Nir Baram (Jerusalén, 1976) irrumpe en la escena literaria con novelas densas, escritas de alguna forma para lectores perspicaces, pues sus obras entablan un diálogo con la narrativa de principios y mediados del siglo XX a la vez que exigen una reflexión sobre el presente y el futuro. Dos de ellas, Las buenas personas y La sombra del mundo, han cautivado al mundo de las letras. La primera, ambientada durante la Segunda Guerra Mundial en Berlín, Leningrado, Varsovia, Brest y Lublin, es una novela histórica que devela los engranajes éticos de quienes habitaron esa gesta. La otra, La sombra del mundo, es una novela que mezcla el hiperrealismo del capitalismo actual con una visión futurista algo apocalíptica.

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A pesar de tener poco menos de cuarenta años y haber escrito cinco novelas, dos de ellas de más de quinientas páginas, Baram no se considera ni un autor joven ni prolífico. Y quizás tenga razón, pues Clarín escribió La Regenta a los treinta y tres años y Tolstói Guerra y Paz a los treinta y seis. Según Somerset Maugham, esa década, los treintas, es la ideal para escribir novelas.

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Hablo de grandes novelistas porque Nir Baram retoma el género con la seriedad y exhaustividad de los novelistas del siglo XIX y de principios del XX, donde el impulso narrativo crea una prosa caudalosa, densa; que lleva sin prisas al lector a través de largas descripciones que detallan sobre todo el interior de los personajes. Mientras las leía pensaba en Los demonios de Dostoievski, pues recuerdo que avanzaba páginas y páginas sin saber de qué iba la novela, cuál era su asunto. Sin embargo, al terminarla, descubrí con sorpresa que no hay nada más fascinante que reflexionar sobre el tema de Los demonios. Algo similar me sucede con Nir Baram. Sé que la comparación es arriesgada pero no en balde ha sido reseñado por Amos Oz, que escribió: “Las buenas personas está escrita con gran talento, ímpetu e ingenio. En su núcleo late  una curiosidad inmensa, que es, ante todo, una curiosidad moral. Este libro amplía las fronteras de la literatura joven y abre nuevos horizontes”. Abre nuevos horizontes dentro de la rica tradición israelita contemporánea, pensando, claro, en Oz y David Grossman, pero también en Lavid Tidhar o el árabe israelí Sayed Kashua.


Adán Ramírez Serret: ¿Cómo escribes tus novelas?

Nir Baram: Cuando estoy haciendo una novela escribo mucho y sin parar. Escribo sin ninguna estructura…

ARS: Como Dostoievski…

NR: Sí, pero él lo hacía porque tenía que entregarlo al periódico. Cuando escribo no sé a dónde voy, nada; ni siquiera sobre qué trata el libro. Por eso, mientras lo hago, tengo miedo de que no tenga sentido lo que escribo, tengo miedo de no lograr nada.

ARS: En Las buenas personas uno de los personajes cita a Hegel, dice que la historia avanza y que hasta los sucesos más espantosos le sirven a ella misma y a la inteligencia para guiarlas hacia adelante.

NB: Nunca escribo para probar alguna teoría filosófica, más bien para contar una historia.

ARS: Lo pregunto porque de alguna forma es como leemos la ficción: para encontrar un sentido.

NB: Muchas veces he escrito para entender lo que no entiendo, pero casi siempre resulta que termino mucho más confundido de lo que estaba antes.

ARS: Hay una especie de ironía  sobre quiénes son los buenos y los malos en Las buenas personas.

NB: No creo que la cuestión de ser bueno o malo sea lo esencial en esta novela. Yo creo que los dos personajes principales tienen aspiraciones, motivaciones, el poder para manipular pero también creencias honestas. Por ejemplo, Thomas Heiselberg es un joven que cree pero el problema es que sólo confía en sus planes y en nada más. Así que la ironía está en que todas estas personas no pensaban durante la Segunda Guerra en qué era bueno o malo; más bien están llenos de miedo. No creo que haya gente completamente buena o mala, sino que creo que hay personas que pueden tener una conciencia más amplia de la complejidad de las circunstancias. No creo haya gente que vaya por el mundo considerándose pecadora; por lo tanto, lo que debe suceder en la literatura es la construcción de personajes complejos con múltiples motivaciones.

