Pablo Aguinaco (1950) es un artista de larga trayectoria, reconocido como uno de los mejores fotógrafos mexicanos en color. El lector puede ver una breve muestra de su trabajo aquí. En el siguiente texto el fotógrafo regresa a la vida y obra de Irving Penn para revelar cómo la mirada del estadunidense ha permeado la suya.

Tendría unos 20 años cuando vi por primera vez fotografías de Irving Penn en una revista, cuyo nombre desafortunadamente se me escapa. Eran los retratos que tomó en San Francisco en 1967 a miembros del grupo de motociclistas Hell Angels y a algunas familias de hippies. Con la perspectiva del tiempo, me doy cuenta de que ese simple hecho visual ha ejercido un poderoso influjo en mi vida, en mi manera de percibir el mundo a través de la imagen, en mi trabajo y en mi relación con la realidad.

Irving Penn (1917-2009), hijo de inmigrantes rusos, estudió en la hoy Universidad de las Artes de Filadelfia entre 1934 y 1938. Allí fue alumno del diseñador ruso Alexey Brodovitch, quien era director artístico de la ya muy famosa revista Harper’s Bazaar. Todavía siendo estudiante trabajó como ilustrador de esa publicación bajo la dirección de su maestro.

En 1941 adquirió una cámara Rolleiflex que se convirtió en el instrumento que lo acompañaría por el resto de su vida profesional. Cámara en mano, en 1942 decidió realizar un viaje en coche por los Estados Unidos y venir a México para pasar aquí un año pintando y fotografiando. Casi nada se sabe de su estancia aquí. Sólo se conservan unas cuantas imágenes de aquella época: tomas en blanco y negro de rótulos callejeros y vitrinas de la Ciudad de México que delatan su ojo de pintor. Pero después de un año destruyó los cuadros que había pintado. Al parecer, fue entonces que decidió trabajar con la fotografía de manera profesional.

A comienzos de 1943, cuando Penn volvió a Nueva York, otro artista eslavo, el ucraniano Alexander Liberman, le ofreció un puesto en el departamento de arte de la revista Vogue. En octubre de ese año Liberman le pidió que hiciera una fotografía para una portada de un número; ese hecho definió el resto de su vida.

El trabajo de Penn como fotógrafo es de inmensa importancia artística, histórica y social. Dotado de una gran agudeza de observación y de un extraño poder de representación, con sobriedad y austera elegancia, y una absoluta y apabullante precisión técnica mostró al mundo una singular manera de ver que a la fecha se impone como imperecedera. Aunque gran parte de su obra está ligada con el mundo de la moda, cuyo enemigo natural y acérrimo es el paso del tiempo, las fotos de Penn conservan una vigencia asombrosa: su belleza no se apaga.

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Portada de Irving Penn de la revista Vogue, 1º de abril de 1950, fuente: Magazine Designing

 

Es muy raro el artista que logra la fusión entre su trabajo personal, expresión de su riqueza intelectual y emocional, y el compromiso utilitario, el encargo imperativo del cliente. Penn, un auténtico y nato virtuoso logró que en su obra desapareciera tal dilema. Con pareja maestría hizo retratos memorables, naturalezas muertas, desnudos, tomas callejeras, e imágenes que el tiempo convirtió en referencia insalvable en el mundo de la moda.

Hasta las fotografías de objetos desechados que encontraba en la calle camino a su estudio son admirables. Cacharros de metal, guantes destrozados, huesos de ave, de peces, pedazos de metal, tornillos oxidados, se ven imbuidos de una fuerza extraordinaria por su mirada.

En las impecables impresiones por contacto de negativos, tomadas con cámara de placas de gran formato (11×14), que exhibió en 1983 en la Galería Marlborough en Nueva York, Irving Penn nos invita a ver lo que normalmente ni siquiera nos molestamos en mirar. Penn se detuvo a observar los desperdicios que suelen encontrarse en muchas banquetas de las grandes ciudades: vasos de cartón, colillas de cigarros, guantes, pedazos de zapatos, latas aplastadas y un sin fin de inservibles detritus que él, con una mirada profunda y una gran pericia técnica supo imbuir de vida, de gracia, elegancia, hasta ponerlos casi en el mismo plano de sus impertérritas modelos.

En esos objetos inanimados resplandece la huella de la vida; son imágenes llenas de historias. Y, en ese mismo tenor, los cráneos de su serie Memento Mori son estremecedores.

Durante seis décadas Penn nos mostró, con sus fotografías, la síntesis minimalista que rige todo, lo perecedero y vano de la vida, lo grandioso, profundo y misterioso del arte. Absolutamente todo en el universo conocido que, una vez visto es susceptible de fotografiarse, hasta la basura. Tales sorprendentes proezas visuales siempre bajo la aguda mirada del pintor son un ejemplo asombroso de creación estética, dato social e histórico, reflexión sobre la vida y el tiempo. Penn es un artista completo, total.

