Enrigue

Amanecimos en lunes con la novedad de que Álvaro Enrigue se proclamaba ganador del prestigioso premio Herralde de novela. Este escritor, hermano menor de Jordi Soler y decano entre los escritores de las más recientes generaciones de la literatura mexicana, es la muestra   de cómo evoluciona el oficio, cómo se va desarrollando un estilo, un mando, un control del discurso   a medida que pasan los años, se despinta el pelo y se agrieta la piel.

Sin querer ser muy simplista afirmo que dentro de la taxonomía literaria vemos primordialmente dos clases de escritores; aquellos precoces que en sus primeros libros se comprende toda su cosmogonía e inteligencia, se escriben los mejores versos y se crean los más arquetípicos personajes; y aquellos quienes la edad les va dando la sabiduría y el temple, la maestría y las letras.

Álvaro Enrigue pertenece a esta última clase de escritores. Entre Muerte de un instalador (Joaquín Mortiz, 1996) y Decencia (Anagrama, 2011) hay un camino andado

Cuando yo salía de la adolescencia para integrarme a los veinte tenía una marcada fascinación por leer libros de la editorial Joaquín Mortiz, particularmente los etiquetados como premio de primera novela. Recuerdo haberme topado con dos que particularmente me gustaron: Tránsito obligatorio (1995) de Alejandra Bernal y precisamente Muerte de un instalador. Me generaba curiosidad malsana ver escritores de menos de treinta años publicar su novela. Es más, me generaba curiosidad malsana ver escritores jovencísimos escribir una novela. Eso y el hecho de descubrir en sus páginas una identificación (por lo menos formal) con lo que yo quería escribir. Disfruté mucho esa primera novela de Enrigue y, por supuesto, cuando hubo salido su segundo libro lo compré inmediatamente.

Esta segunda entrega es un breve tomo de tres cuentos (si no me traiciona la memoria) titulado Virtudes capitales (Joaquín Mortiz, 1998). Aunque, en esencia, creo que las virtudes cuentísticas de Enrigue en Hipotermia (Anagrama, 2006) son mayores y más constantes, su primer libro de cuentos me llevó incluso a preparar un tablero de ajedrez tal y como se instruíaEl tao del quijote, sólo para tratar de revivir lo que había leído.

Después de Hipotermia nos topamos con un Enrigue maduro, que nos atrapó anteriormente con una literatura entrañable y ahora nos convence con una literatura potente . Decencia (Anagrama, 2011) es una cátedra de la formalidad.  Resulta interesante no sólo leerlo sino escucharlo hablar. Es un escritor que privilegia su oficio de lector, su vocación erudita y su fascinación por la conversación. Conoce un mundo y no escatima en compartirlo.