Hoy hace medio siglo fue asesinado el guerrillero más famoso de la historia. La siguiente crónica, publicada originalmente en Le Nouvel Observateur, fue una de las primeras en relatar las últimas horas del revolucionario por excelencia. 

Ernesto “Che” Guevara fue matado el lunes 9 de octubre hacia mediodía de un balazo de pistola en pleno corazón. Fue matado una veintena de horas después de su captura. Su asesino es un oficial boliviano que obró por orden de las más altas autoridades de su país.

Tales son las conclusiones que se desprenden de dos series de testimonios:

La captura del Che, de todas maneras remonta al domingo 8 de octubre a las 16 horas. El Che cuando fue hecho prisionero no tenía ninguna herida mortal. Sobre ese punto hay una concordancia casi perfecta de los numerosos testimonios (se leerán más tarde) que el periodista italiano Franco Pierini obtuvo (y registró sobre una banda magnética) en Valle Grande: testimonio de protagonistas, oficiales o simples soldados de la última batalla contra el Che, testimonios de los mismos hombres que lo capturaron, luego a los que pasaron la noche en el galerón donde Guevara fue sometido durante horas a un interrogatorio muy agitado por el coronel Selnich, comandante del tercer grupo táctico.

Pero comencemos por el comienzo.

Cercados desde hacía quince días

Las operaciones que terminaron en la captura y en el asesinato del Che Guevara se iniciaron durante la última semana de septiembre. Un desertor de la guerrilla, Antonio Rodríguez Flores, se entregó entonces en el cuartel general de las fuerzas armadas estacionadas en Río Grande y les dio indicaciones precisas sobre el lugar en que se encontraba Guevara a la cabeza de un grupo de 16 hombres.

El 29 de septiembre, un cable de la AP señalaba: “Una alta autoridad militar ha confirmado que hoy el ejército boliviano tiene la certidumbre de haber cercado al revolucionario argentino-cubano Ernesto Che Guevara en un cañón encajado entre dos alturas cuya extensión no ha sido precisada”.

“Ochocientos soldados, especialmente entrenados en operaciones de bosque virgen, han partido de Santa Cruz esta semana, como refuerzo, hacia esa zona”.

“Según una fuente militar digna de crédito, se calculan en 1,500 hombres por lo menos las fuerzas que persiguen al Che Guevara”.

En el curso de los días que siguieron las indicaciones se hacen más precisas: “Las dos extremidades del barranco en el cual se han señalado a los hombres del Che están ocupado por tropas bolivianas, muchas entrenadas por consejeros americanos entre los cuales se cuentan algunos que han servido en Vietnam. El fondo y los flancos del barranco están cubiertos por una vegetación muy densa pero la parte superior está desnuda, lo que impide pasar inadvertido todo intento de fuga”.

El 7 de octubre, la víspera de la captura del Che, el New York Times daba de nuevo una larga descripción de los lugares: “Aquí, el polvo y los piquetes transforman la piel de todo ser humano en una sola llaga… la vegetación inextricable, seca y cubierta de espinas hace todo desplazamiento prácticamente imposible si no es por los senderos y el lecho de los ríos que están estrechamente vigilados… De acuerdo con los informes militares el comandante cubano y sus 16 camaradas están cercados desde hace dos semanas. Los militares bolivianos afirmaron que el comandante Guevara no saldrá de allí vivo”.

Sin embargo el Che no compartía esta opinión de los militares. Dos páginas de su diario fechadas el 6 y el 7 de octubre dan de ello testimonio. Esas dos páginas, cuya fotocopia ha sido profusamente difundida por las autoridades bolivianas, fue descifrada, no sin trabajo, por Fidel Castro, que las exhibió y las leyó en la televisión cubana cuando el 15 de octubre en un grande y emocionado discurso anunció su certidumbre de que el Che estaba bien muerto.

La mujer de las cabras

“Se dice siempre —declaró Fidel Castro— que los guerrilleros están cercados. Nosotros por ejemplo estábamos siempre cercados: teníamos el mar atrás, las llanuras y los arrozales adelante y durante un largo periodo nuestros movimientos se efectuaban en un territorio que no tendría más de 10 kilómetros de ancho y en general 20 kilómetros de largo”. La situación del Che por lo tanto, no tenía nada de anormal para un guerrillero.

