simic

La siguiente entrevista forma parte de Si le ha fallado la suerte (Cal y arena, traducción y presentación de Rafael Vargas). El volumen es la suma de dos de los más recientes libros de poemas de Simic —My Noiseless Entourage y Master of Disguises— que lo muestran en pleno dominio de su oficio.


Charles Simic es poeta, ensayista y traductor. Nació en Yugoslavia en 1938 y migró a Estados Unidos en 1954. Publicó sus primeros poemas en 1959, cuando tenía 21 años de edad. En 1961 fue reclutado por el ejército, y en 1966 obtuvo su licenciatura por parte de la Universidad de Nueva York, al mismo tiempo que trabajaba de noche para pagar su colegiatura. De 1967 a la fecha ha publicado veinte libros de poemas, siete libros de ensayos, un relato autobiográfico y ha traducido también numerosos libros de poetas franceses, serbios, croatas, macedonios y eslovenos. Ha recibido muchos premios, incluidos el premio Pulitzer, el premio Griffin, la beca MacArthur y el premio Wallace Stevens concedido por la Academia de Poetas de Estados Unidos. Simic es Profesor Emérito de la Universidad de Nueva Hampshire en la que ha dado cátedra sobre literatura norteamericana desde 1973, y Profesor Visitante Distinguido en la Universidad de Nueva York donde da clases cada otoño. Desde 1999 colabora con frecuencia en la New York Review of Books y en la London Review of Books. Simic fue el Poeta Laureado de Estados Unidos entre 2007 y 2008.

Christopher Nelson: Usted comienza uno de sus libros más recientes, El amo de los disfraces, con un epígrafe de Wallace Stevens: “Todo tan irreal como lo real puede serlo”, que me parece la perfecta afirmación de lo que más disfruto de su obra: esa atmósfera a la vez macabra y compasiva. Háblenos de esa atmósfera que es tan característica de sus poemas, tan coherente y singular.

Charles Simic: Así es como veo las cosas. Hoy estamos aquí, mañana desaparecemos. “Todo lo que queda de aquellas ciudades es el viento que pasa a través de ellas”, dice Brecht en un poema. Yo pertenezco a una generación que vio desaparecer mundos enteros durante el curso de su vida. Cuando era niño mi abuela me llevaba a un cine zarrapastroso a ver películas mudas de Chaplin y de Keaton mientras afuera en la calle los nazis colgaban gente de los postes.

CN: En vista de su historia personal —nacido en una Belgrado desgarrada por la guerra, una infancia de inmigrante, servicio militar durante la Guerra Fría, las guerras en la Yugoslavia de los años noventa— el lector podría esperar que su poesía fuese más explícita políticamente. ¿A qué se debe que la mayor parte de lo que ha escrito no lo sea?

CS: He escrito centenares de poemas relacionados con la guerra, con matanzas de inocentes, escuadrones de fusilamiento, bombardeo de ciudades, torturas, y el hecho de ser un desplazado. No menciono lugares o nombres pero todo está allí. Y con frecuencia soy explícito: “El presidente sonríe para sí mismo; la guerra le encanta / y pronto habrá de estallar otra” comienza un poema; “La matanza de los inocentes / nunca cesa”, dice otro. He escrito sobre cada una de las guerras que este país ha peleado desde la guerra de Vietnam.

CN: Me llama la atención la recurrencia con que aparecen en sus poemas personas sin hogar, enterradores, carniceros, insomnes, habitantes de buhardillas y demás. ¿Cómo se le ocurren todos estos… amigos? ¿Su presencia es alegórica?

CS: En absoluto. Se trata de gente real. Siempre ha existido un enorme grado de miseria en este país. Antes se les llamaba vagos o borrachines; ahora son personas sin casa. Verlos me parte el corazón. Hay muchos de ellos en mis poemas. Los carniceros siempre me han interesado porque yo me considero incapaz de matar una mosca. En cuanto a los insomnes, jamás he sido alguien que duerma bien, así que el tema se me presenta una y otra vez.

CN: Helen Vendler describe su estilo como una “inseparable conjunción de lo vulgar y lo sublime”. ¿Cómo es que pueden concertarse ambas? Es sorprendente.

CS: Porque existen en concierto. Sólo un hipócrita podría afirmar que sus pensamientos están completamente dedicados a asuntos superiores. No me gusta la poesía que olvida que comemos, cogemos y cagamos, así como también nos hincamos para rezar.

CN: Al igual que usted, de joven me interesaban más las artes visuales que la poesía. ¿Los años que le dedicó a la pintura modularon su visión como poeta —sus imágenes, su sentido del emplazamiento y de la escena?

CS: Sí, mucho. La pintura, la fotografía y el cine me han enseñado tanto como la literatura. Pinté desde los quince hasta los treinta y todavía creo que la página en blanco es comparable con el lienzo vacío.

CN: Puesto que la infancia es una de mis obsesiones poéticas, me gustaría escuchar sus comentarios acerca de una circunstancia que se presenta en algunos de sus poemas: el niño abandonado, quizás en una escuela ya decrépita.

CS: Como niño que creció durante la Segunda Guerra Mundial y posteriormente anduvo de país en país, asistí a varias escuelas en las cuales yo era siempre el niño nuevo, el extranjero que apenas sabía hablar el idioma, al que castigaban aunque fuera inocente, de modo que la escuela no me resultó nada divertida. Me iba de pinta cada vez que podía. Odiaba a la mayoría de mis maestros y de mis condiscípulos. Si me hubieran dicho que de adulto iba a convertirme en profesor, habría pensado que estaban locos.

CN: Dios, la ausencia de Dios, los misterios y terrores de la conciencia, son temas que usted aborda de manera muy directa en su ensayo “Charles, el oscuro”, publicado hace veinte años. Quiero citar aquí algunos de sus párrafos más sugerentes: “Siempre me ha parecido obvio que estamos solos en el universo. Me encanta la metafísica y sus especulaciones, pero en el fondo de mi ser sospecho que tan sólo silbamos en la oscuridad”. Y: “Si en algo creo, es en la noche oscura del alma. El asombro es mi religión y el misterio es su iglesia”. Y por último: “La secreta ambición de todo auténtico poema es preguntar qué hay [de los demonios y las divinidades] al mismo tiempo que reconoce su ausencia”. ¿Su forma de pensar ha cambiado al paso del tiempo?

CS: Ésa es mi posición todavía. Aunque por parte de mi madre desciendo de una larga línea de sacerdotes ortodoxos orientales y debería haberme acercado a la fe de mis ancestros a medida que he envejecido. Para mí la creencia cristiana en un Dios es una blasfemia contra el misterio del universo. Estoy perfectamente contento de que el misterio permanezca irresuelto, que nunca descubramos cuál es el significado del cosmos y de todo lo demás. Emily Dickinson empleaba la palabra “asombro” cuando se planteaba tales incógnitas. Ese “asombro” es todo lo que tenemos. Asombro que nos deja con los ojos y la boca abiertos ante la majestad de lo inefable. 

21 de diciembre de 2012.

 

Christopher Nelson
Poeta. Autor de Blue House y editor de Under A Warm Green Linden.

Traducción de Rafael Vargas.