Fotografía Museo del Palacio de Bellas Artes
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Me parecía atinado pensar en la figura de la madre como una araña. Lejos de explicaciones psicoanalíticas personales, el animal evoca con su telaraña un sentido maternal, ávido de protección sin límites, que me encantó como metáfora desde que vi por primera vez una de las esculturas monumentales de Bourgeois afuera del Guggenheim en Bilabo.

Desde hace ya un par de meses, y hasta el 2 de marzo, una de estas arañas asecha a Bellas Artes  como parte de una muestra retrospectiva de Louise Bourgeois. Además de la Maman que protege o amenaza al edificio (lo que para efectos prácticos es igual, como lo demuestra el recorrido por el resto de las piezas que conforman la exposición), las salas contienen el testimonio freudiano de una relación complicada entre la artista francesa y sus padres, particularmente con su madre. Con más de setenta piezas, Bourgeois representa un constante sentimiento de abandono, una irresoluble crisis de identidad y la reflexión en torno a la tensión creada por la combinación de ambas cuestiones.

Como si efectivamente asistiéramos a una de las sesiones de psicoanálisis  a las que fue la artista durante tres décadas, sus esculturas y pinturas son un desfile de traumas, deseos reprimidos y un poco menos actos fallidos. Nos comparte su humor según la confección de las obras: si están cortadas estaba enojada y si por el contrario, se notan las suturas, quiere decirnos que era un día positivo y proactivo. Como en el psicoanálisis, lo que caracteriza a todas sus creaciones es el diálogo que mantienen con el pasado, los sentimientos que buscan expresar las piezas son evocados siempre desde el recuerdo.  La artista está convencida de que en los documentos se contienen las memorias, y el alcance que tiene esta premisa en su obra es indiscutible. Efectivamente materializa sus recuerdos creando obras con la ropa que le pertenecía a su madre así como con ropa que ella misma usó en distintos momentos de su vida. El uso recurrente de la tela para crear sus esculturas tiene todo que ver con el hecho de que sus padres hubieran sido restauradores de textiles.

Sin embargo, Bourgeois dice querer dejar atrás el  pasado para poder dedicarse finalmente a su vida presente, de ahí el psicoanálisis. Pero sus ganas de escapar la llevan a sacralizar el recuerdo en su arte e imponerlo como narración. Ejemplo de esto son los dibujos abstractos que hace con cosas que pertenecían a la casa en donde creció: no logra dejar ir al pasado que la atormenta, y más bien al contrario, resalta el polvo y nuestras ganas de imaginar a qué pertenecería cada trozo de tela.  Y entonces la exposición nos pone de manifiesto el lado engañoso del diván. Los recuerdos en los que incursiona, verídicos o no, son siempre suyos. Bourgeois es protagonista y centro de sus emociones en el más amplio sentido de la palabra. Es la artista y tiene derecho a serlo, pero no por ello en esta incursión a su dolor algo deja de parecernos injusto y sospecho.

Así, los torsos de mujer con casas como cabezas representan un deseo por la protección que dice no haber tenido, sus personajes masculinos oscuros y con malformaciones hablan siempre de su padre, e incluso en ese intento por hablar de Alain, su hijo, regresa a su propio sufrimiento. Sea como “víctima en la vida real”, o como “asesina en su arte”, Bourgeois nos habla de ella como madre y de ella como hija sin necesariamente hablar de sus hijos o sus padres.  Habla, pues, de aquello de lo que quizás sea lo único de lo que puede hablar, pero indudablemente nos despierta la duda de si la araña fue tan araña y de si no sería ella misma fuente de reproches similares de su familia que tan convenientemente también estaba compuesta por cinco integrantes.

 

 

 

Un comentario en “Louise Bourgeois en el diván

  1. Me parece un escrito que hace atractiva la obra y voy a visitarla. Las madres somos fuente de todos los males de los hijos. Si ellos tienen “éxito” en la vida es por su propio esfuerzo o porque el padre los impulsó. Casi siempre tenemos mucho que perdonar a nuestra madre porque es culpable de los fracasos,ya que no supo o no pudo apoyarnos para crecer en el sentido que deseábamos. Solo al final de la vida, reconocemos lo valiosa que fué esa figura materna y entonces perdonamos y reconocemos. Podemos estar 40 años en psicoanálisis y no cambiamos sustancialmente. El cambio se da con la edad y el dolor, este es un un factor de cambio, porque nos pone frente a la muerte y nos lleva a cuestionar nuestra vida para poder sobrevivir.