Caminar por Reforma, detenerse a la altura de Gandhi, y no percatarse del impacto que tiene la escultura de Jorge Marín en ese espacio resulta casi imposible. Prácticamente a cualquier hora encuentra uno a alguien tomando la foto emblemática o mirando a esas alas de bronce. La majestuosa estructura apela a lo mítico, pero su grado de detalle aún se permite evocar la pluma afelpada. Durante más de dos meses, la escultura de las “Alas de México” visitó el aeropuerto de Changi, Singapur.


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Paulina Morales: Naciste en Uruapan, Michoacán y en una familia muy grande. ¿De qué forma te marcaron estas circunstancias?

Jorge Marín: Fue una confluencia interesante del entorno, la familia, la escuela. Mi entorno fue Michocán en los sesenta y Uruapan era un pueblo con una identidad muy propia, una identidad cultural autóctona con fiestas, tradiciones y artesanía indígena. Otra influencia interesante fue que mi mamá era católica y le ponía más sabor a las influencias ya dadas. Me llevó alguna vez a la iglesia y fue muy impresionante para mí ver el mundo católico. Me impactó el tema de las imágenes, los ambientes de los templos, todas las ceremonias. Yo, como niño, no tenía el entendimiento de la filosofía católica; todo para mí era muy mágico.

Uruapan tiene una naturaleza espectacular. Entonces estaba muy cerca de la naturaleza. Además, mi familia era un gran clan, una familia enorme, con nueve hermanos. Aquello era un micro mundo, una pequeña ciudad con sus habitantes y todo. No tenía que ir extramuros para convivir. De hecho, para mí era difícil salir pues yo estaba muy confortable en esa situación. Me fui de Uruapan como a los 7 años de edad –aunque no me fui, me llevaron. Feliz me hubiera quedado, la pasaba muy bien, pero fue otro paso en la vida importante que había que hacer. Fue ver otras ciudades, otras culturas. Finalmente, les agradezco mucho a mis papás la posibilidas de conocer la pluralidad del mundo y, antes, de Michoacán en ese momento.

PM: Estudiaste tres carreras y experimentaste con varias actividades profesionales. ¿Cómo diste con tu actual quehacer?
JM: Era puro darle vueltas al asunto. Fui muy inestable como adolescente, me costó mucho trabajo entender lo que me gustaba y la forma de hacerlo. Por eso fue que anduve estudiando al final cosas relacionadas con arte: restauración, diseño gráfico, historia del arte. Todo eso iba por ahí, pero era como dar vueltas alrededor del círculo en vez de ir al centro del círculo, a la práctica realmente. Una situación extrema fue la que me hizo llegar a tomar una posición definitiva y decir: “esto es lo mío”. Yo creo que era autoengaño; no quería ser honesto y sincero conmigo mismo. Hay tanto prejuicio acerca del quehacer artístico y era un entorno tan conservador… Sigue habiendo mucho prejuicio social por ser artista, es una profesión que la gente la toma típicamente como un hobby para cuando me retire. Pero en esta vida se puede hacer mucho más por el arte antes de retirarte, y para ti con el arte.

PM: ¿Por qué el medio de la escultura y por qué, de todos los materiales, el bronce?
JM: Fue porque me gustó más que otras cosas. Dentro de lo creativo intenté el dibujo, el grabado, muchísimo, y la pintura. La identificación fue mucho más plena con la escultura; me permite expresar mucho más mis ideas y mis conceptos. Es mi lenguaje, el más manejable para mí y con el que me expreso mejor. Cada quien tiene su lenguaje y yo descubrí que el mío óptimamente es la escultura. Me siento cómodo haciéndola y lo que yo puedo dialogar a través de mi trabajo resulta mucho más fluido. El bronce técnicamente tiene todas las cualidades que me hacían falta para producir mi trabajo, por que el tipo de trabajo que hago  es figurativo, realista, dinámico. Todas esas características plásticas son más fáciles de conseguir con el bronce. Experimenté otros claramente y a lo mejor después descubro otro material que me parezca más rico. Pero estoy muy satisfecho con el bronce.

