Hubo una época de oro, una que comenzó en algún momento entre la nacionalización del petróleo y la erupción del volcán Paricutín. Pero esa época terminó de sopetón con la primera vez que Angélica María apareció en la televisión y Juan José Laboriel y Enrique Guzmán comenzaron a cantar. Esa versión achilangada de los cómics de Archie (publicada en México por Editorial Novaro) nos trajo un mundo de fantasía y segregación codificada en los hábitos de consumo urbano. Una pesadilla irreflexiva que se solidificó en las cafeterías La Vaca Negra Tastee Freez, las pelucas y pestañas de Pixie Hopkin, el uso y abuso de los covers musicales, las rubias televisadas, la institucionalización del estilo Televisa y la construcción de los ejes viales. La genealogía espiritual del desarrollo de Satélite y, más tarde, el de Santa Fé, le deben mucho a esa era distópica.

Para acabarla de amolar, aquella época también nos trajo el fracaso de la rebeldía estudiantil, una obsesión ideológica por la revoluciones latinoamericanas, y -en el otro extremo- una revivificación cuasi franquista de lo castellano, el cortijo, las faenas y las castañuelas. La benigna influencia de los exiliados republicanos había terminado. El éxito de Marcelino Pan y Vino llegó para sellar el fin de la era de los Machado, el comienzo de los tours organizados a Tierra Santa o al Valle de los Caídos y el boom social de Marcial Maciel y su Legión de Cristo. El desierto cultural duró más de 20 años. La izquierda dice que el terremoto de 1985 nos sacudió las conciencias. La derecha cree que fue antes, en 1981, cuando al doctor Salvador Nava le dejó de doler la tortura que le habían infligido en 1963 (mientras Angélica María triunfaba con “Eddy Eddy”) y tuvo los bríos para volver a tomar la plaza potosina y pegarle al PRI como nadie, como nunca antes.


Pero para qué pensar en esos años si uno puede soñar con el idílico mediodía del siglo XX mexicano, comenzado, quizá, por la trágica y admonitoria muerte de León Trotsky en 1940. La era revolucionaria había terminado, pero el PRI que había legado Lázaro Cárdenas estaba comenzando su apogeo. México estaba ganando toda una industria manufacturera gracias a la economía de guerra estadounidense, eramos entonces lo que Brasil es hoy. Todo era tan hermoso que hasta cuando el volcán Paricutín hacía erupción, el horror se convertía en un bonito relato para el libro de texto y la imágen de la iglesia arrollada por la lava recorría el mundo. Era la época en que los espacios abiertos eran más atractivos que los cerrados, donde ser clavadista de la quebrada era mucho más sensual que ser hijo del dueño de un penthouse en Punta Diamante. Cuando hubo un boom en la restauración de zonas arequelógicas. Entre 1940 y 1960 los ojos del mundo estaban seducidos por México.  Fue el México donde Malcolm Lowry escribió Bajo el Volcán (1948), relato de un consul británico embriagado de mezcal durante la expropiación pétrolera. Pero no sólo se trataba de entronizar la decadencia, también fue la era frívola y cospomolita de cuando el Hotel Flamingos de Acapulco fue adquirido por “The Holywood Gang“, el grupo de amigos de John Wayne, Errol Flynn y Johnny Weissmuller quien, en 1948, había filmado “Tarzan y las Sirenas” en la Laguna de Coyuca. Pero estas latitudes también era sujeto de empresas más serias, el geólogo del Smithsonian William Foshag llegó a estudiar el Paricutín en 1943, un mes después de su aparición y documentó en video 13 años de la vida activa del volcán. México parecía estar cómodo en su piel. El entonces semanal estadounidense LIFE era de reciente creación (1936) y sus fotoperiodistas retrataron a México con el ojo del enamorado. Al ver esas fotos uno siente que, entonces, la lunas sí eran de miel. La época del resplandor nos la farreamos durante 50 años más, pero fue tan poderosa que hoy nos contentamos con mirar las ruinas que aún nos quedan de ese país que sí existió alguna vez: “The Land of the Shaking Earth”.

@marriagad

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Un comentario en “México después del Paricutín: una era aniquilada por Angélica María

  1. Por este conducto, les comparto el siguiente poema, de mi autoría, destinado a conmemorar los 70 años del nacimiento del hermoso coloso purépecha, volcán paricutín:

    PARICUTIN

    “¡Ay, Señor de los Milagros, . . . soy uno de tus milagros!”

    Se reventaron las tripas
    de la tierra incandescente,
    se nos tiznaron las milpas,
    Volcán, coloso inmanente.

    De natura fue el encono,
    fragor de pirekua, tono,
    nació un cono muy humeante,
    ¡P’urhépecha, rey vibrante!

    No hubo pena, ni castigo,
    déjenme, les cuento y digo:
    Tata Dionisio Pulido,
    te lo juro, yo no olvido.

    Que tú asististe a mi parto,
    de la mente no te aparto,
    ¡si temblaste junto a mí,
    si viste como surgí!

    Con mis fumarolas prietas,
    huaraches pisaron grietas,
    sobre un anafre, . . . se sufre,
    percibiste olor a azufre.

    Espanté tus sentimientos,
    ¿recuerdas mil novecientos?,
    año del cuarenta y tres,
    del mundo fui el interés.

    Convoqué a muchos famosos,
    toda suerte de curiosos,
    vulcanólogos, pintores,
    poetas de mis amores.

    De Angahuan, hijo adoptivo,
    grandioso, superlativo,
    michoacano por derecho,
    Meseta, mi dulce lecho.

    En geología soy hazaña,
    magma, piedra de obsidiana,
    mineral, vapor, ardiente,
    un fantasma gris latente.

    He suavizado el carácter,
    exhalo por ancho cráter,
    sigo activo, visitado,
    mi lava no se ha acabado.

    Soy turismo, panorama,
    de económica derrama,
    nunca quedaré a la zaga,
    soy cirio que no se apaga.

    San Juan Viejo, iluminado,
    ¡milagroso Dios, amado!,
    enterrado oficias misas,
    a ti brindo mis cenizas.

    Por joven, sigo creciendo,
    Nana Cueráperi, entiendo,
    ¡soy tu entraña, soy tu herencia,
    corazón, fuego, . . . tu esencia!

    Autor: Lic. Gonzalo Ramos Aranda
    México, D. F., 20 de febrero del 2013
    Dedicado a Don Guadalupe Trigo (QEPD)
    Reg. SEP Indautor No. 03-2013-051712171201-14