A veces, para mí, el arte ni siquiera necesita un autor. No me importa quién o qué lo ha hecho. Para mí, el arte ocurre entre la cosa —cualquier cosa— y la mirada (o la mente) del espectador.
—David Byrne

El último Nobel de Literatura transformó a nuestros músicos pop en poetas dignos de ese lado oculto, hasta vergonzoso, de su oficio. El paso es natural y esperado, pues la música —la lírica cantada— siempre ha estado compuesta de versos, guiada por el arte de la sonoridad y plasticidad de ciertas palabras. Es menos obvio ese tránsito cuando estamos ante un músico convertido en cronista, observador agudo y perspicaz de su época y sus vericuetos, que además es fotógrafo, diseñador, actor y director de cine: se trata de David Byrne (Dumbarton, Escocia, 1952), líder de los Talking Heads.

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En Diarios de bicicleta (reeditados por Sexto Piso), Byrne es ese cronista ameno, cosmopolita, que viaja sin más pretensión que desplegar su bici desmontable y dedicarse a pedalear. “Road to nowhere”. Desde esa altura de caballero rodante (“más rápido que un paseo a pie, más lento que un tren, a menudo algo más alto que una persona”) puede rondar por una docena de ciudades del mundo: Sydney, Buenos Aires, Nueva York, San Francisco, Berlín, Manila, Estambul, etc. Crónica urbana, libro de viajes, comentario y cavilación personal, los Diarios llevan la reivindicación ciclista a flor de piel. Nos sumergen en el ajetreo de cada ciudad, en las pinceladas de sus fisionomías hermosas y a la vez grotescas, en el trajín interminable de sus habitantes. Una serie de fotografías en blanco y negro, muchas de ellas realizadas por el mismo autor, acompañan cada recorrido, precisan la atmósfera de alguna calle, algún puente. Revelan a veces algún objeto artístico en una galería extravagante o museo de historia. La conjunción de texto y foto hacen del recorrido un verdadero álbum de viaje.

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Ciudad de Pittsburgh, fotografía de David Byrne

La urbe es un organismo vivo

Uno podría pensar que este libro es un elogio de la bicicleta, una defensa argumentada y analítica de las ventajas del desplazamiento ciclista, ecológico y saludable. Lo es, pero sólo en ciertos pasajes. Los intereses de Byrne son tan variados como los ritmos que han refrescado, una tras otra, a sus canciones: cualquier manifestación de arte contemporáneo (instalaciones, vídeo, performance), la guerra fría, la biología, la arquitectura y sus grandes periodos, la música y sus espectáculos, la planeación urbana y territorial, las políticas públicas, el turismo, la historia de las relaciones entre gobernantes y gobernados. La lista podría seguir. En realidad, todos estos intereses son compatibles con el ciclista, puesto que para Byrne pedalear es una forma de internarse en esos organismos vivos, caóticos y frenéticos que son las ciudades modernas, “manifestaciones físicas de nuestras creencias más profundas y de nuestros pensamientos muchas veces inconscientes, no tanto como individuos sino como el animal social que somos”. La ciudad como reflejo de los ríos subterráneos de una cultura, de una comunidad imaginada, con su propio lenguaje visual. Así que, evidentemente, el viaje en bicicleta trasciende aquí el afán turístico devorador de nuestra época: “es como navegar por las vías neuronales colectivas de una especie de enorme mente global. Es realmente una excursión por el interior de la psique colectiva de un grupo compacto de gente”.