“En el diario del Che fechado el 6 de octubre —continuó Fidel Castro—, se puede leer: ‘Los reconocimientos prueban que estamos cerca de una casa pero también que…’ Fuera del hecho de que la escritura del Che es muy pequeña y difícil de descifrar hay también el problema de la fotocopia que no es muy clara.

“Dice… ‘Quebradas más lejanas, estaba el agua lejos, nosotros —un pasaje ilegible—… habíamos cocinado todo el… bajo una gran roca plana que nos sirvió de techo…’”.

“Dice: ‘El radio chileno ha dado una información… indicando que hay alrededor de 1,800 hombres en la zona’”.

“El 7 —siguió Fidel—, escribe: ‘Nuestra organización guerrillera ha vivido once meses sin complicaciones.’ Esto da a pensar que según la opinión del Che la situación estratégica de esta tropa ese día no era difícil.”

“Dice: ‘…hasta las 12:20 hora en la cual una vieja campesina pastora de cabras entró en el cañón en que habíamos acampado y la hicimos arrestar; la mujer no nos dio ningún informe digno de fe sobre los soldados, respondiendo siempre que ella no sabía nada, que hacía largo tiempo no venían por ahí. Solo nos ha dado informes sobre los senderos. De sus informaciones resulta que estamos aproximadamente a una legua de Higueras, a una legua de Jagüey y más o menos a seis leguas de Pusara. A las 12:00 Aniceto… han ido a casa de la vieja que tiene una hija inválida; le han dado 50 pesos pidiéndole que no diga nada pero con poca esperanza de que cumpla sus promesas. Partimos dejando muchas huellas en el cañón. No hay casa próximas sino campos de papas regados por los arroyos que vienen del mismo río. Entre dos alturas continuamos el avance en esta dirección’. “Dice: ‘El ejército posee una información según la cual habrá doscientos cincuenta revolucionarios’… Es la última cosa que escribió: debe haberla escrito en el alba porque dice: ‘Somos diecisiete bajo una luna muy pequeña y la marcha ha sido peligrosa. Dejamos numerosas huellas’”.

El peinado

Tal era el escenario del último combate del Che el domingo 8 de octubre. Avanzaba en el cañón cuando una campesina —que no era la vieja de las cabras y de la hija enferma— lo “entregó a los militares que le pisaban los talones”. Es lo que ha declarado a Franco Pierini el mayor Miguel Ayoroa, comandante del batallón de rangers que participó en el combate contra el grupo de Guevara.

Mayor Miguel Ayoroa: El comandante de la división habían ordenado que peináramos todo el largo del río San Antonio. Marchábamos desde hacía dos días inspeccionando el terreno pedazo a pedazo. Habíamos cubierto quince kilómetros en dos días; el domingo en la mañana una mujer que trabajaba en un campo arriba de la Quebrada del Churo le dijo a una patrulla que había oído voces abajo, en el cañón, donde el Churo desemboca en el San Antonio. El capitán Prado organizó entonces su maniobra enviando dos pelotones hacia las alturas de los dos torrentes; hacia mediodía se puso en camino con otro pelotón remontando el San Antonio. Entre la una y las dos el pelotón que remontaba el río se topó con los guerrilleros.

He aquí ahora la declaración grabada por Franco Pierini del capitán Gary Prado Salmón, comandante de la compañía del segundo regimiento de rangers que capturó a Guevara:

Capitán Prado: Yo combatí contra Guevara el última día de su vida. Yo lo hice prisionero.

Franco Pierini: ¿Lo vio morir?

Prado: No. Cuando yo lo capturé estaba herido.

Pierini: ¿Mortalmente?

Prado: No sé. Yo no soy médico. Al principio eso no me pareció muy grave; hablaba de la guerrilla y yo le recordé que desde marzo había matado a una cincuentena de soldados y a un buen número de oficiales. Me respondió hablando de los mineros masacrados.

Pierini: ¿Cómo cogió usted al Che, capitán?

Prado: Oí la primera ráfaga a la una y media; era un arma nuestra. Oí inmediatamente la respuesta de otras armas y comprendí que habían establecido contacto. No se nos podían escapar. Tenía la conciencia tranquila porque había hecho todo para cogerlos en la trampa. Avancé en su dirección. El primero que vi y que nosotros después matamos se hacía llamar Willy. Tiraba bien, con precisión; después desapareció. Estábamos a una cincuentena de metros. El segundo que vi era Guevara… Inmediatamente nos pusimos a tirar. Che Guevara…

Sufría mucho

Pierini: ¿Pero todavía no sabía que era él?

