritura.

11/ Contrario a lo que escribe Yépez en su ensayo, aunque siempre lo haga con un poco de guasa —ensayista guasón—, creo que el ensayo ha emigrado a la periferia, si es que alguna vez salió de ella, para sobrevivir a su extinción; ha radicalizado su carácter anfibio, inasible, movedizo, su permanente capacidad de ser otra cosa. Por ejemplo, ser crítica ficción, un género antípoda de la non fiction prose, un híbrido inventado por Yépez mismo: ¿qué habría sucedido si Max Brod no hubiera defraudado a Kafka? La respuesta es crítica ficción, la muestra de que el ensayo también practica la imaginación de lo posible y no sólo la argumentación plomiza. En medio de ese gran sentimiento de acabose que hoy ensombrece a la literatura, el ensayo se ha vuelto tránsfuga, evoluciona, se aproxima a otros géneros, los ayuda a salir del atorón. Como a la novela, que parecía ya muerta hasta que se confundió de nuevo con el ensayo y se oxigenó (pienso en Magris, Coetzee, Levrero, Foster Wallace, Tabarovsky, Knausgård, Vila-Matas, quien hace poco declaró: “Mezclar a Montaigne con Kafka, ésa me parece la dirección”). Hay que releer esos cuentos de Pitol que acaban como ensayos o esos ensayos que terminan como cuentos para alimentar al “monstruo informe” del ensayo, en lugar de engordar sólo a la razón. Hay que ver los video-ensayos de Laura Kipnis, los copy-paste de David Shields, las bitácoras, investigaciones y prácticas del chisme de Ulises Carrión, las redirecciones digitales de Monson y Self (diálogos electrónicos entre el ensayo e internet) para ir más allá de los confines de la página o simplemente volver a Montaigne que hizo del ensayo algo más que un género, un arte de vivir, lo mismo que hacen hoy los explosivos Hakim Bey o Michel Onfray, aunque lo hagan desde otros extremos del temperamento y la actitud política.

12/ Desde hace tiempo me gusta pensar en el ensayo como el vago de los géneros literarios, un género indócil y errabundo, una forma de pensar que puede llevarse a cualquier parte. “Mi espíritu no anda si mis piernas no lo mueven”, escribió Montaigne en una frase casi idéntica a esta otra de Rousseau: “Sólo puedo meditar mientras camino. Si me detengo, dejo de pensar; mi mente sólo trabaja con mis piernas”. También Nietzsche expuso en la Gaya ciencia cómo deletreaba sus conjeturas con los pies: “Yo no escribo sólo con la mano; el pie también quiere escribir conmigo. El camino va por mí, firme y valiente, unas veces por el campo, otras por el papel”. El camino va por mí: ésa es la forma no fosilizada del ensayo, su antimétodo. Mientras la academia y el mercado escriben a favor de sus propias convenciones, el ensayo sospecha de toda convención: se ríe del aparato seudocientífico, rechaza la idea de composición, traiciona las expectativas del lector, pone en duda la posibilidad de llegar a alguna parte. “Ni para regresar ni para concluirlo, para eso se emprende el camino”, insiste Montaigne. ¡Oh pecado del ensayo, abjurar del éxito! Nadie le perdona todavía que sea una mera tentativa, que se insubordine ante el valor supremo de la eficacia. El ensayista se niega a producir resultados; para él, perderse es una forma de aprendizaje. ¿Puede haber algo más ajeno a los procedimientos del pensar filosófico o científico que la idea del extravío como un fin en sí mismo? En Elogio de la vagancia, Guillermo Fadanelli lo ha llamado así: el pensar vagabundo, es decir, la posibilidad de que cada hombre obtenga “sus propias conclusiones en vez de seguir a ciegas las ideas de otros”. El ensayo es eso: atreverse a fracasar, como quería Beckett para toda escritura, ahí donde nadie se atreve a fracasar. ¡Y se disgrega como un rebaño sin pastor (un rebaño que ha dejado de ser un rebaño)! Por eso la saña: el ensayo es subversivo. Es lo contrario al orden, la linealidad del discurso, la eficiencia del lenguaje, el axioma, el final. Su recurso más rompedor, la digresión, lo saca siempre de cauce, lo vuelve un descarriado. “Si la digresión cuestiona algo —ha escrito Damián Tabarovsky, autor de Literatura de izquierda— es la jerarquía; impugna toda idea de superioridad (no hay temas más importantes que otros); no concibe las funciones heredadas, los méritos, las distinciones; suspende la homogeneidad, la verticalidad, el prestigio; avanza por desplazamientos; abomina la seducción (la digresión aburre); no reconoce límites (para ella todo tiene que ver con todo); impide la comunicación (es imposible de resumir); la digresión es maleducada (adopta siempre la forma de la irrupción)”. Por otro lado, la digresión no es rentable, está ligada irremediablemente al aplazamiento. Mientras la finalidad del mercado es acortar el tiempo para disminuir el precio y aumentar la producción, la tarea de la digresión es justo la contraria: suspender el tiempo, retrasándolo al interior de la obra, alejarse de la conclusión, como ese horizonte que va quedando atrás en el espejo retrovisor. En el ensayo se experimenta la lentitud como interrupción del circuito del capital. Por eso es un género “poco rentable”.

