¿Qué es el arte contemporáneo? En esta columna presentamos a los artistas que es indispensable conocer si se quiere entender el arte que se está produciendo hoy.

No es común encontrarnos con artistas contemporáneos cuyas creaciones estén enraizadas en una dimensión íntima y personal. Este es, sin embargo, el caso del artista japonés Motoi Yamamoto, nacido en 1966, en Onomichi, Hiroshima.

Toda su obra se desencadenó  a partir de un momento seminal:  la muerte de su hermana en 1994 a causa de un cáncer cerebral. Este evento provocó una profunda crisis en el artista y  guiaría su inagotable reflexión sobre la vida, la muerte, el renacimiento y la memoria.

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Forest of Beyond, Motoi Yamamoto, 2011, Museo al aire libre de Hakone, Kanagawa, Japón.

Para lidiar con su tragedia personal, Yamamoto se cuestionó sobre las diversas formas de tratar el tema de la muerte en distintas sociedades, con un particular interés en los materiales asociados a este proceso. De entre todos ellos, la sal llamó más su atención. Según la entiende Yamamoto, la sal posee una relación con la vida humana que trasciende el tiempo y el espacio. Se trata, además, de un elemento muy utilizado en los funerales en Japón. Con el tiempo el artista comenzó a verla como un elemento de conexión entre diferentes formas de vida, particularmente con la vida que crece en el mar, lugar de donde proviene su material predilecto. En uno de sus proyectos más conocidos llamado “Return to the sea”(2012), el artista invitó a las personas que asistieron al final de su exhibición en el  Halsey Institute of Contemporary Art en Charleston, a deshacer la obra, guardando la sal en contenedores para después arrojarla al mar. El artista dice que para él es importante que la sal vuelva al mar y vuelva a ser parte de las formas de vida que ahí habitan; así quizás esa sal regrese a las personas a través de la alimentación o, lo que él espera: que regrese a ser parte de alguna de sus obras futuras.

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Utsusemi, Motoi Yamamoto, 2005, Art Gallery ARTIUM, Fukuoka, Japón.

La muerte de su hermana influyó incluso en las formas con las que Yamamoto empezó a trabajar. Sus creaciones más célebres son laberintos, hechos también de sal, y el artista busca que imiten la forma del cerebro. Están intrínsecamente ligados a la idea de la memoria pues, para él, el proceso mismo de dibujar el laberinto es un recorrido a través de sus recuerdos, en la búsqueda de alguno único y preciado. Es por ello que el tema de la posesión y la pérdida es fundamental para el artista, para quien al acto de creación es terapéutico, “análogo a la idea de escribir en un diario”.

Yamamoto cuenta que trabajó con el concepto europeo del laberinto como un símbolo del nacimiento, la muerte y el renacimiento; recientemente ha buscado un equivalente asiático de este símbolo y ha usado el remolino, que a sus ojos también representa el proceso de renacer. En el remolino convergen movimientos opuestos, uno que va hacia el centro y otro que sale del centro, lo cual ilustra la unión de la vida y la muerte.

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Labyrinth (Laberinto), Motoi Yamamoto, 2010, Salz/Kunst-Station St. Peter Cologne, Germany

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Labyrinth (Laberinto), detalle.

Las esculturas, instalaciones y dibujos de Yamamoto parten de la idea de que los recuerdos se desvanecen, el trayecto de la memoria inicia pero no culmina. Una escalera de sal cuyos escalones son interrumpidos, haciendo imposible llegar al final del camino; “Utsusemi”, palabra en japonés que alude a la idea del mundo material, de las cosas sujetas al paso del tiempo, o a un corredor que no se sabe a dónde lleva:  A corridor to remembrance.

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A corridor to remembrance, Motoi Tamamoto, 1999, Galería Le deco, Tokyo.

Si bien Yamamoto ha explorado otros materiales como la cera, el acero, el óxido, el cobre, el acrílico o las plantas ––en ocasiones mezclándolos con la sal––, todos parecen tener relaciones simbólicas con la idea de la vida y la muerte. Encontramos un ejemplo de esto en la serie de obras titulada “To remembrance” en las que vemos flores pegadas con cera a un marco, como si quisiera “disecarlas” para atrapar algo invisible en ellas o tal vez para inmortalizarlas: una especie de momificación de la flor. Con la misma inocencia y franqueza de corazón con la que a veces guardamos flores entre las páginas de libros viejos, así pareciera que Yamamoto busca preservar la vida. O más bien, preservar el recuerdo de la vida.

Motoi Yamamoto ha ganado varios premios, como el Philip Morris Art Award en 2002, y ha tenido exhibiciones, individuales y colectivas, en Francia, Alemania, Estados Unidos, Corea, Grecia, Israel, entre muchos otros, además de las de su país natal. En México, presentó una instalación en el Jardín de las Esculturas de Xalapa,Veracruz, en 2010.

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To remembrance, Motoi Yamamoto, 2001.

Como Yamamoto reconoce, ese primer momento trágico que desencadenó su obra sigue estando presente, incluso en sus creaciones más recientes. Ahora, sin embargo, ya no busca “un gran recuerdo insólito y precioso”que recuperar del laberinto de la memoria, la serie de pequeños recuerdos del día a día que le dieron forma a la vida de su hermana. La obra de Motoi Yamamoto, en su belleza y misterio, nos confronta con el que sea quizá uno de los motores más puros del arte: el amor a la vida.

 

Mónica Valdivia
Licenciada en literatura francesa por la UNAM.

Las imágenes provienen del sitio web oficial del artista.