Días antes de morir, Graham Greene dejó listo su diario de sueños. Reservado en la vida privada —siempre se resistió a escribir su autobiografía— cultivó con esmero su universo onírico, el cual consignó escrupulosamente en una serie de diarios que llevó durante más de veinticinco años. Algunos sueños le permitían superar la temible “página en blanco”; de otros extrajo ideas para relatos y novelas. Por este mundo desfilaron historias y personajes de toda índole. De entre todos, Greene decidió dar a conocer una pequeña selección. Un mundo propio. Diario de sueños aparece por primera vez en español gracias a los buenos oficios de la editorial española La uÑa RoTa. Ofrecemos una selección de algunos de los sueños de este espléndido prosista.



W. H. Auden y Evelyn Waugh

Circunstancias bastante extrañas reunieron a ambos escritores. Yo formaba parte de un grupo que había logrado derrotar a unos guerrilleros, pero el jefe de la banda, Wystan Auden, había escapado. Estaba oculto en alguna parte entre la maleza, y empezamos a peinar la zona. Me había armado con un cuchillo de cocina, porque era el más peligroso de nuestros enemigos. De repente salió de su escondite y corrió hasta una casa cercana. Evelyn Waugh le había disparado e iba perdiendo sangre.

Lo seguí y le clavé el cuchillo de cocina en el costado pero no pareció herido por mi puñalada, e inició una discusión sobre literatura de la que, curiosamente, no recuerdo nada.

A la noche siguiente me encontraba en una fiesta, de nuevo con Auden, y esa conversación sí la recuerdo. Expresé mi preferencia por vivir en Inglaterra en lugar de en los Estados Unidos, porque la literatura inglesa era mucho más rica que la americana. Shakespeare hacía que todos los demás escritores parecieran enanos, y entre enanos no podía haber envidias. La literatura norteamericana, por no tener un gigante así, dejaba lugar para las envidias. Auden contestó que de todos modos se sentía a gusto en América. Aunque no era científico, ocupaba un puesto en la cátedra de Ciencias de la universidad. Daba una impresión de bienestar perezoso, repantigado en su butaca.

—Sería gracioso que descubrieras un principio científico menor, así podríamos hablar del “dígito Auden” —le dije.

Nuestra anfitriona nos dejó a solas, diciendo:

—Sírvanse algo de beber.

Ambos coincidimos en que, cuanto más grande la botella de whisky, más fácil era aceptar su invitación.

Fidel Castro

En junio de 1984 visité a Castro en Cuba. Dimos un paseo mientras charlábamos amigablemente y nos detuvimos al lado de un pobre hombre que lloraba. Acababa de enterrar a un chiquillo en una tumba diminuta que él mismo había cavado.

Castro trató de reconfortarlo diciéndole que su hijo ya no sufriría nada, no sabría nada, pero el hombre no se consoló. Yo me santigüé, y el hombre dejó de llorar en el acto y me estrechó la mano.

—Me parece que usted es de los que creen que posiblemente haya algo después de la muerte —me dijo.

Oliver Cromwell

Mucho ruido en las calles próximas al piso donde vivía: desfiles militares, etcétera. Era muy raro. Puse la radio para averiguar lo que pasaba, en vano: no era la hora de las noticias. Salí y vi a Oliver Cromwell caminar calle abajo. Entendí por qué una vez lo habían descrito como la sombra proyectada por un cangrejo. No esperaba verlo, puesto que en ese momento se sometía a votación en el ejército su propuesta de ejecutar a Carlos I de Inglaterra. Se sentó con un grupo de gente y empezó a hablarlos en francés. Dijo que en realidad a Carlos lo estaba matando la doctrina del derecho divino. De no ser por eso, se habría llegado a un acuerdo. Se conocieron los resultados de la votación: sólo un oficial de la vieja guardia había votado en contra de Cromwell.

—Quiere sacudir el templo —dijo Cromwell—, pero no destruirlo. Eso tendría consecuencias funestas.

General de Gaulle

Sólo conservo un recuerdo fugaz de De Gaulle, que en el Mundo Común durante la Segunda Guerra Mundial vivió un tiempo en Berkhamsted, donde yo nací.

Después de cortar las raciones del pan, me acerqué a darle su parte.

—¿Corteza o miga, mon général? —le pregunté, pero al mirar el pan me di cuenta de lo poco que había, tanto de lo uno como de lo otro—. Mejor las dos cosas —le dije, y le di todo lo que quedaba.

Goebbels

Las experiencias que viví en el MI6 (el Servicio de Inteligencia Británico) en mi Mundo Propio fueron mucho más interesantes que el trabajo de oficina que desempeñé durante tres años en el Mundo Común. Curiosamente, de la docena de personajes que conocí entonces, sólo un par aparecieron alguna vez en el mundo sobre el que ahora escribo. Así que quizá la Ley de Secretos Oficiales proyectó su sombra incluso allí. De mis vivencias, acaso la más arriesgada y en sintonía con el espíritu de la CIA que el del MI6 fuera una misión en Alemania.