13/ Además de réprobo, el ensayista es impúdico: lo vemos pensar frente a nosotros. Al contrario de los filósofos de cubículo, que evitan su propia persona como si obraran como iluminados, el ensayista extrae sus lecciones de la experiencia (no de la teoría crítica regurgitada, sino de la teoría que interviene para cambiar la vida); de ese modo cada ensayo que leemos no sólo “representa lo más que podemos acercarnos a otra mente” (Monson), sino también a otra existencia. La página sería el momento de ese movimiento complejo, desordenado y dubitativo del pensamiento donde se experimenta la propia vida como escritura.

14/ Últimamente el ensayo me interesa menos como un paseo (a la manera de Hazlitt, Stevenson o Woolf), que como un paseo llevado hasta el límite, una deriva. Y con eso quiero decir: una desorientación de las influencias consabidas, el desvío de los códigos en los que vivimos. Deriva es el término que inventaron los situacionistas franceses para llamar a sus deambulaciones por los suburbios, una estrategia (estética y política) de paso ininterrumpido hacia territorios no habituales o negados de la ciudad: incursiones en los barrios marginales, las estaciones de trenes abandonadas, los edificios en construcción, los tugurios. Entendida como una renuncia al statu quo, la deriva desatiende las transacciones del espectáculo, el consumo o el trabajo que imponen su hegemonía en la organización urbana. Cuestiona el turismo y la publicidad. Propone la errancia y la inversión de los valores. Detesta la especialización de las actividades urbanas y busca recuperar la experiencia que le ha sido expropiada al hombre contemporáneo. El ensayo que me interesa sería exactamente eso: la trasposición de la caminata bucólica (inofensiva) a través de los meandros de la mente, por la afirmación del riesgo como potencia de la escritura (y la vida).

15/ Una última provocación. El ensayo entendido como deriva (una investigación subjetiva cuyo final nunca está fijado de antemano), más que literario es un género libertario. Lo llamaré contraensayo. ¿Y qué es? Tal y como aquí lo concibo, sería el ensayo que ha asumido que no tiene un lugar propio (ni cuota en la academia ni nicho en el mercado), pero esa falta de lugar, esa forma de situarse al margen de lo que ya es en sí mismo marginal, lejos de llenarlo de resentimiento le permite hacerlo todo, cualquier cosa, lo que le venga en gana. Puede darse el lujo incluso de ensayar. Ser el laboratorio de todas las formas, el lugar de un estallido. El origen de otra prosa. No un género (la novela, el ensayo, esa otra cosa), sino escritura nómada, que deriva, que trastoca, es decir que no se ha instalado en formas sedentarias que están ya vacías, y que no dialogan más con el presente. Disgregado y anárquico, contrario a la norma, a medio camino del manifiesto y la diatriba, lanzado a las nuevas formas de pensar que ofrece la red o haciendo la crítica de una escritura domesticada: el contraensayo desea un más allá del ensayo, un extrarradio. Busca hackear(se): reconfigurar los sistemas de pensamiento. El contraensayo es zurdo, piensa el mundo desde otro lugar. Es político porque la crítica siempre es política (y no se puede hacer desde los espacios hegemónicos). Desciende de una línea que viene de las vanguardias aunque no pretenda volver nostálgicamente a ellas. Pero reproyecta en la sensibilidad contemporánea una de sus ideas más peregrinas: la superación de la fractura entre arte y vida. En otra escala (acaso doméstica, menos totalizadora) el contraensayo busca cambiar la (propia) vida. Es un laboratorio no sólo del lenguaje, sino también de la existencia. El contraensayo (o ensayo performativo) como escultura de sí. Para empezar.

16/ Pienso, por ejemplo, en mi desempleo voluntario. No se trata simplemente de exhibir el título de ensayista (o bloguera) desocupada, mucho menos de escribir encendidas críticas a la vida activa desde el asiento de la oficina, desde la servidumbre. Se trata de correr el riesgo de dejarlo todo y renunciar al trabajo (o a esa versión del trabajo actual: opresivo, extenuante, abusivo y que nos deja vacíos). Inventarse otra forma de vivir, creando estrategias vitales y estéticas para contrarrestar la indigencia del mundo. El contraensayo no es impostura. Lleva a cabo un cuestionamiento a partir de una toma de conciencia. No es un programa, mucho menos un tratado. Tampoco es prédica ni doctrina. Es ensayar la creación de un mundo propio y colectivo, distinto a la vida de segunda mano que nos ofrecen las instituciones del arte, el hiperconsumo, la obsesión tecnológica. “Filosofar es hacer viable y vivible la propia existencia allí donde nada es dado y todo debe ser construido” (Onfray). Epicuro afirmó que los argumentos de la filosofía son vacuos si no mitigan algún sufrimiento humano. Algo parecido afirma el contraensayo.

