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Alejandro Zambra,
Mis documentos
,
Barcelona,
Anagrama, 2014,
205 pp.

Salvo sus volúmenes de poesía, que al parecer son inconseguibles, he leído todos los libros de Alejandro Zambra (Santiago, 1975). No es para ufanarse, cualquiera que se haya acercado a su obra sabe que “leer todo Zambra” es placentero: el chileno ha publicado pocos y breves títulos que aspiran a lo perfecto, textos cuidados y pacientes que le otorgan un lugar incuestionable entre los mejores escritores de la lengua hoy. Pocos pueden jactarse de haber firmado un par de libros muy buenos —la novela Bonsái (2006) y No leer (2010), su colección de ensayos—, así como de uno verdaderamente excepcional: Formas de volver a casa (2011). Ahora aparece Mis documentos (2014), una colección de “relatos” —textos breves que colindan con el cuento, el ensayo personal, las memorias y el diario— que amenaza con abaratar su impecable trayectoria. Con este volumen Zambra cede, por primera vez, a la tentación de la publicación prematura.

Once textos divididos en tres secciones —un tanto caprichosamente, a mi parecer—, Mis documentos aborda, desde el título, el asunto de la identidad. Resuenan en sus páginas los Papeles falsos (2010) de Valeria Luiselli: si los papeles de la mexicana eran “falsos” porque la narradora aún no sabía bien a bien quién era —y escribía para descubrirlo—, los “documentos” de Zambra sugieren también una personalidad en proceso que sólo se concreta cuando sus personajes escriben o leen. “Mi padre era un computador y mi madre una máquina de escribir”, dice. Más que sujetos, sus personajes son dispositivos para hacer literatura. “Yo era un cuaderno vacío y ahora soy un libro”, remarca. Vivir implica llenar las páginas, construir una trama, narrar una historia. Sus criaturas suelen acercarse a la literatura cuando descubren su individualidad, escriben al mismo tiempo en que viven —o viven para escribir o escriben lo que viven, que son sólo mutaciones de la misma ecuación— y entienden su existencia misma como un texto. “Ahora vivo sin puntuación, sin ritmo”, dice Zambra después de haber dejado de fumar, ahora “mi vida es un tonto poema de vanguardia”. Esta relación entre vida y literatura se refuerza cuando descubrimos que, en el libro, los no lectores son incapaces de construir una personalidad propia: Martín, el protagonista de “Vida en familia”, desdeña las sugerencias literarias de su primo para mejor inventarse una biografía ficticia, así como Daniel, Juan Emilio y Rodrigo, protagonistas de otros textos, llevan una vida hueca y sin sentido porque están alejados de la letra impresa. El que no lee o no escribe, en Mis documentos, no sabe quién es. O, en pocas palabras, no es.

Aunque así pueda parecer, esta no es una postura elitista o snob, creo que es más bien una forma muy honesta de entender el mundo. La vida se resuelve como un relato, sugiere Zambra, la historia se entiende leyéndola y reescribiéndola, insiste, probablemente porque intenta asimilar un trauma. Trato de unir en una sola lectura los dos ejes del libro, yuxtaponiendo el asunto de la identidad con el otro problema que lo recorre de principio a fin: el fantasma de la dictadura. “¿No os molesta que Pinochet conserva todavía tanto poder, no teméis que vuelva la dictadura?”, pregunta por ahí un dramaturgo español; “Me acuerdo de la lista de presidentes de Chile que habían estudiado en mi colegio”, relata, en otro momento, un egresado del Instituto Nacional, “recuerdo que cuando los mencionaban omitían el nombre de Salvador Allende”. Entre estos dos polos oscila la forma en que Zambra representa la paternidad: va del padre abusivo y represor al padre ausente. En casi todos los casos la relación familiar es conflictiva, tirante, y mientras los padres son pusilánimes, los hijos se antojan como no deseados. “Hacer memoria”, el último relato del volumen, es, desde esta perspectiva, una astuta forma de conciliar las dos tramas de Mis documentos: es la historia de Yasna, una mujer que sufrió de violación sistemática en su infancia por parte de su padre y su hermano. Este es el trauma. Pero el relato es doble: no sólo cuenta la tragedia, también relata su propia construcción, vemos al escritor escribiendo el cuento mismo. Al superponer “lo real” —la historia de Yasna—, a “la ficción” —el cuento que narra el escritor—, se forma un pliegue, un hueco, que resulta revelador. Sólo en la ficción la víctima puede cobrar venganza y matar a su padre, a diferencia de lo que ocurre en la realidad: en ésta el personaje se resigna, trata de sobrellevarlo, de seguir viviendo e, incluso, cuida a su verdugo en la vejez. Por eso debemos escribir, parece decirnos Zambra, es sólo en la literatura donde podemos aspirar a la justicia.

A pesar de todo lo anterior, el libro queda a deber. Salvo algunas excepciones, las piezas de Mis documentos se perciben apresuradas, contrahechas, con hilos sueltos. En cada una podemos encontrarnos un pasaje brillante, los finales resultan, en casi todos los casos, asombrosos, y eso se debe a que Zambra es un estupendo narrador. Pero esto no es suficiente y el autor parece sospecharlo, al menos en el primer y último texto el narrador acepta sus limitaciones y decide curarse en salud. “No es un gran relato, no”, concede, pero supone que “dos o tres frases sonoras [y] unos pocos adjetivos bien puestos solucionan cualquier cosa”; admite que “trabaja a velocidad crucero las escenas intermedias” para mejor esmerarse “en las últimas dos páginas”, y el método recuerda mucho al de Zambra. Otro de sus protagonistas, mientras lucha con el lenguaje, confiesa: “Releo, cambio frases, preciso nombres. Intento recordar mejor: más y mejor. Corto y pego, agrando la letra, cambio la tipografía, el interlineado” y aun así el cuento no cuaja. Finalmente dice: “Pienso en cerrar este archivo y dejarlo para siempre en la carpeta de Mis documentos”, pero luego se arrepiente y concluye: aun así “voy a publicarlo, quiero hacerlo, aunque no esté terminado, aunque sea imposible terminarlo”. ¿Por qué hacer algo así? ¿Por qué publicar un libro con el que su autor no se siente satisfecho? Tal vez la odiosa relación entre literatura y mercado pueda esbozar una respuesta al respecto.

Guillermo Espinosa Estrada es autor de La sonrisa de la desilusión. Administra la Bibliotheca Scriptorum Comicorum.

 

 

Un comentario en “La vida como texto

  1. Es muy fino este escrito, quien no lee no escribe no existe, asì es aqui en mèxico, apenas estamos aprendiendo a leer, todavìa hay muchos analfabetas e ignorantes, agregele falta de dinero y flojera incluida grupos de inteligentes que manipulan con mucha crudesa a las masas.