Lo que recuerdo del curso de poesía de Fernando Fernández es un día en que la clase fue interrumpida por una conferencia obligatoria en la que el representante legal de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) nos anunció el “penosamente inevitable” despido del director: o sea, la debacle de la escuela. De vuelta en el aula, el alboroto general reclamaba un comentario apaciguador del señor profesor sobre el futuro de nuestras vidas, el futuro de la escuela de escritores y casi el futuro de la literatura mexicana. Cuando nos hubimos callado, él sonrió y dijo: “si alguna vez usan la frase ‘penosamente inevitable’, los repruebo.”

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Fernando tiene el ojo puesto en los detalles. Para él, el mundo se aprecia mejor si se fija uno en los intersticios más que en el panorama, y como en el mundo hay más intersticios que panoramas, también así se puede comentar sobre él de manera más original. Contra la fotografía de paisaje (Libros Magenta/CONACULTA, 2015) es una colección de ensayos disfrazados de otras cosas: reseñas de libros, entrevistas, anécdotas, análisis literarios, incluso un reclamo editorial. La diversidad de géneros flota sobre un suelo común: el motivo de la memoria, necesariamente vinculada con la recolección de detalles.

La vocación de Fernando es fijar estos detalles en el tiempo. Esto significa recuperarlos, si han sido dejados atrás, o corregirlos, si han sido mal recuperados. Algunos de los textos hacen lo primero: hay varios reencuentros —con un manuscrito de Proust, con la casa de un antiguo maestro, con un antiguo maestro en persona, con un libro leído en la infancia, el reencuentro de un hijo con su padre— y varios descubrimientos —libros y escritores antes desconocidos, erratas inusitadas en una obra maestra literaria—. Otros textos hacen lo segundo: la corrección de un episodio mal citado por una publicación y la de una distracción propia (la de no recordar el catálogo de aves de El Barón Rampante). En todos, la operación es una mirada hacia atrás.

Alrededor de la memoria giran otros temas que se reconocen más de una vez: el lenguaje, la lengua, la historia, la relación maestro-alumno, el oficio editorial, el mundillo literario mexicano, el exilio español. Así se sabe que Fernando es poeta y editor, que guarda relaciones estrechas con sus viejos maestros y sus alumnos y que es descendiente de españoles. Todo esto importa del autor porque los ensayos, aunque casi nunca hablan de él mismo, son tan peculiares que sólo podrían ser suyos: “fernandofernandeces”, en palabras del poeta Eduardo Casar.

En efecto, la escritura misma deja ver su interés por la conservación. Aunque resulta tan natural como una charla, utiliza frases que hoy ya no se escuchan muy seguido y que Fernando seguramente juzga necesario no dejar ir: “de cuando en cuando”, “echar en falta”, “no tener pierde”, “flamante”, “dárselas de”. A la sensación de estar hablando inequívocamente con la misma persona a lo largo del libro, contribuye la repetición no sólo de estas frases sino de ciertas opiniones: por ejemplo, que en México hay más premios literarios que escritores, y que los libros de más de trescientas páginas hay que comprarlos en pasta dura (opinión que también expresó alguna vez en su clase).

Por estas cosas se recuerda a Fernando, cosas que él probablemente recordaría también. Detalles. Es lo que sus amigos dicen de él: que los libros que quiere recomendar los regala, por ejemplo, o que cuando eran estudiantes fumaban Delicados y hacían desbordar la máquina de café.

Yo tengo mala memoria y tuve que inventar la frase desafortunada del abogado que cité al principio, pero Fernando, que también reparó en ella y nos la señaló, seguramente la corregirá. Capaz que usa la anécdota como excusa para escribir sobre el crujido de las casonas de Coyoacán en que ha dado clases, sobre la torpeza de ciertos poetas al declamar o sobre alguna otra de esas observaciones “fernandofernandescas· que hacen de Contra la fotografía de paisaje un libro entrañable e inesperado.