Cal y arena relanza tres novelas de Héctor Aguilar Camín (Chetumal, 1946) —Morir en el golfo, Un soplo en el río y La guerra de Galio—, acontecimiento que marca el retorno del escritor a la editorial que lo proyectó como autor de ficción. Con este motivo publicamos un ensayo del propio Aguilar Camín sobre Un soplo en el río.


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Un soplo en el río fue una novela particularmente sorpresiva para mí. Fue un animal proteico, que adquirió mientras la escribía formas inesperadas y significaciones alternativas. Empecé a escribirla como una “historia conversada”, bajo la forma de un diálogo en primera persona sostenido por un narrador, que funge como testigo, y un interlocutor que va desenvolviendo a lo largo de su conversación una historia decisiva para él, una historia que de algún modo lo resume y lo explica.

Había ensayado esa forma narrativa en un libro anterior llamado precisamente Historias conversadas (1991), y tenía entre mis apuntes la historia que alguna vez me contó un querido amigo sobrecómohabía perdido a su mujer en los avatares de la lucha revolucionaria. A propósito de aquellos apuntes, pensé escribir un cuento, no una novela, refiriendo el hecho insólito, aunque no infrecuente, de una muchacha, hija de la burguesía, empeñada en volverse hermana de la revolución, decidida a cortar amarras con el pasado y zarpar en busca de un porvenir justiciero y solidario. Quería escribir el relato del viudo, su lamento, el lamento que yo escuché de sus labios un día de diciembre del año de 1989, tal como está consignado en la novela, a lo largo de toda una jornada, con las únicas interrupciones naturales de un viaje por carretera y del festejo campestre, al que habíamos acudido juntos.

El día que acompañó la conversación original fue luminoso y mágico, tal como se describe en la novela, y multiplicó en mi memoria el poder llano y terrible de la narración de mi amigo. Por primera vez en décadas, aquel día la ciudad de México volvió a tener el aire transparente de sus orígenes, el aire radiante que inventó a sus grandes pintores del paisaje, que fue el lujo de sus habitantes y el deslumbramiento de sus escritores y cronistas. Podían verse ese día los volcanes que circundan la ciudad con la nitidez y el asombro de una mirada de niño, en particular las enormes faldas nevadas del Iztaccíhuatl y el Popocatépetl, los volcanes totémicos del altiplano mexica, tan altos en el cielo que parecían flotar o estar volando.

La memoria visual de ese día, con los volcanes suspendidos en el cielo, volvió a mí gozosa y regularmente durante mucho tiempo. Junto con ella regresó siempre el eco, menos radiante pero igualmente poderoso, del lamento de mi amigo. En 1995, mientras daba los últimos toques al manuscrito de una novela, El error de la luna, pensé hacer un segundo libro de “historias conversadas” con los argumentos que había ido consignando al paso de los años. Releyendo mis notas encontré las muy escuetas que había tomado de aquel día, y sin pensarlo me puse a escribir. Descubrí sobre la marcha que, aparte de lo que había anotado y de los volcanes que seguían fijos en el aire de mi memoria, no recordaba con claridad sino el espinazo de la historia de mi amigo, y la radiante circunstancia en que la había escuchado de sus labios. Decidí escribir la historia de cualquier modo y empecé a inventarla según la contaba, agregándole asuntos que luego fueron claves, como los arranques de loco y misántropo de Salcido, el viudo narrador, por la pérdida de su mujer, y la intervención del primo jesuita de ésta, El Vate Valenzuela, personaje salido de mis propias reminiscencias adolescentes sobre compañeros de escuela que se fueron al noviciado de la Compañía de Jesús.

Terminé en unos días la primera versión. Se había alargado más allá de los tamaños de un cuento, pero estaba lejos de ser una novela, incluso una novela corta. Dejé descansar el texto varios meses, como suelo hacer para releer lo que escribo sólo cuando casi lo he olvidado, cuando su materia ha dejado de ser parte de mi piel y puedo mirarla y corregirla casi como si se tratara del texto de otro. Cuando releí, me pareció que la versión del viudo era demasiado unilateral para ser convincente. Corría el riesgo de que todo quedara simplemente en la historia patética y un tanto previsible de un hombre que cuenta la pérdida de su mujer por culpa, en gran medida, de su mujer. Sentí que la historia no debía quedarse ahí, que la había resuelto mal, que había algo serio aún por explorar en ella. Y que ese algo no podía ser sino el viudo mismo, Toño Salcido, el narrador inicial de la historia.

