Ray Loriga
Rendición
Alfaguara
México, 2017
210 páginas.


Las distopías están en auge. Textos editoriales revisitan semanalmente a autores como Orwell, Bradbury y Huxley para ilustrar lo que ha significado la llegada de Donald Trump a la presidencia o especular sobre las implicaciones futuras de la biotecnología. Philip Roth ha sido evocado una y otra vez gracias a la relectura de su novela contrafactual La conjura contra América (2004), en la que concibe una presidencia conservadora en Estados Unidos que, en 1942, establece campos de concentración en territorio propio y concreta una alianza bélica con los nazis. La prensa nacional e internacional publica a diario vaticinios funestos en torno a nuevos fundamentalismos, desencuentros nucleares y los efectos del cambio climático.

Por su parte, las medios audiovisuales también han apostado por el futurismo y, haciendo gala de presagios lúgubres, han lanzado series de televisión como Black MirrorWestland y, de manera destacada, The Handmaid’s Tale, basada en la novela homónima de la canadiense Margaret Atwood (1985). En dichas series se exploran los límites (o la falta de límites) del mercado, la medicina, la religión, el liberalismo y otros conceptos como la ingeniería biológica, la inteligencia artificial y las tecnologías de la información.

Ray Loriga (Madrid, 1967) contribuye al tormento de la especulación y reflexiona sobre el porvenir de la humanidad en su entrega más reciente, Rendición. La novela —ganadora del Premio Alfaguara 2017— se sitúa en medio de un conflicto armado entre bandos difusos e imprecisos que a ratos parecen incluso intercambiar banderas. Orillados por el trance de la guerra, el protagonista y su familia enfrentan un éxodo al estilo de Cormac McCarthy en La carretera (2006) para buscar reubicarse en un albergue. El campo de acogida al que son conducidos se erige en realidad como una “ciudad transparente”, en la que deben adaptarse a las nuevas normas y empleos que les son arbitrariamente asignados.

Como sucede en la mayor parte de relatos futuristas, la construcción y legitimación del régimen naciente se fundamenta en un implacable control social. Loriga reflexiona aquí sobre el ejercicio del poder y lanza hipótesis sobre los métodos de sometimiento que serán utilizados en una realidad futura. Aquellos que se erijan como autoridad se enfrentarán a dilemas foucaultianos: ¿cómo moldear a los nuevos sujetos? ¿Qué instrumentos utilizar para vigilarlos? ¿Qué métodos emplear para coaccionarlos?

Conforme avanza el relato, Loriga deja de lado el ámbito político para concentrarse en el protagonista y su incapacidad para ajustarse a la nueva sociedad. Se adentra en sus reacciones ante la pérdida de la privacidad, las restricciones a su voluntad y, particularmente, el tedio.

Loriga devela el gran temor a ser simplemente “uno más”. Con ello coloca en el futuro un sentir contemporáneo que parece transformarse en obsesión: el ansia por diferenciarnos. Después de la consagración de la individualidad moderna y las conquistas del liberalismo, lo peor que puede sucederle a un ser humano es perder de su singularidad.

Los individuos admiten la pérdida del patrimonio, la separación de la familia, incluso la restricción parcial de la libertad; pero lo que les parece inadmisible es la uniformidad. Pudiera señalarse que se trata de una uniformidad más bien imaginada, pues los esfuerzos por distinguirse van encaminados a copiar lo mismo que, a su vez, sus congéneres quieren emular. Tramposo narcisismo que orilla a adoptar gustos y peculiaridades que, lejos de diferenciar, homogeneizan.

En el futuro ideado por Loriga es difícil no reconocer una sencilla paradoja: mientras más nos aterra la uniformidad, más nos rendimos ante ella.

 

Alejandro Orozco y Villa
Consultor.