A sesenta años de su muerte, presentamos un recorrido biográfico del escritor inglés Malcolm Lowry.

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La vida de Malcolm Lowry estuvo inmersa en una serie de recovecos caóticos. Hablar de Lowry equivale a intentar elaborar un retrato que es a la vez un ejercicio de equilibrio sobre la cuerda floja entre lo público y lo privado. Es difícil separar la vida de la narrativa e, incluso, existen ciertas líneas acaso premonitorias de situaciones que le ocurren a sus personajes y que más tarde le sucederán a él.  

Lowry, como Dante, comienza su viaje imaginario perdido en una selva oscura (alegoría de la vida, dificultades y tentaciones). La escritura hace las veces de Virgilio, será su guía y ruta de salida en los intrincados laberintos por los que deambula. Logra trascender gracias a su prosa y a su infinita paciencia, pues tuvo que emprender varias veces la reescritura de su novela. Habría que recordar que Bajo el volcán fue rechazada por doce editores antes de que, en 1947, casi de manera simultánea, se publicara tanto en Inglaterra como en Estados Unidos.

Su infancia, lejos de ser un Paraíso añorado, fue una etapa tormentosa y de aislamiento, de abandono y desasosiego. Quizá fue su Purgatorio, su isla montañosa, al ver que pertenecía a una familia en donde se sentía incomprendido, solo. Malcolm Lowry a los siete años, al igual que sus otros tres hermanos mayores, ingresó a un internado. De esta forma fue alejado de su entorno familiar, espacio en el que reinaba la educación estricta impartida por su padre, Arthur Osborne Lowry (un próspero empresario de la industria del algodón) y el desapego de su madre Evelyn Boden, quien padecía crisis de depresión. Cuando terminó sus estudios, a los 21 años, el padre de Lowry le pidió que hiciera un brindis; tras un largo silencio,  Lowry confesó que para él su infancia había significado un sufrimiento perpetuo porque la mayor parte del tiempo se sintió ciego, tullido o constipado.

“Una familia que vivía cerca de Liverpool a la que le gustaba cazar, pero que no se interesaba por cuestiones literarias”, como lo refiere el propio Lowry en una carta a su amigo, David Markson, narrador estadunidense que terminó por convertirse en un ferviente admirador de Lowry, incluso llegó a pensar que él había escrito Bajo el volcán, novela con la cual hizo una tesis de doctorado. Se tiene noticia de que en 1958, Markson, comparsa de interminables juegas con Dylan Thomas y Jack Kerouac, visitó México para experimentar lo que vive el personaje de Geoffrey Firmin, el Cónsul.

Como en la Divina comedia, en la vida de Lowry hay tres presencias cargadas de simbolismo: son tres los espacios visitados (Purgatorio, Paraíso e Infierno) y tres representaciones: Virgilio que encarna la razón (la escritura en Lowry); Beatriz, la fe (su segunda esposa, Margorie Booner) y Dante, quien personifica al ser humano en general (Malcolm Lowry en esa selva oscura, etílica y voraz que decidió extraviarse).

Las mujeres en la vida de Lowry deben cumplir un rol más allá del papel de una esposa, una amante o una musa que más tarde incorporará en la ficción, como es el caso de Jan Gabrial, su primera mujer, en quien se inspiró para crear el personaje de Yvonne. Lowry requiere de esa presencia y que además haga las veces de su editora (correctora, mecanógrafa y crítica literaria) y de una madre protectora que estuvo distante durante su niñez. La madre que lo nutre con sus consejos, la mujer que lo cuida de sus borracheras y está pendiente de que llegue el momento de lucidez que necesita para retomar la escritura donde se quedó. Y todas esas cualidades (y mucha paciencia) la encontró en Margerie Bonner.

El escritor y periodista D. T. Max tuvo acceso a los archivos de Lowry que su esposa vendió a la Universidad de Columbia Británica, en Vancouver, y pudo comprobar que varias versiones la novela tenían anotaciones tanto de Margerie como de Lowry. Esto quiere decir que ambos participaron en el proceso de edición de la versión final.

