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La escritura aforística, como la vida, siempre deja episodios inconclusos. La literatura fragmentaria rompe la esclavitud interpretativa, funda un mundo de posibilidades independientes y sustanciales. Es para lectores intrépidos.

Desde esa apuesta de libertad se funda la literatura de Armando González Torres en su último libro, Salvar al buitre (Cuadrivio, 2014).

Con el circo abierto por las redes sociales —su mediatismo extendido a varios ámbitos y la opinocracia que todo vuelve chiste— se ha inaugurado un tipo de ciberliteratura legitimada por la virtualidad y algunas prácticas superficiales, como la de contar el número de “likes”, medir la cantidad de premios y estímulos conseguidos por el Estado, en lugar de leernos los unos a los otros.

La estadística suplanta la lectura. La virtualidad creativa descompone el debate; aniquila la guerra descarnada del crítico frente al autor, del lector impugnando el texto en soledad. Del escritor enterándose cuántos lo leen, no cuántos estímulos lo legitiman literato, ni cuantas fotos en Facebook demuestran que sí vende libros.

La moda es tejer una serie de líneas confirmando o denostando el fango social en el que nos hundimos. Tanta narcoliteratura, que con violenta vanidad, se adueña de los estantes de las librerías. ¿Cuánta ideología no encontramos arropada en una narrativa inverosímil? ¿Cuánta prosa no vemos corriendo en favor o en contra de alguna razón política, ahogada en la banalidad del instante? González Torres dice que “los anaqueles luchan contra una plaga de volúmenes pesados, mentados, sin sustancia, se llaman semilibros”.

Qué tanto podría algún creador reventar el mundo, revolucionar el acaecimiento del lenguaje, hablarnos de lo más originario de la vida, escribiendo sólo bajo el abrigo de becas y laureles. González Torres comenta que “hay escritores que, de la infancia, sólo conservan la costumbre de ser mantenidos y mimados […] y otros sólo la pulsión de ser amamantados”.

Pocos libros logran rodear la coyuntura de modo tan afortunado, y Salvar al buitre lo consigue. Una escritura que no se pierde en el mundillo en boga de la opinología y tampoco ejerce ningún tipo de proselitismo.

Salvar al buitre apuesta a la revelación estética legitimada en la armonía y el grado de belleza que funda el aforismo. Para el autor, lo valioso en cualquier arte, no está situado en un mensaje redentor ni en que de éste secunde una reacción mesiánica, sino en la “imagen sublime” que por conseguirse, a veces se “olvida del sufrimiento del prójimo”. González Torres sabe que la literatura no puede ni tiene la misión de salvar el mundo, y eso no significa que tenga pretensiones malévolas o egoístas.

La revelación estética, aun cuando agrave la percepción de la desgracia humana, seguirá siendo benigna. Lo benigno radica en suspender momentáneamente esos tabúes éticos y agudizar la percepción de plenitud o de privación, de felicidad o terror. De provocar en el lector un desbordamiento de sensaciones, que lo pongan al filo de sí mismo. Logrando brincar sus prejuicios, volcándolo a pensar lo que no se atreve, en su avidez de pavor y fiebre.

La literatura fragmentaria de González Torres, no recae en la militancia ni abruma al lector con imperativos morales. Sólo se compromete con un tipo de estética autorreflexiva, desde la cual los pensamientos que tejen la obra, parecen apuntar hacia una poética. A partir de una serie de fragmentos, va configurando la totalidad de una meditación crítica sobre el ejercicio de la creación literaria.

La escritura para González Torres, puede conciliarse con la evocación del primer movimiento del niño. Como la rueda del triciclo que circula por el patio abierto, confinado sólo a una finalidad reiterativa, a la diversión lúdica. Al goce de escribir: “Identificarás al buen autor porque es alguien que nunca ha dejado atrás el juego infantil del remolino”.

El escritor no puede arraigarse al tormento de la desmemoria, “pues estamos más gobernados por lo que olvidamos que por lo que recordamos”. Pero tampoco podría obsesionarse con albergar la totalidad de su pasado. Porque en la insistencia de atisbar el territorio de la infancia, a partir de una terapia artificial, se puede caer en el olvido más catastrófico, el de perderse la vida del instante.

Por ello, la creación literaria se acerca a un tipo de biblioterapia más natural, en la cual, lo mejor es superar el trauma desconocido, hablando con “amigos imaginarios y frecuentando los buenos consejos de los animales”, que recurriendo al psicoanálisis. Escribir conquista el territorio extraviado. El olvido, ese oscuro terruño arrendado por la desmemoria, que se logra transparentar con la creación literaria.

El escritor que ha logrado liberarse, rompe con la castración del superyó, escuchando con atención la naturaleza de sus pulsiones, reventando desde su interior, el algoritmo cuántico del lenguaje, olvidándose por momentos de la gramática y la lógica que han domesticado la palabra. El oficio de escribir, advierte González Torres, acaece en la discordia de “enfrentar una memoria banal y alegre de niños y una memoria solemne y tiránica de adultos”.

