A propósito de la reedición del imperdible Sanatorio La Clepsidra, ofrecemos una puesta al día del gran escritor polaco, creador de una de las prosas más elaboradas, eróticas y tristes de su lengua.

Bruno Schulz
Sanatorio La Clepsidra
Traducción de Enrique Mittelstaedt
Dobra Robota Editora
Buenos Aires, 2017
262 páginas.


No tanto como sus muertes, sino el grado de cobardía y vileza con el que fueron cometidas, fue lo que más me sorprendió y aún impacta de los asesinatos de Isaac Babel y Bruno Schulz, defenestrados por su condición de judíos y de artistas a manos de oficiales soviéticos y nazis, dos cánceres que dieron forma a lo peor del siglo XX, zombis que en el presente, bajo inmundos rostros nuevos, nos acompañan todavía.

Otro punto de contacto es que ambos cuentan con novelas escritas por autores extraordinarios con respecto a su obra y su figura. Vastas emociones y pensamientos imperfectos es el homenaje de Rubem Fonseca al ruso en medio de un entorno carnavalesco y tropical —un ejercicio formidable de mezclas inopinadas y una cátedra de composición en el registro del mejor Fonseca— y El Mesías de Estocolmo, un retrato de Bruno Schulz a cargo de Cynthia Ozick, que cuenta la historia de un personaje perturbado que cree ser el hijo del también dibujante y profesor de secundaria en clave de farsa kafkiana. (Un detalle más que vincula a las novelas es que ambas son una pesquisa por las supuestas novelas perdidas de sus autores).

Para los enterados, Schulz es un personaje conocido en las letras mexicanas debido a los oficios de Sergio Pitol, no solo el mayor de nuestros eslavistas sino también el mejor introductor a la literatura perpetrada por el pabellón de los excéntricos, ciudadanos de lo que Schulz denominaba “la república de los sueños”. En una edición de la UNAM de 1986 se publicaron los relatos de Las tiendas de canela, que continuaban el trabajo realizado en los años sesenta cuando en la revista La palabra y el hombre de la Universidad Veracruzana se publicaron un puñado de cuentos en las traducciones del malogrado cineasta Juan Manuel Torres, así como la célebre Antología del cuento polaco contemporáneo (1967), donde Pitol traducía y seleccionaba “Los pájaros”, del autor nacido en Drohobycz, pueblo de la región de Galitzia oriental, del desaparecido Imperio austrohúngaro, hoy Ucrania.

Por ello, conviene tener presentes las nuevas ediciones de su obra publicadas por la joven editorial argentina Dobra Robota, especializada en literatura polaca que publicó hace un par de años Las tiendas de color canela y recientemente Sanatorio La Clepsidra, ambas en traducción de Enrique Mittelstaedt.1

Divido por los conflictos de su época, la obra de Schulz expresa la condición fronteriza de una sensibilidad que se sabe provinciana y asume periférica, un transeúnte de lenguas (yiddish y polaco) que era en la misma medida tanto escritor como artista plástico, descollando en esta actividad con una extraña originalidad, ya que si bien su obra se nutre de Goya, Aubrey Beardsley y Leopold von Sacher-Masoch, la técnica que utilizaba era conocida como cliche verre, una combinación de pintura y dibujo con fotografía que le imprime un carácter único a su obra gráfica.

Si bien reconocido por las personalidades y círculos principales de su época —se escribió mucho y nutrido con Witold Gombrowicz y en el momento de mayor reconocimiento de su obra fue entrevistado por Stanislaw Witkiewicz— volvió siempre a su pueblo, de donde nutrió la totalidad de su literatura, considerada por Isaac Bashevis Singer superior a la de Kafka, de quien Schulz tradujo El proceso con Józefina Szelinska, a quien está dedicado Sanatorio La Clepsidra.

Sanatorio La Clepsidra —que cuenta con una adaptación cinematográfica de 1973 dirigida por Wojciech Jerzy Has— está compuesto por las primeas historias de Schulz, varias de ellas descartadas para la edición final de Las tierras de color canela, su primer libro publicado. Historias primerizas, fue necesaria la insistencia de amigos y lectores —y sobre todo de Witkiewicz— para que Schulz se animara a publicar el libro. Con el trasfondo de la zona de Galitzia, ese lugar devastado tanto por el Imperio austrohúngaro como por el tercer Reich y finalmente por los soviéticos, el libro se lee como una novela episódica en la que la realidad se encoje y se expande a la manera del tiempo, de ahí cierto carácter expresionista de sus atmósferas. Con la figura del padre como símbolo cuasi fantástico y a su vez como garante de un sentido profundo del mundo, las historias son muy parecidas a las de Las tiendas… cimentando la visión de un hombre que desea volver a los paisajes mitológicos de la niñez: cosa imposible por absurda, y en cuyo intento se cifra un desencanto extrañísimo y cruel.

Artista de las transformaciones —a veces los personajes mutan en escorpión, en cucaracha o hasta en cangrejo— su originalidad lo pone en sintonía con Kafka y Musil, pero sobre todo lo entronca con Gombrowicz y su búsqueda de una forma en combustión permanente: el lugar donde se dan la mano el niño con el adolescente. Para Pitol, “la realidad en el mundo de Schulz conoce amplias posibilidades de transformación de la materia. Todo elemento puede convertirse en su antagonista. Los hombres se transforman en aves, en cucarachas, en puñados de cenizas”, por ello se ha dicho que Schulz creó una de las prosas más elaboradas, eróticas y tristes de su lengua, como se lee en el relato que da nombre al libro:

El verdor de las hojas era muy oscuro, casi negro. Era un negro saturado, profundo y bondadoso como un sueño reconfortante. Y todos los grises del paisaje provenían de ese único color. Es el color que a veces adquiere el paisaje durante el crepúsculo nublado de verano, plagado de lluvias interminables. La misma dejadez, el mismo entumecimiento resignado e irrevocable, que ya no necesita el consuelo de los colores.

En opinión de Adam Zagajewski, otro notable poeta de Polonia, “en su prosa, la Drohobycz provinciana se transformó en una especie de Bagdad oriental, una ciudad exótica sacada de Las mil y una noches. Su vida, tocada por esa misma varita mágica, se resiste también a ser catalogada. Si no hubiera escrito ni dibujado, habría sido solo un profesor de manualidades melancólico, judío y de clase media, el desventurado vástago de una familia de comerciantes, un soñador que escribía largas cartas a otros soñadores”.

Por fortuna, pese a la vileza del mundo y la permanencia de su espanto, está visto que la belleza permanece y se multiplica aunque los torvos asesinen a los pájaros que los sueñan.

 

Rafael Toriz.
Escritor. Ha publicado Animalia, Metaficciones y Serenata, entre otros libros.


1 Anteriormente, en Argentina, había circulado el tomo La calle de los cocodrilos, publicado por el Centro Editor de América Latina en traducción de Ernesto Gohre, y del lado español se consigue, desde hace algunos años, un tomo que enmarca la totalidad de su producción escrita junto con buena parte de sus dibujos: Madurar hacia la infancia, que contiene el hermoso El libro idólatra, cuento ilustrado con imágenes eróticas donde la figura de una mujer dominante alumbra las miserias de un dibujante sospechosamente parecido al autor.