Los libros de cuentos son complicados, tanto para el autor como para el lector. Lo son por la exigencia que significan. Precisan una disposición de ánimo particular. Aquélla que permite darle continuidad a la serie de textos mientras se les garantiza cierta independencia. Tal vez por eso resulte tan sorprendente encontrarse con libros de cuentos en donde todos tengan la misma calidad. Casi parece una tarea imposible. De entrada, porque no todos responden a una misma intención. Hay autores que, lo confiesan, escogen un tema y se dan a la tarea de escribir relatos alrededor de él. Otros, en cambio, narran hasta que su editor les hace la llamada perentoria, o sus pulsiones les avisan que ahí deben concluir con el trabajo.

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No es el caso de Jeanette Winterson (Manchester, 1959). El mundo y otros lugares está compuesto por diecisiete relatos que, en apariencia, bien podrían pertenecer a libros diferentes. La variedad temática es notable. También la estilística. Así, es posible toparse con cuentos fantásticos, otros en los que operan ciertos mecanismos del absurdo e, incluso, algunos en donde se abordan asuntos de género y de diversidad sexual. Más allá de estos temas, las estrategias textuales también son cambiantes. Se pueden leer relatos que bien podrían entrar en la tradición anglosajona pero otros, quizá los más sorprendentes, podrían tener cabida dentro de modelos latinoamericanos. Pese a ello, sí hay elementos unificadores.

Leer a Jeanette Winterson es disponerse a cambiar de estado de ánimo. A veces de una forma muy sutil, dejándose llevar por la gravedad que opera encima de una resbaladilla apenas inclinada. Otras, como una reacción, a fuerza de luchar contra un planteamiento que suena tan desaforado como poderoso. Las más, gracias a la capacidad de la autora de crear personajes con los que es sencillo crear lazos de empatía. Cuando esto sucede, da igual que las preferencias sexuales, políticas o religiosas de los personajes no sean las de los lectores. De pronto, en medio de una situación que resulta imposible para uno, se descubre un atisbo, una ligera huella que da paso a una melancolía profunda y sostenida: la que proviene de una certeza enterrada en lo más recóndito del ánimo. Ahí, donde los sentimientos han sido despojados de toda máscara. Ahí, donde lo humano salta a la vista. Es entonces cuando cambia el estado de ánimo. En el momento justo en que el lector reconoce una emoción conocida, aunque en ocasiones soterrada. La misma que permite un suspiro profundo o una suerte de reverencia ante los avatares que se presentan.

Los libros de cuentos también son complicados por esas razones. Porque exigen varias veces. En este caso, diecisiete. Exigen no sólo enterarse de la historia –para eso estamos más que capacitados–, exigen disponer el ánimo de tal forma que se vuelva maleable. Esta es la mejor forma de enfrentarse a un cuento, por supuesto, como a cualquier texto. El asunto es que el autor no siempre está a la altura de nuestras expectativas y nuestra empatía se topa con un mundo de historias entretenidas y nada más. No es el caso con El mundo y otros lugares.

Como con los buenos libros, estas historias serán las que atrapen, las encargadas de mantener el suspenso y la tensión dramática. Sin embargo, hay mucho más que anécdotas desarrollándose. Winterson ofrece un sitio cómodo en donde sentarse, en el momento menos esperado, para que, en aquél que ni siquiera puede identificarse, una sensación se cuele entre las palabras y termine asentándose en quienes somos. Si alguien es capaz de conseguirlo, entonces bien vale la pena seguirle la pista.