Para ir a ver escultura contemporánea y preguntarse sobre la velocidad del tiempo, de la producción y de una carrera de autos, vale la pena asomarse en estos días al Museo Tamayo. Sobre todo si la intención es reflexionar sobre lo que puede unir a una serie de artistas y a su público.

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Fotografías de Agustín Garza, cortesía del Museo Tamayo

 

Uno de los debates constantes en la curaduría es la inclusión de públicos. ¿Las exposiciones deberían hacer un esfuerzo activo por adaptarse a los espectadores y hacerlos sentir parte de la muestra? ¿O son más bien un ensayo académico en forma de exhibición, que no puede comprometer su contenido? Si es lo segundo, muchas veces se termina por excluir a los visitantes de museos.

Este tema aparece con fuerza en la muestra que presenta actualmente el Museo Tamayo. Ayrton reúne la obra de una serie de artistas nacidos en los setenta: Armando Andrade Tudela (Lima, 1975), Nina Canell (Växjö, Suecia, 1979), Tania Pérez Córdova (Ciudad de México, 1979) y FOS (Copenhague, 1971) y, sin un marco narrativo ni una temática establecida, la muestra busca explorar la lógica para construir una exhibición, a partir de parámetros muy originales.

Contrario a la convención, en este caso el título tiene poco que ver con la obra que se exhibe; “Ayrton” se desprende del documental sobre el brasileño Ayrton Senna (1960-1994), uno de los corredores más famosos que haya visto la Formula 1. Como parte del proceso previo a la inauguración, los artistas vieron el filme que retrata al piloto, desde su debut en 1984 y hasta su prematura muerte una década después. A través de esta y otras dinámicas buscaron dar forma a una colaboración critica y propositiva, que pudiera concebir una nueva experiencia de exposición.

Para honrar la premisa curatorial de la muestra, que buscaba realizar una exposición individual dentro de un contexto colectivo, vale la pena considerar el trabajo de cada artista de manera aislada.

Tania Pérez Córdova 

Productora de fósiles contemporáneos, Pérez Córdovaenfoca su práctica en los sedimentos y huellas de la vida humana, como en el lente de contacto usado  que se convierte en parte de una escultura. Petrificado boca abajo, el lente de Un parpadeo (2017) descansa sobre un delgado pedestal de mármol —una especie de recipiente simbólico de todo lo que alguna vez vio su dueño—. En otras ocasiones, la artista mexicana explora el potencial narrativo de los procesos de producción: la forma en la que se hace un objeto cuenta una historia tan importante como el mensaje que busca trasmitir. Tal es el caso de una serie de retratos agrietados que presenta la artista en esta muestra; hechos de cenizas, maquillaje y tierra en forma rectangular parecen un espejo. Éstos ofrecen un reflejo simbólico de la biografía de la artista, pero también se convierten en el registro de su propia manufactura. Algo similar sucede en el caso de Imágenes (2017)una discreta intervención en la arquitectura del museo que consiste en cambiar dos paneles de vidrio del techo por unos idénticos. Los cristales viejos se exhiben directamente bajo el tragaluz, doblados y curvos tras haber sido expuestos a una fuente de calor. Esta pieza implica al espectador, invitado a imaginar cómo se cambiaron los ventanales, quién los dobló y cómo lo logró sin romperlos —interrogativas que impulsan a la obra, extendiéndola más allá de su presente estático dentro de la exposición. ayrton-40

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Armando Andrade Tudela

Nacido en Lima, Andrade Tudela trabaja con la apropiación vernácula del modernismo Europeo y el exotismo asociado con América Latina. Su práctica investiga cómo se asimilan las referencias de una obra de arte dependiendo del contexto, y cómo se activan a nivel estético, político y social dentro de un nuevo escenario. Por ejemplo, muchas de sus piezas incorporan replicas en bronce de la esculturas del artista alemán Herbert Hofmann Ysenbourg —quien vivió gran parte de su vida en México—, mismas que coloca en el piso sobre lonas o plásticos, rodeadas de velas improvisadas en tubos de PVC, pedazos de cera y varillas. El efecto es inmediato: al ser exhibidas fuera de su contexto original en el Museo de Arte Moderno, las esculturas parecen salidas de un templo pagano en vez de una institución cultural establecida.

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Las esculturas del artista peruano parecen ruinas preconcebidas, productos extrañamente familiares de algún pasado distante, o que quizás no es tan lejano. El hueso tallado #3, 2013-17, por ejemplo, es una escultura que evoca el minimalismo de artistas como Donald Judd y lo conjuga con las huellas de una estética tosca y obsoleta. Directamente sobre le piso, Andrade Tudela presenta una viga de cobre hueca sin lustrar, acompañada por una cabeza de estilo modernista apenas esbozada en un bloque de concreto. Su trabajo está permeado por lo que el llama “nostalgia de los futuros perdidos”, por el colapso del progreso modernista que lo envolvía todo.

