1. Fuentes es un joven de prepa que leyó una mañana de 1972, publicada en el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre!, la narración de Fuentes que era en realidad un puñado de poemas en prosa bajo el título general de Nowhere (“He fornicado con el demonio”, decía una mujer al final de uno de ellos); joven que aquella tarde escribió imantado por lo que había leído unos textos en esa misma vena de Fuentes, para publicarlos al otro día en el periódico mural de la prepa.

2. Fuentes es uno de los grandes libros de Fuentes: la selección de su obra titulada Cuerpos y ofrendas (1972) donde los poemas de Nowhere cerraban el volumen y luego serían parte de la novela Terra Nostra; Fuentes es recordar de ese libro una de las frases sobre él de Octavio Paz en el prólogo, “es un combatiente en las fronteras del lenguaje”, y haber acotado al margen “y en las fronteras de sí mismo”.

3. Fuentes es la cantidad de jóvenes que descubrieron en Aura la narración literaria en la segunda persona del singular (“Tú, Felipe Montero…”) y la imitaron de modo irresistible aunque al cabo impublicable.

4. Fuentes es haber subrayado cosas suyas como ésta: “En ocasiones me asaltaba el recuerdo de Rilke. La gran recompensa de la aventura de la juventud debe ser la muerte; jóvenes, debemos partir con todos nuestros secretos. Hoy, no tendría que volver la mirada a las ciudades de sal. ¿Cinco pesos? Dos de propina”. O ésta: “La luna les patinaba en las uñas, las uñas como joyas de tierra”.

5. Fuentes es su gran ensayo sobre Herman Melville, luego recogido en el libro Casa con dos puertas, como el portal inolvidable a la novela Moby Dick en la colección Nuestros clásicos de la UNAM.

6. Fuentes es haber leído y releído su poderosa invectiva contra el presidente Gustavo Díaz Ordaz en Tiempo mexicano: “…su venganza impune contra todos los años de mediocridad, humillación, lambisconería, y dietas de chilaquiles y tacos de nenepile…” Y repetirse  hasta la reiteración admirada lo que finalmente descubrimos como un verso alejandrino, un verso de 14 sílabas: dietas de chilaquiles y tacos de nenepile…

7. Fuentes es haber leído aquellas páginas suyas alusivas a la más mentada de las palabras nacionales y ver con azoro cómo le había puesto casa-verbo a La Chingada.

8. Fuentes es, para alguien que deseaba escribir poemas, la descarga de emoción cada vez que en sus novelas aparecían poetas y citas de poemas como el de Pellicer en La región más transparente y el de Paz en Cambio de piel.

9. Fuentes es aquel capítulo de La región sobre la escapada por entre basurales de Gervasio Pola y los otros zapatistas, y su fusilamiento final, y las palabras del comandante al pelotón después de tener que darles él mismo el tiro de gracia a los fusilados: “–A ver si aprenden ya a matarlos con la pura descarga–. Y se fue, mirándose las líneas de la mano”.

10. Fuentes es haber repetido como un conjuro las últimas palabras de la bruja: “la haremos volver, deja que junte fuerzas, Felipe, y la haré regresar”, con que termina Aura, y con uno repitiéndolas al final de la primera lectura como para no acabar el libro, y luego recordándolas por el resto de la vida puesto que nunca se ha acabado Aura.

11. Fuentes es haber memorizado el epígrafe del Arcipreste de Hita en la entrada de su libro de cuentos Cantar de ciegos, los ciegos menesterosos que piden caridad:

Si de vos non lo habemos,

otro algo non tenemos

con que nos desayunar:

non lo podemos ganar,

con estos cuerpos lazrados,

pobres, ciegos e cuitados.

Y es aquel recado hipnótico de la niña Amilamia en el mismo libro: “Busca a tu amigita como te lo divujo”. Y es la súplica terminante de la madre de Amilamia a este personaje de “La muñeca reina”, años después : “No la busque, señor, si la quiere no la busque”.

12. Fuentes es Carlos Fuentes cruzando con celeridad atlética un cementerio de Londres, seguido con torpeza marchista y respiración agitada por José María Pérez Gay, Rafael Pérez Gay y yo, que agradecemos sus altos para tomar nosotros aliento cuando él se detiene a leer el nombre de alguna de las lápidas y nos revela: “No sólo Juan Rulfo tenía la costumbre de visitar cementerios y encontrar en ellos nombres para sus personajes; muchos años antes de Rulfo lo hacía Henry James, y lo hacía en este mismo cementerio en el que estamos”. Media hora después en un restaurant de comida italiana, Fuentes nos refiere la insuperable anécdota de una vez en que asiste con un grupo de escritores a un burdel en Veracruz. En cuanto entran Fernando Benítez les dice a las muchachas del burdel que los deben atender bien porque el escritor Agustín Yáñez que va con ellos–imaginemos a Yáñez con su rostro de hierático ídolo prehispánico, morenísimo y con nariz de arado—es el obispo de Papantla, y las muchachas acuden raudas y en sucesivas genuflexiones a besarle la mano. Fuentes es entonces una agradable y contagiosa carcajada.

Luis Miguel Aguilar. Poeta, ensayista, autor de relatos.