PM: En entrevistas anteriores has descrito los elementos recurrentes de tu obra como símbolos inagotables y universales. También has comparado la función del arte con la de un espejo y la importancia de la subjetividad de la interpretación. ¿Qué tratas de transmitir con tus cuerpos clásicos, las máscaras, las alas, las esferas? ¿En estos momentos qué ves en ellos?
JM: Lo que yo trato, más que transmitir, es generar una reacción en el espectador para que tenga lugar esta situación del juego de espejos en donde te ves a ti y encuentras de ti mismo características interesantes que, conoces o no conoces, y que valen la pena por lo menos para entender que tienes alguna inquietud, algún miedo o algún deseo. Todo eso está ahí para interpretar. Estos elementos que tú mencionas son ideales para hacer una identificación rápida con el espectador. No es lo mismo identificarse con un cuadro abstracto con un fondo azul, que con un cuerpo humano que de inmediato reconoces como propio. El diálogo se da muy fácilmente.

Las máscaras las uso porque causan mucha inquietud y me gusta la inquietud, quitar a la gente de su zona de confort como espectador. Cuando no das toda la información de entrada, cuando sólo das algunos puntos de luz sobre la información, entonces hay muchas más posibilidades. La inquietud te lleva a reflexionar sobre ti mismo desde lo más hondo y hacerlo tuyo. Ojalá que cada quien aproveche una inquietud, porque no es por el placer de hacer sentir mal a la gente sino por hacerla reflexionar. La geometría también lo permite: la esfera tiene un montón de connotaciones de acuerdo a cada cultura. Ha sido la imagen de Dios, como decían los europeos en la Edad Media, mientras que para los egipcios era el disco solar. Luego, el cubo es lo terreno, los cuatro puntos cardinales. En fin, con cada figura te puedes echar un tratado de la simbología o el sentido que le da la cultura. Iconográficamente son muy ricas.

No hay cultura que no haya hecho una representación de alas. Está Ícaro para los occidentales y para los indios Garuda tiene alas –es un hombre fuerte, sano que transporta a Shiva en sus hombros–, los fenicios tenían espíritus protectores que también eran hombres con alas y máscaras de pájaro. Más que inventar símbolos, me gusta reinterpretar los que ya ha manejado esta humanidad durante muchos miles de años, reajustarlos para hacer un lenguaje propio de cada espectador. El mío ya estuvo, ya cumplió su función cuando lo hice: fui muy feliz y satisfizo una necesidad de expresión. Pero yo le paso el balón al espectador para que él haga su propia lectura.

PM: ¿Cuál ha sido la presencia internacional de tu obra? Platícanos un poco de la intención tras las donaciones y de la experiencia de viajar a través de tu escultura.
JM: Hay, por lo menos, dos intenciones. Una que me gusta mucho es que en los últimos años he ido descubriendo paulatinamente la experiencia de la escultura interactiva en el espacio público, la escultura en la cotidianeidad de la calle. Es una forma muy distinta, tanto en el hablar del discurso plástico, como de darlo a conocer, interactuar y compartir con la gente. El segundo, hay que decirlo, es que me da mucho orgullo poder llevar algo mexicano y compartirlo con el resto del mundo. Además, me permite proponer un nuevo lenguaje o dar a conocer nueva información. México sin duda tiene cosas valiosísimas que comparte al exterior y que son conocidas casi en todo el mundo: sus características culturales y sociales como nación, los grandes artistas, los grandes folclores, las culturas diferentes que existen aquí. Pero me gusta pensar que yo llevo una propuesta nueva, que además representa a mi generación y al siglo XXI, y en ese sentido siento que hago una aportación de mi parte y de parte de mi querido país.

