billar

El billar de los suizos
Guillermo Fadanelli
Cal y arena
México, 2017
132 p.


“Quien se repite es porque algo tiene que decir”: es tal vez una de las premisas más manidas y más ciertas al poner en perspectiva la obra de un escritor. En este libro de crónicas o como anuncia el subtítulo de “memorias atendidas”, Guillermo Fadanelli se repite y vuelve a las ideas que lo obsesionan. Pero a diferencia de otros textos donde vagabundea entre temas que suelen ser la filosofía y autores amargos cuyas obras considera dignas de discutirse o, en otras palabras, donde el eje rector es la vagancia al interior de la obra literaria, aquí lo errabundo está en la memoria, en el pasado y en sus periplos de juventud.

En una entrevista sobre este libro, al preguntarle cómo cambia la idea de vagancia, de ir venir entre un tema y otro, que hasta ahora aparecía principalmente en sus libros de ensayo, responde que la considera la expresión formal de una pasión literaria más amplia. Mientras que en su ensayística el paseo era temático, en El billar de los suizos el espacio y el tiempo se imponen en la memoria de una forma distinta; como recuerdos de lugares que no escaparon a los sentidos.

Veintisiete textos componen este libro y, en palabras de su autor, son esencialmente crónicas de viaje, relatos escritos a lo largo de veinte años sobre lugares que lo albergaron y de alguna manera le hicieron mella. El billar de los suizos reúne exploraciones al interior de un caudal de recuerdos, reales o imaginarios, de quien narra. Como afirma él mismo, la digresión es la sustancia de todo lo que somos o hacemos; vasos comunicantes que se extienden y expanden infinitamente como en un árbol de Porfirio.

En varios aspectos, estas crónicas mantienen la factura Fadanellesca clásica: son paseos que nadie sabe dónde empiezan y mucho menos dónde terminan. Para su autor, el malentendido es la sustancia de la literatura y ninguna obra que se respete posee un mensaje preciso ni un orden impuesto desde fuera. Y aunque para Fadanelli caminar es pensar, frente al movimiento a rajatabla que aparece en otros libros, aquí hay una propuesta de pausa. “Vagué mucho tiempo y me aburrí de los seres humanos más que de los paisajes”, declara contundente. Y si se asoma el cansancio, es en aras de la comodidad; es conveniente abrir espacios al paseo sin premura, afirma.

Además de este necesario sosiego, mientras que en libros previos se emprendía la huida, aquí aparece el deseo de volver. Al preguntarle si existe un descanso consciente para un narrador que se percibe cada vez más agotado, contesta que estas crónicas son un intento por salir de la tumba para dar un paseo, observar e inventarse una vida. Una vez concluido eso, los deseos de volver al féretro aparecen más necesarios que nunca. “Es el libro más biográfico que he escrito, pero no sé qué quiere decir algo así. Me gusta pensar que es una pausa, un descanso a mitad de la batalla que de todas maneras se perderá”. En El billar de los suizos a la par del viaje aparece una idea de casa, un lugar al que se regresa aunque al final resulte imaginario. En estas crónicas Fadanelli vuelve a su juventud, sabiendo de antemano es imposible volver siendo el mismo.

Otro aspecto que no podía faltar, aunque aparecen con mucha menos profusión que antes, son sus comentarios críticos sobre otros textos. Como él mismo ha dicho “las reflexiones sobre literatura también son literatura. Borges es el ejemplo más claro de ello”. Fadanelli no está interesado en sustituir al crítico literario y se asume como un observador casual, que sin caer en el adoctrinamiento o en una soporífera solemnidad practica el comentario y se hace preguntas que posiblemente no logrará responder. En este punto es contundente y si bien se asume como un amateur curioso, remacha su respuesta afirmando que si careces de gracia, oportunidad o talento para la reflexión, mejor hubiera sido no escribir nada, como muchos críticos a quienes se les pasaron las habas y han dejado de pensar.

Respaldado por sus autores de cabecera, cuyos nombres es frecuente ver en el resto de sus publicaciones, en El billar de los suizos aparecen consideraciones sobre la crónica, donde el narrador se pregunta si lo que cuenta es lo que en realidad pasó: “la única manera de no quedar sepultado por esas realidades es practicar el comentario al respecto y además convencerte de que en realidad has vivido una aventura”, asegura. Cuando escribe que hay quien viaja con el único propósito de contar mentiras al regresar, hace explícita la construcción ficcional de estos textos que en apariencia sólo reproducen lo que ya pasó. Meter mano en el pasado con la esperanza de encontrar retazos de memoria y rellenar los huecos faltantes es lo que en realidad ocurre.

Desde su última novela, Al final del periférico (Random House, 2017) hay una carga nostálgica, aunque Fadanelli ha señalado que más que un relato de nostalgia es una zambullida en el tiempo y en la experiencia del mito personal. Como es su costumbre, las lamentaciones por el mundo actual no tardan en llegar. Critica no sólo lo acelerado sino la homogeneidad a la que nos condena la vida contemporánea, ve con asombro y resquemor la rapidez actual con la que transcurren los viajes, desconfía de la inmediatez que ha desterrado el dolor y a la melancolía que causaban la ausencia, la distancia y la espera. Ahora se tiene menos tiempo para el tiempo del ocio, parece que afirma en cada página. Y con esto muestra su idea del escritor como alguien dedicado a la vagancia, una ocupación que requiere práctica, tiempo y sistematicidad. De este modo se explica este nuevo libro de crónicas: una respuesta al desastroso mundo moderno en donde sólo queda viajar, no importa a dónde, al otro lado del mundo, alrededor de un cuarto o al interior de tu propia mente.

Ana de Anda
Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas