amor

En El más bello amor. Una antología (Siruela) Mauro Armiño reunió textos de Honoré de Balzac, Théophile Gautier, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Jules Barbey d’Aurevilly, Émile Zola, Auguste Villiers de l’Isle-Adam, Guy de Maupassant, Marcel Proust y Antón P. Chéjov. Armiño ensayó sobre un abanico de amores en el prólogo. Presentamos uno de los apartados que lo integran.


Poco tiene que ver el siempre sorprendente soneto de Francisco de Quevedo así titulado con el significado que puede tomar desde que Dom Calmet publicara en 1746 El mundo de los fantasmas dando vida a una de las figuras que ha obsesionado a los narradores de lo fantástico: el vampiro, primero en su versión masculina y algo más tarde en la femenina. Bajo la figura del vampiro no sólo se esconden temores a una irrealidad desconocida, sino la materialización de la lucha entre el bien y el mal, como ocurre en La muerta enamorada de Théophile Gautier (1811-1872), escritor que cultivó, entre otros, el género fantástico, al que se adjudica la mayor parte de sus cuentos y novelas cortas; crítico de arte, novelista, autor teatral y “poeta impecable” al decir de Baudelaire, iba a ser el martillo de la poesía romántica elaborando y practicando su teoría del “arte por el arte”; la eliminación de la escoria personal que en los versos dejaba la subjetividad de los poetas iba a convertirlo, con Esmaltes y camafeos, en precursor, si no jefe, de la poesía parnasiana. 

Clarimonde —nombre cuyo significado pretende irradiar belleza y verdad— es una encarnación diabólica para el hombre de iglesia que la ve por primera vez en el momento de su ordenación religiosa; el monje, que se confiesa ya en la vejez a un colega en religión, se enamora, como también ella, a primera vista: no se trata de una vampira que resucita con el beso de Romuald, de un súcubo creado para el mal, sino de una mujer realmente presa en las redes del amor, intemporal, envuelta en un misterio casi veneciano, que lleva su pasión por ese monje hasta el punto de dejarse casi morir por no chupar su sangre. La búsqueda de la perfección en el amor no suele protagonizar, como aquí, la acción del vampiro tradicional; tierna y amante, Clarimonde no encarna la figura terrorífica popularizada —más tarde, sobre todo— de esa especie de súcubo que seduce a un joven cura de aldea convertido, por la magia de la fantasía —¿del sueño?—, en caballero veneciano. Tres años de amores entre lo vivido y lo fantástico dejan en Romuald una visión soñada, de cuya realidad duda mientras la relata al otro monje. Si la propia Clarimonde recurre al versículo del Cantar de los Cantares “más fuerte que la muerte es el amor” y terminará por vencerla. No ocurre así pese a los esfuerzos de Clarimone: Romuald, en el último instante, cuando una vez más tenía la posibilidad de resucitarla, duda, en su conciencia se mezclan realidad y sueño, verdad e ilusión: Sérapion, su guía espiritual, rocía de agua bendita una tumba en la que la amada se convierte, por la acción de esa agua, de esa duda, en un revoltijo informe de huesos y cenizas: la muerte ha prevalecido sobre el amor. Baudelaire ya ponderaba este mérito único y nuevo de Gautier, al que le gusta “resucitar las ciudades difuntas y hacer repetir a los muertos rejuvenecidos sus pasiones interrumpidas”.

En el caso de “Ligeia”, cuento que en varias ocasiones su autor, Edgard Allan Poe (1809-1849), declaró su mejor relato porque en él desarrolla “la imaginación más alta”, la esposa muerta ha sido vampirizada por la conciencia del marido; al pretender analizarla hasta el infinito la hace morir, porque “conocer una cosa viva es matarla”, según el novelista D. H. Lawrence, quien ve en el relato una historia de la afirmación de la voluntad de amor y comprensión, que el protagonista ha vampirizado. El amor de éste va más allá de sus límites, y, en su segundo matrimonio que parece de compromiso, el cuerpo de lady Rowena termina siendo una especie de concha que envuelve el alma y los ojos de Ligeia: por eso, en el último momento, Poe mezcla obsesión y locura fundiendo los temas del amor y la muerte, de la realidad y lo maravilloso, en un intento del narrador por recuperar un paraíso ideal perdido, el de su vida con Ligeia, que le exige un precio: el de la locura.

“Vera”, el relato más significativo de Villiers de l’Isle-Adam (1838- 1889), se publicó en el volumen Cuentos crueles (1883), título espléndido aunque sean pocos los que pertenezcan al mundo fantástico o puedan ampararse bajo el calificativo que los titula; pese a ello, a la variedad temática y a que algunos relatos cumplen más con la crónica que con la ficción, la burla del mundo de valores burgueses que se transparenta en todos sorprendió a su amigo Stéphane Mallarmé (1842-1898), el poeta que mejor expresó en ese fin de siglo la idea del arte por el arte: “En esta obra has puesto una suma de Belleza extraordinaria. ¡La lengua realmente de un Dios en todas partes! Varios relatos son de una poesía inaudita y que nadie alcanzará: todas sorprendentes”. En “Vera” no hay vampiro, pero sí el deseo más allá de la muerte tras un amor que arranca en un intercambio de miradas suficientes para que el conde Roger d’Athol y Vera se “reconozcan”. Después de relatar de forma realista ese encuentro, el amor, el matrimonio y la muerte temprana de Vera, el protagonista se vuelve un “visionario”: una vez enterrada la esposa en la cripta, los ojos del conde ven: cree establecer una comunicación visual con la difunta, la evoca movido por un deseo que la recupera en su totalidad: rostro, miembros, ropas, objetos, sensaciones; al conde le basta el nombre, “pronunciado en voz muy baja”, para que se estremezca “como hombre que se despierta”; vuelve a verla radiante, coronada por las luces de las lámparas, radiante, rescatada de la sombra que se la había llevado; las velas, cuando ella desaparece en su visión, palidecen y se apagan. Llega a “verla” con tanta realidad que, en la alucinación final, consigue que la mujer se incorpore en su lecho mortuorio y reviva por un momento. El predicamento e influencia que Edgar Allan Poe ejerció sobre la literatura europea del siglo XIX tiene en “Vera” una muestra que Villiers, asumiéndola, deriva hacia sus propias obsesiones.

 

Mauro Armiño
Traductor, escritor, periodista y crítico teatral.