17/ Antes del contraensayo, en los orígenes de Escritos para desocupados,3 se encuentra un agotamiento físico acumulado que taladraba mi vida. Me sentía decepcionada de la literatura (o lo que quedaba de ella después de leer un suplemento literario o una revista en cuché). Pólvora mojada, neutralización del espíritu crítico, resignación o incluso regocijo frente al mercado, mediocridad formal, competencia salvaje por las razones equivocadas (ya no se trataba de defender una postura estética, sino un lugar en el ranking semanal). Los nuevos ismos: conformismo, arribismo, conservadurismo. Y de pronto me vi a mí misma trabajando en un montón de estupideces (televisión incluida) para eso… Trabajaba mucho y me pagaban mal. ¿Pero de qué iba a vivir si ya había tenido mi desencuentro (casi por las mismas razones) con la academia? El espíritu de los tiempos me asfixiaba. Sin embargo, durante un viaje a Buenos Aires, que padecía su propia crisis, tuve una epifanía. Un momento de verdad. Una auténtica conmoción en un lugar y una hora señalada, como aquellas revelaciones que preceden a la conversión (hápax existencial, lo llama Onfray). Me topé con un esténcil. Eso es todo: un rayón en la pared. Pero no era un esténcil cualquiera, era lo que gritaban las calles, la síntesis de una atmósfera cultural emancipatoria que buscaba caminar en sentido contrario al espíritu del fin (o la acumulación material como último horizonte de las aspiraciones humanas). Mata a tu jefe: renuncia, decía el esténcil y lo hacía con humor. Ya lo he contado antes; lo he contado demasiadas veces. Podría creer incluso que me lo he inventado, si no fuera porque conservo la foto. ¿Qué entendí entonces? Que el trabajo es la destrucción del ser. Digan lo que digan los que dicen misa y los managers y los coaches y Freud y las buenas conciencias y los legisladores que ahora aprueban una reforma laboral para esclavos. Trabajar mata. No es metáfora ni eslogan. Las “víctimas necesarias” del neoliberalismo (los suicidas de las fábricas de Shenzen, los quemados a lo bonzo de Telecom, las mujeres de Ciudad Juárez —explotadas, desaparecidas y asesinadas—, el karoshi de los japoneses extenuados) actualizan todos los días la violencia del sistema por el trabajo. Muchas otras cosas se aniquilan por esa vía: las aspiraciones individuales, la libido, la dignidad, la imaginación, la mirada crítica, las ganas de vivir, el sistema nervioso, las arterias y el colon. En la jornada de doce horas promedio del trabajo contemporáneo, no hay espacio para la escultura de sí. Tampoco para la empatía o la idea del otro: se propaga la competencia y la lucha salvaje, el sálvese quien pueda, la desconfianza común. Es pura supervivencia, nuestro retorno al estado animal anterior a la comunidad. Y a mí me producía una profunda tristeza. Pero después del abatimiento vino el contraensayo: el experimento en busca de la transfiguración vital.

18/ Nunca antes (ni después) tuve tanto tiempo para pensar como entonces. A los pocos meses de mi desempleo voluntario, me volvieron las ganas de ser con tanta virulencia que me volqué a escribir, fundé una editorial y hasta tuve un hijo. Nadie me puede decir que el ocio no es fecundo. Tumbona Ediciones y Oliverio, el libro que termino ahora, se convirtieron en extensiones de mi libertad recuperada. ¿Qué tiene que ver todo esto con el ensayo? Que la existencia es el ensayo, el espacio del tanteo, el sopesar de contrario. A fin de cuentas, la construcción de uno mismo también es, como el ensayo, un programa inacabado. Me decía: si creo que condenarse a la asfixia decretada por nuestra época es un error y no hago nada en mi vida concreta para contestarla, ¿de qué me sirve escribir? Deseaba resolver esa cojera. De ahí, nuestra editorial (otro contraensayo): una zona antijerárquica que se declararía inconforme frente al estado de cosas, no sólo a través de su catálogo, sino poniendo a prueba otras formas de convivencia. Fundamos una cooperativa, horizontal, sin oficinas, sin checadores de tarjeta, sin accionistas, sin horarios, sin jefe y, presumiblemente, sin dinero. Nuestra intención más o menos chiflada era crear para nosotros (un grupo de personas hartas del hartazgo) una nueva modalidad de la existencia, además de ser un lugar que evitaría los circuitos tradicionales y que propiciaría la experimentación, abriendo un espacio a todo aquello que el mercado negaba (el ensayo en primer lugar). Libros con espíritu heterodoxo e irreverente. Libros impuros. Bajo el lema: “El derecho universal a la pereza”, desafiaríamos la lógica de la productividad que había ahogado también a la industria editorial. Publicaríamos pocos libros y tendríamos mucho tiempo libre. Cambiaríamos el principio de la ganancia por la complicidad, la creación y la responsabilidad colectivas. Y pactamos que una vez que esas condiciones desaparecieran de nuestro horizonte para convertirnos en una empresa como las demás, nos esfumaríamos.