ARS: ¿Estos personajes complejos habitan dentro de ti? Algo así como lo que dice Mijail Bajtin en su obra sobre Dostoievski: que el autor es todas las máscaras de sus personajes.

NB: Bajtin fue una influencia para La sombra del mundo, la idea del carnaval. Pero también estoy de acuerdo con lo que dices. Creo que un autor necesita cambiar de máscaras. Por ejemplo, en La sombra del mundo los personajes principales son completamente opuestos. Los impulsan diferentes fuerzas. Están el capitalista americano y, del otro lado, los jóvenes londinenses que hacen la revolución; así que como escritor uno necesita evocar sus creencias, su visión de la vida y transmitir la verdadera pasión vital de todos los personajes. Así que debo escribir sobre la vida de cada personaje con la misma pasión tal como lo hago con mis propios ideales. Eso es lo que debe hacer un escritor: penetrar por completo en el alma de un personaje para construir con pasión todas las perspectivas, toda la ideología incluso cuando sabe que está equivocado. Por eso creo que cuando escribes siempre debes cambiar de máscaras.

ARS: ¿Entonces debes tener alguna sintonía con los personajes?

NB: Hay algo muy sabido: vivimos en una época del post individualismo, en una época post heroica. Estamos en un tiempo donde ya no se crean más los propios pensamientos, o ya nadie se cree original. Todos somos una combinación de muchas cosas. Cuando dices algo sabes que no puede ser original porque ya lo dijo alguien más. Por eso creo que en nuestro tiempo el tema de la máscara es muy interesante. En La sombra del mundo es muy evidente: tenemos una cara de verdad pero utilizamos diferentes máscaras en la televisión, en Alfaguara, en la sociedad, etcétera. O quizá lo opuesto, nuestra verdadera cara es la combinación de todas estas. Creo que esta es la pregunta esencial en esta novela. ¿Podemos reconocer nuestra cara? ¿Existe? ¿O es la combinación de quinientas caras nuestro verdadero rostro? Para nuestra generación es esencial entender esto, porque hay muchas voces, muchas fuerzas y empresas a las que responder. Y el problema es que entre ellas hay fuertes contradicciones políticas e ideológicas.

ARS: Tus novelas son en cierto sentido históricas, una sucede durante la Segunda Guerra Mundial y la otra durante la Guerra Fría, pero plantean reflexiones fundamentales para el siglo XXI.

NB: La sombra del mundo me parece que es una novela muy contemporánea, ilustra más de cuarenta años de capitalismo. Ilustra la historia después de la Segunda Guerra Mundial. Pero también la trama principal sucede en el futuro, los jóvenes en Londres declaran una guerra el once del once, no nos dicen el año pero tal vez sea el dos mil diecinueve. Así que la combinación que es interesante en La sombra del mundo, es que por un lado es hiperrealista en cuanto a la Guerra Fría y que retrata el mundo como es ahora, pero también da un salto al futuro y se concentra en los jóvenes de Londres para entender un problema esencial: la violencia.

ARS: Ahora que estás en México, y hablando de la violencia, ¿has encontrado alguna relación con Israel?

NB: México aparece en la novela, se habla de una crisis del tequila y otros eventos políticos. Escribí sobre este país puesto que comencé a venir; amo al país y a la gente pues es muy similar a Israel. Hablando con los jóvenes mexicanos, con los jóvenes escritores y con intelectuales me doy cuenta de que sienten la misma desilusión, la misma decepción, la misma falta de creencia en los procesos políticos que en Israel, incluso algo más: me parece que en México la seguridad individual es más frágil que en Israel; en mi país hay guerras pero uno se siente más seguro. Esta es la causa de que la gente sienta una frustración hacia la democracia, pues si participa en las votaciones, en manifestaciones y nada cambia, ¿qué puede hacer?

ARS: Finalmente, ¿estás escribiendo algo ahora?

NB: No, no estoy escribiendo nada, pienso que parte de ser escritor es también no escribir siempre.