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Volvemos al problema de la acumulación enfermiza de libros que no se leen; el puñetazo de que separó para siempre a nuestros dos últimos Nobels latinoamericanos; y el invento revolucionario que trae consigo una nueva modalidad de leer y gozar.

Son las noticias que nos hicieron clic en esta semana del 2 al 9 de julio.


Hay más libros que vida

Supimos gracias a un tweet de Antonio Saborit que la precisión del lenguaje en Japón ha dado con la palabra exacta para evocar los demasiados libros. El nombre tsundoku significa: “comprar muchos libros y no tener tiempo para leerlos”. O aún: “apilar libros sin leerlos”. Sobre esta acumulación ya han escrito nuestros clásicos. Saborit trae a colación una brillante frase de “Return ticket” de Salvador Novo: “Confieso que tengo más libros que tiempo para leerlos”. A su vez, José Emilio Pacheco, en el poema “Los demasiados libros”, ya notaba cómo nos interpelan desde la biblioteca esos “objetos de ansiedad, mudo reproche / de no haberlos abierto”.

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Éric Desmazières, La bibliothèque de Babel, 1977.

Los demasiados libros es, antes que nada, un ensayo de Gabriel Zaid de 1972 en el que estadística, erudición, citas y anécdotas llevaderas resuelven el asunto del tsundoku en la humildad lectora: deberíamos celebrar que “la economía del libro, a diferencia de la economía del diario, el cine, la televisión, es viable en pequeña escala”. En el año 2000, se publicaba un nuevo título cada medio minuto. La cifra ahora es de uno cada 15 segundos aproximadamente (alrededor de 2 millones al año, según este conteo en tiempo real, basado en datos de la UNESCO). El cúmulo es solamente un síntoma de la diversidad y la variedad de intereses de los lectores. Y frente al Imperativo Categórico, según Zaid, de leer todo, hay que buscar respuesta lejos de los vanidosos números:

¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa, después de leer. Si la calle y las nubes y la existencia de los otros tiene algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales.

El boom en un puñetazo: García Márquez y Vargas Llosa

Para celebrar los cincuenta años de la publicación de Cien años de soledad, Vargas Llosa fue invitado a un curso en el que relató su amistad, inicialmente epistolar, con el colombiano. Desde finales de los sesenta, los unió su admiración compartida por Faulkner, su aprecio mutuo como narradores, su relación cercana con una de las impulsoras del boom —Carmen Balcells— y el sentimiento de pertenencia a esa patria grande que volvía a surgir, América latina. Siguió el libro de Vargas Llosa, Historia de un deicidio —considerado una referencia en los estudios sobre la obra de Gabo— y hasta el proyecto de una novela a cuatro manos basada en la guerra amazónica que enfrentó a Colombia y a Perú en 1932. Un día, de pronto, un puñetazo en el vestíbulo de Bellas Artes, en México, hizo añicos esa amistad literaria.

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La historia de ese puñeticidio debería ahora fascinar a los expertos. La cercanía de García Márquez con Fidel, su condena acérrima del golpe fascista contra Salvador Allende y otras posturas hicieron que la brecha de rivalidad se agigantara. Vargas Llosa sigue recordándolo como un escritor fascinado con los hombres de poder y que por algún sentido práctico prefirió ser un aliado de la revolución cubana, para evitar así “el baño de mugre que recibimos todos los que adoptamos una postura crítica”. Por su parte, Jaime Abello, director de la Fundación para el Nuevo Periodismo, le reprochó al Nobel peruano su visión sesgada, estancada en el tiempo o acaso en el resentimiento, “como si su valoración política, personal y literaria se hubiera quedado en 1976 y no hubiera evolucionado más hacia delante”.

Novelas con sex-toy

El primer editor digital de libros eróticos conectados a un sex-toy ha llegado ya. La compañía B.Sensory, una start-up francesa que opera desde 2014, ha inaugurado esta nueva modalidad de lectura “participativa”. El ingenioso vibrador que bautizaron como “Little bird” (son inescrutables los senderos del marketting) puede obtenerse por el módico precio de 129 €. Se conecta a una aplicación de lectura vía Bluetooth y emite una serie de hasta diez vibraciones distintas que dependen de la intensidad de los pasajes que recorra el lector o, mejor dicho, la lectora. Sean ustedes bienvenidas a la era de la lectura vibrante. Ya están aquí las novelas vaqueritas del futuro. “Lean, vibren”, es el pegajoso eslogan de esta marca en creces.

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El vibrador para leer de B.Sensory

“Amantes de la lectura erótica, quise unir el poder de las palabras al potencial de los objetos conectados para imaginar una nueva manera de leer y conseguir placer, solo o en dúo”, afirma Christel Le Coq, fundadora y dueña de la empresa. Por lo pronto, la editorial digital cuenta con unos sesenta autores en francés, dos en inglés y más de un centenar de novelas cortas que cuestan entre 1,99 y 4,99 € cada una y que han sido clasificadas según su nivel de “intensidad erótica”, hot, médium o soft. ¿Se les ocurre acaso alguna mejor manera, tan sofisticada y sutil, de volverse placenteramente culto? Ahora que dejarán que su cuerpo sea parte del “juego” de la narración, podrán olvidar por fin esas horas bochornosas curvados en un sillón sufriendo por sostener las mil páginas de su Dostoyevski al borde de la parálisis, la tendinitis o una lumbalgia horrorosa.

 

Fuentes: UNESCO, worldometers.info, @Antonio_Saborit, El País, Babelia (suplemento cultural de El País), Livres hebdo, B-Sensory.