19/ “La única pregunta válida es saber cómo vivir” (Annie Le Brun). Ésa es la pregunta diaria del contraensayo. En Montaigne, ensayar era una actividad al mismo tiempo reflexiva y vagabunda (hecha de libros, pero también de viajes) que desembocó en una existencia consecuente (cultivar la sensatez en un mundo que se dirigía al caos). Sócrates, Diógenes, Aristipo, Epicuro, Séneca, también fueron filósofos que ejercitaron el pensamiento, pero sólo en función de transfigurar la vida. ¿Y no ha sucedido algo parecido con las prácticas estéticas y filosóficas del andar? Los paseos de Rousseau o Kierkegaard, la flânerie de Baudelaire, las incursiones urbanas del dadaísmo, las derivas situacionistas, los tours por lugares inútiles de Fluxus, el observatorio nómada de Francesco Careri y el grupo Stalker, han sido formas de poner al descubierto la pobreza esencial de una vida que no se pregunta cómo ser vivida. “La Orden de los Caminantes es la Orden de los Hombres Libres”, escribió Thoreau, quien decidió andar sin rumbo fijo, como Diógenes, callejeando lejos de la aldea en busca de la singularidad. “La fórmula para derrumbar al mundo —escribió Debord en 1959— no la fuimos a buscar en los libros, sino vagando junto a cuatro o cinco personas poco recomendables […]. Aquello que habíamos comprendido no fuimos a contarlo a la televisión. No aspiramos a los subsidios de la investigación científica ni a los elogios de los intelectuales. Llevamos el aceite a donde estaba el fuego.” De pronto he intuido que el carácter digresivo del ensayo, sus deambulaciones periféricas, guarda un fondo altamente explosivo. El ensayista es un disidente, se rehúsa a ser codificado. O en otras palabras: el contraensayo se parece cada vez más a ese acto sugerido por Debord: abrir los tejados para poder pasear a través de ellos. Se trata de agregar una idea (una sintaxis), donde antes no la había; elegir un mirador distinto al de las representaciones clásicas del poder, las instituciones, las escuelas; asediar la realidad desde ángulos desacostumbrados; dar un salto al vacío fuera de las convenciones; producir un extrañamiento; buscar un más allá de la existencia mutilada a la que nos orilla un mundo inhóspito.

20/ Si las termitas de la reducción, esa forma en que los medios estandarizan la cultura en su nivel más bajo, han tomado al ensayo por rehén, entonces escribamos contraensayos: libres, anarquizantes, imprevisibles, anómalos. Ensayos escritos a varias manos, en colaboración, tumultuosamente o en parejas. Ensayos de código abierto (wiki-ensayos) que propicien las colisiones del yo (todo lo sabremos entre todos). Ensayos escritos en los márgenes o a pie de página, con diagramas de flujo o en Flash; ensayos que se contaminen de la ductilidad del texto digital, la proliferación de links y las intermitencias contemporáneas. Ensayos en red, con digresiones progresivas. Ensayos zurdos que se sustraigan a la serialidad productiva o al mero uso retórico. “El ensayo es el mejor medio para hackear al sistema” (Ander Monson). Después de todo, ensayar, como el andar disidente, es alejarse de cualquier servidumbre mental, llevar el aceite a donde está el fuego.

 

Vivian Abenshunshan.
Escritora, editora y tallerista. Es autora de Escritos para desocupados (Surplus, 2014).

1 Carlos Oliva, “Nueva repetición sobre el ensayo”: colivamendoza.blogspot.mx/2008_02_01_archive.html.

2 Heriberto Yépez, “¡Yo acuso (al ensayo) (y lo hago)!”, en Contraensayo. Antología de ensayo mexicano actual (selección y prólogo de Vivian Abenshushan), México, unam, 2012, pp. 97-102.