Como maestro de la luz, entendió cabalmente que lo que vemos es sólo apariencia, ilusión, luces y sombras que reflejan y absorben las cosas y los seres vivos, cualesquiera que sean, seres vivos o inanimados, la superficie de algo mucho más complejo e inefable y que la única forma de verlo, de percibirlo, de aprehenderlo, es mediante el dominio de la luz, como antes lo intentó Rembrandt, como lo intentaron Goya y El Greco. Por eso eligió trabajar en su estudio con luz del norte. Sabía que la riqueza, la vibración y la elocuencia de la luz eran el soporte de todo su credo estético y del espectro visible, así como un pintor elige su paleta, su estilo, temas y modelos para hablar con precisión y autoridad de lo que importa en la vida.

Para los artistas como Penn la verdadera sabiduría es sensorial; en sus retratos vemos que la luz alcanza el grado de una revelación: descubre todos los detalles, claroscuros, sombras y brillos, textura y materia se funden a la Vermeer, uno siente que casi puede tocarlas.

Penn separaba a sus modelos del fondo —casi siempre neutro, a veces con horizonte— iluminándolo y marcando líneas de sombra apoyadas en la sección áurea. Los tonos medios al 98% de reflejancia para no competir y para destacar la figura, aislándolos y contrastando con luz cruzada las zonas y volúmenes como una pieza musical es decir, como en una obra de teatro, en contrapunto lumínico. Un perfecto acto equilibrado y sólido diálogo entre luz, sombra y forma. Y todo bajo un estricto control de la composición, la técnica es impecable, magistral. En los retratos que hizo en 1948 en Cuzco, Perú —muy probablemente en el estudio de Martín Chambi, otro grande de la fotografía— vemos a un maestro que domina la luz, la forma y la composición y crea una atmósfera que es tan cara y seductora al ojo que no queremos dejar de admirar, nuestro ojo recorre, y deambula por sus imágenes regocijándose en la contemplación.

También son ejemplo de virtuosismo y versatilidad sus retratos de algunos de los personajes más notables del arte contemporáneo. Veamos el retrato de Igor Stravinski (captado en Nueva York, en 1948) de pie y con la mano izquierda cóncava, llevada a la oreja como lo hace alguien que sabe y quiere escuchar. Ese simple detalle es la totalidad del mensaje: se trata claramente de un músico, aunque no sepamos quién es. Y veamos el retrato de Truman Capote, que Penn tomó en Nueva York, en 1965, para acompañar la publicación en The New Yorker de un extenso adelanto, en tres entregas, de A sangre fría. En él Capote sostiene sus gafas en la mano derecha a la vez que con la misma se toca la sien, parecería que le duele la cabeza, parecería que cierra los ojos porque quiere descansar, no quiere ver. Es un retrato raro e inquietante, que muestra al autor acaso abrumado por la historia que relata, debatiéndose la fascinación y el terror. Mención especial merece el retrato de Saúl Steinberg (“Nose Mask”, Nueva York, 1966). En él Penn captó la esencia del sujeto sin necesidad siquiera de presentar su cara. Y otro ejemplo genial es el retrato de Pablo Picasso, tomado en La Californie, Cannes, en 1957. En este retrato vemos al pintor con toda su fuerza, con un sombrero sevillano, capa negra y un tremendo ojo que lanza inquisidor una mirada de saeta; firme, directa, penetrante, casi intimidatoria, habituada a escudriñar y desentrañar lo que mira.

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Retratos de Igor Stravinski (izquierda) y Marcel Duchamp (derecha) de Irivng Penn, fuente: theartstack.com

En sus retratos vemos la verdadera esencia del sujeto. El fotógrafo, agazapado detrás de su Rolleiflex poco importa; no se vale de artificios y recursos tramposos y efectistas o poses forzadas, la fuerza es la del sujeto y Penn se oculta con timidez y discreción para que el sujeto hable y el espectador escuche, aquí vemos el alma de esos personajes. Posaron ante su Rolleiflex decenas de artistas y personajes: T. S. Eliot y Jorge Luis Borges; cantantes de ópera y boxeadores. Pero Penn también fotografió a las mujeres más hermosas de su tiempo, y en 1950 se casó con una de ellas: su musa, la modelo sueca Lisa Fonssagrive.

Con la misma destreza, fotografió a los personajes más humildes, anónimos trabajadores a los que captó en su estudio bajo las estrictas normas del canon estético renacentista, las leyes de la armonía, del número áureo, de la medida de Fibonachi.