Desobediencia, rebeldía, melancolía por la restitución de la infancia feroz, confinada a la amnesia forzada por las responsabilidades de la edad mayor. Anulada por los recuerdos convencionales de una sociedad, en la que sólo es permisible la reminiscencia platónica de los anuncios del horario estelar.

Dice González Torres, “cada vez que un amnésico, guiado por el hábito, regresa a su casa a hora de la comida, se asombra de tener mujer e hijos y los llena de besos y lágrimas”, después toma una fotografía para su memoria permanente, que desvanece cualquier contradicción.

La escritura necesita del conflicto, no sólo de los retazos optimistas de una realidad falsificada por las reglas sociales. Atreverse a crear literatura es no retener esa osadía de “correr desbocadamente y sin miedo antes de caminar […] corretear, hurtar, devorar”. Volver a la intransigencia de la cual jamás nos avergüenza la infancia.

Pero así como “conservar el gusto por los colores chillones, los ruidos agudos y los sabores muy salados no basta para seguir siendo niño”, tampoco es suficiente con creerse escritor para convertirse en uno.

Al igual que la infancia, la cual se fortalece a partir de un destino consignado por los años, moldear la conciencia creativa es cuestión de tiempo, que tiene más relación con el trabajo prolongado y la disciplina que con el marketing. Edificar una imagen artificial de artista es anular, desde el inicio, la oportunidad de serlo.

Los aforismos de González Torres tienen la virtud de afirmarse en el instante, porque en efecto logran, con su brevedad, robarle algo al lector —ya sea la alegría, la serenidad o alguna acobardada tristeza—. Conquistan su conciencia con una literatura que navega entre la tormenta crítica o la ficción que retiene la inocencia —tan anhelada— del pasado.

Salvar al buitre es una travesía existencial, en la que la escritura fragmentaria de González Torres, se asemeja a la intermitencia de la cotidianidad. En la cual siempre se está saltando de un tema a otro entre la multiplicidad de experiencias, sin perder la unidad que viene a constituir la individualidad.

Las ráfagas de Salvar al buitre muestran la complejidad de un alma que se vuelca desde sí misma hacia la alteridad. El espíritu creativo que se materializa en palabras: “Soy un autor que no es capaz de salir de la primera persona”. Pero también, dicha escritura objetivada en el papel, será recibida por el lector a su manera, quien se adueñará del texto y no podrá tampoco interpretarlo más allá de la mismidad. Porque “uno tiende a superponer, en las tramas convencionales que lee, la historia inexpresable de su propio caos y devastaciones”.

La literatura fragmentaria de González Torres se emparenta con el ritmo de la vida. El punto final entre un aforismo y el inicio de una idea nueva se asemejan a la interrupción de la muerte y al nacimiento de otro hombre, de uno que se resignifica en el duelo. Del infinito enigma del difunto que seguirá vivo en el lenguaje, en la narrativa de los demás. Por eso, la escritura es un combate contra la desaparición.

Escribir es la mejor táctica para declararle la guerra a la muerte, porque así se hereda una memoria discursiva, una que otros leerán, resucitando nuestros recuerdos. Pero también leer es pelear contra la muerte, abriendo paso a un sinfín de vivencias. “Sólo por las noticias de ciertos libros nuestras vidas inertes se enteran de que hay belleza en el mundo.”

Para no remitirse al olvido y la aniquilación, hay que vestirse con palabras lúcidas, volverse trascendental para los demás, pero sobre todo, para uno mismo. Es necesario siempre acompañarse de “un breve libro que te revele grandes y severas leyes, y al mismo tiempo, te libere”.

Escribir aforismos no es labor sencilla, a veces resulta más difícil que la prosa de largo aliento. Un fragmento bien logrado nos lanza a la profundidad en pocas líneas. La literatura fragmentaria de González Torres lo logra. Nos explota en la lectura solitaria. Mina nuestro ser, arrojándonos a la transparencia del yo, al conocimiento de nosotros mismos, en la inmediata suspensión del corto aliento.

 

Armando González Torres, Salvar al buitre, Cuadrivio, 2014.

 

 

Un comentario en “La liberación estética de Salvar al buitre

  1. Me encanto el Titulo del libro de Gonzalez Torres SALVAR AL BUITRE, a partir de ahí leí este bellisimo articulo…me encanto lo siguiente “Escribir es la mejor táctica para declararle la guerra a la muerte, porque así se hereda una memoria discursiva, una que otros leerán, resucitando nuestros recuerdos.” Creo firmemente en esa bella trascendencia del ser humano a través de las letras, cuando estas son buenas aportan ideas reflexivas al lector…MI GRACIAS POR ESCRIBIR!!!