Nombre del blog que escribí durante siete años de desocupación voluntaria. Dedicado a la crítica del trabajo contemporáneo, la bitácora se transformó más tarde en libro copyleft, publicado por Sur+ Ediciones. Como proyecto de crossmedia, el libro sufrió una nueva metamorfosis, convirtiéndose a su vez en una página web donde la exploración ensayística se prolonga por otros medios (imagen, video, hiperlinks): www.escritosdesocupados.com


KA’AMÄ’ÄNY: 6
Yasnaya Elena Aguilar Gil

 

Jaapy ëjts. Ayuujk ëjts njä’äyy. Nnay’amtoojëp ëjts pën ëjts te’n yë n’ää n’ayuujk tkäjpx’änp. ¿Pën ëjts te’n nka’amä’äny tpatmëtoo’änp? Tu’uk ää majtsk ää ëjts ja ayuujk yää nyäkä’äny.
Mëtu’uk:
Ku atom ja n’ää n’ayuujk nkajpxyën, ku atom ja n’ää n’ayuujk njä’äyën jaay ja apaajxën naktä’änyën, jaay wyä’äk’ey, jaay tyany. Ka’t, ka’t jyantsy ku ëjts n’ää n’ayuujk kyatunkpaaty, nëm ja jä’äy ntukmëtokukyën ku atom ja n’ää n’ayuujk ntamatyääjkyën, ntajujky’äjtyën. Ka’t jyantsy ku meets ëëts tëë xni’mtsyët ku ka’t ëjts n’ää n’ayuujk tsyuj, ku ka’t yakjä’äyy, ku ka’t yakki’pxy. Këtee ëëts nëkoo xjën’ëëny, ka’t ëëts meets n’ukjantsyjä’wynyët: ka’t jyantsy, këtee m’ë’ntä’äkt. Jaay yaktänt. Ku atom ja n’ää n’ayuujk nkajpxyën ëjxnëjkxp ja jënmä’äny mëte’ep wänp ku ka’t tsyopaaty ku m’ayuujkjä’äy’ätt.
Mëmajtsk:
Ta’akäjpx yë maxu’nk anä’äjk yë m’ayuujk. Këtee x’amä’ät’aty. Këtee xkupiky ku myatä’äkt ja jä’äy mëte’ep wänp ku ka’t atom n’ayuujk tysuj, këtee ja n’ää ja n’ayuujk ntsë’ëminyën ku näjty nnëjkxën, ku näjty n’o’ojkyën. Këtee ja m’ää m’ayuujk mëët näjty m’aknëtajy. Takumay m’anä’äjk yë ayuujk, tamayät yë ayuujk te’ep yë joon xyëëmeepy, takumay xë’nety tu’uk tu’uk yë kipy txëë’ätt. Mooy m’anä’äjk ayuujk tam jëkeexy nääjx kämën, tam jëkeexy nëëjën, tam jëkeexy pojën, tam jëkeexy pu’ts moojkën te’ep yakxon të’kxp ku än pyääty.    
Mëtëkëëk:
Këtee mejts nayte’n m’apexy. Jä’äm taxontä’äjkyën ku pën ayuujk ttseky takyujt, ka’t xtaxe’ekt, pëtëk, tanë’ejx. Jantsy tsuj ku pën jam y’änmëjä’änjotp myixy ja tsojkën jëts ayuujk t’akyujy. Ka’t xtaxe’ekt pën ka’t ka’pxy ää ayuujk tkäjpxpääty: tukmëtokuk, këtee x’amä’ät’aty ja m’ää m’ayuujk, wa’n tsuutsën t’äätsy jëts nijuun y’ääts kyapott.
Mëmaktäxk:
Jatyëkey yë jënmä’äny: ka’t jyantsy ku jä’äy y’ayey ja’ ku ayuujk tkäjpxy. Ku m’ayuujk xjatyëkeenyët ka’t ja’ëp yë nyëkejy ku kajaa mejts ja meeny xpäätä’än. Jotkujk’äjtën yë ayuujk, ku pën y’ayuujk t’apexy ja y’ääts jyatyëkeenyëp, ja akäts jëmä’äny tu’ukteny yakmatäknëp jyënmä’änyjotp. Jaa jä’äy kumeeny, jaa jä’äy kunääjx kukäm, nayte’n jaa jä’äy jantsy ku’ää ku’ayuujk. Ayoop, jotkujk, tu’uky na’amuk tam ayuujk jä’äyën ntsopääjtyën jëts tu’uky ja n’ayuujk nkäjpxën n’ijxyeejtën. Tii te’n mtamëjyëp mtakëjxpyëp ku tëë m’ää m’ayuujk xjatyëkeeny. Tii te’n tyatsuj ku m’ääts x’ëjxwetst jëts tu’mtsy amaxän ja’y xakmatä’äkt: nitii kyatsuj.
Mëmëkoxk:
Jä’äy. Yakyuj. Amtoo yaktëë. Jä’äy yë m’ää m’ayuujk. Ejxtä’äy, ëjxpëk. Tsep ijty jyakaxi’iky, këtee xtsë’ëk, yujp yë. Pën mkajpxpy mejts yä’ät neky, ja nyëkejy ku tëë xakyujn. Tanë’ejx ja mmuku’uktëjk xë’n atom n’ää n’ayuujk tjä’ätyët. Jä’äy tii mjënmaapy, jä’äy tii mtsejkpy, jä’äy mää japom mnëjkxä’än, jä’äy ejtp, jä’äy ayuujk. Pën jam to’ktääjk xmëët, ayuujk xxëëmo’oty jëts ayuujk ja xyëë xkëjxjä’äty. Pën jam maxu’nk kyaxi’iky, ayuujk xyëë xpëtääjkët.
Mëtutujk:
Ka’t tee ää ayuujk mëte’ep tu’ukteny wä’äts. Ka’t wä’äts ayuuj tee. Ka’t xjënma’aty ku ka’t yë ää ayuujk tsyopaaty ku tu’uk majtsk amaxän ayuujk xaktiny. “Axux” ka’t yë y’ayuujk, “almohada” ka’t yë y’amaxän.  Tëkäjtstëp ejtp yë ää ayuujk, nitu’uk kyawä’äts, aktu’uky tsyopäätt.
Käjpx ayuujk, këtee xak’ooky, nijuun.