Prado: Todavía no. Había sido tocado en las piernas por una de nuestras ráfagas. Willy trató de llevarlo a la montaña cargándolo en sus espaldas pero había apostado otros hombres más arriba y los combates continuaron. Una ráfaga hizo volar en el aire la boina del Che y después nos dimos cuenta que la ráfaga lo había herido de nuevo en las piernas y en el tórax. Willy depositó a Guevara en el suelo. Mis hombres le gritaron que se rindiera. En lugar de responder, Willy recogió su arma y se aprestó a tirar. Mis hombres lo masacraron. Quedó rígido y muerto. Guevara estaba en nuestras manos.

Pierini: ¿Qué impresión le hizo la captura del guerrillero más famoso del mundo?

Pardo: No tuve tiempo de pensar en eso. Nosotros continuamos batiéndonos hasta la caída de la noche. Matamos a seis; una docena logró escapar. Después, cuando todo acabó, hablé con Guevara. Él me dijo quién era. Sabían que éramos rangers, una unidad especial. Me preguntó si yo había entrenado en Panamá con los marinos americanos. Se veía que sufría mucho; pero no podía moverse. Al principio trató de levantarse pero no lo logró. Entonces nosotros lo llevamos a un cobertor.

Pierini: ¿Vio usted una herida en el pecho de Guevara en el lugar preciso del corazón?

Prado: No conté sus heridas. Sé que dice ahora que nosotros lo matamos; pero eso no es cierto. Somos soldados, no jueces.

Seis horas de combate

Todo ese relato del capitán Prado merece ser confrontado con los comentarios de Fidel Castro sobre el último combate de la tropa del Che.

“Siempre, durante todo el tiempo que lo conocimos, se caracterizó por una audacia extraordinaria, por un desprecio absoluto del peligro, por realizar en todos los momentos más difíciles y peligrosos las cosas más difíciles y peligrosas… Muy frecuentemente, de una manera o de otra tuvimos que tomar medidas para protegerlo. Varias veces debimos oponernos a la realización de ciertas acciones que quería llevar a cabo y sobre todo en la medida en que sus magníficas cualidades de combatiente lo señalaban para servir a la revolución en tareas o misiones de la más grande importancia estratégica, tratábamos de protegerlo del riesgo de caer en un combate de menor importancia.

“Entonces es evidente que en este último encuentro el Che haya reaccionado a su manera muy particular. El hecho de avanzar para ver. De avanzar para tirar alejándose incluso algunos pasos del lugar en que se encontraba el resto de combatientes, todo parece indicar que allí tuvo una de sus reacciones características, todo indica también que ha sido gravemente herido en los primeros momentos del combate y que quedó en una especie de tierra de nadie.

“Es igualmente evidente que sus camaradas, viéndolo herido, han librado un combate de tal modo prolongado que fue más allá de todo combarte librado en condiciones normales por una guerrilla”.

El temor del proceso

A propósito de lo que el Che hubiera podido decir a los oficiales bolivianos, Fidel Castro hacía notar: “Conociendo su extraordinaria franqueza y su sentido intransigente del honor, podemos afirmar que si pudo hablar, el Che no dijo nada que complaciera al enemigo sino por el contrario, con la mayo tranquilidad, las cosas que lo disgustaron más”. Es esto lo que confirman los testimonios no solo del capitán Prado sino también de otros oficiales bolivianos que hablaron con el Che la noche del 8 al 9 de octubre.

En el curso de esta noche, el general Ovando, comandante en jefe del ejército boliviano, ¿qué órdenes pudo haber dado a las unidades que habían hecho transportar al Che Guevara a Higueras? Ninguno de los oficiales interrogados por Pierini ha querido responder; pero varios hechos resaltan de sus declaraciones: todavía el Che no estaba mortalmente herido pero no se llamó a ningún médico; su traslado al hospital de Valle Grande por helicóptero fue prohibido formalmente; nada se hizo para cuidarlo y mantenerle la vida, sino al contrario.