Thomas Poulsen (FOS)

Las obras de Thomas Poulsen (FOS) habitan el espacio de exposición con la misma naturalidad que las paredes y el techo de la sala. El artista danés trabaja en lo que el describe como “diseño social”, un enfoque que le permite analizar el comportamiento del público en relación a la arquitectura del museo. Es así que una pieza que atraviesa ambas salas de exposición, Dos perros #1 (2017), presenta una estructura hecha de malla negra suspendida de un riel de metal. Este dispositivo museográfico dibuja una serie de curvas y rectas en el espacio, como el de una pista de carreras, y sugiere la velocidad que alcanza un vehículo al recorrer el circuito. El público debe circular la obra, siguiendo las rectas y adentrándose en la curva inicial para poder ver un jarrón de cerámica realizado por el artista sueco Carl Harry Stalhane. Tanto la escena futurística del jarrón —una calle llena de personas flanqueada por lámparas que desafían a la noche—como la pista de los rieles reflejan velocidad en la malla: al ver el telón negro y mover la cabeza el espectador experimenta la sensación de movimiento. El efecto a través del textil distorsiona el fondo de la sala, como si fuera visto desde la ventana de un coche en plena carrera.

 

El interés de FOS en la aceleración está vinculado a la capacidad de un objeto para moverse entre el lenguaje y las referencias que informan nuestro entendimiento de cualquier cosa. Las formas ininteligibles que dibuja el laser color azul de Dos perros #2 (2017), sirven para ver de forma concreta esta premisa. La proyección sobre el mural hecho de impresiones en offset de una pintura de Rufino Tamayo es en realidad la traducción de una máquina, que convierte la información enviada por un amigo de Poulsen desde Dinamarca en las formas irregulares que vemos en la pared. En este caso, la máquina se vuelve una mediadora en la comunicación humana, que en vez de esclarecer el mensaje lo encripta y distorsiona.

Nina Canell 

La artista sueca investiga la transformación que sufren los materiales como resultado de la influencia de otros elementos, del paso del tiempo, los cambios de temperatura y la aplicación de calor, entre otros. Algunas de sus obras utilizan goma de resina mástic, una plasta de color rosa carnoso que se derrite lentamente en el trascurso de la exposición. Este proceso es decididamente poco espectacular y sin embargo logra despertar la curiosidad del visitante que se intriga por la transfiguración termodinámica y alquímica del componente. Otras de sus piezas materializan lo intangible, como la comunicación y el tráfico de datos que damos por sentado en la vida diaria. Por ejemplo, Desprendimiento de cubiertas (H), 2015utiliza los revestimientos de cable de fibra óptica, empleados para proteger las conexiones subterráneas que viajan de un continente  a otro. Expuestas a altas temperaturas, las cubiertas torcidas y enredadas recuerdan más a cuerpos o intestinos que a los agiles portadores de promesas, buenas y malas noticias e información bancaria que alguna vez fueron.

Canell juega con las asociaciones poéticas y lingüísticas que desencadenan los materiales, como es el caso del hilo de cobre. Un elemento indispensable en muchos aparatos electrónicos, este filamento aparece en la exposición en forma de red, en un tejido muy fino y frágil que cuelga de la pared. La delgada trama puede asociarse con la energía que transita, conecta y se traduce en una señal eléctrica, o puede recordarnos a las artesanías, o al laborioso trabajo de zurcir medias.

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La relación del hombre con la velocidad, las narrativas potenciales de cada material y su producción en la escultura contemporánea son algunos de los temas que comparten las obras de la exposición. Sin embargo éstos no terminan de establecer un verdadero terreno en común para los participantes. Tomadas por separado, cada exposición tiene una lógica y cohesión internas, que permite conocer la obra de cada individuo, pero como muestra colectiva se queda lejos de la meta planteada en el texto de sala.

Ayrton proponía “construir un lenguaje común”, compartir “ideas que se transformen en objetos” dentro del “intercambio abierto y compartido” de una sola exposición, sin embargo la experiencia en salas es muy distinta. Más allá de encontrarse bajo un mismo techo las obras no dan señales de colaboración y el espectador es dejado a su suerte para navegar un confuso grupo de piezas que no terminan de dialogar en el espacio e incluso se hacen ruido unas a otras.

Quizás el objetivo que sí cumple este ejercicio curatorial es el de “cuestionar la experiencia expositiva” y reflexionar sobre lo que una exhibición es o puede ser. En este caso, la curadora ya tendrá que decidir si vale la pena hacerse estas preguntas y paradójicamente alienar a muchos de sus visitantes.

 

María Emilia Fernández
Historiadora del arte.