Para septiembre llega otro inédito más de Bolaño. De paso, recordamos el setenta aniversario de la novela cumbre de Agustín Yáñez, Al filo del agua. Por último, la inteligencia artificial desata pasiones musicales con un director de orquesta robótico.


El archivo de Bolaño no tiene fin

Cuando un escritor vende y está en la cúspide del mercado, todo es materia editable. De pronto surgen manuscritos, garabatos en servilletas de algún bar, poemas en tickets de supermercado, libretas polvorientas, archivos informáticos desperdigados o con riesgo de infección. En este caso, el archivo de Roberto Bolaño, resguardado en el domicilio de su familia, es una caja de Pandora; más bien, el cofre de Billy Bones-Wylie, al que con otro nombre de aires bucaneros también apodan “El Chacal”. La editorial Alfaguara anunció la inminente aparición de tres novelas cortas inéditas del chileno, escritas a partir de 1993, y reunidas bajo el título de Sepulcros de vaqueros. Regresan temas y personajes de sus otras novelas: el paso por México, el golpe de Estado de Pinochet, el detective salvaje Rigoberto Belano (luego Arturo), los nazis en el Cono Sur, etc. Estas novelas cortas son borradores y pruebas: constituyen el taller y el laboratorio necesario para el trabajo de cualquier escritor; bien empaquetadas, sin embargo, se convierten en pingües obras maestras. El star system sigue teniendo mercancía para rato. Cuando se agote la fuente del sagrado Archivo, sucederá lo mismo que con otros clásicos: la bibliografía y las biografías serán más numerosas que sus propios libros, y entrarán en lo que el ansioso Harold Bloom denominó “El Canon occidental”.

Al filo del agua cumple 70 años

Era tiempo de recordar el aniversario de nuestra primera novela moderna, Al filo del agua de Agustín Yáñez, publicada en 1947, contemporánea de El Aleph (1945) y El reino de este mundo (1949). En un acto solemne, Eduardo Lizalde impartió una conferencia magistral sobre esta obra ante varias decenas de estudiantes atónitos en el auditorio Divino Narciso de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Afirmó que su lectura es un verdadero deleite, y señaló la importancia de los comentarios de Octavio Paz (en 1961) y del “joven crítico” Christopher Domínguez Michael (en 2007). Con temple y valentía, el poeta se supo acuartelar ante una sorpresiva metralla de bostezos estudiantiles —milenials insufribles siempre dispersos— al recalcar que: “es casi imposible responder al compromiso de decir algo nuevo [sobre dicha novela]”. Ante nuestras frustradas ansias de novedad, Paz y Domínguez Michael hubieran podido dar la conferencia, pero nadie quiso invocar espíritus ni enviar invitaciones impresas. En otras palabras, se diría imposible, o casi, que alguien supere las observaciones agudas de este dúo dinámico. Parece ser que es casi imposible, también, en estas circunstancias, que alguien quiera leer la compleja novela de Yáñez, que “no pudo haber sido un material de consumo popular” (ni lo es, ni lo será, ni pretendía serlo).

El acto del aniversario número setenta de la novela acabó por convertirse en un homenaje al propio Lizalde: le leyeron prolijos poemas dedicados a su pluma versátil, recordaron sus magias curriculares y la lumbre inacabable de sus versos. ¿Algo hubiera podido decirse sobre el contexto, la tradición, la estructura o si acaso sobre la  poesía que inunda Al filo del agua? Qué va. Ahí estaba la música para salvar la ocasión: el poeta comparó la belleza de la novela con La pasión según San Mateo de Bach. Y así, la voz del barítono acompasó las páginas resonantes de Yáñez, dándoles el cariz de una sinfonía de notas inobjetables: Pueblo de mujeres enlutadas. Aquí, allá, en la noche, al trajín del amanecer, en todo el santo río de la mañana, bajo la lumbre del sol alto, a las luces de la tarde —fuertes, claras, desvaídas, agónicas—; viejecitas, mujeres maduras, muchachas de lozanía, párvulas…

El robot que dirige orquestas

A inicios de mes, Elon Musk vaticinó que la Tercera Guerra Mundial no llegará por la misantropía de Kim Jong-Trump sino a causa de “la competencia por la superioridad en la inteligencia artificial”. No sabemos si su paranoia vislumbra escenarios con drones malévolos, policías electrónicos asesinos, o un programa de realidad virtual diseñado para velar un mundo cavernoso habitado por fetos conectados en hileras sin fin. Sobran películas y la competencia es dura. Lo que el visionario Musk seguramente no imaginó es que la séptima trompeta del apocalipsis sería tocada por las ágiles manitas de Yumi, el robot que acaba de dirigir a Andrea Bocelli y a la Filarmónica de Lucca en un experimento de precisión musical. No se preocupen por la exactitud matemática de los perfectos compases de Yumi, ahí estaban los instrumentistas para aderezar la música con un factor clave y antiguo como los astros mismos: el error humano. Ante la llegada del director autómata, muchos se preguntaron por qué siguen existiendo violinistas de carne y hueso cuando algoritmos y operaciones binarias son la precisión encarnada. Se acabaron los tiempos cursis del feeling musical, los metrónomos en el alma y las vetustas partituras. Tomen asiento, descansen al fin, y dejen que las máquinas llenen el aire de música.

 

Fuentes: Agencia EFE, Alfaguara (Penguin Random House), Sin embargo y Agustín Yáñez, Al filo del agua, Colección Archivos, México, 1993.