dickens

Entre enero y octubre de 1860, Charles Dickens publicó dieciséis textos seriados bajo el título “The Uncommercial Traveller”. Todos fueron alojados en las páginas de la revista literaria All The Year Round, que el escritor había fundado un año antes.

A pesar de que la revista era semanal, los lectores no tenían las entregas de “The Uncommercial Traveller” de manera consecutiva. Casi siempre había un número en blanco entre la aparición de una y otra. Luego de cerrar el ciclo de esta serie el 13 de octubre de 1860, Dickens comenzó a trabajar en la edición de las piezas para publicarlas en una compilación que conservó el nombre que las abrigó desde el principio. No tachó a ninguna de la lista y les asignó un título: “His General Line of Business and The Shipwreck” (28 de enero); “Wapping Wokhouse" (18 de febrero); “Two Views of a Cheap Theatre” (25 de febrero); “Mercantile Jack” (10 de marzo); “Refreshments for Travellers” (24 de marzo); Travelling Abroad (7 de abril); Great Tasmania’s Cargo (21 de abril); London Churches (5 de mayo); “Neighbourhoods” (26 de mayo), “Tramps” (16 de junio); “Dullborough Town” (30 de junio), “Night Walks” (21 de julio), “Chambers” (18 de agosto), “Nurse’s Stories” (8 de septiembre); “Arcadian London” (28 septiembre 1860), “Italian Prisoner” (13 de octubre). Dickens revalidó de esta manera el prestigio que se había ganado como cronista de Londres.

Un siglo y medio después de su primera publicación en el número 65 de All The Year Round, una de estas crónicas vuelve a ser difundida en español. Se trata de “Paseos nocturnos”, incluida, con siete piezas más, en una compilación que lleva el mismo nombre (Editorial Taurus, traducción de José Méndez Herrera).

El tema, sin duda, fue atractivo para los lectores de entonces —y apuesto que también para los de ahora—: el aspecto que tenía Londres cuando se le calificaba de victoriana, entre la media noche y el despuntar del día. Las primeras líneas dicen así:

Hace algunos años padecí de un insomnio pasajero, atribuible a una impresión dolorosa, y ese insomnio me obligó a salir a pasear por las calles durante toda la noche y por espacio de varias noches.   

En “Paseos nocturnos”, Dickens se convierte en un cronista de la madrugada. No se trataba de un capricho ni de una excentricidad ni de una tarea periodística, él quería enfrentarse a la horas sin sueño, caminar hasta agotar sus fuerzas para que al regresar a su casa nada le evitara reconciliarse con su cama.

Por los datos que han revelado sus biógrafos, es posible aventurar que la casa de la que salía el escritor a las doce y media de la noche, rumbo a la telaraña de las calles londinenses, era la de Tavistock Square, en donde vivió como hombre casado con Catherine entre 1851 y 1858, y como divorciado hasta 1860.

Era marzo, “con tiempo húmedo, nuboso y frío”. El paseante se convertía en un hombre que carecía de hogar “por pura afición”. Era libre para vagar hasta las cinco y media de la mañana, hora en la que el sol gobernaba de nuevo.

En sus primeros pasos aún alcanzaba a ver cómo la ciudad se preparaba para dormirse. Las tabernas entregaban las cuentas a los clientes rezagados. Entre los sonidos que aún se mezclaban se distinguían el taconeo de los policías que corrían para poner en orden a unos revoltosos, las voces exaltadas de los borrachos y el traqueteo de un cabriolé.

En dos horas, Londres se llenaba de quietud y era el momento en que “el anhelo del alma del sin hogar lo llevaba a buscar cualquier manifestación de gente despierta […] cualquier cosa que sugiriese la idea de alguien en vela, aunque estuviese despierto en su cama, porque los ojos del sin hogar buscaban luces en las ventanas”.

