Mi irritación crecía a cada frase de David Rieff: “Prefiero la paz a la justicia”; “No creo que aprendamos mucho de la historia”; “Hablar de la historia como una tarea moral me parece empíricamente muy problemático”; “La memoria histórica es una metáfora. No existe tal cosa como una memoria histórica del Porfiriato. Existe un consenso, una convención. La memoria histórica es un mito que se construye, ya sea bueno o nefasto; es un debate político. Punto final”; “Cada monumento, cada estatua, es un objeto ideológico, un punto de vista sobre el que es posible debatir”; “Si no podemos establecer un consenso a partir del hecho histórico es mejor y más útil el olvido” (aquí David Rieff hacía alusión, como un ejemplo tomado al azar, al peligro que veía Mandela en que se desencadenara una nueva guerra civil en Sudáfrica; lo cual habría sido desastroso en todos sentidos); “La memoria histórica no es profiláctica”; “No hay algo así como una memoria colectiva; la única memoria es individual, y la historia exige un debate permanente”. En este punto, mi irritación se esfumó, y comenzó a cobrar sentido en mi mente la polémica propuesta del autor de Elogio del olvido. Las paradojas de la memoria histórica, publicado en 2016 por editorial Debate, en traducción inmejorable de Aurelio Major.

¿Y si David Rieff tuviera razón? Eso de “prefiero la paz a la justicia” suena horrible, suena a dictadura. Sin embargo si tratáramos de ser menos ingenuos y nos preguntáramos ¿a quién ha servido la historia?, tal vez concederíamos que de ninguna manera su interpretación produce una verdad absoluta que deba ser seguida ciegamente como una religión. Y, lo que es peor, ser estudiada como parámetro a seguir. En ningún sentido la historia, como dice Rieff, tiene cualidades curativas. Y quizá entenderíamos que si nos ponemos a elegir, alguien como él, que ha vivido entre conflictos armados, elija, como una decisión personal, la paz. “He pasado 20 años de mi vida en zonas de guerra, y eso de que sin justicia no hay paz es falso, empíricamente. Tenemos paz en Irlanda del Norte, pero no hay justicia. Al contrario, los terroristas son los líderes. Yo prefiero la paz, pero hay personas que prefieren la justicia. Pasé tres años en Sarajevo, viviendo en la capital de Bosnia. Ahí no hay justicia, pero los niños ya no mueren en las calles. Un planteamiento de los Derechos Humanos es: ‘No hay paz sin justicia’. En ese sentido, tengo mis dudas con respecto a la utilidad del pasado’”.

Es fascinante seguir el discurso de Elogio del Olvido. Su hilo conductor, como él dice, es la némesis de las utopías, ya sean estas liberales, comunistas o en pro de los Derechos Humanos. Comienza citando a W.B. Yeats: “Un sacrificio demasiado largo/ puede tornar en piedra el corazón”. Luego sitúa al hombre en su perfecto instante, sin memoria, y cita a Kipling en alusión al poeta romántico Percy Bysshe Shelley con respecto a “la naturaleza efímera incluso de las creaciones más monumentales y las hazañas marciales”. Sin memoria, dice, viviríamos como si ya estuvieramos muertos. “Ni el sol ni la muerte pueden mirarse de hito en hito” (La Rochefoucauld). Sin embargo, si situáramos nuestro paso por la Tierra de la aparición del Homo sapiens, hace 200,000 años, pasando por el advenimiento de la escritura, “no podemos sustraernos a la idea de que tarde o temprano todo logro humano, al igual que todo ser humano, será olvidado”. “Lo que la historia nos muestra en realidad es que a lo largo de la historia documentada, toda sociedad sin excepción alguna se ha confirmado tan perecedera como los seres humanos individuales”. “Después de todo, cuando una guerra termina con la apabullante victoria de un bando, la victoria confiere el poder unilateral para conformar la memoria colectiva del conflicto”. ¿Es esa creación unilateral la que es preciso preservar a toda costa para no ser muertos vivientes? Tal vez no.

“Soy un pesimista convencido”, se disculpa David Rieff, historiador por la universidad de Princeton, analista político de Le Monde, El País y The New York Times, entre otros diarios, y autor de media docena de libros de, me gustaría etiquetarlos así, humanismo. Como dato curioso, hay que decir que a su madre, la excepcionalmente aguerrida y brillante Susan Sontag, seguramente se le pararían los pelos de punta con las polémicas aseveraciones de David, como a todos aquellos que nos acercamos a su teoría del olvido, pero, en vez de juzgarla a priori, estaría dispuesta a debatirla.

Este sábado 9 de septiembre, a las 10:30 am, conversará con Ricardo Cayuela en el Museo de la Ciudad.

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