Faltaba por explicar el enganche de Salcido con su ex mujer: ¿Por qué había sido su pareja? ¿Por qué había ido tan lejos y seguía tan cerca de su mujer perdida? Para explorar eso, casi un año después de la primera versión, construí un segundo narrador, que es el amigo que escucha la historia, llamado Salmerón, y cuya mirada me permitió acceder a versiones complementarias de los hechos que aportan algunos personajes ya presentados por Salcido, como su segunda mujer, María Amparo, y su ex compañero de vocación religiosa, El Vate Valenzuela, el joven jesuita que acompaña como una sombra fraterna toda la novela.

Me pareció que la trama original alcanzaba así una densidad mayor, porque me permitía ofrecer una visión estereofónica de lo sucedido, una visión que por su misma diversidad de puntos de vista, podría conservar intocada una zona misteriosa, esencial a todo el relato, a la que no habría podido entrar ninguno de los personajes narradores de la historia, porque ninguno había tenido acceso a la totalidad de la experiencia. La narración creció en tamaño y en implicaciones, y se volvió una nueva fuente de sorpresas para mí. Una noche me sorprendí escribiendo de un tirón el capítulo que da cuenta del extravío radical e inesperado del viudo Salcido en las altas montañas de la metafísica y la comunión con la naturaleza. Acompañó la escritura de ese capítulo un pasaje de Hemingway que da cuenta del hallazgo del esqueleto de un leopardo en las cimas nevadas del Kilimanjaro. ¿Qué andaba buscando ahí? Nadie pudo decir lo que el leopardo buscaba en esas alturas.

Había leído también la historia alucinante de un talento perdido, la historia del suicidio de Roger D. Hansen, el académico estadounidense autor de un libro clásico sobre los problemas del desarrollo mexicano en los setenta. Aquejado por una dolencia crónica de espalda, autosegregado de su comunidad académica, Hansen se suicidó abriendo el escape del auto dentro de la cochera cerrada de la casa de un amigo. Su muerte atrajo a la recordación fúnebre de la universidad Johns Hopkins, en Washington, a muchos de sus viejos amigos, entre ellos a Calvin Trillin, un escritor condiscípulo de los primeros años de Hansen en la Universidad de Yale.

Trillin encontró que las semblanzas luctuosas de Roger Hansen, hechas por sus colegas, apenas tenían que ver con el muchacho que él recordaba y a quien todo mundo conocía como Denny. El Roger Dennis (Denny) Hansen del que hablaban sus colegas era un académico de cierto renombre pero poco brillo. El Denny Hansen que Trillin había conocido era la promesa dorada de su tiempo, el golden boy a quien la revista Life había presentado como uno de los líderes de su generación, el estudiante sobre el que sus amigos cruzaban apuestas y esperanzas preguntándose qué puesto ocuparía cada quién en el gabinete del futuro e inevitable presidente de los Estados Unidos, Roger Dennis Hansen.i

El tono melancólico del derrotero de Hansen, a quien conocí durante algún seminario en la Universidad de Stanford, lo mismo que algunos detalles de su muerte —las cartas que dejó, el orden previo a su decisión final— pasaron como en un soplo consanguíneo al capítulo que narra el extravío de Salcido, con cuya desaparición di por terminada definitivamente, por segunda vez, la escritura de la novela. Tanto, que ofrecí el manuscrito a la lectura de otros. Coincidieron en señalar que el final era brusco aunque efectivo. El comentario definitivo fue del mismo amigo narrador original de la historia. Veía claramente ya que el destino y la intimidad profunda de Salcido tenían poco o nada que ver con los suyos, es decir, que me había despegado radicalmente de su relato, pero le pareció que el extravío suicida de Salcido era excesivo. Me sugirió que dejara abierta una puerta, que lo imaginara perdido para el mundo pero a lo mejor encontrado para sí mismo, refugiado en un monasterio posible, en los montes azules de Michoacán, sugerencia que quedó incorporada textualmente a la novela.

