Al Recorrer la exposición La Ceiba Gráfica. Estampas de una década, que se presenta en el Museo Nacional de la Estampa hasta el 29 de noviembre, el visitante reconocerá el trazo de artistas mexicanos como Irma Palacios, Francisco Toledo o José Luis Cuevas; reflexionará con el dibujo de Gilberto Aceves Navarro, Juan González de León y Demián Flores; sobre todo, se preguntará qué es eso de “La Ceiba Gráfica”. A algunos les intrigará quién está detrás de este proyecto y la mayoría entenderá por qué el grabado sigue siendo, más que un soporte, la posibilidad de un discurso para indagar en la problemática de lo visual desde enfoques figurativos, abstractos o conceptuales.

Contemplar esta colectiva despierta la curiosidad. Intrigan las líneas, los papeles, los tamaños, la infinita variedad del negro, los juegos de luz, las texturas sugeridas, la diversidad de métodos de grabado. Intriga el aura que envuelve cada pieza y que hilvana el ánimo de esta celebración al grabado. Esta aura radica en la Orduña, junto a Coatepec, Veracruz; para ser más precisos, reside en una ex hacienda que desde hace diez años se ha convertido en uno de los nodos del arte gráfico en México y, poco a poco, en el resto del mundo.

En 2005 Per Anderson unió fuerzas con Martín Vinaver para iniciar este proyecto. Una misión que parecía, más que una locura, una fantasía extravagante de un sueco asentado en tierras jarochas. Su objetivo era continuar difundiendo la litografía, ese había sido el por qué de su llegada a México en 1974 invitado por el fotógrafo Carlos Jurado, entonces director de la Universidad Veracruzana. Así, en ires y venires entre Suecia y Veracruz, se fue gestando esta idea que no sólo proponía continuar la enseñanza de la litografía, sino recuperar esta tradición de origen alemán —con poco más de dos siglos de existencia (casi nada si pensamos que los europeos tardaron 300 años en lograr producir la porcelana china)— en una zona cafetalera y húmeda, lo cual resultaba una hazaña tan aventurada como remozar la casa principal y vestigio de una hacienda que ya en el siglo XVII era un punto de referencia —tal como lo es hoy la ceiba enorme que la custodia y que se ha convertido en imagen de este laboratorio de gráfica.

El reto para Per y Martín no era sencillo: además de transformar el inmueble antiguo y otorgado en comodato por el Gobierno del Estado de Veracruz, se trataba también de establecer un taller de litografía autosustentable. Así, empezaron a producir sus propias piedras y papeles. A la par abrieron un taller de carpintería y, al estilo nórdico, se propusieron construir su “casa de verano”. Dibujaron sobre piedras, martillaron sillas, bases de cama, muebles de baño convocando a más gente de distintas disciplinas y oficios a unírseles, como Rafael Ruiz, el actual director. Remozaron el jardín y la cocina para poder albergar a artistas, quienes, como Juan González de León, han servido como promotores de esta iniciativa difundida, primero, de voz en voz. Luego el rumor se expandió por la red atrayendo a más creadores, investigadores, escritores, grabadores, impresores y editores de todo el orbe inspirados por este proyecto autogestivo que ha contado con el apoyo del gobierno estatal, de la Universidad Veracruzana, la Secretaría de Educación de Veracruz, el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes y aportaciones de personas e instituciones como la escuela de litografía sueca Litografiska Verkstaden Hellidens Folkhögskola, que donó una máquina moledora de tintas.

La Ceiba Gráfica se trazó como una utopía. Muchos creadores han encontrado en este lugar, además de un laboratorio formal del grabado, una escuela visual que invita a la comunidad a observar desde otra perspectiva y que involucra a los residentes a experimentar la naturaleza y la cotidianidad de los pobladores de La Orduña, quienes viven —pese a la interacción con las nuevas tecnologías— un México que sucede a un ritmo distinto. Y es quizá ese otro ritmo el que marca la cadencia de la litografía. Paciencia, gozo, espera, repetición. Nadie parece desesperar, al contrario.

Por otro lado, el modelo sustentable de La Ceiba se enriquece del quehacer comunitario, de residentes que contribuyen con trabajo, de artistas que pagan sus estancias y donan parte del tiraje que ahí imprimen, de las clases a la comunidad, de talleres-residencias de acercamiento al grabado para niños. Todas acciones que abren líneas de investigación plástica, en la creación del grabado y en la cohesión del tejido social local.  A este laboratorio creativo llegan artistas nacionales e internacionales para imprimir, dialogar y convivir –como iguales– con personas que se están iniciando en el grabado. Ahí radica otra de las virtudes de este espacio: es un punto de referencia en la enseñanza y aprendizaje.

En este sitio se han practicado todas las técnicas existentes del grabado, en especial de la litografía, efecto de trabajo de investigación y de la recuperación de oficios. Los artesanos también se rescatan y ennoblecen en la utopía de La Ceiba. Alfareros, mecánicos, torneros, fundidores, carpinteros, albañiles colaboran y dialogan horizontalmente con los artistas transformando la visión de todo aquel que ha tenido la fortuna de involucrarse en esta iniciativa, que en 2013 recibiera el Sustentable Print Making & Community, otorgado por el Southern Graphic Council con sede en San Francisco.

De esta forma, ha crecido la red de colaboradores a la par de la expansión de La Ceiba. Poco a poco se recuperan más espacios para instalar más talleres de cerámica, de papel y de pisos, entre otros. Además del papel, actualmente se fabrican las prensas y utensilios, y se tallan las piedras. Esta fábrica creativa es ya un proveedor: sus prensas se utilizan en 35 centros de artes gráficos en la República Mexicana y se han exportado. La fineza de sus impresores atrae a más artistas de distintas generaciones que han contribuido en la ampliación del programa de residencias, el cual es uno de los pilares en la manutención y un generador de ideas en la conceptualización del grabado en el siglo XXI.

Parte de ese espíritu es lo que tocará al espectador al recorrer esta muestra que narra brevemente diez años de esfuerzo y de propuesta. Para perpetuar la celebración, también se ha editado el libro La Ceiba Gráfica. Una década de arte comunitario y sustentable, que nos transporta a un lugar en donde la utopía parece que aún puede soñarse, y cuyas coordenadas están en Veracruz.