En la sucesión de noches vividas a pie, Charles Dickens cruzó el puente de Waterloo y se sintió en buena compañía con el cobrador del peaje y su inventario de cosas confortables: “un buen fuego, un buen gabán y una buena bufanda de lana”. Una de las veces que cruzó el río vio una escena que lo llevó a escribir: “La luna solitaria y las nubes parecían tan inquietas como una conciencia pecadora en una cama desarreglada, y hasta la misma sombra de la inmensidad de Londres dormía oprimida encima del río”.

No dice el día, pero asegura que uno de los grandes teatros se cruzó en su camino a las cuatro de la mañana, hora con lluvia y viento. De los asientos no sobresalían las caras de las personas y las luces estaban apagadas. En el proscenio el visitante nocturno se sintió “como un buzo pudiera sentirse en el fondo del mar”.

Al llegar a la cárcel de Newgate, tocó sus muros y quiso saber cuántos inocentes fueron sentenciados a la horca en ese edificio. En la cárcel del Tribunal Superior, su mente también se exaltó y rememoró a Horace Kinch, un hombre que murió por haberse contagiado de carcoma, es decir, que dilapidó su dinero sin remordimiento alguno hasta el punto de no poder pagar los intereses de las infinitas deudas adquiridas.

En otra jornada, una idea lo arrastró hasta el Hospital Bethlehem. Quería meditar frente a sus paredes y su cúpula acerca de esta interrogante: ¿No son, acaso, los cuerdos y los locos iguales por la noche cuando los cuerdos ensueñan?   

La ciudad también le entregaba al cronista Dickens sitios en los que la quietud nocturna no lo incomodaban: la cervecería, el Parlamento y el Banco de Inglaterra, por ejemplo. Sin duda, el mercado de Covent Garden era el que mayor entusiasmo le provocaba. Tal vez por la cercanía del alba, tal vez porque la aparición de los vendedores de café era la señal que esperaba para volver a su casa. En dos ocasiones entró a un expendio de café y las mismas dos veces compartió el lugar con un hombre que vestía levita, zapatos bajos y sombrero. Este comensal tenía un ritual extraño: sacar un budín enorme del sombrero, apuñalarlo con un cuchillo que le prestaba el vendedor, enjugar el puñal, partir con la mano el budín y acto seguido, comérselo todo. En la crónica se gana el título del “personaje más fantasmal que encontré en mis noches sin hogar”.

A fines de marzo, Charles Dickens no sufría más por el insomnio y se despojó del papel de “hombre sin hogar” con la certeza de que los verdaderos hombres sin hogar veían en el río Támesis, noche tras noche, el reflejo perturbador de Londres.

 

 

5 comentarios en “Charles Dickens, un hombre sin hogar

  1. Es un placer leer textos como éste en NEXOS: textos breves que no solamente nos sacan de México, la política mexicana y las tribulaciones mexicanas, sino que abren resquicios interesantísimos sobre otras vidas, otras épocas, otras latitudes y otras inquietudes. Si además está bien escrito, como es el caso, me atrevo a decir que algunos lectores de la revista no pueden (no podemos) pedir más.

  2. EStoy completamente de acuerdo con Breña. Kathya, querida, tu texto trae a este lugar un aire distinto, raro y hermoso al mismo tiempo. Justo porque habla de otro mundo, otros pesares y otra emoción, Gracias. Y sí, muy bien escrito.

  3. Que buen artículo Kathya.
    Gusto conocer la manera como Dickens enfrentó un padecimiento inherente al ser humano: el insomnio. Con creatividad y de manera relajada.

  4. Muy bien abordada la temática con la que lidiaba Dickens y como a través de su pluma reflejaba el momento y el lugar que iba recorriendo en esas noches londinenses. Que importante son los legados de los cronistas no solo para la historia de los pueblos sino también para el aprendizaje y placer de saber como se vive y como se desarrollan las personas acorde a su época e idiosincracia. Gracias por este artículo.

  5. Nexos, se ha convertido en mi lectura favorita, donde te aleja de los comentarios negativos y con agresión, no digo que las redes sociales sean malas, pero Nexos es periodismo con sentido, refelxión y excelentes temas de conversación en la mesa. Sin debate agresivo. Quien lee Nexos sabe de cultura, politica y demás. Gracias por hacerme mi día.