Y esto se comprende: la pena de muerte no existe en Bolivia. El Che Guevara solo podía ser condenado a prisión perpetua, después de un proceso público que todavía hubiera agrandado su estatura y en el curso del cual —como antes Fidel Castro— habría hecho del tribunal boliviano una tribuna para sus largas e implacables requisitorias, denunciando no solamente al imperialismo americano, la barbarie estúpida del régimen de Barrientos y Ovando, su servilismo en relación al Pentágono y la CIA, sino también —y esto era lo que temía más el alto mando boliviano— la traición de varios generales —entre ellos el mismo Barrientos— que de 1952 a 1964 habían servido a la revolución burguesa de Paz Estensoro y expropiado a los latifundistas que hoy son sus mejores apoyos.

Entonces se trataba de que a ningún precio el Che viviera y hablara. Pero escuchemos a otros de los interesado: el coronel Joaquín Zenteno Anaya, para comenzar, comandante de la octava división, alumno de la escuela de guerra en Paróis donde se interesó vivamente en la guerra de Indochina.

Franco Pierini: Coronel, ¿cuándo supo usted que el Che estaba herido?

Zenteno: El domingo 8 de octubre a las 4 de la tarde. Yo estaba en el cuartel general cuando una información de radio del jefe de estado mayor de la división me llegó a Higueras. Anunciaba la captura de Guevara pero yo no lo creí. Todavía los combates continuaban. Pedí detalles y luego una confirmación. Luego cayó la noche y ya no pude ir a Higueras. Tomé el helicóptero en el amanecer del día siguiente. Vi a Guevara ya muerto, no me pregunte entonces cómo murió.

Pierini: Sin embargo, de acuerdo con el informe de los médicos murió cuando más pronto a mediodía del lunes 9 de Octubre.

Zenteno: Lo que yo puedo decir es que más o menos a las siete cuando me mostraron a Guevara, ya había muerto. Me dijeron que había muerto poco antes del alba, alrededor de las seis horas.

Una bofetada

Pierini: El domingo al mediodía usted comunicó al gobierno de La Paz la noticia de la captura de Guevara. ¿Qué le respondieron? ¿Le dieron la orden de transportarlo inmediatamente a La Paz si todavía estaba vivo?

Zenteno: No puedo responder esa pregunta. Hay aspectos que todavía están cubiertos por el secreto militar.

Sabia precaución, porque las declaraciones del mayor Niño de Guzmán, piloto del helicóptero que llegó a Higueras el domingo en la tarde concuerdan mal con la visión del coronel Zenteno:

De Guzmán: Sí, yo vi al Che Guevara en Higueras el domingo antes de regresar a Valle Grande. Estoy seguro que era él; era un poco antes de las 18 horas. Había sido transportado allá por cuatro soldados que tenían los cuatro extremos de un cobertor. No podía andar. Yo hubiera podido llevarlo conmigo a Valle Grande. Según mi opinión estaba en estado de hacer el viaje, que no tomaba más de 20 minutos, pero la orden era de transportar primero a nuestros heridos.

He aquí ahora las declaraciones de tres soldados heridos en el curso de los combates del domingo:

Miguel Tanada, soldado de los rangers, hospitalizado en Valle Grande: El coronel Selnich tuvo mucho cuidado de sus hombres y me hizo transportar a Valle Grande en lugar del Che Guevara. El mayor (De Guzmán) quiso transportar al jefe de los bandidos, pero el coronel se opuso y fuimos nosotros los que partimos en el helicóptero.

He aquí ahora el testimonio clave del soldado que vio interrogar a Guevara:

Benito Jiménez: Es el coronel Selnich el que más habló con el Che Guevara. Nosotros los soldados heridos y Guevara estábamos todos en un galerón. Él estaba sobre una especie de camilla en el otro extremo y no se comprendía bien lo que decía pero se oía bien al coronel. Gritaba. Luego le dijo al Che que era un jefe de bandidos, que había matado a un teniente que amaba como a su propio hijo. Hablaron de los Estados Unidos. El coronel Selnich se quedó mucho tiempo con el Che Guevara. Dos horas o más. Discutían a propósito de algo que el coronel quería saber y que Guevara se negaba a decirle. Luego Guevara le dio una bofetada con su mano derecha. El coronel estaba sentado en un silla inclinado hacia delante y él otro le dio una bofetada en plena boca. Entonces el coronel se levantó y salió.

