En 1997, los escritores Salman Rushdie y Carmen Boullosa coincidieron en una mesa redonda donde se planteó la necesidad de proteger a los escritores perseguidos, a través de una red de ciudades dispuestas a acogerlos.  A 17 años de distancia, se reunieron de nuevo —ahora acompañados por Eduardo Vázquez, secretario de cultura del DF; Cuauhtémoc Cárdenas, coordinador de Asuntos Internacionales del gobierno capitalino y por Phillipe Ollé-Laprune, director de la Casa Refugio Citlaltépetl—, para conversar y festejar que la ciudad de México lleva ya tres lustros de formar parte de la International Cities of Refuge Network (ICORN), gracias a la fundación de la Casa Refugio Citlaltépetl.

Estar reunidos en el patio del Museo de la Ciudad de México, tenía un significado especial para Carmen Boullosa. Fue en este recinto, recordó, donde los escritores José Saramago, J.M. Coetzee, Carlos Fuentes, Sergio Ramírez, Alejandro Aura y el entonces jefe de gobierno del Distrito Federal, Cuauhtémoc Cárdenas, firmaron el convenio para volver a la ciudad de México una ciudad refugio.

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Salman Rushdie estaba sentado al lado de Carmen Boullosa como el abanderado de una noble causa: buscar un lugar digno donde puedan vivir los narradores y artistas que han sido censurados en su país. También estaba ahí como el relator de las vicisitudes a las que se tuvieron que enfrentar él y quienes lo apoyaron en esta tarea. Primero, dijo, intentaron que los países fueran los protagonistas, pero no fue posible por los intereses económicos y políticos que se ponían en riesgo. Luego entendieron que si pedían ayuda a ciertas ciudades y no a todo el país, habría menos negativas.

De la trayectoria de la ciudad de México como ciudad refugio, el autor indobritánico aplaudió la hospitalidad que ha brindado a los once escritores que hasta el momento han vivido en la Casa Refugio Citlaltépetl. Y, a la vez, fue tajante al señalar la doble moral que él percibe en la manera en la que se abren las puertas a los extranjeros y se cierran los ojos ante la falta de protección que viven día a día los periodistas mexicanos. Carmen Boullosa reconoció que son días negros para el periodismo nacional, pero no aceptó que haya una doble moral. Consideró que este es el momento de extender las redes hacia quienes lo necesitan en el país, tal y como se ha hecho tradicionalmente en otros casos.

El contacto que ha tenido Salman Rushdie con los escritores que han vivido en refugios como la Casa Citlaltépetl, le ha servido para comprender que la mayoría de ellos quieren que las personas hablen de su obra, que no pongan el acento en su calidad de perseguidos. Lo que quieren, dijo, es que se hable del arte que está siendo perseguido.

Y, sin poder huir a su propia historia, recordó cómo afrontó la amenaza que cayó sobre su cabeza después de haber publicado Los versos satánicos (1988). La fetua proclamada por el ayatolá Jomeini en febrero de 1989, provocó que Salman Rushdie tuviera que vivir en la sombra, oculto. Pero nunca frenando su pulsión creativa. “Empecé a sentir que la mejor respuesta a alguien que intenta silenciarte es alzar la voz”.

Lo que él quería, dijo, era rodearse de otros libros. Escribir uno, otro y otro más. Para él fue una travesía artística que le permitió que los lectores conocieran algo más allá de Los versos satánicos. Con las palabras bien plantadas aseguró que en ese momento él quería seguir siendo el mismo escritor que había sido. Deseaba que si alguien leía sus libros no pudiera pensar que hubo un quiebre en 1989.

En el Museo de la Ciudad de México, Salman Rushdie pronunció la frase que todos los escritores y artistas refugiados deberían grabar a fuego en la memoria: “Si alguien trata de callarte, grita”.
 
 

Kathya Millares.
Editora.