aves

Mariana Oliver
Aves migratorias
Fondo Editorial Tierra Adentro
México, 2016
88 p.


En Aves migratorias, libroque obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven “José Vasconcelos” 2016, Mariana Oliver revela más de lo que suponemos. Hace honor a lo que afirma Joan Didion: “La memoria se desvanece, la memoria se ajusta, la memoria se conforma a lo que pensamos que recordamos”.

El ensayo que inaugura el libro —de título homónimo— cuenta la historia de Bill Lishman, el “Papá ganso” que ayuda a migrar a algunas aves. En el texto, Mariana Oliver intercala algunas reflexiones sobre la casa, como “una grabación de la infancia, un recuerdo implantado”, con la osadía de “Papá Ganso” que nos recuerda la eterna nostalgia que sentimos por el espacio al que llamamos nuestro. La casa es una posibilidad también que no tiene que ver con un presente: “Algunas veces, de manera inesperada, es posible anticipar fragmentos del futuro en un momento. Hay destellos que desgarran el curso de lo cotidiano, una epifanía de la que después no es posible desprenderse”.

En el siguiente ensayo, que lleva por título “Capadocia”, Mariana Oliver se acerca al viaje como un bien preciado. Aparecen entrelazados los lugares a los que nos aferramos y no somos bienvenidos. Un ejemplo es esta ciudad subterránea, construida para ocultar: “Capadocia es el lugar del asombro, está lleno y vacío al mismo tiempo, por eso llegar es inútil asir el paisaje sólo con la mirada”. O: “Capadocia es lo que no podemos ver, lo que escapa a la inmediatez de la mirada”. Todo viaje nos lleva a conocer los confines de nosotros mismos: estos son también los destinos subterráneos, nuestra Capadocia personal.

En los ensayos subsecuentes, “Casandra” y “La lengua de Özdamar” encontramos a Mariana Oliver como una lectora comprometida con la escritura de otras mujeres. Asumida como feminista, la ensayista insiste en escritoras cuyo eje creativo es la apropiación del lenguaje. En el caso de Christa Wolf, que supo asumirlo como una resistencia porque “todo movimiento revolucionario libera también el lenguaje”, y con Emine Sevgi Özdamar es una postura de libertad:

Debemos adoptar palabras de cualquier idioma en nuestro lenguaje cotidiano. Pronunciarlas con la seguridad con la que articulamos las palabras de la infancia, imprimiendo nuestro acento, la modulación de nuestra voz, las pausas necesarias. Decirlas como si fueran nuestras, encontrarles un contexto donde su significado explote, nos revista. Hacer de la lengua materna un espacio abierto donde quepa cualquier palabra que elijamos o hallemos por casualidad en momentos preciosos. Reconocer a los demás por las palabras que han escogido. Decir “hogar”, “cuerpo” o “fantasma” en la lengua que sea y apropiarnos de todos sus matices.

En “Berlín”, donde “el pasado es una niebla espesa que se resiste a desaparecer (…) el eco es más intenso que el sonido, la evocación más fuerte que la presencia y en los lugares públicos sólo se permite conjugar en pretérito”, Mariana Oliver disecciona los mecanismos persistentes de una memoria que no parece tan lejana pero que se escapa a la prontitud. Eso sucede con el muro de Berlín: “Visto de frente, el muro siempre parece más grande, su piel seca lastima. Hay que alejarse para franquearlo, para volverlo inofensivo, una línea más del horizonte. Como el miedo, el tamaño del muro es cuestión de distancia”.

En el sexto ensayo, “Koblenz”, Mariana Oliver aprovecha para conjuntar un visión actual de Coblenza, una ciudad alemana en Renania-Palatinado, con las marcas de un pasado imborrable donde las bombas que siguen esperando a ser desactivadas: “¿Cómo se cuentan los muertos y los heridos que sigue acumulando una guerra que ya terminó?”. O:

La explosión de estas bombas es el eco de las anteriores, un crujido en la memoria. La destrucción que producen desafía cualquier anacronismo: son bombas que arrojaron soldados que están muertos, pero siguen causando destrozos.

En “Normandía”, a partir de una serie de Robert Capa, Mariana Oliver habla del cuerpo femenino y el cabello de las mujeres como un dispositivo de control:

El cuerpo de las mujeres se convirtió en un territorio más a recuperar para sellar la victoria de una guerra. Ultrajarlo era una estrategia para denigrar al enemigo y vencerlo de manera definitiva. La humillación pública a las mujeres francesas se volvió una cacería contagiosa, parte cotidiana del ritual de la liberación de Francia.

Con “Los otros niños perdidos”, Mariana Oliver disecciona la “Operación Peter Pan”, donde más de catorce mil niños cubanos fueron enviados a Florida, y expone la retórica política —falseada— que afecta vidas humanas:

Niños que deambulaban arrastrando maletas agitaban las manos en señal de despedida. Árboles tiernos arrancados de raíz, volaron todos juntos hacia un exilio habitado por motivos imaginarios que abrió una brecha real. Niños de lengua salada se elevaron sobre el mar.

Este ensayo incluye una serie de poemas (lo cual no me sorprende si en Aves migratorias subyace un lenguaje lírico que libera la tensión que siempre proporciona un análisis riguroso).

En el penúltimo ensayo, “Mímesis en VHS”, Mariana Oliver nos brinca ciertos flashazos de su infancia, al lado de su hermana. Habla de los rituales infantiles que aún permanecen: “La memoria debe ser más frágil de lo que supongo, un entramado del que no se puede arrancar una parte sin descomponer lo demás”. Cuando se acerca a la manipulación mediática, como el reciente brote de Ébola, donde pudimos contemplar el miedo de una manera cinematográfica y con un guión impecable: “Tal vez a los habitantes de Atlanta les ocurre algo parecido. Saben que su ciudad se ha vuelto un escenario cinematográfico en el que son personajes. Ese protagonismo, tan aterrador como placentero, es irresistible”.

“Plano de una casa”, que cierra Aves migratorias, se basa en un elegante juego textual de preposiciones y reglas para trazar un plano. Es así que no solamente las escalas racionalizadas sino los objetos que nombra como suyos y las emociones compartidas también representan a una casa:

En el estudio no podemos mirarnos de frente, sólo nos escuchamos. Me gusta oír cuando teclea, la casa se llena con el impulso de sus dedos largos. Es grato cuando un sonido arrítmico se vuelve acogedor. Aprender a escribir en compañía implica acostumbrarse a compartir una sucesión inevitable de borrones y tachaduras.

Estos ensayos son infinitivos en “ar”: estar en esos sitios que mencioné anteriormente, hablar español y alemán, amar en compañía y constantemente migrar (por no decir huir hacia una circunstancia más favorable) para volar y volver a estar.

 

Karen Villeda
Poeta y ensayista. Autora de: Dodo y Constantinopla, entre otros títulos.