Sin preverlo y en momentos muy diferentes, Patti Smith aprovechó las superficies de objetos muy íntimos de dos de sus ídolos más admirados. Primero fue la silla de Roberto Bolaño en un viaje a Blanes, en España, y años después la cama de Diego Rivera, en la Casa Azul de Coyoacán. La primera le causó culpa (“¿creía que sentarme en su silla me haría mejor escritora?”, se preguntó), pero de la segunda no cuenta más que la emoción de la casualidad. Ésta la premiaba por sentirse nauseabunda antes de dar una plática en la casa de Frida Kahlo, y un poco también saldaba las cuentas que esta casa tenía con ella después de que, a sus 16 años y en su primer viaje a México, la artista estadunidense se encontrara con el portón cerrado y el sueño de ver el espacio de la pareja de artistas mexicanos con los que fantaseaba desde que su madre le regalara el libro The fabulous life of Diego Rivera, aplazado.

Para Smith, tanto Bolaño como Rivera comparten algo más que su transgresión y esta caótica Ciudad de México. Hace un par de días, cuando hablaba de ellos en la Galería kurimanzutto a propósito de su viaje para presentar un proyecto de arte público y una exposición de fotos en el Café La Habana, explicaba que admira de ambos su “ética de trabajo”. No ahondó en el concepto, pero un par de comentarios en los que relacionaba la importancia del arte y su potencial transformador con una visión romántica de los espacios en donde esto sucede ––los cafés, en particular–, da pistas suficientes para pensar en que esta cantante, poeta y fotógrafa tiene una idea única de lo que es el trabajo artístico.  Para encontrarla, indagamos en sus libros.


Patti Smith, Roberto Bolaño’s chair, Spain 2010. Cortesía de la Galería kurimanzutto.

 

Trabajo compartido

Incluso a pesar de la suerte de misticismo que la hace tan propensa a lo que llama “conexiones espirituales” y a procesiones que la han obsesionado ––lo mismo para fotografiar la tumba de Sylvia Plath que para recoger piedras de la prisión de Saint-Laurent-du-Maroni con la intención de llevárselas a Jean Genet–, Patti Smith no está a la deriva de la inspiración. Al contrario, tiene un sentido muy claro de la importancia de su trabajo, resulte éste en poesía, canciones, novela, fotografía o instalaciones.

El trabajo es “centralidad” en su vida, dice. Y en su último libro, M Train, en el que  repasa varios de los lugares y momentos más importantes e instintivos de su vida, lo describe como una serie de imágenes protagonizadas por “tazas de café de cartón a medio terminar. Sándwiches de deli a medio comer. Un plato sopero con restos”. “Aquí hay felicidad y negligencia”, dice. “Un poco de mezcal. Un poco de masturbación, pero ante todo, trabajo”.

¿Y de qué está hecho este trabajo? Eso ya lo había contado en Just Kids, el libro en el que comparte su relación con el artista Robert Mapplethorpe, su pareja de juventud, amigo el resto de su vida y co-protagonista en la búsqueda por el arte en el Nueva York de los setenta. De él, que “nunca parecía preguntarse sobre sus impulsos artísticos”, aprendió que el trabajo que importa es: “hilo de palabras impulsado por Dios que se hacen poema, el tejido de color y grafito garabateado en la hoja que magnifica Su moción. Lograr en el trabajo un balance perfecto entre fe y ejecución. De este estado de mente se crea una luz, cargada de vida”.

Y en la cotidianidad: “[…] Cuando tenía dinero extra iba al Museo de Arte Moderno y me sentaba frente al Guernica. Pasaba largas horas considerando el caballo derrumbado y el ojo del toro, brillando sobre los tristes desechos de la guerra. Entonces regresaba a trabajar”.  Luego aprendemos que es capaz de quedarse toda una tarde fotografiando una tumba con su Polaroid, perder las fotografías en el camino de regreso, y cruzar el océano otras dos veces para repetir la labor.

Al contrario de Robert, ella sí  podía mezclar las actividades de investigación artística y ese otro tipo de trabajo que es el que “trae el pan” a  la mesa. “Mi temperamento era más fuerte. Yo podía crear de noche y estaba orgullosa de generar una situación en la que él pudiera crear sin comprometerse”. Durante un largo tiempo, Smith fue la encargada de la subsistencia de la pareja. Y así lo hizo, aunque pronto pudo dejar de trabajar en librerías de barrios bohemios de Manhattan y dedicarse a sus creaciones, siguiendo el consejo que le dio William Burroughs en uno de los momentos más difíciles de su búsqueda artística, según contó después: “Construye un buen nombre; mantén limpio tu nombre […], preocúpate por tomar las decisiones correctas y por trabajar. Y si construyes un buen nombre, éste eventualmente será su propia moneda”.  Así cree haberlo hecho, “a pesar de las pérdidas, del dolor de muelas”.

