Festejamos el centenario del nacimiento de Rafael Bernal, padre de la novela policíaca en México, con una evocación del escritor y su obra.


La leyenda dice que, cuando militaba en el sinarquismo, Rafael Bernal encapuchó la estatua de Benito Juárez situada en el Hemiciclo, y que fue encarcelado por ello. Una fotografía, sin embargo, la desmiente: en el momento en que la cabeza del prócer es tapada por los manifestantes, el futuro padre de la novela negra mexicana lee un texto ante el micrófono.

Posteriormente, Bernal abandonaría el movimiento, decepcionado de sus líderes, y emprendería una serie de aventuras que dan constancia de sus múltiples intereses. Estudió filosofía, ingresó al servicio exterior, y su obra de teatro La carta fue la primera que se transmitió por la televisión.

Hoy en día se le conoce, sobre todo, por haber escrito El complot mongol (1969), el libro que inauguró un género en nuestro país, y cuya estela han seguido todos los autores que se han consagrado a la novela policiaca, desde Paco Ignacio Taibo II, pasando por Élmer Mendoza, hasta llegar a escritores más jóvenes como F.G. Haghenbeck, Imanol Caneyada, y Bernardo Fernández Bef. Una obra que, a más de cuarenta años de su publicación, no ha envejecido, y que sigue cautivando a las nuevas generaciones, dos cosas de las que pocos libros pueden presumir.

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¿Qué vuelve tan entrañable a El complot mongol? Por supuesto, su protagonista, Filiberto García, ex general Villista en el ocaso de su vida, convertido en matón, que no entiende el nuevo orden que lo rodea: un país gobernado por licenciados educados en el exterior, alérgicos a mancharse las manos de sangre. Pero alguien tiene que hacer el trabajo sucio, y ahí es donde entra Filiberto, pues “no se puede gobernar sin matar”.

Más allá de la trama sobre un complot para asesinar al presidente de los Estados Unidos en México, aparentemente surgido de las entrañas de “la Mongolia Exterior”, y cuyos vericuetos bastan para mantener al lector atado al libro, otro de los grandes aciertos de esta novela es la utilización de la ciudad de México, y de su Centro Histórico —concretamente el Barrio Chino— como un personaje más. En sus páginas aparece una ciudad que ya no existe, y que al mismo tiempo continúa siendo reconocible para sus actuales habitantes. Están las calles de Dolores, con su callejón “ansioso de misterios”, Luis Moya, Donceles, San Juan de Letrán y Cinco de Mayo; la avenida Juárez, el callejón Condesa, y también lugares desaparecidos y otros que persisten: el café París, el café Cantón, el Sanborns La Fragua, la cantina La Ópera.

Mención aparte merece el lenguaje. Bernal tenía un extraordinario oído para reproducir el habla popular, y sabía que una ciudad no sólo se refleja en sus calles y edificios emblemáticos, sino también en la manera en la que se expresan sus habitantes. “Y yo aquí haciéndole a la novela Palmolive”, dice Filiberto, burlándose de sí mismo, pues no se atreve a declararle su amor a Martita, una chinita guapa y mustia, que podría estar del lado de los criminales —o no. Su mantra es “pinche”, palabra que repite en todo momento: ¡Pinches chales! ¡Pinche Mongolia Exterior! ¡Pinche Coronel!

Hace poco, el hijo de Bernal me confesó que en realidad su padre puso en boca de Filiberto todo tipo de insultos, pero como el libro fue publicado originalmente por Jus, una editorial católica, tuvo que cambiarlos por esa única “majadería”; hecho que terminó beneficiando al texto, pues es uno de sus distintivos. A veces los editores aciertan sin proponérselo. ¡Pinches editores!

Pero Bernal no sólo es el precursor de la novela negra mexicana: también escribió la primera novela de ciencia ficción en nuestro país. Menos conocida que El complot mongol, pero igualmente eficaz, Su nombre era muerte es un relato delirante sobre un hombre exiliado en la selva chiapaneca, que aprende a comunicarse con los mosquitos. Comportándose como un flautista de Hamelín maquiavélico, planea conquistar al mundo con su peculiar ejército, al tiempo que rinde tributo al poderoso Kukulkán. Paranoia, soledad y locura se unen para trazar un retrato de las ambiciones de poder, y de cómo éstas terminan por desembocar en el corazón de las tinieblas.

Muchas otras cosas escribió Bernal: relatos marinos, históricos, poesía y ensayo.  Como todo hombre adelantado a su tiempo, el reconocimiento tardó en llegarle, años después de su muerte, ocurrida en 1972. La conmemoración del centenario de su nacimiento (1915-2015), lo ha vuelto a poner, con justicia, en los reflectores. Un autor que aún espera ser descubierto, más allá de la novela que lo convirtió en un clásico de nuestras letras.

 

Bernardo Esquinca. Escritor. Sus libros más recientes son la novela Toda la sangre y el volumen de cuentos Mar Negro.