Manifiesto: 6
Yásnaya Elena Aguilar Gil

Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia filtrada por el lenguaje. O no. Lo filtran las lenguas. Ciertas lenguas. Se trata de un texto escrito en lengua mixe que (probablemente) no puedes leer. El texto manifiesta esa inaccesibilidad en potencia para ciertas personas. La imposibilidad predica, dice, presenta y sirve de argumento.
Primero
Este texto no es una traducción en espejo. Aun cuando sean seis los apartados, el contenido de este texto y del que fue escrito en mixe no se corresponden. Se replica la forma pero no el contenido que queda sellado, por ahora, para mixehablantes alfabetizados.
Segundo
La mayoría de los libros editados en lenguas indígenas nacen como ediciones bilingües, en los que la otra lengua es siempre una lengua hegemónica, pero terminan siendo leídos casi exclusivamente en esta última. La mayoría de los libros editados en lenguas hegemónicas nacen como ediciones monolingües. La presencia de una lengua hegemónica no debería ser necesaria para otorgar licencia de publicación en lenguas indígenas. Su presencia es innecesaria en los libros escritos en lenguas indígenas a menos que los libros en lenguas hegemónicas nazcan también bilingües, con una traducción a alguna lengua indígena.
Tercero
La diversidad de las lenguas del mundo es asombrosa como asombroso es el pequeño número de lenguas en las que se publica el mundo. El mundo se habla en más de siete mil lenguas y podría leerse en otras tantas.
Cuarto
Lo que sabemos sobre el trabajo del traductor, sus posibilidades y sus complejidades se establece sobre la interacción de un pequeño subconjunto de las lenguas del mundo. Los retos de una traducción del japonés al mixe o del sami al mazateco pueden develar nuevos aspectos sobre el la teoría de la traducción.
Quinto
El texto que (probablemente) no puedes leer encontrará, si corre con suerte, a sus potenciales lectores. Posiblemente sean muchas las personas que puedan leerlo,  existe una probabilidad casi ridícula de que se le confiera cierta importancia y tal vez, tal vez, sólo entonces, alguien, otra persona, decida que puede ser traducido al zapoteco de la sierra, o al español. El camino que puede develar el contenido de ese texto en mixe es largo y depende en primer lugar de la recepción que pueda tener entre lectores mixehablantes.
Sexto
Hay textos que no podemos leer.

 

Yásnaya Elena Aguilar Gil
Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas, forma parte del colectivo colmix (Colegio Mixe).


Sorge Partum
Aline Hernández

(Un camarada se acercó a mí al final de la reunión. Habíamos estado discutiendo el último comunicado pero nadie parecía recordar el contenido del mismo más allá de la forma. “Estoy preocupado —me dijo—, ¿y si lo mismo ocurre con los simpatizantes del partido? Es decir, ¿si no recuerdan el contenido y sólo la forma?, ¿si lo fundamental se ha perdido y sólo quedan las superficies?” “En ese caso habremos perdido la potencia de afectar”, le respondí.)
N. V.

(Que ninguna escritura sea donde falta la potencia)
D. G. et al.

1. Una escritura que se cuestione el sentido de la escritura misma, que busque constantes encuentros consigo, que se pregunte activamente por qué medios es que se busca gobernarla y los combata activamente.

2. Una escritura que como consecuencia de estos interrogantes busque la ruptura, que la abrace y se deje abrazar por ésta, que supere así en cada caso la conciencia que de ella se tiene.

3. Una escritura que sea, al modo de E., de la estirpe de los vivientes-videntes, que se sobreponga a la falsificación de la vida mediante la imposición de sentimientos tales como la tristeza, la sumisión, el odio y el resentimiento.

