El Carrillo Gil presenta una exposición que propone una guía de supervivencia en el México de nuestros días. Aquí una reflexión sobre por qué es importante tomarla

La semana pasada en México transcurrió con normalidad. El martes 2 de mayo, en la carretera a Puebla, una familia fue interceptada por dos vehículos. Los agresores violaron a la madre y a la hija, golpearon y sometieron al padre y asesinaron a sangre fría a un indefenso bebé. El error de la familia fue, simplemente, viajar de noche. Tan sólo dos días después, cerca del Instituto de Ingeniería de Ciudad Universitaria en la Ciudad de México, se encontró el cuerpo sin vida de una chica de veintidós años ahorcada con el cable del teléfono a cuya cabina estaba atada. Sostenía una correa de perro en la mano. El hecho ocurrió, se dice, tras pasar algunas horas en las islas con su novio, discutir con él y agarrar cada quien su camino. Las autoridades encargadas de la investigación la tacharon de alcohólica y drogadicta. El mismo día se anunciaba un saldo de diez muertos como resultado de una refriega entre militares y pobladores de Palmarito, una comunidad ubicada al este del estado de Puebla, en donde se presentan los índices más altos de robo de combustible. Como protesta, los pobladores del lugar bloquearon la autopista Puebla-Orizaba, entre el fuego y el humo provocados por cientos de neumáticos ardiendo, en una escena digna de la mejor película de acción. Para terminar, murieron cinco personas, tres de ellas policías, en un intento de asalto a las oficinas del PRI en Ciudad Nezahualcóyotl. Eso, más todo lo que no sabemos. Las muertes y abusos que quedan impunes e innombradas en todos los barrios y pueblos olvidados a lo largo y ancho del país.

En tal contexto, la exposición Hágalo usted mismo del artista mexicano Iván Trueta, que estará presentándose en el Gabinete de Gráfica y Papel del Museo de Arte Carrillo Gil hasta el mes de junio, resulta refrescante y muy reflexiva. En ella se muestran varias series de dibujos hechos a base de grafito en donde aparece el propio artista asumiendo distintas posturas y gestos corporales que describen una secuencia en la que él se convierte en víctima y verdugo de sí mismo. Así, en una de las series vemos al artista sometiéndose. Aparece primero de pie, con las manos levantadas, como si alguien más lo estuviera amenazando con un arma. Luego pone las manos sobre la nuca. Y se arrodilla. Primero la pierna derecha, después la izquierda, tras lo cual se tiende en el piso, y pasa las manos de la nuca a la espalda baja, como si se esposara. En otra serie comete un “autosecuestro”. Comienza nuevamente con las manos arriba, ahora al lado de un automóvil. Tras colocarse y amarrarse una capucha negra y subir al maletero del auto hasta quedar en posición fetal, cierra la cajuela con su brazo izquierdo.

Bajo estas satíricas imágenes hay una visión de la realidad. El “hágalo usted mismo” es la fuente de la democracia como idea. El eterno problema es el de la representación. Si nuestro país está así, es por haber dejado el destino de cada uno de nosotros en manos de partidos y políticos ineptos y corruptos. No hacemos lo que nos corresponde como ciudadanos, que es, desde luego, mucho más que depositar nuestro voto en una urna. Lo que nos toca hoy es pensar en nuevas formas de organizar la vida pública y actuarlas, ponerlas en marcha. Y eso es lo que está presente en la obra de Trueta.

En la serie que cierra su breve pero contundente muestra, el artista aparece señalando a alguien, como echándole bronca. Luego nos presenta varias opciones que van, desde sacarle el pecho a su oponente, hasta pintarle huevos con ambas manos, mentarle la madre, agarrarse los testículos frente a él, hacerle una “roqueseñal”, o decirle “me la pelas” con la pelvis levantada y el brazo derecho en movimiento. ¿A quién señala? Tal vez a los criminales, tal vez a los miembros de la élite empresarial, financiera y política que en buena medida han generado la situación actual. Pero quizás se increpa a sí mismo. En la era del individuo, la transformación empieza por cada uno de nosotros. La tenemos que hacer nosotros mismos, aunque nos duela y nos cueste trabajo. Y desde ahí, extenderla a la sociedad. Es la mejor, y quizás la única forma de recuperar poco a poco lo que es nuestro y nos ha sido arrebatado: nuestros pueblos, nuestras ciudades, nuestras tierras, nuestros recursos, nuestro país, nuestra vida. 

violencia

El salto al vacío que nos presenta el artista en otra de sus secuencias es una opción sólo si ese abismo desconocido implica una metamorfosis profunda. Nuestras tierras han sido regadas con la sangre de muchos hombres y mujeres a lo largo de su historia. La imagen actual del país bien podría ser la de El desmembrado, realizada por José Clemente Orozco en 1947 como parte de su serie Los teules, expuesta también en el Carrillo Gil. En ella aparece el cuerpo deshecho de un hombre sobre un fondo rojo sangre. Piernas y pies por un lado, muslos y tronco por otro, los brazos completamente descompuestos, la cabeza aparte, con un gesto de dolor y desesperación. Todos los miembros, además, atravesados por líneas rojas, como si fuesen pequeñas heridas que incrementan el calvario. ¿Cómo recomponer ese cuerpo desmembrado y en descomposición que pareciera estar así al menos desde la Conquista? ¿Cómo borrar las heridas que recorren sus miembros dispersos? ¿Podemos pintar a nuestro país sobre un fondo de un color distinto, azul como el cielo o amarillo como el sol? ¿Hay alguna forma, por imposible que parezca, de quitarnos ese gesto eterno de dolor del rostro y cambiarlo por uno sonriente y alegre?

Trueta nos da una respuesta coherente a todas estas interrogantes: hágalo usted mismo. No guiado por la ideología de algún partido político, o instruido por algún líder de opinión, de esos que aparecen sonrientes y lustrosos en la televisión. Mucho menos influido por la propaganda mediática, que nos dice qué hacer, qué pensar, cómo vivir, qué consumir. Tómese un tiempo para reflexionar, piense en el país en el que vive, en el que le gustaría vivir. Piense en usted, en sus ideas fijas, en sus prejuicios, en todo aquello que podría hacer para que su vida y la de los que lo rodean fuera distinta, más armónica y amable. Incrépese al verse en el espejo, profane sus propias convicciones, su amor por el dinero, su egoísmo, su clasismo, su racismo, su sentido de la competencia. Y actúe.

Hágalo usted mismo. De lo contrario, el salto social al vacío nos dejará aún más desmembrados y adoloridos, más enojados e inseguros, y terminará por transformar nuestras vidas en algo inviable para todos.  

Felipe Rosete
Doctor en Ciencias políticas por la UNAM y editor de Sexto Piso.