Un gran paquete

El subteniente Tomás Toty Aguilera, del segundo regimiento de rangers: Yo lo cuidé cuando lo trajeron aquí. Yo no soy médico pero él sí lo es. Me dijo lo que yo debía hacer. No, no tenía ninguna herida en el corazón, tenía dos cerca de los hombros, pero no en el corazón. Lo que se ve en la foto debe ser una mancha negra, tal vez de sangre.


El coronel Zenteno señala la herida mortal del Che, cuyo cadáver fue expuesto cuatro horas en la lavandería del hospital de Valle Grande, el 9 de octubre de 1967. Foto: Freddy Alborta.

Pierini: Teniente, es una herida; todos la han visto y el informe de los médicos dice que él no hubiera podido sobrevivir a ella.

Toty: Yo no sé. Recibí la orden de ocuparme de él hasta las diez de la noche. En la mañana yo vi al helicóptero que se lo llevaba. El coronel Selncih se quedó mucho tiempo hablando con Guevara; había también un grupo de oficiales de información y había otros muchos que iban y venían.

He aquí por último al coronel Andrés Selnich: Por supuesto, nosotros informamos al gobierno. El comandante en jefe del ejercito discutió largamente con el presidente de la República y ha dado la orden de transportar a Guevara a Valle Grande. Yo les digo una cosa: si estuviera vivo, ustedes los de la prensa no hubieran sabido nada. Era un gran paquete que los de información hubieran podido guardarse.

¿Nacimiento de un mito?

Pierini: ¿Es cierto, coronel, que el Che Guevara se condujo con usted de un modo muy descortés?

Selnich: Un verdadero canalla. Un fanático como solo se encuentra entre los argentinos y los cubanos.

¿Cuándo, dónde y por quién el Che Guevara fue asesinado por una bala en pleno corazón? ¿En el amanecer del lunes 9 de octubre por el coronel Selnich o por oficiales de información como lo hace creer el testimonio muy sospechoso ciertamente del coronel Zenteno? ¿Hacia mediodía, antes o durante su traslado a Valle Grande? ¿Después de su llegada a Valle Grande como parece indicarlo el informe de la autopsia, pieza sólida de la que no se puede dudar?

El hecho seguro es que el Che fue asesinado y que después de haber intentado momificarlo, le han cortado un pulgar, lo han enterrado, luego exhumado, luego trataron de incinerarlo y luego de hacerlo desaparecer.

“No solo —decía Fidel Castro—, ellos lo temieron vivo sino después de su muerte les inspira un temor todavía más grande… Sabiéndose instintivamente condenados por la historia y habiendo logrado por un golpe de suerte eliminar al Che físicamente, temieron que el lugar donde está enterrado se convirtiera en un sitio de peregrinaje. Están dominados por el deseo de privar de todo al movimiento revolucionario, aunque solo se trate de un símbolo; están dominados por el temor del Che aún después de su muerte… ¿Pero no somos nosotros los revolucionarios los que creemos en la eternidad de la obra de los hombres, de los principios de los hombres? ¿No somos nosotros los revolucionarios los primeros en reconocer lo que hay de efímero en la vida de los hombres y lo que hay de durable en las obras, la conducta y el ejemplo de los hombres, ya que es ese ejemplo el que ha inspirado y guiado a los pueblos a lo largo de su historia?… Nadie estaba más convencido que el Che de que la vida física de los hombres no es lo más importante, sino el ejemplo lo que está primero.”

La nota final de este exordio es casi evangélica. Pero es profundamente verdadera en América Latina y aun en otras partes. Hace cerca de sesenta años, en México, la muerte del gran Zapata no bastó para frenar el empuje revolucionario de los campesinos, porque las condiciones que los habían lanzado a la lucha subsistían. El mito de Zapata lo ha sobrevivido hasta nuestros días. Si los coroneles latinoamericanos y sus instructores yanquis creen hoy como ha escrito el Time que “la desaparición del Che priva a la subversión de mucho de su misterio y de su romanticismo”, cometen sin duda el mismo error que cometieron los romanos cuando hace algo así como 1930 años ejecutaron al mismo tiempo que dos bandidos a un agitador judío cuyas ideas terminaron por triunfar sobre el más grande imperio de la historia.

 

Michel Bosquet
Seudónimo de André Gorz, filósofo, periodista y cofundador de Le Nouvel Observateur.

*Publicado originalmente en español en el suplemento La Cultura en México en noviembre de 1967.