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Cámara de vigilancia de la Stasi falsamente camuflada, fotografía de David Byrne

El imperio del automóvil

Como cualquier ciclista urbano que ha arriesgado el pellejo en grandes avenidas o bocacalles con puntos ciegos, Byrne sabe que el peor enemigo es el automóvil. En las ciudades norteamericanas, se ha convertido en el eje de la organización de la vida y del tiempo. El cronista sabe también que las enormes arterias de asfalto han definido demarcaciones sociales, históricas y culturales, creando guetos o barrios aislados, dejando zonas muertas, destruyendo el paso de ríos o afluentes, separando a los habitantes de sus orillas para siempre. Por eso, en Nueva York, su ciudad de residencia, Byrne ha usado la bicicleta desde los ochenta y ha fomentado su uso, única solución según él para mitigar la destrucción ecológica y el espacio invivible de los freeways, o al menos para señalar el error imperdonable que fue, a partir de los años 50, adaptar las ciudades al ritmo de la industria automotriz. Los newyorkinos recordarán que, de no ser por ciertas iniciativas ciudadanas, la locura de los urbanistas habría acabado de desarticular la vida de la ciudad, como cuando en 1968 Robert Mases planeó construir una enorme autopista que atravesara Manhattan en nombre del progreso. En 2007, Byrne organizó un foro sobre la bicicleta en el marco del festival de la revista The New Yorker. Reunió a urbanistas, arquitectos, políticos, músicos y escritores. Entre los asistentes, un grupo de puertorriqueños o dominicanos —Eddie González and the Classic Riders— han creado su propio sello planchado a la espalda de la chamarra, andan en bicicletas choppers toscas y relucientes, algunas con manubrios retorcidos y estirados como tentáculos. Son la versión pacífica y edulcorada de aquellas pandillasde motociclistas que asolaron el Bronx a finales de los setenta.

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Vista de un canal en Manila, fotografía de David Byrne

Describir el mundo

Acostumbrarse a la voz narrativa de Byrne, después de haber escuchado sus canciones durante años, no es cosa rápida. Tampoco esperen, lectora o lector, la prosa de un escritor, aunque a estos diarios los haya motivado el excéntrico libro de crónicas de W. G. Sebald, Los anillos de Saturno. Imposible equiparar la profusión narrativa y meditativa o la descripción ardua y detallada —que crea Sebald a raíz de sus caminatas por las costas de Suffolk en Inglaterra— con la escritura terrenal de Byrne. Aun así, el acompañamiento fotográfico y el interés por las capas históricas que van surgiendo entre la niebla podrían ser puntos de acercamiento entre ambos libros. Sin embargo, Byrne, una estrella de rock, tiene sobrada energía y tiempo contado para escribir y estilizar sus recorridos. Esto no le impide llegar a curiosos aciertos relampagueantes como, por ejemplo: “Lo que llamamos hogar es también un set” o “¿dónde, en nuestro mundo, están las ruinas del mañana?”.

Así, la atención incansable del artista va abarcando el espacio. En Berlín, le interesa la vida de Rudolf Hesse —el último y más solitario prisionero nazi de la prisión de Spandau que fue el único reo durante veinte años— o el museo de la Stasi que llegó a guardar frascos con olores de los sospechosos. En Sydney, le asombra la violencia de la fauna y flora que no escarmienta ante el bullicio urbano. En Buenos Aires, descubre el lunfardo, ese argot imposible, y se acerca más a la música (basta escuchar Rei Momo, su primer álbum como solista, para notar su interés por los ritmos latinoamericanos) acompañado por Charly García o la Tosca Tango Orchestra. En Manila, le asombra con un pellizco de terror el régimen de Marcos y su culto a la personalidad.

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Uno de los diseños de David Byrne para anclaje de bicicletas, quinta avenida, Nueva York, fotografía de Kerry Ryan Mcfate

En cualquiera de estas ciudades, el músico avanza por ese territorio híbrido y asombroso de encuentros y desencuentros: la literatura de viajes. No hay duda de que, en cada uno de esos lugares, David Byrne pensaría en “This must be the place”, en la sensación indescriptible del viajero que abre al fin la puerta de casa y, entre brumosos recuerdos, empieza a comprender en dónde ha estado.

Álvaro Ruiz Rodilla
editor de nexos en línea.