Nada más vertiginoso que el abismo de una hoja en blanco. Bueno, no, hay mil cosas más vertiginosas (por ejemplo, un abismo real), pero se entiende, ¿no? Es una metáfora. Para un escritor, enfrentar una hoja en blanco es intimidante y excitante al mismo tiempo. Pensar que te toca a ti solito llenar ese espacio con una historia, con un argumento, con poesía. Lo mismo el lienzo y el pintor, la cámara y el cineasta. Lo que un artista hace básicamente es crear símbolos: producir una cosa que haga pensar a quien la percibe en otra cosa que no está ahí. Es decir, encontrar similitudes entre cosas diferentes. Crear y usar símbolos es tan importante para la especie humana, que decir que el pensamiento simbólico es una exclusividad nuestra sería quedarse corto: posiblemente sea lo que nos define.

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La otra cosa que posiblemente nos defina, además de la urgencia de crear, es la de explicar. Entonces es natural que el ser humano busque una explicación para su naturaleza creadora. Esto significa una indagación en la mente. La primera herramienta que se utilizó para hacer esto fue la filosofía, pero ya nadie le cree a ese clan. Lo de hoy es explicar todo con ciencia. En los últimos años, varios centros de investigación alrededor del mundo se han interesado por la capacidad simbólica de la mente, en particular por el procesamiento de la metáfora: un (¿el?) mecanismo básico del arte. La línea de estas investigaciones ha consistido sobre todo en comparar la manera en que el cerebro procesa dos fenómenos similares, uno presentado, o literal, y otro representado, o metafórico. Los resultados son bastante consistentes: el cerebro procesa ambos prácticamente igual. De hecho, la conexión entre el fenómeno original y su símil es tan directa que, para ciertas estructuras cerebrales, son indistinguibles.

Uno de los ejemplos más interesantes es la sensación de dolor. En el caso del dolor físico, los receptores de dolor en el cuerpo envían señales al cerebro para indicar cualidad, intensidad y ubicación: te golpeaste el dedo chiquito del pie derecho; te duelen los oídos. Una vez que esta información es procesada en el tallo cerebral y el tálamo, estructuras antiguas que compartimos con todos los mamíferos, una estructura más sofisticada en el córtex frontal –el cíngulo anterior–, se encarga de interpretar la información: te tropezaste por cent

ésima vez con la mesita de la sala; te duelen los oídos porque estás en un avión. En el caso del dolor simbólico, la segunda parte sucede igual. Naomi Eisenberger, de la Universidad de California en Los Ángeles, metió a individuos en máquinas de resonancia magnética y los puso a jugar voleibol virtual con otros dos jugadores a distancia, sólo que los individuos no sabían que, en lugar de “otros dos jugadores”, sólo había una computadora simulando. En un momento dado, la computadora dejaba de tomar en cuenta las jugadas del individuo, de manera que le daba la impresión de ser ignorado repentinamente por los otros dos jugadores. O sea, el individuo sentía rechazo: dolor simbólico. Y las neuronas en el cíngulo anterior se activaban.

Pero este dolor simbólico sigue siendo propio. Un punto más alejado todavía sería el dolor ajeno. Y, sorprendentemente, el cíngulo anterior lo interpreta igual. Tania Singer y Chris Frith, de University College London, metieron a individuos en máquinas de resonancia magnética y les administraron ligeros choques eléctricos para visualizar la manera en que su cerebro registraba este dolor. Tallo cerebral, tálamo y cíngulo anterior activados: normal. Luego, en lugar de administrarles los choques a ellos, Singer y Firth forazon a los sujetos a ver a un ser querido sufrir los choques, y aunque el tallo cerebral y el tálamo naturalmente no se activaron, el cíngulo anterior sí. Moraleja: el córtex frontal del cerebro interpreta la sensación de dolor literal igual que la sensación de dolor simbólico: el rechazo y la compasión.

Algo parecido sucede con la sensación de asco. Cuando hueles o pruebas algo que apesta o sabe rancio, se activa la ínsula en el córtex frontal para evitar que lo consumas y te enfermes. Ese mecanismo lo compartimos también con todos los mamíferos. En los seres humanos, sin embargo, la ínsula se activa además cuando te enteras de algo que apesta simbólicamente, por ejemplo: una acción inmoral. Y para corregir tanto el asco físico como el simbólico, el cerebro reacciona de la misma manera: con la urgencia de limpieza. Chen-Bo Zhong, de la Universidad de Toronto, y Katie Liljenquist, de la Brigham Young University, pidieron a individuos en un experimento tomarse cinco minutos para pensar en una acción inmoral que hubieran hecho antes y, después, a la mitad les ofrecieron toallas húmedas para limpiarse las manos y a la otra mitad no. Al final, a todos les preguntaron si querían ofrecerse para ayudar en el experimento de otro estudiante, y quienes no se limpiaron las manos se ofrecieron para ayudar significativamente más veces que los que sí se limpiaron. Moraleja: después de sentir asco por sus propias acciones, todos sintieron la necesidad de lavarse y tomaron la oportunidad que se les presentó, literal o simbólicamente.