Es posible imaginar que la vida de Booner al lado de Lowry era sumamente intensa, vivía de una forma acelerada. Acompañaba a Lowry en su proceso de escritura, en sus desveladas, cuidaba de la salud de su compañero, quien tarde o temprano tendría que sobreponerse a la resaca y continuar con la reescritura de Bajo el volcán; mientras tanto ella buscaba tiempo para dedicarse a su novela en turno, pues desde que conoció a Lowry cuando ella era actriz de cine mudo, nunca abandonó su interés por frecuentar la narrativa. Ella le narra a Douglas Day (autor de Malcolm Lowry: una biografía, publicada en 1973. La segunda gran biografía lowriana es Perseguido por los demonios, de Gordon Bowker, 1993) que estaba ocupada en la escritura de Las formas que se mueven sigilosas y El último giro del cuchillo, ambos títulos  fueron publicados por la editorial Scribners.

Lowry creía en Dios. “A pesar de haber recibido una educación metodista y de haber coqueteado con el espiritismo, nunca fue religioso de manera ortodoxa. Sus dudas ante el misterio de la vida tenían como respuesta sólida y perdurable creencia en los poderes sobrenaturales que determinan nuestro destino, y consideraba que dichos poderes se manifestaban a través de coincidencias y de otros sucesos extraños”, relata Bowker. Era devoto de la Virgen de las Causas Difíciles y Desesperadas, de la Virgen de la Soledad (protectora de los marinos solitarios) y de San Judas Tadeo (cuyo fervor conoció cuando estuvo en México).

En El viaje que nunca termina que abarca su correspondencia de 1929 a 1957, la traductora y antologadora, Carmen Virgili, incluye una carta de Lowry al Señor Dios, en donde expresa su desesperación al emprender la reescritura de Bajo el volcán: “Querido Señor Dios: Te ruego encarecidamente que me ayudes a ordenar este trabajo, aunque parezca feo, caótico y pecaminoso, de modo que sea aceptable a Tus ojos, para que de este modo, según le parece a mi cerebro desordenado e imperfecto, pueda alcanzar los más altos cánones del arte, abriendo, no obstante, nuevos caminos y rompiendo viejas reglas cuando sea necesario. […] Te lo suplico, pon alguna Musa, algún Nordahl Gieg —ángel del arte— a mi disposición para ordenarlas de un modo bello, por favor, ayúdame, de lo contrario estoy perdido. Mis plegarias también para san Judas, ¡querido patrón de los imposibles!”.

Malcolm Lowry se sentía motivado por la fuerza narrativa del escritor noruego Nordhal Grieg, autor de la novela La nave sigue adelante. Bowker advierte que el sentido de temor religioso inspiró en Lowry su apasionada atracción por leer a Blake y de éste último a Swedenborg, “aunque oraba en cualquier iglesia estando ebrio o sobrio”.

Es interesante que mencione tanto a Blake como a Swedenborg y, ¿acaso puede existir en Lowry un momento en que resuelve ser un demonio o un ángel? En una de sus conferencias magistrales del volumen Borges oral, el autor de El Aleph señala que Dios no condena a nadie, sino que hay hombres que se sienten atraídos por los demonios. “Los infiernos, según Swedenborg, tienen varios aspectos. Son zonas pantanosas, zonas en las que hay ciudades que parecen destruidas por los incendios; pero ahí los réprobos se sienten felices. Se sienten felices a su modo, es decir, están llenos de odio y no hay un monarca en ese reino; continuamente están conspirando unos contra otros. Es un mundo de baja política, de conspiración. Eso es el infierno”.

Para Borges, la aportación de Blake es que el hombre debe ser un artista para salvarse. En ese sentido hay una tercera salvación: “tenemos que salvarnos por la bondad, por la justicia, por la inteligencia abstracta; y luego el ejercicio del arte”. Henry James era swedenborgiano, Lowry admiraba a James y también pudo haber sido swedenborgiano.