PM: Ya habías estado en Singapur antes, ¿cómo se estableció el vínculo entre este país tan joven y tú? ¿Qué fue lo más memorable de la experiencia previa?
JM: Tiene 50 años, es más joven que yo. Singapur es parte de un proyecto fantástico que he disfrutado muchísimo. Hicimos una primera itinerancia en Asia de una selección de lo más representativo de mi trabajo en cuanto a temática. Era obra de mediano formato para museos y galerías. La llegada a Asia fue muy sorpresiva, yo no sabía que esperar y realmente no conocía nada del público asiático. Más bien tenía cierto prejuicio de que ellos pudieran estar muy casados con su expresión plástica o lo que fuera. Y resulta que no, estaban francamente ávidos de conocer lo que se hace en el México contemporáneo. De hecho, me pedían bibliografía, nombres de artistas, medios para enterarse más de lo que estaba pasando en México. Tenían una idea previa de lo que era la cultura en México. Estaban familiarizados, pero de algún modo sí estaban detenidos en el tiempo; después de los grandes muralistas del siglo XX ya no sabían que estaba pasando ahora. Todo ese ha sido un motor para poder trabajar participativamente en Asia, para llevar más de mi trabajo. Encontré mucho interés e invitaciones posteriores. Estamos haciendo algo importante en Singapur por segunda ocasión gracias a la invitación expresa de la ciudad. Con “Alas de México” forme parte de las celebraciones de su independencia y ahora me están invitando a donar una pieza. Se van generando lazos y te digo con mucha emoción que esos lazos se van dando por el interés de parte de los asiáticos por el arte de México.

PM: ¿Por qué exponerla en un aeropuerto?
JM:  Yo pedí que fuera una escultura interactiva. Me pareció que los aeropuertos son un punto de encuentro y de desencuentro de todas las culturas, no sólo en el caso de Singapur. Quiero aprovechar al máximo esta oportunidad para poder compartir con, no solamente la población de Singapur, sino todo el mundo asiático y el mundo entero que cruza por ese aeropuerto. Es un punto neurálgico importantísimo en el movimiento de nacionalidades entonces quise que fuera vista por todos, usada por todos. Realmente es para usarse y espero que se siga hablando mi escultura de México.

Al convivir con una escultura, te llevas una experiencia del viaje muy particular. Todo el tiempo nos están llegando fotos y comentarios a los medios electrónicos en los que estoy presente. Cumplió con su cometido de escultura interactiva. Mucha gente se sorprendió cuando veía que era de México. Si la donamos se quedaría en el aeropuerto permanentemente. Es un aeropuerto maravilloso, pues tiene una cantidad de servicios para que la estancia ahí sea más placentera, o menos estresante. También eso me gustó: la visión del aeropuerto como un lugar amable en donde la gente tiene un poco de tiempo y buscan hacérselo atractivo. Hay mucho arte de Asia, si tienes tiempo, es increíble la experiencia de irte a recorrer las obras de arte que están ahí puestas. Son salas inmensas y es conocido la como un lugar donde hay que ver la obra de arte que está ahí; tiene su propia personalidad como espacio de exposición.

PM: ¿Por qué el título “Alas de México”?
JM: La verdad es que ni siquiera tenía título antes, pero cuando vi que la gente se ponía, y que todo el mundo se está subiendo a tomar fotos, me di cuenta de que mayoría eran mexicanos. Eran las alas de los mexicanos; tal vez sería mejor llamarlas así. Además como la doné a la ciudad de México y al país en general ya son parte del legado cultural, del acervo de los mexicanos.

PM: ¿Qué es lo que hace especial esta obra en particular?
JM: Sin duda la interacción es lo que le da algo. Lo curioso es que yo no la había concebido para que fuera interactiva. Yo puse un par de alas para que todos las vieran ahí a la pasada, pero lo que más felicidad me dio fue que el público decidiera finalmente ser parte de la obra. Engloba perfectamente lo que es la interacción del público. Yo puedo tener la intención de poner ahí unas alas para exhibir, pero el público decide finalmente qué es lo que se va a hacer con ellas. A raíz de estas alas sale un proyecto muy padre, compartirlas con el resto del mundo. Hay dos programas: una copia de estas alas está itinerando en una exhibición con más piezas en Estados Unidos (ahora está en Texas) y otras siete copias que se hicieron de las alas son donaciones a diferentes países. Generalmente buscamos que sean países representativos de toda un área o un continente para tratar de abarcar y tener presencia simbólicamente en el mundo entero. Me falta África y Oceanía, pero hay tiempo –espero que sí– para hacer más proyectos.