El punto de esta clase de estudios, pues, es buscar una explicación para la tendencia natural del ser humano a pensar en términos metafóricos. Así que, ¡misión cumplida, la hemos encontrado! ¡Las neurociencias han dado una respuesta sólida a una pregunta de la filosofía! Porque eso parece, ¿no? Seguramente podemos darnos por satisfechos con saber cómo funciona el mecanismo cerebral de la metáfora… ¿o no? Si metemos a los gigantes del arte y la literatura, quienes fuera que sean, en máquinas de resonancia magnética, y descubrimos los patrones de activación de su córtex, ¿estaría ahí la explicación última del arte? En otras palabras, ¿puede la ciencia explicar el fenómeno de la creatividad humana?

Analicemos un poco las posibilidades. Hay quienes piensan que sí: la ciencia explica cualquier fenómeno humano porque la humanidad se reduce a la biología (y la biología a la química y la química a la física). El filósofo Alex Rosenberg, por ejemplo, es el más célebre portavoz contemporáneo del reduccionismo físico: la idea de que cuando creemos pensar en metáforas y sentir emociones, estamos bajo la ilusión de nuestra propia consciencia. Consideremos el fenómeno del dolor del rechazo o el asco moral. Nosotros, desde el punto de vista subjetivo, sentimos que la explicación de ese dolor y ese asco es por que los otros jugadores nos dejaron fuera y por que nos arrepentimos de un acto inmoral, y sentimos eso porque así funciona la consciencia humana: haciéndonos sentir cosas. Sin embargo, un observador independiente podría ver que la explicación de ese dolor y ese asco no son más que una serie de reacciones químicas en nuestro cerebro. Realmente no hay dolor ni asco. No hay símbolos, son una ilusión.

Del otro lado del cuadrilátero están los que piensan que no: la ciencia no puede explicar todo. El filósofo Alasdair MacIntyre, por ejemplo, defiende el anti-reduccionismo: la idea de que los fenómenos humanos no pueden ser reducidos a neuronas y átomos porque, como es evidente en el terreno del arte, lo humano es inherentemente subjetivo. Consideremos el fenómeno de dos individuos que mueven la rodilla en un movimiento idéntico. El observador independiente que explicó nuestro dolor y asco con reacciones químicas en el cerebro volvería a usar su método científico: la explicación de que un sujeto X movió la rodilla es que su cerebro envió una señal a los músculos y tendones y los músculos y tendones respondieron. Si un sujeto Y se mueve igual que un sujeto X es porque la señal cerebral fue la misma. Fin. Pero otro observador que se aleje un poco de la microescala, digamos: un psicólogo, verá que el sujeto X es una bailarina de ballet y el sujeto Y una intérprete de danza contemporánea. Entonces, este observador dirá: la neurobiología no cuenta toda la historia, la explicación ulterior de que las dos se muevan igual es que, en esta parte, sus coreografías son iguales. Otro paso sería que los sujetos mismos que estamos estudiando ofrezcan una explicación, en cuyo caso la bailarina de ballet podría decir: “no, yo no estaba haciendo el mismo movimiento que la bailarina de danza contemporánea, ¡yo me tropecé!” De manera que ni el punto de vista objetivo del científico ni el objetivo del psicólogo explicaron exhaustivamente el fenómeno. Para eso, hizo falta el punto de vista subjetivo del individuo, que ofreció una ventana a la intención, que, como todo estado mental, es irreductible a exploraciones externas, ya sea de parte de las ciencias naturales o las ciencias humanas.

La idea es que para explicar el acto creativo no es suficiente la ciencia. Detrás del pensamiento metafórico de un artista no hay sólo estructuras cerebrales, hay una consciencia. Y la consciencia es lo que los filósofos llaman un fenómeno emergente: una entidad que surge de entidades más fundamentales pero no puede ser explicada con ellas porque tiene propiedades distintas. Por ejemplo, la unión de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno es una propiedad fundamental del agua, y el hecho de que es incolora e insípida es una propiedad emergente. No puedes explicar el sabor del agua mirando las moléculas en un microscopio, tienes que probarla. Igualmente, no puedes explicar el estado mental de alguien mirando su cerebro en una máquina de resonancia magnética.

Si la ciencia sola no puede cubrir la distancia que hay entre el la activación del cíngulo anterior de una bailarina y el hecho de que está interpretando la muerte de Odette en el Lago de los Cisnes, entonces no puede explicarlo todo. Pero tampoco tenemos otro método de investigación que llegue tan lejos. Hasta donde sabemos, la consciencia humana y su manifestación en habilidades como el pensamiento simbólico podrían ser inexplicables. Entonces tal vez me quede sin saber por qué, cuando estoy al borde de la fecha de entrega y tengo bloqueo de escritor, sentarme frente a una hoja en blanco me hace un nudo en el estómago. (Bueno, no es una hoja en blanco ni un nudo sino un documento de Word y ansiedad. Pero se entiende, ¿no? Son metáforas.)