Hace unos días pensaba en el Taller Coreográfico de la UNAM y me abordó una increíble nostalgia, resultado de recordar una época a la que tuve ganas de regresar. Probablemente como alguna vez a todas las épocas de mi vida. Me dispuse a ver la cartelera para el fin de semana y lo encontré todo como siempre. A sus 40 años y en plena temporada número 85, el Taller ha sido una constante en el mundo de la danza en México. Pero ¿qué pasa cuando en la lista de los siempres; siempre en el mismo lugar, a la misma hora y al mismo precio, encontramos también a los bailarines y coreografías?

Al final no fui. No fui porque ya había visto todo lo que se presentaba y mi necedad de viajar al pasado no llegaba a querer revivir la década de los 70 a la cual pertenecían, si no todas, la mayoría de las coreografías que se presentaban.

Parecería que en sus esfuerzos de hacer de la danza algo accesible y en donde no haya pierde, el Taller Coreográfico de la UNAM ha caído en el extremo de ser demasiado conocido. Existe una falta de innovación que se refiere no sólo a las coreografías sino también a los bailarines, cosa delicada cuando, sin buscar demeritar su trabajo, da lugar a hacer cuentas sobre los años que llevan bailando y a especular sobre su edad. Esta actitud del Taller representa también una dura dificultad para nuevos y talentosos bailarines que buscan incorporarse a la compañía. Ahí el matiz entre lo clásico y lo viejo.

Después de tanto tiempo, El Taller Coreográfico de la UNAM ha hecho indudablemente una gran labor en difundir la danza; presentándose ininterrumpidamente todos los viernes y domingos, se ha vuelto para muchos un amigo entrañable. Pero un amigo que aunque entrañable, no deja de ser un viejo conocido.