Recuerdo que entré en un salón suntuosamente amueblado donde Goebbels ocupaba un sillón dorado. Había varias personas más en la estancia, y aguardé junto a la repisa de mármol de una chimenea a la espera de mi oportunidad, pues llevaba conmigo un arma secreta para matar a Goebbels: un cigarrillo que desprendía un humo letal, que al inhalarse provocaba una muerte instantánea.

Procuré mantenerme cerca de mi víctima, sosteniendo el cigarrillo donde el humo pudiera alcanzarle, pero empecé a impacientarme y le metí la colilla por la nariz antes de emprender la huida. Esperaba que el veneno actuara con rapidez y que la confusión me permitiera ganar tiempo para escapar. La calle estaba desierta y doblé a la derecha; entonces, al darme cuenta de que desde las ventanas podían verme, retrocedí muy pegado a la pared y giré a la izquierda. Recorrí varias callejuelas, pero tuve que volver a la calle principal porque tenía órdenes de ir a la estación del norte y coger un tren.

Aunque no había soldados ni policía a la vista, bien podían estar esperándome más adelante.

Estuve tentado de meterme en un parque con avenidas amplias y solitarias, pero obedecí las órdenes, y casi de inmediato apareció a lo lejos una pequeña estación de cercanías. Encontré a mi contacto en el preciso momento en que llegaba un tren. Saqué dos billetes hasta el final de la línea, y fue demasiado tarde cuando comprendí que había cometido un grave error, porque el final de la línea resultó ser Wapping, y sacar un billete con ese destino sin duda me delataría como agente extranjero. Justo antes de Wapping el tren se detenía en una estación fronteriza, y estaba seguro de que allí nos interceptarían.

Sin embargo debimos de pasarla sin percances, pues de lo contrario ahora no estaría vivo para contarlo.

Henry James

El 28 de abril de 1988 me vi embarcado en un desagradabilísimo viaje por río a Bogotá en compañía de Henry James. El barco zarpó pasada la medianoche, y tuvimos que arreglárnoslas para caminar por el muelle completamente a oscuras, con el equipaje de mano a cuestas. Me habría echado atrás de no ser por la firmeza que mostraba el gran autor y mi admiración por su obra.

Empeoraba aún más las cosas el vozarrón de un oficial, invisible en la oscuridad, que no dejaba de increpar con amenazas.

—A quien intente subir a bordo sin billete se le impondrá una multa de mil dólares.

Con tanta gente empujando para embarcar ni siquiera era fácil mostrar los billetes.

No había ningún sitio donde sentarse (sólo conseguimos apretujarnos en un pasillo abarrotado, sobre todo de mujeres), pero a Henry James no le oí ni una queja. En algún lugar del río, el barco se detuvo unos minutos y bajaron algunos pasajeros. Como me pareció que podríamos aprovechar la oportunidad, apremié a James para escapar también, pero no, no quiso ni oír hablar de ello. Debíamos seguir hasta el final. “Por razones científicas”, me dijo.

Juan Pablo II

Juan Pablo II es un gran viajero, y no estoy seguro del hotel ni del país donde coincidimos. Por un motivo que ni yo mismo alcanzo a entender, pues no le guardo especial aprecio, sentí un poderoso deseo de confesarme con él. Era tarde, y pasé largo rato delante de la puerta de su habitación dudando si llamar o no llamar. Giré el picaporte, la puerta se abrió y allí estaba el papa en la cama, profundamente dormido. La cara sobre la almohada me pareció tan carismática como la que había visto en tantas pantallas de televisión. Mientras lo miraba me pregunté si debía despertarlo, pero después me falla la memoria. Supongo que salí a hurtadillas, guardando para mí lo que sin duda era una confesión intrascendente.

Sartre

Recuerdo haber conversado con Sartre. Yo llevaba anotadas varias preguntas que quería hacerle, y procuré ser muy preciso. Me disculpé por mi pobre francés, que me impedía ser tan preciso como hubiera querido, y Sartre dijo amablemente:

—Habla usted francés muy bien, pero —añadió— no entiendo una palabra de lo que dice.

Luego se mostró más cordial y se refirió a un libro mío que Robert Laffont había publicado en Francia, titulado El origen de Brighton Rock. Era una reproducción en tinta sepia de un manuscrito infantil, una historia con animales como personajes, y estaba ilustrada por Beatrix Potter. Sartre admiró vivamente sus dibujos, pero de mi trabajo no dijo nada.

T. S. Eliot

Estaba trabajando en un poema para presentarme a un concurso y había escrito un verso (“La belleza ennoblece el crimen”), cuando me interrumpió una crítica que T. S. Eliot lanzó a mis espaldas:

—¿Qué significa eso? ¿Cómo va a ser noble el crimen?

Reparé en que se había dejado bigote.

 

Graham Greene
Escritor. Autor de El tercer hombre, El americano tranquiloNuestro hombre en La Habana  y El factor humano, entre otros libros.

Tomado de Graham Greene, Un mundo propio. Diario de sueños (traducción de Eugenia Vázquez Nacarino), La uÑa RoTa, 2014, 155 p.

 Publicado con autorización de los editores.