Hace unos 2,500 años Sófocles compuso Electra, una de las cerca de 120 obras que escribió a lo largo de su vida. Entre nosotros y aquella tragedia se abre el abismo de la Historia Universal. A lo largo de esos dos milenios y medio han surgido imperios, se han destruido y han vuelto a nacer. El mundo y una mínima parte del universo han sido descubiertos. La luna ha sido pisada por el hombre y las profundidades del mar nos son cada vez menos ajenas. El cosmos se ha inventado y reinventado infinidad de veces y aun así la historia de Electra sigue llamando la atención. ¿Por qué? Porque es un clásico, uno responde instintivamente. Claro, es un clásico, pero ¿qué es lo que hace a un clásico clásico?

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En el mundo grecolatino, durante la época en la que las tragedias de Sófocles eran representadas en los anfiteatros al aire libre, el término clásico se utilizaba para designar a los reclutas militares de primera clase, es decir, a los miembros de la infantería más importante de los ejércitos. Lo clásico de Electra vendría a significar entonces su condición de tragedia de “primera clase”, de cabeza del batallón de lo que a la postre se conocería como la tradición grecolatina.

Sin embargo, el constituirse como el inicio de algo no asegura su condición de clásico. A lo largo de los 2,500 años que nos separan de la tragedia de Sófocles muchos mitos fundacionales han nacido y han muerto. La idea de que la tierra es cuadrada o que el planeta es el centro del universo hoy tienen poco de clásico. Han sido superados por otras nociones, han pasado de moda o mejor dicho, la historia les ha pasado por encima, el tiempo los ha empolvado. Mientras tanto Electra sigue ahí.

Para cuando Sófocles escribió sus obras la cultura grecolatina estaba en uno de los momentos más importantes de su desarrollo. Atenas era la cuna de la democracia y la dueña de un desarrollo económico y cultural sin precedentes. Aquel escenario tan próspero era tan solo el preludio que anunciaba la Guerra del Peloponeso, la caída de los atenienses y con ello el surgimiento de una nueva época. El mundo estaba al borde de un cambio radical que llegaría un par de años después con el triunfo de Esparta. Justo en ese momento en que todo estaba a punto de transformarse Electra era reconocida por representar algunos de los problemas que reflejaban parte de ese anunciado resquebrajamiento. A pesar de ello, todavía no ganaba el título de clásico. Debía de salir victoriosa de su propia batalla contra el tiempo.

Igual que Shakespeare, Cervantes, Bach o Mozart, Sófocles murió sin poder dimensionar el destino que le depararía a sus tragedias. Sería imposible que ninguno de ellos lo hubiera podido hacer porque de ser así habrían tenido la capacidad de imaginar toda la historia que les siguió, y eso todavía no lo ha logrado hacer nadie. Morir sin recibir el reconocimiento entero es el precio que se tiene que pagar para convertirse en un clásico.

Los cuerpos de esos nombres que hoy ya suenan eternos fueron en algún momento seres de carne y hueso. Personas sujetas a las mismas aflicciones y vicisitudes que las del resto de los mortales. Paradójicamente, lo que los llevó a la inmortalidad fue su capacidad de imaginar de la manera más genuina los problemas más comunes de su época. De fijar el presente y así, como dice Italo Calvino, nunca terminar de agotar todo lo que se tiene que decir acerca del mundo.

Ahí precisamente radica la gran paradoja de los clásicos. Son una representación de un presente radical. Surgen como una nueva manera de ver el mundo completamente distinta a todo lo que les ha precedido. No hay pasado, pero tampoco hay futuro. No tienen pretensión de imaginar cómo será el porvenir sino sólo fijar las notas más esenciales del ahora. Por otro lado, además de ser completamente contemporáneos y actuales, es decir, de ser la muestra más clara de un instante de la Historia Universal, lo que los hace clásicos es también su capacidad para superar la historicidad misma. Las tragedias de Sófocles, como las sinfonías de Mozart o El Quijote son piezas de todas las épocas y de ninguna. Son un mito fundacional que no se agota porque se renueva en cada momento de la historia misma. Así, en la propia contradicción de ser fruto innegable de una época y, al mismo tiempo negar todas las épocas y volverse atemporal, radica su condición paradójica que nos lleva a referirnos a ellos como clásicos.

 

 

 

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