El hecho es que, no bien recibí esas señales de lectura, acepté que no había terminado, que las novelas deben ser vuelos redondos, no pueden terminar en las alturas sino aterrizar debidamente en la cabeza y las emociones del lector. Mi propia relectura me indicó que faltaba no sólo aterrizar debidamente, sino acabar de incluir en el vuelo a algunos de los pasajeros, en particular a la segunda mujer de Salcido, María Amparo, y a su amigo/hermano, Valenzuela. La sombra de otro amigo perdido vino entonces en mi ayuda y disparó el mecanismo de los dos últimos capítulos de Un soplo en el río. Vino de la manera más inesperada, bajo la forma de un perro que había entrado a mi casa meses antes y que tenía por costumbre faldera reclamar su cuota de desayuno rascando insistentemente con su pezuña el brazo o la pierna de los comensales. No hay mirada más concentrada y honesta que la de un perro esperando que alguien le dé de comer de su propio plato. Una mañana, la mirada incondicional de mi perro fue la de un viejo amigo que una tarde se tendió a beber y a morir en el prado de una calle donde él había vivido toda su vida y yo viví unos años, los mejores de nuestra amistad.

Puse a ese perro, con todo y su mirada humana, reencarnada, en los últimos capítulos del libro, acompañando las soledades y los recuerdos del narrador final de la novela, Salmerón, por cuya mediación escuchamos las voces de los testigos faltantes de la historia. Guiado por el perro y su mirada reparadora, sustituta ilusoria pero entrañable de lo ausente, encontré el tercer final definitivo de Un soplo en el río, el final que tiene ahora, sobre el que acaso vuelva un día, para reiniciar la exploración de lo que falta.

Una vez terminada por tercera vez, la dejé descansar de nuevo, a sabiendas de que no lo necesitaba. Había cambiado tanto el texto desde sus inicios que ya no sabía bien lo que había escrito. El texto tenía una novedad extraña, permanente. Al releerlo lo encontré cosido por un hilo inesperado de sentimiento religioso. Ni la religión ni la antirreligión han sido territorios familiares para mí, lugares donde hayan crecido mis certezas o se hayan atormentado mis dudas. Pero algo esencial de ese mundo hay en Un soplo en el río. Esta fue la penúltima sorpresa. Al término del camino se hizo claro lo que es, quizá, la clave de esta novela: el itinerario radical de una pareja que lo es no sólo porque se aman o porque han vivido juntos, sino porque, en el fondo misterioso e ignorado de ellos mismos, son dos buscadores del absoluto. Además de sus fiestas amorosas, de sus encuentros y desencuentros, Salcido y su ex mujer son una pareja porque buscan el absoluto en un mundo donde ha desaparecido lo sagrado. Buscan un sustituto de dios, un remplazo de la comunión con la totalidad. Son, en ese sentido, una pareja cabal del siglo XX, un siglo nihilista urgido sin embargo de totalidades y utopías. Un soplo en el río terminó siendo una novela de amor panteísta, una novela de la búsqueda del más allá en un mundo sin dios pero bañado por una necesidad casi física de trascendencia.

La última sorpresa que me deparó Un soplo en el río fue la reacción de quien la había hecho nacer. Cuando terminé de escribirla en su tercera versión, la envié para que la leyera al amigo que me había contado la historia original siete años atrás, aquel día inolvidable. Aunque tenía ya poco que ver con el relato primero, le advertí que el texto era en lo fundamental suyo y que no lo publicaría sin su autorización. En uno de sus viajes a la ciudad, hablamos largamente del asunto. Hizo diversas correcciones, y volvió a contarme parte de la historia. Al final, me dijo: “Para mí la lectura de esta novela ha sido como una absolución”. Para mí lo había sido escribirla.

 

Héctor Aguilar Camín


i Calvin Trillin, Remembering Denny, Nueva York, Farrar Straus Giroux, 1993.

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