Por otro lado, y sin duda alguna, el mejor ejemplo de su apreciación del trabajo ajeno está en lo que cuenta sobre el trabajo del propio Mapplethorpe. “Su búsqueda era demasiado dura para mí, y muy seguido su trabajo me paralizaba… Y aun así, cuando veo el trabajo de Robert, sus sujetos no dicen: ‘Perdón por tener el pene colgando…’ Él no creía que su trabajo fuera para todos”. Y esta forma de presentar sin remordimientos era justamente lo que lo hacía tan poderoso y es un poco en este mismo camino que Smith entiende su poesía. Ésta, a diferencia de su música, no está informada por la necesidad de gustarle a nadie mas que a ella: “Cuando me siento a escribir un poema, no pienso en nadie. No estoy pensando en cómo será recibido, ni en si hará feliz o inspirará a alguien. Estoy en otro mundo, uno de completa soledad. Pero cuando escribo una canción, me imagino presentándola, me imagino dándola. Es un campo de comunicación distinto. Es para la gente”.

Ultimadamente —y quizás inevitable—, en el trabajo de Mapplethorpe Smith reconoce un poco del suyo: “Me atraía el trabajo de Robert porque su vocabulario visual era semejante a mi vocabulario poético, incluso si parecía que nos movíamos hacia destinos diferentes”. Y si uno revisa el trabajo de ambos creadores, en definitiva fue así. Pero la compañía y el intercambio forjaron el sentimiento común de que su búsqueda existencial sería a través del arte. Y aunque no fueron más allá de la ciudad de Nueva York, como cuenta Smith, “exploraron los límites de su trabajo”.

Sin embargo, a ella sí la ha caracterizado el transportarse físicamente. Leerla es pasar y pasear por referentes geográficos variadísimos. Trabaja, en ese concepto de estar e imaginar, de trabajar con ética, en Guayana, Charleville-Mézières, Tánger y Tokyo. Trabajando en conjunto de alguna forma con Genet, Rimbaud, Bowles, Dazai y Akutagawa. México, por su parte, es el lugar que “contiene dos de mis cosas favoritas: Rivera y el café”. Y descubrió que a Roberto Bolaño también.

El lugar de los poetas

Pero junto a las decisiones de con quién trabajar ––o en referencia a quién–, la pregunta de en dónde hacerlo no es menos importante. Patti y Robert trabajaban en el piso de las casas que compartieron por todo Nueva York aunque a veces era más difícil concentrarse, sobre todo si se trataba del Hotel Chelsea, paso obligado de todos los artistas jóvenes del Nueva York setentero.

Quizás por eso es que, con el tiempo, Smith convirtió a los cafés y su tranquilidad en el lugar de trabajo por definición (probablemente haya cambiado de opinión ahora que visitó el café en avenida Morelos esquina Bucarelli). “O lo eran”, se lamentaba en la kurimanzutto. “Los cafés son la oficina de los poetas.; lugares para leer, escribir y soñar. No deberían estar tomados por gente que hace negocios y skypea todo el día”.

Junto a su predilección por el Café La Habana hay una larga lista de cafés históricos que asocia con sus distintas paradas de viaje: “Le Rouquet en París, Café Josephinum en Viena, Bluebird Coffeshop en Ámsterdam, Ice Café en Sydney, Café Aquí en Tucson…”. Lo que explora en su exposición actual es justamente cómo estos espacios son lugares para “el acto creativo y la alquimia que une a los artistas a través del tiempo y del espacio”.


Exposición de fotos de Patti Smith en el Café La Habana, cortesía de la Galería kurimanzutto.

 

En Nueva York, su ritual personal obligado de cada mañana era ir al Café ‘Ino, antes de que lo cerraran por razones que no quiso averiguar. Como cuenta en M Train, ahí trabajaba Zak, quien después abrió su propio café en Rockaway Beach, a 55 minutos del centro de Manhattan. Siguiéndolo, Smith relata que dio con el lugar en donde establecería un nuevo bastión de trabajo: un búngalo en la misma playa, cuyo destino tras el Huracán Sandy sería el mismo que el café de Zak: medio derrumbados, sin vegetación cercana, pero reconstruidos a fuerza de necedad. “Hoy es ahí en donde trabajo y no preferiría otro lugar”, le contaba a un periodista mexicano.

Quería abrir su propio café, que imaginaba con tapetes persas, bancas largas y un horno para pan. “El café Nerval, un pequeño cielo en donde poetas y viajeros pudieran encontrar la simplicidad del refugio”. Y casi lo abrió, en un viejo salón de belleza en la décima calle. Pero lo dejó para reunirse con quien sería su esposo, Fred Sonic Smith, en Detroit, quien sostenía la frase de que “no todos los sueños están para cumplirse”.

Uno de estos fue el que imaginó con el propio Fred en algún momento: Patti tendría un segmento televisivo de quince minutos en el que discutiría literatura de la prisión, llamado Coffee Break. Cuenta que no llegó mucho más lejos que comprarse el vestuario que acompañaría sus presentaciones, idealmente pagadas por Nescafé.

Con todo, si seguimos de cerca sus memorias, lo cierto es que la pluma de Smith no está constreñida a ningún lugar en particular. Lo demuestra el proceso que le dedicó a escribir el poema que vino a leer a México el fin de semana pasado. Hecatombe, es un homenaje a Roberto Bolaño como “muestra de agradecimiento por dedicarle el último tirón de su vida a completar su obra maestra: 2666”. Éste fue producto de noches de desvelo y de correcciones interminables en vuelos de avión. El café en todas partes.

Para escuchar este poema, visitar Sonora 128.
Av. Sonora y Nuevo León, Col. Condesa.
Hasta el 30 de noviembre.

La exposición de fotos está en el Café La Habana
Av. Morelos 62, Col. Juárez.
Hasta el 15 de septiembre.