Para nosotros Rusia es en muchos sentidos un misterio. Pero si algo sí sabemos es que ahí vivió un “tal Chéjov”, entre otros titanes del canon literario.

Miro el mapamundi colgado en la pared: hay un país enorme que ocupa un noveno de la superficie continental de la Tierra. Es Rusia con sus más de 17 millones de kilómetros cuadrados que desafían la división entre Europa y Asia. Me pregunto acerca de todo lo que contienen sus fronteras: ¿cómo son sus paisajes? ¿Cómo son sus más de 142 millones de habitantes? Y, ¿cómo diablos ha logrado mantenerse unido un país de semejante tamaño? Lo único que sé es que cada pregunta tiene un sinfín de respuestas y que estoy muy lejos de ser la primera persona en preguntarse sobre Rusia.

Podría remontarme cientos de años atrás para empezar a hablar sobre Rusia, pero basta con ir a principios del siglo pasado —que ya de por sí es un salto bastante grande— para esbozar una idea de lo que tal país se ha significado para los “no rusos”, para quienes Rusia se esconde tras un telón. En 1905, año clave de la crisis del Estado zarista, el escritor polaco Joseph Conrad, nacido en el Imperio Ruso e inglés por elección de vida, describió a Rusia como un ente oscuro y abarcador que se extendía hacia el Este, encerrada en sí misma, oscura, inmensa, ajena e indescifrable:1

Lo que percibe uno con pasmo es que hay algo de inhumano en su carácter. Es como una visitación, como una maldición que cayera del cielo en la oscuridad de las eras sobre las inmensas planicies de bosque y de estepa que yacen en silencio en los confines de dos continentes: un verdadero desierto que no aloja ningún espíritu, ni del Este ni del Oeste.2

Doce años después de que Conrad escribiera aquellas líneas el imperio zarista se derrumbó. Los bolcheviques tomaron el poder con la Revolución de octubre de 1917 y cinco años más tarde, tras una guerra civil, se estableció la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas con modificaciones “mínimas” en sus fronteras. A pesar de los cambios, el telón —“de acero”— seguía sin subir y el coloso euroasiático continuaba siendo uno para los occidentales, quizá uno incluso mayor: ¿cómo era el mundo socialista? La imaginación podía echarse a volar con facilidad, no hace falta más que ver la propaganda estadounidense en contra de los comunistas durante el Macartismo: un sinfín de imágenes que delatan el miedo hacia un enemigo envuelto en misterio, desconocido.

rusia

La URSS se desmoronó entre 1989 y 1991 con las reformas de Gorbachov. Las miradas estaban puestas en ella. Rusia emergió una vez más ante el mundo entero en forma de una federación a cuya cabeza hoy en día está el polémico Vladimir Putin, quien ejerce su tercer periodo presidencial —al cual se suma un año de interinato y cuatro como primer ministro—. A pesar de la mayor apertura del país euroasiático, a unos meses de que se cumplan los cien años de la Revolución de octubre, las interrogantes y críticas hacia éste no han desaparecido: ¿por qué se condenan las voces disidentes de tal manera? —hablando de la protesta y arresto de las integrantes Pussy Riot en 2012, por ejemplo—3 ¿Rusia tuvo injerencia en las elecciones estadounidenses pasadas? ¿Aún hay agentes secretos rusos en distintos países? Una duda vuelta a plantear tras la muerte del antiguo encargado del programa de “ilegales”, Yuri Drozdov, el pasado 21 de junio.4

En fin… un montón de cosas se pueden decir en cuanto a política rusa, pero ¿qué más es Rusia? Ahí y desde ahí también late el arte que ha influido en lugares y momentos diversos. De la época zarista saltan un sinnúmero de referencias: desde el Teatro Bolshói, la música de Chaikovski y Stravinski, la poesía de Marina Tsvetáieva, las novelas de Dostoievski, Tolstoi, Pushkin, y el teatro de Chéjov. Aquella época que se siente tan remota para buena parte de los jóvenes mexicanos podría no ser más que nombres impresos en las portadas de libros de todos tamaños y sabores, y Rusia podría ser simplemente aquel país enorme trazado en el mapamundi de la habitación o en el globo terráqueo de un salón de clases. Sin embargo, las palabras “Rusia” y “Chéjov” hoy también aparecen en la cartelera del teatro.5

Pues sí, unos teatreros en pleno siglo XXI mexicano están hablando sobre un tal Antón Chéjov y viajando a quién sabe qué Rusia imaginaria. Hay algo peculiar en aquella propuesta: no es otra puesta en escena más de El Tío VaniaLas Tres Hermanas o La Gaviota, no. Ellos afirman que fueron a Rusia porque les dijeron que allá vivía un tal Antón Chéjov y para mí la pregunta es: ¿cómo pudieron reapropiar y reinterpretar un país tan complejo que parece esconderse en el misterio? Es evidente que el primer paso fue explorar a profundidad el mundo chejoviano a través de cinco personajes inicialmente patéticos que bien podrían ser producto de la pluma de Chéjov. Nosí, Hache, Jo, Alita y Lina queman libros para mantenerse calientes, pero Rusia existe en el escenario como una ficción que sirve como brújula ante la desesperación de estos amigos.

Dentro de la obra, Rusia es un ente sumamente abstracto en el que se mezclan ideas, prejuicios e ilusiones. En aquel lugar inmenso cabe de todo: desde campos tibios bañados por el sol y llenos de flores hasta estepas heladas. Tal parece que los rusos son todo un misterio a resolver, personas que sólo pueden describirse —como los habitantes de cualquier país— a partir de estereotipos: los rusos reciben brindando con vodka y cantando canciones de bienvenida, todas las familias tienen un oso de mascota, a todos les gusta viajar en tren… Después, una especie de alter ego femenino médico de Chéjov advierte al espectador otras características de los rusos: son personas muy sentimentales, siempre tristes, aplastados por la crudeza de la vida que han tenido, y envidian la capacidad de los mexicanos de reírse de sí mismos.

“¡¿A Rusia?! ¡¿Por qué?!”, exclama Hache en un momento de la obra y, a decir verdad, yo también me lo preguntaba. La Rusia con la que se sueña en escena no es la de los zares, secretarios generales o presidentes, sino el resultado de la mera elección de emprender un viaje. Con todo, me parece que sí hay algo de Rusia detrás de este telón: el aire de misterio que envuelve y adereza el ambiente, la curiosidad por saber lo que hay ahí donde no se está.

 

Cecilia Burgos Cuevas
Estudió Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM.


1 Joseph Conrad, Polonia y Rusia, p. 101.

2 Joseph Conrad, Polonia y Rusia, p. 109.

3 http://bit.ly/2uWknD1

4 http://bbc.in/2udZ2aC

5 http://bit.ly/2ujRJO9