4. Una escritura que acaso se avergüence de avergonzarse y recurra a la potencia y la explosión para salir de ese letargo impuesto, de ese constante esfuerzo por cercenarla, apagarla, mutilarla y gobernarla.

5. Una escritura que no busque convencer, controlar u obedecer, sino que funja como medio de contagio y espacio para la potencia compartida, la insumisión y el juego; como lugar de y para la vida.

6. Una escritura viva que no necesite de otros mecanismos más que la vida y potencia que lleva en sí para hallar a aquellos y aquellas dispuestos a recibirla, a encontrarse con ella, a dejarse afectar por ella al tiempo que la afectan: a entrar en ese juego prodigioso de afectaciones que logran formar un todo más poderoso.

7. Una escritura que sepa cuándo pausar o detenerse, que sepa cuándo es necesario protegerse o defenderse, pero que también sepa cuándo debe de acelerar, precipitarse o detonar.

8. Una escritura que no sueñe despierta, sino que viva despierta, que supere la moral y apele a la ética y al conocimiento.

9. Una escritura dispuesta siempre a sorprenderse porque aún no sabe de lo que es capaz: un asunto de gran experimentación.

 

Aline Hernández.
Historiadora del arte. Actualmente cursa el programa de maestría Critical Studies in Art and Culture en Vrije Universiteit en Ámsterdam.


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Mi irritación crecía a cada frase de David Rieff: “Prefiero la paz a la justicia”; “No creo que aprendamos mucho de la historia”; “Hablar de la historia como una tarea moral me parece empíricamente muy problemático”; “La memoria histórica es una metáfora. No existe tal cosa como una memoria histórica del Porfiriato. Existe un consenso, una convención. La memoria histórica es un mito que se construye, ya sea bueno o nefasto; es un debate político. Punto final”; “Cada monumento, cada estatua, es un objeto ideológico, un punto de vista sobre el que es posible debatir”; “Si no podemos establecer un consenso a partir del hecho histórico es mejor y más útil el olvido” (aquí David Rieff hacía alusión, como un ejemplo tomado al azar, al peligro que veía Mandela en que se desencadenara una nueva guerra civil en Sudáfrica; lo cual habría sido desastroso en todos sentidos); “La memoria histórica no es profiláctica”; “No hay algo así como una memoria colectiva; la única memoria es individual, y la historia exige un debate permanente”. En este punto, mi irritación se esfumó, y comenzó a cobrar sentido en mi mente la polémica propuesta del autor de Elogio del olvido. Las paradojas de la memoria histórica, publicado en 2016 por editorial Debate, en traducción inmejorable de Aurelio Major.

¿Y si David Rieff tuviera razón? Eso de “prefiero la paz a la justicia” suena horrible, suena a dictadura. Sin embargo si tratáramos de ser menos ingenuos y nos preguntáramos ¿a quién ha servido la historia?, tal vez concederíamos que de ninguna manera su interpretación produce una verdad absoluta que deba ser seguida ciegamente como una religión. Y, lo que es peor, ser estudiada como parámetro a seguir. En ningún sentido la historia, como dice Rieff, tiene cualidades curativas. Y quizá entenderíamos que si nos ponemos a elegir, alguien como él, que ha vivido entre conflictos armados, elija, como una decisión personal, la paz. “He pasado 20 años de mi vida en zonas de guerra, y eso de que sin justicia no hay paz es falso, empíricamente. Tenemos paz en Irlanda del Norte, pero no hay justicia. Al contrario, los terroristas son los líderes. Yo prefiero la paz, pero hay personas que prefieren la justicia. Pasé tres años en Sarajevo, viviendo en la capital de Bosnia. Ahí no hay justicia, pero los niños ya no mueren en las calles. Un planteamiento de los Derechos Humanos es: ‘No hay paz sin justicia’. En ese sentido, tengo mis dudas con respecto a la utilidad del pasado’”.

Es fascinante seguir el discurso de Elogio del Olvido. Su hilo conductor, como él dice, es la némesis de las utopías, ya sean estas liberales, comunistas o en pro de los Derechos Humanos. Comienza citando a W.B. Yeats: “Un sacrificio demasiado largo/ puede tornar en piedra el corazón”. Luego sitúa al hombre en su perfecto instante, sin memoria, y cita a Kipling en alusión al poeta romántico Percy Bysshe Shelley con respecto a “la naturaleza efímera incluso de las creaciones más monumentales y las hazañas marciales”. Sin memoria, dice, viviríamos como si ya estuvieramos muertos. “Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de hito en hito” (La Rochefoucauld). Sin embargo, si situáramos nuestro paso por la Tierra de la aparición del Homo sapiens, hace 200,000 años, pasando por el advenimiento de la escritura, “no podemos sustraernos a la idea de que tarde o temprano todo logro humano, al igual que todo ser humano, será olvidado”. “Lo que la historia nos muestra en realidad es que a lo largo de la historia documentada, toda sociedad sin excepción alguna se ha confirmado tan perecedera como los seres humanos individuales”. “Después de todo, cuando una guerra termina con la apabullante victoria de un bando, la victoria confiere el poder unilateral para conformar la memoria colectiva del conflicto”. ¿Es esa creación unilateral la que es preciso preservar a toda costa para no ser muertos vivientes? Tal vez no.