“El pensamiento de Swedenborg hubiera debido renovar la Iglesia en todas partes del mundo, pero pertenece a ese destino escandinavo que es como sueño”, comenta Borges.

Gran parte de la vida de Lowry transcurrió en el Infierno. Descendió hasta lo más profundo para darse cuenta de las envidias entre escritores (Conrad Aiken, su primer admirado maestro), tenía la creencia de que su mala suerte se debía a la presencia de dioses oscuros, bebía en exceso y el fantasma de la imposibilidad de concretar su novela rondaba cerca de él hasta que pudo exorcizarlo. Cuando visitó México por segunda vez, ahora con Margerie Bonner, le dieron un trato muy similar a los que Donald Trump quiere otorgar a los indocumentados. Lowry, en México, en mayo de 1946, fue declarado persona non grata, en medio de la opacidad de trámites y fabricación de delitos que lo hacían incurrir en faltas migratorias, pues a alguien juzgó que había hablado mal de México.

El Infierno (de indocumentado) que padeció está ampliamente detallado en una carta que Lowry le escribe a Ronald Paulton, su abogado en California. La misiva está incluida en El viaje que nunca termina y también se puede localizar en Malcolm Lowry. El volcán, el mezcal, los comisarios, en versión de Sergio Pitol, volumen editado por la Universidad Veracruzana, en 2008.

Así como La Divina comedia es una obra religiosa, en el sentido que Dante busca mostrarle al lector las consecuencias de vivir en pecado, la manera de evitarlo y de conseguir no sólo la paz interior y la felicidad terrenal, sino especialmente la posibilidad de alcanzar la vida eterna, en cierto modo, Bajo el volcán también conserva ese propósito, dado que de igual forma está llena de disertaciones sobre muchos aspectos relacionados con la fe, la virtud y el pecado.  

“Octavio Paz ha señalado que el verdadero tema de la novela es la expulsión del paraíso y en uno de los capítulos el Cónsul se refiere al mundo que lo rodea como ese paraíso, al que ya no podemos reconocer. Novela de la caída, lo es también por esto mismo de la nostalgia”, señala Juan García Ponce en el prólogo a Bajo el volcán publicado en 1967 por la Editorial Galerna en Argentina. Continúa: “Nostalgia de esa unidad perdida, de esa posibilidad de trascendencia a la que de una manera oscura el Cónsul quiere llegar por medio de la bebida; pero que permanece como aspiración inalcanzable y se resuelve en la muerte”.

Y a todo esto, ¿cuál es la idea del Paraíso en Lowry? Está en un lugar alejado del buillicio citadino, entre el bosque y el mar, en Dollarton, cerca de Vancouver. Se trata de una cabaña situada en uno de los más bellos parajes de la Columbia Británica. Es Eridanus, el Paraíso al norte, lugar mítico en la historia de amor y desamor del Cónsul e Yvonne. Paraíso que se ve destruido al incendiarse su cabaña, el 7 de junio de 1944. Cuando ardió la cabaña donde vivían los Lowry, Margerie Bonner hizo lo posible por reunir y rescatar las hojas dispersas de aquel manuscrito (Bajo el volcán) que el escritor llevaba tiempo trabajando. Mucho se debe a Bonner esa dedicación y empeño por reestablecer lo más que se pudiera de la novela.

Como apunta García Ponce, Bajo el volcán se basta a sí misma, crea su propia forma como lo hacen todas las obras de arte. Y los días de Lowry, lejos de su Infierno etílico, del Paraíso entre el mar y el bosque, y del Purgatorio de su tierna infancia, trascendieron a través de la escritura, más allá de mirarse como un hombre que vivió en el pecado.

 

Mary Carmen Sánchez Ambriz 
Periodista cultural, ensayista y editora freelance.