Penn fotografió a todo mundo. Salvo raras ocasiones —como cuando tomó fotografías en la Medina de Marrakech, en Marruecos—, casi siempre trabajó en su estudio. Y hasta cuando hizo retratos de personas en el Perú o en Nueva Guinea lo hizo de manera controlada, como es el caso de sus estudios de grupo casi escultóricos, hechos en Dahomey, en 1967; de sus retratos de los aborígenes de Nueva Guinea, en 1970; de los bereberes de Marruecos, en 1971, o de las etnias de Nepal, etc. Hizo retratos siempre bajo estricto apego a la estética, la dignidad y la nobleza, y lo hizo por igual en color y en blanco y negro, en un audaz alarde de dominio y virtuosismo.

Por fortuna podemos ver a Penn trabajando en una película de aficionado hecha por Lisa Fossangrive, con una cámara de cine de 8mm., cuando fotografiaba en su estudio portátil a un grupo de personas en la Plaza Yamaa el Fna, en Marrakech, en el año de 1971. En ese corto en color, que tiene la magia del cine, vemos a Penn distribuyendo a sus modelos desde el visor de su Rolleiflex; atrás vemos a su asistente e impresor que atiende al maestro y vemos con deleite que usa luz natural del norte: diáfana, pura, suave y limpia, con su Rollei montada en un Tilltall de los años 60. Mientras el asistente mide la luz, las figuras ven la lente de la cámara, el fotógrafo dirige, compone y sin hablar enfoca y oprime el cable disparador. Un fugaz instante se ha convertido en un hecho físico, un testimonio fijado en el tiempo.

Para Penn tomar fotos era apenas un eslabón en el lento y largo proceso de la creación, ir al fin del mundo no es garantía, no es suficiente; la creación de una fotografía no termina con el disparo. Las impresiones que hace en plata, a pesar del toque minucioso del ferricianuro reductor de densidad, no logran el tono deseado. La plata es dura, elusiva, nunca le resulta totalmente satisfactoria. Encuentra que es preciso remontarse al siglo XIX y revivir las técnicas del paladio y del platino. Aun así no alcanza la impresión deseada, hace varias copias, vuelve a emulsionar, emulsiona e imprime en varias capas, somete a registro sus negativos ampliados, busca y busca obsesivamente algo que intuye y que parece inexplicable. Quiere una impresión que no engañe al ojo. Penn está seguro de lo que quiere y busca con incansable tenacidad hasta hacer visible para todos lo que desea: sus obras sobre aluminio desafían al tiempo.

En sus desnudos de los años 49 y 50 Penn nos da otra admirable lección. Habituado a tratar con las modelos más bellas del mundo, cuya belleza nos roba el aliento, Penn decide buscar un espacio de erotismo y sensualidad real, palpable, material. Fotografía cuerpos femeninos que la superficialidad nos llevaría a calificar de imperfectos, y logra que las formas del cuerpo humano nos parezcan más cercanas y vivas. Sí, así es el cueerpo humano, no tiene que ser joven, hermoso y esbelto. Para Penn el desnudo no está ceñido a cánones arbitrarios y subliminales. Y sus desnudos son arrolladoramente bellos a pesar de los convencionalismos. Rubens, Durero y el Tiépolo están detrás de esta lección, los ha hecho sus cómplices. Una y otra vez Penn nos recuerda que es ante todo un pintor vuelto fotógrado.

Las imágenes de Penn provocan siempre una enorme emoción estética.

Vuelvo a las colillas de cigarrillos del año 1972, mencionadas antes. Son fotos de un poderío evocativo enorme. Al igual que los fumadores que las arrojaron al piso, tienen una gran singularidad. En algunos casos se alcanza a ver la marca, en otros ha empezado a crecer una incipiente hebra de vida; la humedad y el tiempo han impregnado de manchas sus cilíndricas y gordas formas tubulares. Penn es un hechicero que logra conmovernos con unas cuantas deleznables colillas de cigarrillos y nos deja pasmados.

La obra de Penn es inmensa por número y por hondura. Guardo como parte entrañable de mi memoria visual muchos de sus sorprendentes hallazgos, proezas y logros como la serie de fotografías de comida congelada hecha en 1972. ¿Qué nos induce a pensar con sus minimalistas composiciones en color de pequeños objetos de colores y texturas que al ser amplificadas parecen edificios monumentales donde mora parte del sentido de nuestra humanidad? Hay en ellas belleza, ironía y resignación. Penn nos dice: esto es lo que comemos, esto es lo que somos.

Irving Penn es excepcional aun entre los más grandes maestros de la fotografía.

 

Pablo Aguinaco
Fotógrafo.

 

 

Un comentario en “En el centenario de Irving Penn,
supremo esteta de la fotografía

  1. Al finales de abril ví la exposición de Penn en el Museo Metropolitano de Nueva York. El texto de Aguinaco es un gran homenaje a unos de los fotógrafos más importantes de la historia.