“Soy un pesimista convencido”, se disculpa David Rieff, historiador por la universidad de Princeton, analista político de Le Monde, El País y The New York Times, entre otros diarios, y autor de media docena de libros de, me gustaría etiquetarlos así, humanismo. Como dato curioso, hay que decir que a su madre, la excepcionalmente aguerrida y brillante Susan Sontag, seguramente se le pararían los pelos de punta con las polémicas aseveraciones de David, como a todos aquellos que nos acercamos a su teoría del olvido, pero, en vez de juzgarla a priori, estaría dispuesta a debatirla.

Este sábado 9 de septiembre, a las 10:30 am, conversará con Ricardo Cayuela en el Museo de la Ciudad.

www.hayfestival.com/queretaro

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Todo parte de una pasión. Christophe Galfard (París, 1976), uno de los protagonistas del Hay Festival Querétaro 2017, se presenta así:

Tengo un doctorado en Física Teórica por la Universidad de Cambridge, Inglaterra. Mi supervisor fue Stephen Hawking, con quien trabajé durante muchos años investigando los agujeros negros y los orígenes de nuestro universo. Pero ya no estoy en Cambridge, porque ahora dedico mucho tiempo a difundir el conocimiento científico al público en general, en lo que me gusta llamar entretenimiento.

En la conversación aclaró que con Stephen Hawking trabajó en la paradoja de la información: en la década de 1970 Hawking analizó el efecto cuántico aplicado a los agujeros negros. La gravedad cuántica puede explicarlos. La teoría de las cuerdas es una de las posibilidades para comprender el fenómeno. La pregunta es qué ocurre con la información al ser absorbida por un hoyo negro. Vieron dos agujeros negros que colisionaron. No sabían que era posible. Un agujero negro tiene tal concentración de masa que ninguna partícula puede escapar de su campo gravitatorio.

Desde el origen de la humanidad sólo hemos tenido una herramienta para mirar el cosmos: la luz. Pero las ondas gravitacionales no son luz —aunque viajen a su velocidad—, atraviesan todo menos los hoyos negros.


Christophe Galfard y Stephen Hawking. Cortesía del autor.

Una herencia y una pasión

“Todos los niños y niñas, todos los jóvenes, sienten fascinación por las estrellas. Luego se nos olvida. El conocimiento científico es una herencia y tiene límites”, expresó el físico.

Vinculó la ciencia y las artes: tienen en común la pasión. Charló sobre las estrellas. Considera a la Vía Láctea como una pequeña isla en nuestro universo: contiene 300 mil millones de estrellas. Otras galaxias —incluida la más cercana— son más grandes. Y hay mil millones de galaxias conocidas.

El discípulo de Hawking conversó sobre El universo en tu mano (Blackie Books, premio al mejor libro de ciencia de 2015 en Francia), volumen en el que propone un recorrido teórico cuya finalidad es el entendimiento. “Hacer física teórica es muy difícil, pero explicar y entender los conceptos no lo es.”

Galfarddescribe la física más avanzada. Su trabajo de divulgación se resume de la siguiente manera:

No estás solo en el universo. Y no estás solo en este viaje por el universo. Estás tumbado mirando el cielo en una playa cuando alguien te coge de la mano. Te guía en una odisea alucinante hasta los agujeros negros, las galaxias más lejanas y el inicio mismo del cosmos. Abandonas tu cuerpo y te desplazas a velocidades imposibles, te introduces en un núcleo atómico, viajas en el tiempo, entras en el Sol. No es que te expliquen el universo. Es que lo tocas. No es que por fin entiendas el universo. Lo tienes en tu mano.

El libro resulta un pulcro ejercicio narrativo. El físico teórico recurre a diversas metáforas, imágenes y conceptos. Sostiene que la mejor forma de divulgar la ciencia es haciéndola accesible.

Tras cuestionarlo sobre un posible vacío existencial ante el universo, el divulgador científico me aseguró que está orgulloso de pertenecer a nuestra especie en un planeta pequeño e intentar entender ese tipo de planteamientos. “Deberíamos proteger la Tierra ya que es frágil ante la violencia del universo.”

Y tras preguntarle si el cerebro humano es el objeto más complejo conocido hasta ahora, me contestó: “Absolutamente”.

 

Alejandro García Abreu
Ensayista y editor.

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